Reflexión sin título

5 06 2008

La maldición del lector. La maldición del escritor.

Esta vida es inabarcable. Esto, en sí mismo, es una bendición y una frustración constante al mismo tiempo: Hace que aburrirse sea solamente cuestión de la falta de iniciativa, de querer hacerlo, pero también de que se nos escape entre los dedos. En el mundo del lector este hecho es flagrante.

Visualmente se me apareció ayer en la cabeza, es posible que influenciado por las páginas web que recomiendan autores en función de uno solo por afinidades de estilo o argumentos: Un libro famoso que hayamos leído es un punto gordo que está conectado por líneas gruesas a otros puntos un poco menos monstruosos que son el resto de sus obras. Éstas, a su vez, están conectadas por líneas más delgadas a puntos medianos que representan obras afines de escritores menos conocidos, que a su vez se interconectan con otros libros del autor y afines. En algunos casos se cerrará el bucle , formando una tupida tela de araña con las novelas cumbre de la historia humana. En otros se acabará llegando al final de este universo de papel, en los límites da la vista y el conocimiento de casi cualquier persona (que no sea el propio autor y su querida madre). Lo peor de todo este asunto es que cada uno de nosotros pasea por estas galaxias, andando sobre las líneas, con su antorcha iluminando los contornos, vislumbrando millones de caminos por recorrer y consciente de que todo ese espacio nunca será descubierto.

En el otro lado, sentado en un punto diminuto, probablemente espera un escritor intentando hacer señales de humo. Y lo peor de todo, pegándose codazos por un espacio casi inexistente con otros miles de juntaletras con ideas, intentando apartar las lorzas de los ciclópeos filósofos que no dejan nada sin hoyar. Buscando un hueco que no existe, conformándose con la esperanza de que un día pase un fulano con una antorcha y lo vea a él en primer lugar. Yo soy el auténtico.

Benditos el cine y la música. Gracias a la mayor dificultad, puramente financiera, de poder sacar adelante las creaciones, hacen que sea mucho más placentero y abarcable el completismo, y la búsqueda de vías no demasiado hoyadas, en cierto modo posible.

Y esta reflexión cae suavemente entre todo lo escrito, se deposita sobre bolas gigantes de saber y desaparece en el cosmos.





Mirar. Berger. Lowry. Fasanell. Chiquito de la Calzada.

5 05 2008

La mirada. La expresión de los ojos. En millones de novelas o textos de cualquier tipo se describen las emociones a través de los ojos. Todo el conglomerado de expresiones faciales se agrupan en torno a los ojos y los hacen pilar de cualquier signo de emoción del ser humano. Alegría, extrañeza, melancolía y sombras o brillos a cada cual más poderoso. Y sin embrago yo nunca he sido capaz de ponerle forma, de visualizar, dichas emociones oculares. Si trato de imaginarme únicamente la mirada del protagonista que según el texto está expresando cierta emoción, no consigo obtener un par de ojos que digan algo. Si los aíslo, no me comunican nada. El problema es que, probablemente, aíslo demasiado y me quedo sólo con el iris. En cualquier caso, es un tema tremendamente recurrente y sobre el que nunca dejará de escribirse. En la dirección de los ojos está la mirada, acto y filtro fundamental en el ser humano y, pese a que me gustaría acabar considerándome escritor, eje fundamental de las reflexiones que me gusta compartir.

En ese sentido, mi padre me recomendó hace poco un libro de John Berger titulado Mirar. Lo estoy intercalando con la mastodóntica tarea de leer La Broma Infinita. En palabras del que escribiera su pedante contraportada:

“La mirada incisiva de John Berger inaugura nuevos modos de ver donde la mirada hacia el arte y hacia la vida se confunden combinando un exhaustivo análisis que tiende a ser ‘objetivo’, entre materialista y purovisualista. El ojo de la cámara y el ojo del artista nos hablan del significado oculto de la mirada…”.

Aún no he terminado este libro, compuesto de diversos artículos del autor, cada uno de ellos, por regla general, a propósito de la obra de determinado artista, pero creo que ya he podido hacerme una composición de lugar sobre la visión de Berger y sus teorías. El sesgo eminentemente político de las mismas me resulta desagradable y no me ayuda a comprender el por qué de que su libro Modos de ver sea considerado imprescindible en lo que se refiere a la crítica de arte. Allí donde yo esperaba encontrar, por su opaca contraportada, una reflexión sobre los significados de la fotografía, me acabo enfrentado a una visión reflexiva, y panfletaria (aunque interesante) sobre pintura. Me cuesta imaginar la razón por la que este libro le gustó a mi padre; intuyo que se debe a que incluye un artículo sobre Bacon, al cual compara con Disney, que además es de lo más potable de todo el compendio.

