Domingo sin siesta

29 06 2008

Celebrémoslo, hace calor y la comida ha sido copiosa, y aunque bien es cierto que no tengo resaca, para variar, he conseguido no caer en los brazos de la vagancia y continuar despierto durante una tarde de Domingo por primera vez desde hace…muchos. He subido a casa de mis padres en Vitoria para comer con ellos y, debo confesarlo, ver la final de la Eurocopa acompañado por mi cuadrilla de toda la vida. Y éso que he tenido que usar el autobús de línea, ya que he extraviado, digamos, la placa delantera de la matrícula de mi coche. Aquí me he quedado solo esta tarde, con Mireia en el hogar tratando de estudiar y sacar adelante el juicio que le ha caído a última hora para mañana (que viene a ser el equivalente adulto de los exámenes sorpresa de la escuela), mis padres jugando al golf y mi hermano y su novia de paseo. Mientras, enciendo la tele de vez en cuando y me quedo mirando fijamente el canal 10 que, por alguna razón, solo emite un intenso y parpadeante color verde. Marea Sé que hay un cuento potencial en ello, algo que tenga que ver con ese tópico que se lee llamado “La deshumanización de la vida urbana”. Tengo la opción de ponerme a escribir tres tipos de cosas (porque sin comerlo ni beberlo -crecía y vivía sin hacer mucho caso…- he acabado cayendo en los myspaces de gente cantando melancoliadas solos con sus guitarras, y éso provoca indefectiblemente el irrefrenable deseo de ponerse delante de un cuartilla):

Transcribir uno de los dos cuentos de terror fantástico que surgieron de las últimas clases del taller (uno de os cueles vendrá con final alternativo)
Escribir un relato sin cabeza a base de miradas lánguidas por la ventana en Domingo, canciones de Russian Red, Nick Drake, Alondra Bentley o José González, pantallas verdes en la televisión, amigos que parecen más viejos, Moleskines sin utilizar y viajes a Australia irrealizables. Evidentemente lo descarto al segundo. Debería ponerme algún disco de Quireboys.
Este post

No sé si ésto es más productivo que descansar la mente, con la comisura babeante sobre el tapizado del sofá, pero desde luego evita la mala leche concentrada del despertar y la sensación´n de pérdida de tiempo. Ojalá existiera la pastilla de desconexión del cargo de conciencia. Nada de un todo en uno que nos convierta en seres felices de manera general (que de por sí no está nada mal), si no interruptorcitos estúpidos para frenar y hacer desaparecer esos instantes de desesperación cotidiana.

O éstos de pseudo-melancolía pre-réglica masculina que, por otro lado, una buena final de Eurocopa solucionará Quizá el fútbol sea la respuesta a todos los males.

P.S: Estoy utilizando el ordenador de mis padres en el cual no está instalado el corrector ortográfico del Firefox. Resulta muy frustrante recordar lo terroríficamente mal que uno escribe y no quiero ni pensar qué clase de correos, ni qué imagen se llevan por ello, los receptores de mis correos de trabajo a los que no tengo tiempo de pasar dicho corrector.

P.S II: Leyendo “Los detectives salvajes” de Bolaño en el autobús me da la impresión de que éso no es mi clase de literatura. Espero equivocarme, pero no o sabré hasta que llegue al final del libro. N puedo evitar generarme prejuicios cuando un escritor hace chingar a su personaje no menos de trescientas veces en las cien primeras páginas.

P.S. III: No hay enlaces a la música que cito. Buscad en Google (tampoco piensa enlazar Google) que es Domingo, coño, dadme un respiro.





Una de Mero

25 06 2008

Esta noche vamos a cenar en el Ein Prosit , un bar-restaurante alemán de Bilbao regentado por una familia de origen germano que, a su vez, es dueña de un charcutería (La Moderna) donde fabrican sus propios productos típicamente alemanes. Puede que pida codillo.

