Las Benévolas: Ese ladrillo (I)

10 01 2008

Cantad conmigo hermanos. He sido capaz. Hacía realmente eones que no me enfrentaba a un libro de más de quinientas páginas y salía vivo. En este caso lo he logrado gracias a proponérmelo como reto personal y superando momentos de pereza, aunque la recompensa merece la pena. Llevo bastante tiempo insistiendo en la convicción de que para escribir una novela de más de doscientas páginas hay que tener realmente muchas cosas que contar o la cuestión pierde sentido y podría haberse desbrozado o incluso dividido en sub-novelas. Esta obra del franco-americano Jonathan Littell (que curiosamente no ha logrado obtener la nacionalidad gala hasta haber sido —y por haberse convertido en—famoso) no es, desde luego, una excepción. He intentado recopilar unas cuantas críticas de internet, pero pocas hacen hincapié en los puntos que yo considero clave sobre este mastodonte. De todos modos he dedicado muy poco tiempo a documentarme sobre reseñas y opiniones vertidas sobre este libro (cosa que seguro el propio Littell, adalid de la documentación y la dedicación de una vida a una obra magna, NO haría), por lo que seguro que existe en castellano un buen número de críticas disponibles en la red que yo he pasado por alto. Entre las que he podido hojear me quedo con ésta, bastante completa, aunque también hay alguna otra poniendo a parir la pieza (por cuestiones un tanto ajenas a la propia literatura) o elogiándola de un modo un tanto engolado. Incluso se habla de ella en algún foro que otro. En cualquier caso, y pese a que las reseñas y las críticas desde blogs de no profesionales no están muy bien vistas por algunos, me voy a molestar en desgranar en un corto espacio mi opinión sobre este texto que tanta polémica ha levantado y que en España se ha traducido un año más tarde de su publicación.

En primer lugar, señalar que la estructura resulta difícil de justificar bajo mi humilde punto de vista. No acabo de comprender que necesidad estilística existe para contar una historia de casi mil páginas (en letra bastante pequeñita, por cierto):

a) dividida en solamente siete capítulos
b) sin prácticamente un punto y aparte
c) con los diálogos separados por guiones pero uno a renglón seguido del otro
d) evitando cualquier explicación sobre los significados de los acrónimos nazis ni de los larguísimos nombres alemanes de los rangos militares de la Wehrmacht y las SS (cosa que el editor español intenta compensar con un glosario y una tabla de gradaciones que resultan entre ininteligibles y inútiles)

Ello conlleva una más que notable confusión entre la jerarquía de la miríada de personajes que aparecen en el texto, ralentiza sobremanera la comprensión de cualquier conversación que se lleve a cabo (de manera que no hay Dios que sepa distinguir a los interlocutores), especialmente en la primera parte del libro, y no da descanso a un lector que pide a gritos un reposo, un recodo, una meta entre tantas líneas. ¿Es la intención del autor ser farragoso? Comprendo perfectamente que la densidad es una cualidad que adereza (o mejor digamos que puede aderezar) un texto, especialmente en lo que a estilo se refiere, pero no veo la necesidad en esta novela concreta, y menos la de poner trabas estructurales como las citadas. Si alguien tiene una noción de cuál puede ser el objeto de los puntos A) al d), ruego encarecidamente que deje un comentario. Lo único plausible que se me ocurre es la prepotencia y endiosamiento del autor al que lo único que parece importarle es condensar todo lo que tiene que narrar en el menor espacio físico posible sin la necesidad de dar explicaciones. Creo que se nota que esa posible actitud me cabrea un poco, pero también cabe la posibilidad de que esté equivocado. Necesito imperiosamente que alguien arroje un poco de luz sobre este asunto.

En segundo, pasaré a desgranar la historia según los 7 capítulos que Littell propone, y que corresponden pomposamente a los movimientos de una ópera barroca: Tocata, Alemandas, Courante, Zarabanda, Minueto (en rondós), Aire y Giga. Eso será en la próxima entrada. Y procuraré que no haya muchos spoilers.

Menos mal que me acabo de empezar La Carretera, para desatascar.

Dejo unos enlaces más para el que le interese: Una entrevista al autor bastante completa y con titular cabrón. Otra entrevista muy extensa en la que Littell demuestra ser terriblemente interesante y terriblemente insoportable. Imapagable el final.