De todos modos, en mi supina incultura, me ha permitido conocer varios artistas extraños y primitivos, cuyo éxito, utilizando lo puramente figurativo en pleno siglo veinte, es de lo más llamativo. El pintor dominguero, sencillo como el palo de una escoba, L.S. Lowry, y el gasolinero amante de la Nueva York de los indigentes Ralph Fasanella.

El primero es un extraño caso de personalidad extremadamente sencilla, sedentaria, apegada a sus padres, solitaria y un tanto grisácea, pero entrañable, con su MacLean perpetuo incluso en verano. Aficionado del Manchester Ciy y amante de su ciudad y sus chimeneas. Esa clase de éxito que gira en torno a una especie de genialidad pura y la fascinación autocomplaciente de la sociedad moderna por los localismos. Un Chiquito de la calzada del arte, dibujando monigotes.

Fasanella es otro de esos artistas que alcanzan la cumbre fuera de las corrientes pictóricas dominantes otro de los ejemplos paradigmáticos de pintores primitivos. Hijo de inmigrantes, lucho en la Brigada Abraham Lincoln y alcanzó la fama tardíamente (la cual decayó a la par que sus reivindicaciones políticas). Imagino que habrá miles de estudios sobre la causa de su auge y caída. Yo me inclino a pensar que a la gente le gustan los colorines.

NOTA A PIE DE PÁGINA: Este ligera reflexión sobre tres artistas se fundamenta en un conocimiento menos que superficial de los mismos. Cualquier comentario o aclaración sobre los mismos, será bienvenida.

NOTA A PIE DE PÁGINA DOS: Las mencionadas reflexiones no son exiguas únicamente por desconocimiento, sino por mi innata dificultad para desarrollar un solo tema (como debería ser el de la estética de la recepción en el arte – aunque es muy probable que acabara llegando a la conclusión de que se basa únicamente en Los críticos dicen…) sin irme por las ramas o estudiarlo detenidamente, amparándome en mi falta de tiempo.





Meridiano de sangre

6 03 2008

Llego tarde, lo sé, pero es el sino de aquellos que dormimos más de siete horas al día y no somos multitarea. De los que descubrimos un autor cuando gana un Pulitzer y se saca de la manga una de las mejores y más desesperadamente bellas novelas de la historia. Trataré de parir una reseña de La Carretera en breve, pero antes debo intentar escribir algo meridianamente (me parto) interesante sobre ésta novela de Cormac McCarthy. Quizás otro día, también, se pueda discutir sobre su esquiva figura y lo maravilloso que resulta que las buenas novelas vayan acompañadas de autores desquiciados e interesantes que desprecian a los que tratan de indagar en su vida.

Este libro cuenta la historia de un grupo de mercenarios a la caza del piel roja en la frontera entre México y Estados Unidos (escenario habitual de las historias del autor) en unos tumultuosos y verdaderamente salvajes mediados del siglo XIX. En un entorno descrito minuciosamente, lleno de parajes grandiosos, en el que los protagonistas pasan, sin solución de continuidad, del desierto a los verdes valles y las montañas nevadas y al desierto y a los verdes valles y así hasta San Diego, este grupo de hombres va desvaneciéndose en una orgía de carnicerías y violencia. La novela, teóricamente, está narrada desde el punto de vista de “el chaval”, cuyos rasgos son intencionadamente inocuos, sin el más mínimo matiz, pero el peso narrativo recae en el jefe de la pandilla de asesinos, Glanton, y especialmente sobre la figura del Juez, gigante demiurgo albino para el que cualquier calificativo viene pequeño. Como se ha comentado, mezcla de Moby Dick con Coronel Kurtz, deviene único personaje de la novela en la que todo el mundo alrededor es una simple marioneta que vive y especialmente muere.

El libro comienza de una manera seca, con el estilo mezcla del McCarthy más Faulkneriano y la parquedad del actual, pero para mi gusto se deja llevar durante las primeras páginas contando las anodinas andanzas del chaval, cuya utilidad no pasa de ubicar el entorno geográfico y prestar una primera aparición, no demasiado impactante, del juez. El estilo extraordinariamente barroco con que las descripciones se desenvuelven a lo largo de la novela, hace que estos primeros pasajes resulten un tanto farragosos de leer, pero creo, y es una opinión muy personal, que labran el camino hacia el resto de la historia, ponen una losa encima del lector, polvorienta, con arenilla que se mete bajo el cuello de la camisa, bajo un sol abrasador y azul. Es el tono, aunque otras veces pienso que las primeras 100 páginas serían fácilmente prescindibles.