Mis padres estuvieron de visita en Berlín hace unas semanas, acompañados de otra pareja de amigos navarros cuya identidad debe quedar en el más absoluto de los secretos. Uno de los primeros días cenaron en un restaurante local y pidieron, por supuesto codillo. La mujer de la otra pareja, al probarlo comentó que le parecía que estaba malo, que no lo preparaban como en Pamplona. Prácticamente que no sabían cómo hacer el codillo. Al día siguiente decidió pedir trucha y mi padre le comentó que se lo iban a servir cocido, que no la esperase con una loncha de jamón serrano en medio. Estoy seguro de que hay montones de gente que prefiere la comida del chino español que lo que le sirven si va al mismo Beijin. O el arroz tres delicias de su madre. No me parece denostable, incluso lo entiendo, simplemente me hace mucha gracia.

Me pregunto por qué me pongo a hablar de comida con el hambre que tengo. No me he acostumbrado aún al nuevo horario de trabajo y a tener que subir al restaurante a las dos del mediodía. Las mañanas se hacen largas y, prácticamente igual que como me ocurre cuando estoy trabajando fuera de la oficina, la luz que ilumina mis primeras horas es la expectativa del almuerzo. Aunque sepa que me espera una ensalada mixta y unas sardinas con cabeza y sin limpiar las tripas. O que el mero sabe igual que la pescadilla, que el bistec, que el papel de la pared, al menos es un buen momento para reirse un rato con los compañeros.

En cuanto a recomendaciones, decir que la semana pasada visitamos el Aizian, restaurante del Sheraton, y pese a que mucha gente se sienta estafada por la nueva cocina, todo el que lee este blog sabe que disfruto como un enano de toda su parafernalia, de los platos enormes con nombres de dos líneas, siempre que los ingredientes vayan bien ligados. Últimamente me he encontrado con elaboraciones en restaurantes supuestamente de alto nivel en que parece que se trata de mezclar por mezclar. De todos modos, si existiera un lugar en el que el chef, a la vista de los comensales, cocinara y eligiera ingredientes después de jugar a la gallinita ciega (lo que podría ser la variante de un programa japonés, que además incluiría quemaduras de segundo grado con la plancha) y acabar tragando un plato elaborado al azar, yo compro. De todos modos tengo mono de pizza del Pizza Jar y de chinograsientociudaddeoro. En el Aizian degustamos dos auténticas maravillas, por cierto:

Un cochinillo asado a baja temperatura , trazo de curry y miel y coliflor y, sobre todo, un atún rojo marinado, helado de wasabi, ensalada de mamia ahumada y germinados que me pareció cojonudo, probablemente por mis filias culinarias niponas. Por supuesto, he tenido que hacer copia pega del nombre de los platos desde su web. E insisto, Dios, qué hambre.

Lo que se suele denominar Bola Extra: A continuación, un descarte descarnado y desesperado de biografía (de comienzo un tanto tópico):

A los 14 años descubrí que Dios no existía. A los 18 que se me estaba cayendo el pelo. A los 25 que era hipocondriaco. A los 30 que era más viejo que el Doctor Fleischman. Escribo para combatir todo esto. Porque mi vida es perfecta: Pasé una infancia maravillosa, con unos padres estupendos, tengo el privilegio de trabajar en algo que me encanta, viajar por todo el mundo, compartir mi tiempo con una mujer única y encima soy pelirrojo. Así que si todavía tengo miedo es que necesito seguir buscando más allá, entre las historias y los cuentos.





Reflexión sin título

5 06 2008

La maldición del lector. La maldición del escritor.

Esta vida es inabarcable. Esto, en sí mismo, es una bendición y una frustración constante al mismo tiempo: Hace que aburrirse sea solamente cuestión de la falta de iniciativa, de querer hacerlo, pero también de que se nos escape entre los dedos. En el mundo del lector este hecho es flagrante.

