Esta noche vamos a cenar en el Ein Prosit , un bar-restaurante alemán de Bilbao regentado por una familia de origen germano que, a su vez, es dueña de un charcutería (La Moderna) donde fabrican sus propios productos típicamente alemanes. Puede que pida codillo.
Mis padres estuvieron de visita en Berlín hace unas semanas, acompañados de otra pareja de amigos navarros cuya identidad debe quedar en el más absoluto de los secretos. Uno de los primeros días cenaron en un restaurante local y pidieron, por supuesto codillo. La mujer de la otra pareja, al probarlo comentó que le parecía que estaba malo, que no lo preparaban como en Pamplona. Prácticamente que no sabían cómo hacer el codillo. Al día siguiente decidió pedir trucha y mi padre le comentó que se lo iban a servir cocido, que no la esperase con una loncha de jamón serrano en medio. Estoy seguro de que hay montones de gente que prefiere la comida del chino español que lo que le sirven si va al mismo Beijin. O el arroz tres delicias de su madre. No me parece denostable, incluso lo entiendo, simplemente me hace mucha gracia.
Me pregunto por qué me pongo a hablar de comida con el hambre que tengo. No me he acostumbrado aún al nuevo horario de trabajo y a tener que subir al restaurante a las dos del mediodía. Las mañanas se hacen largas y, prácticamente igual que como me ocurre cuando estoy trabajando fuera de la oficina, la luz que ilumina mis primeras horas es la expectativa del almuerzo. Aunque sepa que me espera una ensalada mixta y unas sardinas con cabeza y sin limpiar las tripas. O que el mero sabe igual que la pescadilla, que el bistec, que el papel de la pared, al menos es un buen momento para reirse un rato con los compañeros.
En cuanto a recomendaciones, decir que la semana pasada visitamos el Aizian, restaurante del Sheraton, y pese a que mucha gente se sienta estafada por la nueva cocina, todo el que lee este blog sabe que disfruto como un enano de toda su parafernalia, de los platos enormes con nombres de dos líneas, siempre que los ingredientes vayan bien ligados. Últimamente me he encontrado con elaboraciones en restaurantes supuestamente de alto nivel en que parece que se trata de mezclar por mezclar. De todos modos, si existiera un lugar en el que el chef, a la vista de los comensales, cocinara y eligiera ingredientes después de jugar a la gallinita ciega (lo que podría ser la variante de un programa japonés, que además incluiría quemaduras de segundo grado con la plancha) y acabar tragando un plato elaborado al azar, yo compro. De todos modos tengo mono de pizza del Pizza Jar y de chinograsientociudaddeoro. En el Aizian degustamos dos auténticas maravillas, por cierto:
Un cochinillo asado a baja temperatura , trazo de curry y miel y coliflor y, sobre todo, un atún rojo marinado, helado de wasabi, ensalada de mamia ahumada y germinados que me pareció cojonudo, probablemente por mis filias culinarias niponas. Por supuesto, he tenido que hacer copia pega del nombre de los platos desde su web. E insisto, Dios, qué hambre.
Lo que se suele denominar Bola Extra: A continuación, un descarte descarnado y desesperado de biografía (de comienzo un tanto tópico):
A los 14 años descubrí que Dios no existía. A los 18 que se me estaba cayendo el pelo. A los 25 que era hipocondriaco. A los 30 que era más viejo que el Doctor Fleischman. Escribo para combatir todo esto. Porque mi vida es perfecta: Pasé una infancia maravillosa, con unos padres estupendos, tengo el privilegio de trabajar en algo que me encanta, viajar por todo el mundo, compartir mi tiempo con una mujer única y encima soy pelirrojo. Así que si todavía tengo miedo es que necesito seguir buscando más allá, entre las historias y los cuentos.




















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