En cualquier caso, el Grupo de Glanton se pasea por la frontera matando a todo bicho viviente, arrancando cabelleras, observando gentes ataviadas con pieles humanas, collares con orejas ennegrecidas, montañas azules, piedras azules, sangre y vísceras, y el Juez Holden impertérrito, albino pero inmune al sol, declamando los más sublimes y aterradores monólogos, mientras todo lo humano a su alrededor busca su lado animal y lo encuentra.

“ El juez partió con el mango de un hacha la tibia de un antílope y el tuétano caliente goteó humante sobre las piedras. Le observaron. El tema era la guerra.
El buen libro dice que quien a espada vive a espada morirá, dijo el negro.
Sé, el buen libro dice que la guerra es mala, dijo Irving. Pero no será porque en él no se hable de guerras y de sangre.
Da igual lo que los hombres opinen de la guerra, dijo el juez. La guerra sigue. Es como preguntarlo que opinan de la piedra. La guerra siempre ha estado ahí. Antes de que el hombre existiera, la guerra ya le esperaba. El oficio supremo a la espera del supremo artífice. Así era entonces y así será siempre. Así y de ninguna otra forma.
(…)
La ley moral es un invento del género humano para privar de sus derechos al poderoso a favor del débil. La ley de la historia la trastoca a cada paso. No hay juicio definitivo que pueda demostrar la bondad o maldad de un juicio ético. Que un hombre caiga muerto en un duelo no prueba que sus opiniones fueran erróneas”

Las escenas se suceden y McCarthy nos va arrastrando más y más adentro del fango, del animal que hay dentro de los hombres, pero el de verdad, el aterrador, no el tópico andante al que nos hemos acostumbrados, nos hunde poco a poco en la muerte rodeada de poesía azul, bajo la mirada del juez Holden, Y sí, él es la muerte. Dicho lo cual, por si no ha quedado claro, recomiendo fervientemente el libro, una maldita obra maestra.

Y por favor, no se os ocurra leer la contraportada de la edición de bolsillo. El que la pergeñara merece que el Juez Holden lo visite, a él y a sus hijos.

Y si no os lo creéis, os dejo un par de reseñas más. Una y otra.





Las Benévolas: Ese ladrillo (y V)

15 01 2008

GIGA

Ya para finalizar la historia acompaña a Max Aue, Thomas y su chofer intentando retornar a Berlín atravesando las líneas enemigas en medio del caos y el salvajismo. Aquí todo está desbocado y los niveles de escatología y depravación rozan el paroxismo, incluyendo un batallón de niños desahuciados y completamente majaras. Pese a lo excesivo de todo el asunto, este viaje de regreso resulta altamente estimulante, un Apocalipse Now en la Segunda Guerra Mundial, hipervitaminado, corto.

Sin embargo, una vez todos llegan a un Berlín semiderruído y caótico, la trama se le va completamente de las manos al autor. Los niveles de falta de verosimilitud del asunto llegan a rozar lo esperpéntico de manera no intencionada (o si lo es, desde luego no lo parece), y los destinos de todos los personajes se resuelven de un plumazo y en algún caso sin venir a cuento. Aue se queda de pie en el zoo diciendo que Las Benévolas le han alcanzado, rodeado de muerte y destrucción, y el lector se pregunta si esas Euménides son un apretón de sus flojos esfínteres (creo que pocos personajes principales de una novela han sufrido de tanto problema intestinal como éste - ¿Tendrá problemas de estreñimiento Jonathan Littell? ¿Lo habrá solucionado al ver los anuncios de Coronado ahora que vive en España?) porque no hay bicho viviente que lo comprenda.

Y luego están el glosario y la tabla de graduaciones, que sirven para volver a mirarlos y reírse de su utilidad.

En definitiva, nos encontramos ante un señor libro, absolutamente excesivo en todos los sentidos, parido como un niño sin huesos tras siete días sin acudir al baño, desagradable y amorfo. Algunos gustan de observar y analizar sus excrementos tras habérselos quitado de encima. Lo que a servidor le llama la atención es que tanta y tanta gente lo haya degustado. No es un libro fácil de leer, y lo único que lo entronca con la toda la caterva de Best-Sellers actuales es su tamaño. Soy capaz de aventurar que establecerá un récord en el ratio de libros comprados y no acabados en este país. Adorno de estanterías.