Visualmente se me apareció ayer en la cabeza, es posible que influenciado por las páginas web que recomiendan autores en función de uno solo por afinidades de estilo o argumentos: Un libro famoso que hayamos leído es un punto gordo que está conectado por líneas gruesas a otros puntos un poco menos monstruosos que son el resto de sus obras. Éstas, a su vez, están conectadas por líneas más delgadas a puntos medianos que representan obras afines de escritores menos conocidos, que a su vez se interconectan con otros libros del autor y afines. En algunos casos se cerrará el bucle , formando una tupida tela de araña con las novelas cumbre de la historia humana. En otros se acabará llegando al final de este universo de papel, en los límites da la vista y el conocimiento de casi cualquier persona (que no sea el propio autor y su querida madre). Lo peor de todo este asunto es que cada uno de nosotros pasea por estas galaxias, andando sobre las líneas, con su antorcha iluminando los contornos, vislumbrando millones de caminos por recorrer y consciente de que todo ese espacio nunca será descubierto.

En el otro lado, sentado en un punto diminuto, probablemente espera un escritor intentando hacer señales de humo. Y lo peor de todo, pegándose codazos por un espacio casi inexistente con otros miles de juntaletras con ideas, intentando apartar las lorzas de los ciclópeos filósofos que no dejan nada sin hoyar. Buscando un hueco que no existe, conformándose con la esperanza de que un día pase un fulano con una antorcha y lo vea a él en primer lugar. Yo soy el auténtico.

Benditos el cine y la música. Gracias a la mayor dificultad, puramente financiera, de poder sacar adelante las creaciones, hacen que sea mucho más placentero y abarcable el completismo, y la búsqueda de vías no demasiado hoyadas, en cierto modo posible.

Y esta reflexión cae suavemente entre todo lo escrito, se deposita sobre bolas gigantes de saber y desaparece en el cosmos.





Al salir del trabajo

3 06 2008

Ayer tuve que venir a trabajar en coche por los problemas de retrasos que causaron las inundaciones del Domingo en las líneas férreas. Salí del trabajo a la hora, y durante la caminata hasta el lugar donde aparqué el coche se me quitaron las ganas de enchufar el nuevo disco de Torche, y eso que es capaz de animar al gótico más pintado. Todo por culpa de una entrada de FotoMicrosiervos sobre un tipo que se dedicó a hacerse una foto con polaroid cada día (lo que también me sirvió, por otra parte, al ver cómo alguno se cabreaba en los comentarios de uno de los blogs por no haber sido mencionado como fuente ya que él lo había enlazo antes, para apuntalar mi convicción de que la blogosfera es un juego de vectores que apuntan laberínticamente hacia cuatro puntos con información original.) que me hizo reflexionar sobre la velocidad del paso de la vida y cómo la sensación se acelera con el paso de los años. Según estoy saliendo por las puertas del aparcamiento de la fábrica, intentando esquivar los baches y los charcos que parecen el lago Notario, me doy cuenta de que el tiempo transcurrido desde que Jamie Livingston comenzó a tomar fotos y mi edad actual es el mismo que entre mi edad y la de su muerte. Consecuencia, pequeña crisis de la mediana edad concentrada dentro de un Ford Mondeo que merodea por Galindo. Intento recordar mis 23 y veo que están asquerosamente cerca. Recuerdo también que tengo pendiente un post sobre la treintena y la sensación de que todo va a ser cuestabajo y la apremiante certeza de que es la hora de hacer algo especial con la vida de uno o bien asumir que es suficiente con pasarlo lo mejor posible en lo que queda. Ya había llegado a la variante del Ballonti, y había estado escuchando la música sin pasión, de esta manera fúnebre que a veces le inunda a uno.

Entonces decidí escribir una entrada sobre lo que estaba pensando mientras conducía de vuelta a casa, ya que después de todo ese discurrir depresivo empezaron a surgir otras ideas. El problema es que ya no me acuerdo de ellas. No os perdéis gran cosa, por otra parte. Solamente sé que pensé en la cantidad de mierda que se acumula en el paso bajo la carretera del Max Center, en cuyas paredes, llenas de mugre, se pueden ver dos carteles oficiales de la Diputación prohibiendo fijar carteles, cosa que ya se ha encargado la mierda adherida de imposibilitar. Justo al lado hay una pintada horrenda, algún tipo de tag sobredimensionado. También hay maleza. Hace unos días, al circular por esa misma zona me pregunté qué podría vivir en las esas intersecciones llena de hierba alta y porquería que quedan aisladas entre carreteras y centros comerciales, y me di cuenta que aunque La isla de cemento no me gustó al leerla en su día sigo recordando la novela asiduamente, con lo que ahora ya sé que es un buen libro.

Quizá si otro día que deba venir en coche al trabajo repita el recorrido y entonces me acuerde de cuáles fueron los pensamientos que me llevaron a empezar este post divagante. Hasta entonces solamente me queda apuntar que por fin he terminado La broma infinita (lo que mi espalda va a agradecer) y he comenzado esta mañana en el tren (atestado todavía por los retrasos) Agua Viva de Clarice Lispector, cuya anarquía narrativa (que no hace más que traerme a la mente la escritura automática y los escritores postadolescentes con ínfulas) ha podido influenciar todo esto.

P.S: El aforismo que provocó esta innecesaria entrada, destapado a modo de epifanía al pasar por Zorroza justo antes del radar fue el siguiente: “Lo único que he aprendido en cinco años de trabajo es que siempre debes aparentar más de lo que realmente haces”. Esto tiene preámbulos y corolarios, pero queda mucho más aparente como frase única.





Felicidad y reuniones y la búsqueda de

21 05 2008

Hoy hemos tenido una interesante reunión de Risk and Oportunity Management. No se puede decir que la cantidad de información aprendida haya sido significativa, algo habitual durante cualquier reunión. Desde luego lo menos interesante ha resultado el contenido de la propia evento, que por otra parte se había vendido casi como un cursillo, ya que según la temperatura de la sala iba aumentando y especialmente tras la comida la eficiencia ha tendido dramáticamente a cero. Lo que más me interesa es la mezcla proporcionada por la perversa globalización y el juego. Uno se queda detrás de la mesa viendo pasar trenes y observando que más de la mitad de las oraciones de los asistentes (en el caso de algunos la totalidad) se basan en su manual estratégico de las frases estándar. De todos modos, y para alivio de los que velan por integridad laboral, me abstendré de relatar y ordenar lo que creo ver, por más que me pueda resultar divertido. Me limitaré a apuntar que en la sala nos encontrábamos, de izquierda a derecha, en el sentido de las agujas del reloj, una china, dos francesas, un español, otros dos franceses, un turco, un suizo, una italiana, otro francés (ya sabéis la nacionalidad de la empresa para la que trabajo), un catalán y el los restantes españolitos. Todas estas vueltas para meter lo del catalán. Durante parte de la charla me ha embargado un absurdo sentimiento de felicidad. Muy idiota. No había nada de lo que alegrarse. Es otra de esas pérdidas de tiempo que podrían resolverse en la cuarta parte del tiempo, pero yo me he dado cuenta de cuánto las disfruto y de qué es lo que me gusta de este trabajo.

La gente.

Puede que te cruces con bellísimas personas, con genios, con idiotas, con verdaderos gañanes y con hijos de perra que te hagan la vida imposible. Con tipos que huelen mal o que escupen al hablar. Con gallinas o con osos. Quizá sea que siempre me planteo cómo pueda encajar cada uno de ellos en una historia, pero el puro hecho de verlos actuar creo que ya me satisface y este tipo de cosas me han gustado toda la vida. Puede que debido a la indigestión que sufrí ayer por culpa de mi falta de medida en las cenas de los domingos (en plural, en general) tenga la percepción un tanto alterada. Tener hambre tras un día de dolor de estómago me hace feliz y confundo la causa. Es posible. O será un síndrome post-menstrual masculino. En todo caso, gracias por asistir.

Durante la reunión también he vuelto a pensar en Galeano, el consumismo y la perversa globalización. Veamos los axiomas y pensemos en por qué los adoptamos. Una línea simple de pensamiento y una conclusión. A partir de ahí espero que el respetable realice las aclaraciones, refutaciones o descalificaciones que crea oportuno hasta que consigamos alcanzar ese punto de relativismo total en el que al valer todo uno sigue pensando lo mismo que al principio:

1) El consumismo es malo. Comprar cosas que no se necesitan no vale para nada. Esas vacías necesidades son creadas artificialmente por el malvado entramado de las corporaciones.
2) Hay que buscar un modo de vida más acorde con el planeta, buscar la felicidad en las cosas sencillas. Volver a la austeridad y la vida en el campo