Y con todo esto, es un libro que es necesario leer. Pese a todos sus defectos, a su absoluta irregularidad, merece la pena darle una oportunidad y navegar entre la podredumbre y la burocracia. Una vez superadas las primeras trescientas páginas se puede llegar a leer con fruición, atados por nuestra mala conciencia y nuestra avidez de morbo. El tiempo dirá si se convierte en un clásico de nuestro tiempo, pero tiene muchas papeletas, la menor de las cuales no es el éxito de ventas. Yo me permito el lujo de haber sido de los que le han arreado unos buenos palos por si acaso, aunque nadie se acordará de mí entonces.





Las Benévolas: Ese ladrillo (IV)

14 01 2008

MINUETO (EN RONDÓS)

Y aquí llega el momento de hablar directamente de los campos de concentración de Polonia durante otras trescientas páginas. Lo novedoso del asunto está en que el eje de la narración se centra en los esfuerzos de Aue, que ha sido destinado a tal tarea directamente por el ReichsFührer para tratar de salvar de la corrupción la gestión de los mismos, intentando agilizar las cuestiones burocráticas para conseguir que la mano de obra judía sea más eficiente. Se tratan todos esos lugares terroríficos pero a los que ya casi nos hemos acostumbrado de la memoria colectiva, con sus crematorios, sus cámaras de gas, sus judíos hacinados en trenes hacia Auschwitch, desde la fría perspectiva de los que intentan hacer que los engranajes funcionen. De aquellos para los que los judíos no son más que mercancía y solamente tratan de hacer su trabajo logístico de la mejor manera posible. Littell intenta comprender las motivaciones (o la falta de ellas) que pueden llevar a un ser humano a sobrevolar esas atrocidades. Cuáles pueden ser los entresijos mentales de los que manejaban aquella máquina (muy mal engrasada, por otra parte) de exterminar. Bajo mi punto de vista, se queda a medias, ya que el personaje de Max Aue parece que hace tiempo ha perdido la cabeza y sus acciones pueden verse bajo ese prisma de enajenación mental., y el resto de secundarios están un tanto desdibujados (excepto Eichmann). Sin embargo, el horror expresado bajo la cotidianidad laboral de los campos (esas explicaciones sobre capacidades, pros y contras, a las que solo les faltan las especificaciones técnicas adjuntas, de los hornos crematorios) o el manejo de la logística resulta mucha más espeluznante que el relato de los sufrimientos de la pobre gente que moría en Polonia por millares.

Esta postura de Littell es, posiblemente, la que más controversia ha creado, más aún cuando él dice identificarse en parte con el rol principal de su novela (y más aún cuando la imagen que desprende en sus fotos y sus escasas entrevistas no es precisamente la de una persona perfectamente equilibrada, y uno casi puede imaginárselo con el uniforme de las SS sin forzar nada la mente), pero no creo que haya más intención que la fría exposición de los hechos. Quizás pueda resultarle repulsivo a más de uno. Otros se verán arrastrados por el morbo. En cualquier caso me parece una aproximación necesaria y arriesgada.

De todas formas todo ello no significa que estemos hablando de un capítulo perfecto, ya que hay altibajos y caídas de ritmo. Uno no puede pretender mantener el interés y la calidad en casi cuatrocientas páginas cuando hay que rendir cuentas con los datos históricos adquiridos y es necesario plasmar toda nuestra sapiencia. Datos históricos que aportan sensación de “verdad” contra interés narrativo. No sé dónde está el punto intermedio.


AIRE

Estamos de retirada. El imperio nazi se desmorona y Aue decide ir a buscar a su hermana a la mansión donde vive con el impotente de su marido. Está vacía. Y bien, el aire evoca el vacío, pero también la pedrada mental que sufren Littell y su personaje, que a lo largo de este capítulo se enzarzan en una especie de solitario descenso a los infiernos incestuosos y transexuales del personaje principal, que roza lo ridículo en más de un momento. El SS se despelota y se pajea (cuando no cosas peores) en pleno delirio por cada habitación de la casa, como un habitante de Gran Hermano con sobredosis de anfetaminas. Al final llega Thomas, como parecido de la nada y se lleva a su amigo antes de la llegada de las tropas soviéticas, salvándole a él y a nosotros de sufrir un empacho.