Mis objeciones

a) Las necesidades sin sentido son una constante humana en cuanto se llega a un mínimo nivel de satisfacción (aunque el problema estriba quizás en cuando no ocurre así), provocadas por algo tan sencillo como que estamos fabricados para no ser felices nunca y buscar dicha felicidad durante toda nuestra vida como pollos sin cabeza.
b) Muchas de las consignas en contra del consumismo acaban teniendo un tufillo pontificador terrible, cercano a un beatífico mensaje religioso para las masas borreguiles. En una tribuna se sienta el cerdo con chistera y frac que orquesta a millones, en la otra el santo que maneja a unos cientos.





Fotocopia

16 05 2008

Navegando por la red, que viene a ser el equivalente a ayer haciendo zapping (doble cursiva) de hace cinco años, me encontré con este artículo de Eduardo Galeano, uno de esos escritores comprometidos socialmente que me generan muchas reticencias previas. El por qué me leí el texto completo se debe a dos causas típicas:

1) Y la más importante. Se cruzó en mi repaso por las entradas sin leer del Google Reader (que últimamente nunca bajan de 200) en el peciso instante en que me entraron ganas de ir al baño en el trabajo.
2) Me encanta despotricar contra este tipo de mensajes tan terriblemente manidos y darles unas cuantas vueltas, incluyendo el plantearme la razón de que me generen un rechazo a priori.

En cierto modo debo decir que me decepcionó en su inmensa mayoría. Siempre había considerado a Galeano (aunque bien es cierto que únicamente de oídas) un escritor brillante. Por otra parte, deducir a partir de un miserable artículo que es un fraude resulta excesivo incluso para mí, pero la concatenación de lugares comunes y argumentos que cualquier antiglobalización con un graduado escolar podría recitar utilizando exactamente las mismas palabras me ha sorprendido para mal. Lo que se espera de un personaje del calibre de Galeano es una elaboración de las ideas más trabajada, más sutil: Ni siquiera dar una visión ligeramente diferente a lo habitual, o matizada.

Valoro muchísimo que cuando alguien escribe sobre un tema tan manoseado como puede ser éste (es decir, la vileza del consumismo exacerbado de occidente y el daño que está provocando en el mundo) lo haga al menos con una cierta lejanía de esa homogeneidad rampante que tanto señala con el dedo. Si la sensación al leer un artículo es la misma que al abrir la cesta de la ropa sucia hay algo que no funciona por más que las ideas que se intentan transmitir puedan ser provechosas, bienintencionadas e incluso ese adjetivo absolutamente inasible en lo que se refiere a las opiniones como es verdaderas. En cualquier caso, diseccionando el mencionado texto (el Imperio del consumo, un epígrafe equivalente a otras veleidades como “El imperio del monopolio” o “El imperialismo yanqui”) me acabo encontrando con un desglose de ideas que necesito listar (porque mayoritariamente me enervan):

1) El consumismo es una cultura vacía (en oposición al no consumismo, que supongo incluye una cierta idea de lograr la felicidad a través de otros medios)
2) El sistema, ese malvado ente, encabezado por las corporaciones USA, fomenta dicho consumismo para alimentarse.
3) La uniformidad (en todos los ámbitos) resulta más rentable que la diversidad
4) Por medio de la uniformidad y la publicidad se ha extendido el mencionado consumismo hasta a los más pobres.
5) La sociedad se urbaniza sin sentido

Y el corolario es (y cito):

Los dueños del mundo usan al mundo como si fuera descartable: una mercancía de vida efímera, que se agota como se agotan, a poco de nacer, las imágenes que dispara la ametralladora de la televisión y las modas y los ídolos que la publicidad lanza, sin tregua, al mercado. Pero, ¿a qué otro mundo vamos a mudarnos?

De los puntos arriba expuestos, el cuatro es preocupante y admito su certeza, pero nunca la manera en la que se llega a esa conclusión. El pensamiento por el cuál el mundo esta gobernado por un número reducido de PERSONAS que lo manejan de modo artero en su propio beneficio en contraposición a un pueblo lelo pero bienintencionado e inocente siempre me cabrea. Si trocáramos las posiciones de ambos grupos el resultado sería el mismo. La inevitabilidad de la situación actual reside a mi modo de ver en el ser humano y en su insatisfacción eterna. Es posible que intente desarrollar esta idea en una entrada subsiguiente si alguien no se ha quedado dormido. Aportaciones eruditas también son bienvenidas. E insultos.





Principios de semana

13 05 2008

Como quien baja la basura. Como quién se lava los dientes. Como quien manda un e-mail para felicitar los cumpleaños, aquí están mis microrrelatos de esta semana.

“¡La malvada Hipotenusa capturó a Pi!” Gritó Mortadelo en la televisión con acento Venezolano. El niño observaba la pantalla sentado en el suelo con un cojín sobre las rodillas. Las luces del salón estaban apagadas y los dibujos animados se reflejaban en su carita. Sus ojos miraban con expresión vacía los gritos y brincos de aquellos esperpentos mal doblados que le fascinaban. De repente, Mortadelo se disfrazó de Superman. La boca del niño dibujó una sonrisa. Fue a buscar la manta roja que estaba en el balcón.

—“La malvada Hipotenusa capturó a Pi” me parece un título ridículo para esta canción, por muy instrumental y matemática que sea—Dijo mientras dejaba la guitarra apoyada en la pared de la sala de ensayos.
—Ander, no tienes el más mínimo sentido del humor—Respondió ella quitándose los auriculares—¿Cómo la titularías tú?
—Número 31.
—Das pena.—Apostilló ella moviendo la cabeza.
Años más tarde, en Wembley, a Ander se le pusieron los pelos de gallina al salir al escenario. Todo el mundo coreaba “La malvada hipotenusa…”. Ella siempre tenía razón: se giró y le guiñó un ojo. Nadie supo a quién se lo estaba guiñando.

Mi otra aportación del día es certificar el daño que pueden hacer los espacios diáfanos de las oficinas en la convivencia pacífica de las personas y en la salud mental de las almas sensibles. Yo soy de los que se pone de los nervios cuando tiene delante a alguien que hace ruido al masticar como si fuera una hiena rebanando los restos de una gacela Thompson, así que encuentro bastantes motivos para que pueda odiar sin motivo a alguna gente que se sienta a mi alrededor. Lo que siempre resulta más desasosegante es ser perfectamente consciente de que si fuera yo mismo el que se ubica justo a mi lado, me tendría mucha ojeriza.

Feliz día de trabajo a todos. Por cierto, que estemos a 25 grados y tenga que trabajar con sensación de llevar un rodal camachiano bajo la axila no ayuda





Mirar. Berger. Lowry. Fasanell. Chiquito de la Calzada.

5 05 2008

La mirada. La expresión de los ojos. En millones de novelas o textos de cualquier tipo se describen las emociones a través de los ojos. Todo el conglomerado de expresiones faciales se agrupan en torno a los ojos y los hacen pilar de cualquier signo de emoción del ser humano. Alegría, extrañeza, melancolía y sombras o brillos a cada cual más poderoso. Y sin embrago yo nunca he sido capaz de ponerle forma, de visualizar, dichas emociones oculares. Si trato de imaginarme únicamente la mirada del protagonista que según el texto está expresando cierta emoción, no consigo obtener un par de ojos que digan algo. Si los aíslo, no me comunican nada. El problema es que, probablemente, aíslo demasiado y me quedo sólo con el iris. En cualquier caso, es un tema tremendamente recurrente y sobre el que nunca dejará de escribirse. En la dirección de los ojos está la mirada, acto y filtro fundamental en el ser humano y, pese a que me gustaría acabar considerándome escritor, eje fundamental de las reflexiones que me gusta compartir.