Las Benévolas: Ese ladrillo (III)

14 01 2008

Bien pensado, es posible que esté revelando demasiadas claves de la trama (y que vaya a continuar haciéndolo) para aquellos que no hayan leído el libro y tengan la intención de hacerlo. Avisados quedáis. Continuemos con el siguiente capítulo:

COURANTE

Las tropas Alemanas ya han sido cercadas en el sitio de Stalingrado y a Max Aue lo envían a realizar labores de estudio de la moral de las tropas en todo ese meollo. Resulta bastante chocante, aunque esta es una cuestión que me ha surgido a posteriori, que el protagonista sea capaz de realizar este tipo de labores de sondeo emocional de la gente, cercanas al espionaje (cometido que también ha llevado a cabo en los años anteriores del relato), cuando es descrito casi como un sociópata incapaz de tener más relación que el malsano roce con su hermana. En poco más de cien páginas se nos cuenta la terrible situación de las legiones nazis, aisladas y asediadas entre las ruinas. Un entorno que ha sido explicado y ha servido de base para miles de libros y películas, pero del que Littel extrae un espacio físico concreto, específico, y desgrana una serie de situaciones concisas y sobrecogedoras hasta llegar al alucinatorio cierre del este movimiento de la ópera. Si en algún momento la novela llega a agarrar al lector por las solapas es éste, y uno se pregunta cuál es la maldita razón para ocultarlo bajo trescientas páginas previas que pueden desanimar al más pintado.
La soberbia, supongo. La ceguera del engreimiento. O simplemente que al escritor se la trae muy floja el que está al otro lado, como se entrevé en todas sus entrevistas. Quizás es ese desprecio el que provoca que haya terminado esta novela y que le esté dedicando tal cantidad de tiempo. Me intrigan más las motivaciones y las intenciones que el propio texto en sí.

ZARABANDA

Nuestro querido Aue se recupera de las heridas recibidas y vuelve a Berlín, donde interacciona con su amiguete Thomas (el vividor), sus jefes, su hermana, casada con un anciano, famoso y retirado compositor y su mentor en la sombra, Mandelbrod, personaje este último de gordura mórbida, rodeado de bellas mujeres que no se diferencian unas de otras (me viene a la mente aquel vídeo de Robert Palmer), que va en silla de ruedas, acaricia gatos (sic) y se tira pedos malolientes. Un poco traíddo por los pelos, es posible. El protagonista también se pega un viajecito a París y hace una visita de cortesía a su madre y su padrastro en la zona italiana, lo que dará pie a la parte criminal y de intriga del libreto (y a la persecución de Las Benévolas).
Descargado de la necesidad de explicar los entresijos del partido y el ejército, aunque no puede evitar seguir mostrando sus bastos conocimientos del momento y el lugar relatando, por ejemplo, los acontecimientos bien trufados de nombres propios del París prebélico, todo se desarrolla de una manera bien hilada, tensa, con ese tono frío, descreído y sórdido que sobrevuela las mejores partes de todo este ladrillo.
Quizá el problema con las listas interminables de nombres propios, cargos, siglas, fechas y topónimos, cuando aparecen, sea exclusivamente mío y de mi aversión por la novela histórica. No lo niego.

Lo juro, yo pensaba solamente escribir dos entradas sobre Las Benévolas, pero el espíritu incontinente de Littell ha debido poseerme. Dentro de poco escribiré sin puntos y aparte y en arial 6 (jajejijoju)





Las Benévolas: Ese ladrillo (II)

12 01 2008

Veamos qué nos depara cada uno de los capítulos, los cuales no solamente están claramente diferenciados en cuanto a contenido y situación geográfica sino, curiosamente, estilística, aunque yo diría que de manera NO intencionada. El que quiera leer este libro virgen es mejor que no continúe por los páramos de la entrada siguiente. De todos modos si eres de los que se leen las contraportadas de las novelas, no hallarás nada mucho mejor (ni peor) en las siguientes líneas:

TOCATA

El personaje central de la historia, el SS Max Aue (en parte alter ego del autor), relata su situación actual y desgrana las razones por las cuales está poniendo por escrito las memorias de aquella época. Es un comienzo estilo “sopapo en la cara” directo y bien contado en el que nos hace partícipes de que, efectivamente, cualquiera en su situación podría haber cometido las mismas atrocidades. Éste argumento resulta válido pero pierde fuerza a lo largo del libro. Nunca he recibido un tiro en la cabeza, pero dudo mucho que nadie en sus cabales hubiese llegado a los extremos del señor Aue. Las razones para que el narrador esté relatando todo este mejunje también acaban resultando un tanto difusas, pero se trata de una introducción de poco más 30 páginas, seca, en un diálogo directo con el lector, que atrapa e intriga.