En ese sentido, mi padre me recomendó hace poco un libro de John Berger titulado Mirar. Lo estoy intercalando con la mastodóntica tarea de leer La Broma Infinita. En palabras del que escribiera su pedante contraportada:

“La mirada incisiva de John Berger inaugura nuevos modos de ver donde la mirada hacia el arte y hacia la vida se confunden combinando un exhaustivo análisis que tiende a ser ‘objetivo’, entre materialista y purovisualista. El ojo de la cámara y el ojo del artista nos hablan del significado oculto de la mirada…”.

Aún no he terminado este libro, compuesto de diversos artículos del autor, cada uno de ellos, por regla general, a propósito de la obra de determinado artista, pero creo que ya he podido hacerme una composición de lugar sobre la visión de Berger y sus teorías. El sesgo eminentemente político de las mismas me resulta desagradable y no me ayuda a comprender el por qué de que su libro Modos de ver sea considerado imprescindible en lo que se refiere a la crítica de arte. Allí donde yo esperaba encontrar, por su opaca contraportada, una reflexión sobre los significados de la fotografía, me acabo enfrentado a una visión reflexiva, y panfletaria (aunque interesante) sobre pintura. Me cuesta imaginar la razón por la que este libro le gustó a mi padre; intuyo que se debe a que incluye un artículo sobre Bacon, al cual compara con Disney, que además es de lo más potable de todo el compendio.

De todos modos, en mi supina incultura, me ha permitido conocer varios artistas extraños y primitivos, cuyo éxito, utilizando lo puramente figurativo en pleno siglo veinte, es de lo más llamativo. El pintor dominguero, sencillo como el palo de una escoba, L.S. Lowry, y el gasolinero amante de la Nueva York de los indigentes Ralph Fasanella.

El primero es un extraño caso de personalidad extremadamente sencilla, sedentaria, apegada a sus padres, solitaria y un tanto grisácea, pero entrañable, con su MacLean perpetuo incluso en verano. Aficionado del Manchester Ciy y amante de su ciudad y sus chimeneas. Esa clase de éxito que gira en torno a una especie de genialidad pura y la fascinación autocomplaciente de la sociedad moderna por los localismos. Un Chiquito de la calzada del arte, dibujando monigotes.

Fasanella es otro de esos artistas que alcanzan la cumbre fuera de las corrientes pictóricas dominantes otro de los ejemplos paradigmáticos de pintores primitivos. Hijo de inmigrantes, lucho en la Brigada Abraham Lincoln y alcanzó la fama tardíamente (la cual decayó a la par que sus reivindicaciones políticas). Imagino que habrá miles de estudios sobre la causa de su auge y caída. Yo me inclino a pensar que a la gente le gustan los colorines.

NOTA A PIE DE PÁGINA: Este ligera reflexión sobre tres artistas se fundamenta en un conocimiento menos que superficial de los mismos. Cualquier comentario o aclaración sobre los mismos, será bienvenida.

NOTA A PIE DE PÁGINA DOS: Las mencionadas reflexiones no son exiguas únicamente por desconocimiento, sino por mi innata dificultad para desarrollar un solo tema (como debería ser el de la estética de la recepción en el arte – aunque es muy probable que acabara llegando a la conclusión de que se basa únicamente en Los críticos dicen…) sin irme por las ramas o estudiarlo detenidamente, amparándome en mi falta de tiempo.





Comer pizza, ver góticas por la calle, beber cerveza a la puerta de un bar

29 04 2008

Ver Lost en un una pared blanca a tamaño proyección. Llegar a casa a las cuatro de la mañana, notar la noche, pensar en lo extraño de los paseos cuando la ciudad duerme y uno solo espera que lo atraquen. Llegar a casa a las cuatro de la mañana y notar el calorcito de los pies y las piernas de ella.

Se pueden enumerar miles de pequeños placeres de esta vida, al estilo de esa película en la que una joven blanca se pasea por un París blanco al son de la música de un compositor blanco. Uno de los que más se agradecen es disfrutar de las noches de verano, pudiendo charlar sentado borracho en una acera con una lata de cerveza cortesía de los chinos que nunca descansan (no: los chinos, que nunca descansan). No sé por qué narices uno se siente tan bien observando como amanece. De hecho este fin de semana no ha ocurrido, pero al volver buscando el descanso del guerrero de fin de semana por las calles de Madrid (y no sé de qué otra manera se puede decir por las calles de Madrid sin resultar Sabiniano —Joaquín) llegué a vislumbrar el cambio de color en el cielo, los primeros toques de azul, y unos días después , recordándolo un instante, no sé muy bien por qué, he recordado los amaneceres etílicos de otras fechas. La sensación de euforia y estúpido deber cumplido. Pero para que esto ocurra es necesario que sea verano y estemos en el hemisferio Norte.