ALEMANDAS I y II

Aquí es donde uno debe coger la cantimplora o la barrena. Una buena novela que se precie debe mantener el ritmo, y especialmente tiene que contar con un comienzo que enganche, de todas las múltiples maneras posibles que existen. Sin embargo Littell se dedica durante más de 300 páginas a contar las vicisitudes de Aue en el frente soviético, un retiro en Crimea y el frente del Cáucaso, introduciendo los flashbacks relativos a las relaciones incestuosas con su hermana y sus antecedentes familiares. Todo esto no tiene que suponer nada negativo per se. Sin embargo el autor parece más interesado en mostrar los engranajes internos de la burocracia y la organización nacionalsocialista, especialmente en lo concerniente a las SS, en volcar toda la información que ha ido acumulando en años, que en tejer una historia. Por lo tanto, uno se topa con insufribles páginas de descripción de órdenes y contraórdenes, avances y transportes y explicaciones sobre organigramas sin demasiado interés lastradas por una completa falta de interés en dar luz a lo que se está contando, introduciendo rangos y más rangos en ese idioma tan comprensible que es el alemán, mezclados con arranques de narración fluidos e impactanes que tratan los temas de las masacres de judíos en Ucrania.
Especialmente irritante llega a resultar el desplazamiento de la acción al Cáucaso, lo que el autor aprovecha para mostrar sus bastos conocimientos sobre la zona adquiridos durante su época de cooperante en Chechenia y que cristalizan en ese personaje ciertamente prescindible, aunque ameno, que es Voss y sus peroratas sobre los incontables y maravillosos idiomas caucásicos.
Evidentemente el capítulo no resulta tan exageradamente árido como pueda parecer por mis palabras, pero la alternancia de momentos interesantes, abruptos, narrados con precisión, se alternan con divagaciones y vomitonas de datos que solamente se pueden justificar desde el manga-anchismo o siendo un fan de las enciclopedias. Incluso esa última parte relativa a la decisión sobre qué hacer con los Bergjuden, absolutamente intrascendente excepto en lo relativo a conocer ciertas partes de las bases del pensamiento nacional-socialista, y que solamente sirve para justificar la degradación de Aue a Stalingrado, llega a leerse con avidez, ya que comienza a decrecer el número de Obersturmbahnführers, Gruppenführers y avances y retrocesos de tropas por línea de texto.
La sensación es que Littell cuenta con unos mimbres inmejorables: el frente ruso en la Segunda Guerra Mundial desde el punto de vista de un SS (y con la información bien adquirida y rumiada) es un marco espectacular para intentar el desarrollo de algo especial. Incluso diferente. Pero da la impresión de que se queda a algo menos que medio camino.

En la próxima entrada, más capítulos. Pero en cualquier caso adelanto que pese a los puntos negativos, esta novela merece la pena ser leída. Las andanzas de Aue en Ucrania durante la primera parte de Alemandas se enmarcan muy bien con el siguiente enlace.





Las Benévolas: Ese ladrillo (I)

10 01 2008

Cantad conmigo hermanos. He sido capaz. Hacía realmente eones que no me enfrentaba a un libro de más de quinientas páginas y salía vivo. En este caso lo he logrado gracias a proponérmelo como reto personal y superando momentos de pereza, aunque la recompensa merece la pena. Llevo bastante tiempo insistiendo en la convicción de que para escribir una novela de más de doscientas páginas hay que tener realmente muchas cosas que contar o la cuestión pierde sentido y podría haberse desbrozado o incluso dividido en sub-novelas. Esta obra del franco-americano Jonathan Littell (que curiosamente no ha logrado obtener la nacionalidad gala hasta haber sido —y por haberse convertido en—famoso) no es, desde luego, una excepción. He intentado recopilar unas cuantas críticas de internet, pero pocas hacen hincapié en los puntos que yo considero clave sobre este mastodonte. De todos modos he dedicado muy poco tiempo a documentarme sobre reseñas y opiniones vertidas sobre este libro (cosa que seguro el propio Littell, adalid de la documentación y la dedicación de una vida a una obra magna, NO haría), por lo que seguro que existe en castellano un buen número de críticas disponibles en la red que yo he pasado por alto. Entre las que he podido hojear me quedo con ésta, bastante completa, aunque también hay alguna otra poniendo a parir la pieza (por cuestiones un tanto ajenas a la propia literatura) o elogiándola de un modo un tanto engolado. Incluso se habla de ella en algún foro que otro. En cualquier caso, y pese a que las reseñas y las críticas desde blogs de no profesionales no están muy bien vistas por algunos, me voy a molestar en desgranar en un corto espacio mi opinión sobre este texto que tanta polémica ha levantado y que en España se ha traducido un año más tarde de su publicación.

En primer lugar, señalar que la estructura resulta difícil de justificar bajo mi humilde punto de vista. No acabo de comprender que necesidad estilística existe para contar una historia de casi mil páginas (en letra bastante pequeñita, por cierto):

a) dividida en solamente siete capítulos
b) sin prácticamente un punto y aparte
c) con los diálogos separados por guiones pero uno a renglón seguido del otro
d) evitando cualquier explicación sobre los significados de los acrónimos nazis ni de los larguísimos nombres alemanes de los rangos militares de la Wehrmacht y las SS (cosa que el editor español intenta compensar con un glosario y una tabla de gradaciones que resultan entre ininteligibles y inútiles)

Ello conlleva una más que notable confusión entre la jerarquía de la miríada de personajes que aparecen en el texto, ralentiza sobremanera la comprensión de cualquier conversación que se lleve a cabo (de manera que no hay Dios que sepa distinguir a los interlocutores), especialmente en la primera parte del libro, y no da descanso a un lector que pide a gritos un reposo, un recodo, una meta entre tantas líneas. ¿Es la intención del autor ser farragoso? Comprendo perfectamente que la densidad es una cualidad que adereza (o mejor digamos que puede aderezar) un texto, especialmente en lo que a estilo se refiere, pero no veo la necesidad en esta novela concreta, y menos la de poner trabas estructurales como las citadas. Si alguien tiene una noción de cuál puede ser el objeto de los puntos A) al d), ruego encarecidamente que deje un comentario. Lo único plausible que se me ocurre es la prepotencia y endiosamiento del autor al que lo único que parece importarle es condensar todo lo que tiene que narrar en el menor espacio físico posible sin la necesidad de dar explicaciones. Creo que se nota que esa posible actitud me cabrea un poco, pero también cabe la posibilidad de que esté equivocado. Necesito imperiosamente que alguien arroje un poco de luz sobre este asunto.

En segundo, pasaré a desgranar la historia según los 7 capítulos que Littell propone, y que corresponden pomposamente a los movimientos de una ópera barroca: Tocata, Alemandas, Courante, Zarabanda, Minueto (en rondós), Aire y Giga. Eso será en la próxima entrada. Y procuraré que no haya muchos spoilers.

Menos mal que me acabo de empezar La Carretera, para desatascar.

Dejo unos enlaces más para el que le interese: Una entrevista al autor bastante completa y con titular cabrón. Otra entrevista muy extensa en la que Littell demuestra ser terriblemente interesante y terriblemente insoportable. Imapagable el final.





Kundera y Palahniuk

11 12 2007

Como he repetido por activa y por pasiva, estoy estancado en las pantanosas y yermas aguas de Las Benévolas. No saldré de ahí hasta que doble la página 1000. No quiero lecturas secundarias. Ni siquiera comprar más libros que añadir a las estanterías de pendiente de leer. Quiero estar una temporada con los pies metidos en ese bloque de hormigón.
Pese a que recuerdo que tengo pendiente de reseñar El Corazón de las Tinieblas, me apetece destripar brevemente los otros dos libros leídos recientemente. La única razón por la que he unido ambas obras en una misma entrada es puramente espacial. Si alguien es capaz de entroncar una obra de Kundera y Palahniuk sin hacer un chiste tiene los comentarios a su disposición.
Por una parte, entonces, tenemos La Despedida, que narra las vicisitudes de 8 personajes en un balneario checo a finales de los setenta. El título original (El vals de despedida, entiendo, aunque no soy traductor de checo), por otra parte, resulta bastante más sugerente y algo más acorde con la novela. En teoría, dicho título hace referencia a la partida del personaje de Jakub (el cual no pude dejar de imaginarme durante toda la lectura con el físico de Charlie Utter, sin ninguna razón específica), aunque uno tiene la sensación de que el personaje principal y la trama fundamental de la novela es la que lleva Ruzena en su vientre. En cualquier caso Kundera desarrolla una trama relativamente sólida para desgranar una serie de ideas sobre especialmente el hecho de la natalidad y el aborto. En ese sentido, para mi gusto, lo más peculiar del libro reside en el personaje del médico abortista y sus excéntricas opiniones sobre las rubias y métodos de fertilidad. Por lo demás, no puedo con la prosa de este hombre. Me resulta amanerada, literaria en el sentido que teatral es al cine, absolutamente pasada de moda. No tengo ni idea si es algo que debe achacarse a la propia traducción. En cualquier caso discurre con suma facilidad y contiene apuntes interesantes, que al menos están hilados con la trama y no incrustados en forma de apostillas ensayísticas como en otras obras suyas. Sí, que no aguante las peroratas ensayistas en la novela también es un problema mío en exclusiva.
Por otro lado tenemos Rant, la última de Palahniuk, del que soy y seré fan declarado, aunque el muy cabrón siga repitiéndose de aquí a la eternidad. Este libro no es una excepción, y toda la historia sigue de pe a pa todas las constantes del escritor, incluyendo sus defectos, pero mi adscripción a la literatura de situaciones epatantes no tiene cura. Y por lo menos es bastante más interesante que el anterior pastiche llamado Fantasmas. Dado que yo mismo soy mucho más receptivo a lo guionizado, resumamos un poquito:
Lo que mola de Rant:
1) Es un libro de Palahniuk, con su siempre hipnotizante prosa a base de aforismos y repeticiones.
2) Tiene una historia perfectamente urdida con una serie de piezas que encajan al final (marca de la casa, por otro lado)
Lo que no mola de Rant:
1) La estructura narrativa que escoge, en forma de entrevistas con los que han conocido a Rant resulta artificial y no se sostiene por ningún lado. No tiene ningún sentido si cada uno de ellos cuenta la historia desde un punto de vista de narrador con la voz de Palahniuk. ¿Para qué Chuck? ¿No es más fácil seguir con uno único, que es lo que se nos da bien, eh?
2) El final se alarga y se alarga en explicaciones innecesarias. Condensando la historia en doscientas y pico páginas hubiese obtenido un libro mil veces más redondo.
Que lo mismo de siempre.