Mi ordenador ha entrado en un bucle mortal al volver del fin de semana. Me recibe arrancando y reiniciándose en una secuencia infinita en la que, mientras escribo desde el ordenador de Mireia, lo estoy dejando marearse. Sé que por más tiempo que esté así no va a reaccionar, pero quiero que sufra. Es esa insensata humanización de los computadores que nos hace golpear el ratón contra la mesa cuando algo se borra sin querer o pegarle una colleja a la pantalla cada vez que un programa tarda más de lo normal en abrirse. Pero quiero que sufra por lo que me está haciendo. Con el disco duro tan hermoso y grande que le puse.

Me he dado cuenta de que tengo una querencia muy obvia a escribir micro-relatos y cuentos en general con estructuras circulares. A veces pretendidamente paradójicas. Por más que lo intento siempre acabo cerrando la estructura, y aunque muchas veces me obligue a terminar de otra manera, a no buscar el rizo, acaba haciéndolo de manera inconsciente porque me resulta divertido. Simplemente me encanta dar vueltas. Siempre me han gustado ese tipo de relatos, y desde luego, esa manía persecutoria podría llevarnos, si yo fuera guionista de Lost, a que la serie terminara con todos los personajes volviéndose a estrellar en la isla.

NOTA FINAL: Discutir con un filósofo (Motor capullo. Gracias por el libro) y que él vaya encuadrando cada una de tus réplicas en tal o cuál corriente filosófica o argumento con nombre propio resulta relativamente frustrante y me reafirma en esa desasosegante sensación de que es imposible pensar en nada que no se haya escrito ya. Voy a apagar mi ordenador, que me está dando pena.





Sigue buscando…

21 04 2008

Levantas la tapa del yogur, rascas un grasiento cartón de premio (dejándote una buena cantidad de purpurina debajo de la uña porque no tienes una moneda de cinco céntimos a mano) o le das la vuelta a una bolsa de patatas. Siempre hay que seguir buscando. Ello no implica que se deba dejar de intentarlo:

Mejor el dragón que mamá. Es verde, da calorcito y muy buenos consejos. Ella solamente sabe reñir y llorar, así que siempre trato de evitarla y estar con el dragón.
—Deberías ponerte sombrero de copa—me dice. Tiene muy buen gusto —¡Vamos al tejado a ver ponerse el sol!
Subo detrás de él, esquivando su cola escamosa. Un teja se suelta al sentarnos. Hay que andar con cuidado.
—¿Y si volamos un rato?—comenta.
—Mejor bebamos batido de fresa—Grita el conejo gigante. Desde luego es mucho mejor consejo, no quiero estamparme contra el patio. ¡No se creerá el dragón que estoy loco!


“Mejor el dragón que mamá”: Un tatuaje. En el bar el ruido era ensordecedor, la música estaba jugando a destruirme los tímpanos y olía a sudor y aserrín, pero no podía marcharme, hipnotizado por los bailes sinuosos de aquella belleza morena con la espalda al descubierto que mostraba ese extraño mensaje. Me acerqué , levitando a medio metro del suelo. Ella seguía contorneándose y su tatuaje se movía al compás de su piel, ondulando como un reptil. Pude ver una gota de sudor recorrer lentamente su columna. Leí con más detenimiento: “Mejor el dolor que nada”. Me había enamorado.



Las siguientes citas, aparte de la semanal de siempre, están en el nuevo concursito en homenaje al Quijote que debe comenzar por: “Y han de caer del todo, sin duda alguna”, el reto de la Fnac y quizás volver a intentarlo en el programa de la 2. El caso es lograr un repertorio de microrrelatos que no se lo salte un gaditano.