La espuma de los días

10 10 2007

Boris Vian también escribía libros cortos. La inmensa mayoría de las historias pueden relatarse perfectamente en doscientas páginas (y si me apuras, con letra grande), o si no dividirse hasta obtener un número n de libros de doscientas páginas 8 menos. Desde que planteé la cuestión unas entradas más atrás, aún no he descubierto la razón por la que la gente sigue prefiriendo las novelas de mucho peso, ¿Si no hay Dios que las lleve encima! En cualquier caso, hace un mes aproximadamente me leí “La espuma de los días”, obra del autor cuyo nombre abre este texto, y que como puede adivinarse, o bien me ha encantado o me ha parecido bochornosamente analizable.
Por fortuna (especialmente para mí), se trata del primer caso. No es algo que me esperase, ya que el libro anterior de Vian que me eché a la cara fue “Escupiré sobre vuestras tumbas”, que resultó ser un auténtico pestiño que en su día pudo tener una cierta notoriedad debido a las altas dosis de violencia y sexo que contenía (y que Vian firmaba bajo el seudónimo de un imaginario escritor negro y americano –quizás en ese orden- y en las que figuraba como traductor), pero por al que el paso del tiempo le has sentado peor que a un ser humano, que ya es decir. Es evidente que si alguna vez alguien escribe algo debe esmerarse en trascender mínimamente a su época o estará perdido, aunque a Vian me imagino que se la traerá bastante floja en estos momento. De todos modos, y aunque las influencias sean claras y también vayan de la mano con el periodo en el que se escribió, “La espuma de los días” trasciende y contiene, por momentos, auténtica belleza.
Con claros tintes surrealistas que impregnan todo el relato, especialmente en el arranque, y que pueden recordar en algunas ocasiones a una película de Disney (será por el ratón gris), la novela desgrana la historia de amor de dos parejas. En sí, esta historia de pasión post-adolescente llega a resultar un tanto ñoña, y la actitud de los dos protagonistas, por más que uno de ellos sea ingeniero (y pobre), bastante superficial. Incluso hay momentos en que la ideología del autor parece traslucir y dan ganas de moler a alguien a bofetadas. Demasiada inocencia reconcentrada. Pero en cualquier caso un buen montón de párrafos inolvidables jalonan sus páginas y hacen que su lectura sea realmente estimulante.
Unos últimos apuntes: por un lado, tal y como se indica en el enlace de Wikipedia:

Las ciénagas: La palabra “espuma” que se encuentra en el título de la novela simboliza la espuma y la humedad en la segunda parte de la novela, en la que hay muchas referencias a las ciénagas. El piso de Colin parece transformarse en ciénaga (los pasos de Colin producen ruidos mojados y pastosos). Encontramos el ambiente húmedo de los bayous de Luisiana, cuna del jazz que tanto gusta a Boris Vian.

En mi opinión la ciénaga de los días parece menos poético en el sentido cursi del término y por tono es más acorde con el libro, pero sin embargo “La ciénaga de los días” tiene mucho más sentido, tanto en la dirección de la novela como en la de la propia existencia. Se supone que, según indica la contraportada, la cual debería estar prohibida a cualquier persona con dos ojos, la historia narra el paso de la adolescencia despreocupada a la vida adulta, y aunque en parte pueda ser así, subyacen otros temas de manera mucho más evidente. Al leer tal comentario yo esperaba encontrar una última parte del libro en la que la literatura fantástica con cocineros de recetas imposibles y nenúfares en el pulmón diera paso a un cierto realismo sucio. Pero no, el tono se ensombrece pero el estilo permanece, y de hecho la obra culmina, de manera sublime para el que suscribe, con el ratón hablando con un gato.