Kundera y Palahniuk

11 12 2007

Como he repetido por activa y por pasiva, estoy estancado en las pantanosas y yermas aguas de Las Benévolas. No saldré de ahí hasta que doble la página 1000. No quiero lecturas secundarias. Ni siquiera comprar más libros que añadir a las estanterías de pendiente de leer. Quiero estar una temporada con los pies metidos en ese bloque de hormigón.
Pese a que recuerdo que tengo pendiente de reseñar El Corazón de las Tinieblas, me apetece destripar brevemente los otros dos libros leídos recientemente. La única razón por la que he unido ambas obras en una misma entrada es puramente espacial. Si alguien es capaz de entroncar una obra de Kundera y Palahniuk sin hacer un chiste tiene los comentarios a su disposición.
Por una parte, entonces, tenemos La Despedida, que narra las vicisitudes de 8 personajes en un balneario checo a finales de los setenta. El título original (El vals de despedida, entiendo, aunque no soy traductor de checo), por otra parte, resulta bastante más sugerente y algo más acorde con la novela. En teoría, dicho título hace referencia a la partida del personaje de Jakub (el cual no pude dejar de imaginarme durante toda la lectura con el físico de Charlie Utter, sin ninguna razón específica), aunque uno tiene la sensación de que el personaje principal y la trama fundamental de la novela es la que lleva Ruzena en su vientre. En cualquier caso Kundera desarrolla una trama relativamente sólida para desgranar una serie de ideas sobre especialmente el hecho de la natalidad y el aborto. En ese sentido, para mi gusto, lo más peculiar del libro reside en el personaje del médico abortista y sus excéntricas opiniones sobre las rubias y métodos de fertilidad. Por lo demás, no puedo con la prosa de este hombre. Me resulta amanerada, literaria en el sentido que teatral es al cine, absolutamente pasada de moda. No tengo ni idea si es algo que debe achacarse a la propia traducción. En cualquier caso discurre con suma facilidad y contiene apuntes interesantes, que al menos están hilados con la trama y no incrustados en forma de apostillas ensayísticas como en otras obras suyas. Sí, que no aguante las peroratas ensayistas en la novela también es un problema mío en exclusiva.
Por otro lado tenemos Rant, la última de Palahniuk, del que soy y seré fan declarado, aunque el muy cabrón siga repitiéndose de aquí a la eternidad. Este libro no es una excepción, y toda la historia sigue de pe a pa todas las constantes del escritor, incluyendo sus defectos, pero mi adscripción a la literatura de situaciones epatantes no tiene cura. Y por lo menos es bastante más interesante que el anterior pastiche llamado Fantasmas. Dado que yo mismo soy mucho más receptivo a lo guionizado, resumamos un poquito:
Lo que mola de Rant:
1) Es un libro de Palahniuk, con su siempre hipnotizante prosa a base de aforismos y repeticiones.
2) Tiene una historia perfectamente urdida con una serie de piezas que encajan al final (marca de la casa, por otro lado)
Lo que no mola de Rant:
1) La estructura narrativa que escoge, en forma de entrevistas con los que han conocido a Rant resulta artificial y no se sostiene por ningún lado. No tiene ningún sentido si cada uno de ellos cuenta la historia desde un punto de vista de narrador con la voz de Palahniuk. ¿Para qué Chuck? ¿No es más fácil seguir con uno único, que es lo que se nos da bien, eh?
2) El final se alarga y se alarga en explicaciones innecesarias. Condensando la historia en doscientas y pico páginas hubiese obtenido un libro mil veces más redondo.
Que lo mismo de siempre.





La espuma de los días

10 10 2007

Boris Vian también escribía libros cortos. La inmensa mayoría de las historias pueden relatarse perfectamente en doscientas páginas (y si me apuras, con letra grande), o si no dividirse hasta obtener un número n de libros de doscientas páginas 8 menos. Desde que planteé la cuestión unas entradas más atrás, aún no he descubierto la razón por la que la gente sigue prefiriendo las novelas de mucho peso, ¿Si no hay Dios que las lleve encima! En cualquier caso, hace un mes aproximadamente me leí “La espuma de los días”, obra del autor cuyo nombre abre este texto, y que como puede adivinarse, o bien me ha encantado o me ha parecido bochornosamente analizable.
Por fortuna (especialmente para mí), se trata del primer caso. No es algo que me esperase, ya que el libro anterior de Vian que me eché a la cara fue “Escupiré sobre vuestras tumbas”, que resultó ser un auténtico pestiño que en su día pudo tener una cierta notoriedad debido a las altas dosis de violencia y sexo que contenía (y que Vian firmaba bajo el seudónimo de un imaginario escritor negro y americano –quizás en ese orden- y en las que figuraba como traductor), pero por al que el paso del tiempo le has sentado peor que a un ser humano, que ya es decir. Es evidente que si alguna vez alguien escribe algo debe esmerarse en trascender mínimamente a su época o estará perdido, aunque a Vian me imagino que se la traerá bastante floja en estos momento. De todos modos, y aunque las influencias sean claras y también vayan de la mano con el periodo en el que se escribió, “La espuma de los días” trasciende y contiene, por momentos, auténtica belleza.
Con claros tintes surrealistas que impregnan todo el relato, especialmente en el arranque, y que pueden recordar en algunas ocasiones a una película de Disney (será por el ratón gris), la novela desgrana la historia de amor de dos parejas. En sí, esta historia de pasión post-adolescente llega a resultar un tanto ñoña, y la actitud de los dos protagonistas, por más que uno de ellos sea ingeniero (y pobre), bastante superficial. Incluso hay momentos en que la ideología del autor parece traslucir y dan ganas de moler a alguien a bofetadas. Demasiada inocencia reconcentrada. Pero en cualquier caso un buen montón de párrafos inolvidables jalonan sus páginas y hacen que su lectura sea realmente estimulante.
Unos últimos apuntes: por un lado, tal y como se indica en el enlace de Wikipedia:

Las ciénagas: La palabra “espuma” que se encuentra en el título de la novela simboliza la espuma y la humedad en la segunda parte de la novela, en la que hay muchas referencias a las ciénagas. El piso de Colin parece transformarse en ciénaga (los pasos de Colin producen ruidos mojados y pastosos). Encontramos el ambiente húmedo de los bayous de Luisiana, cuna del jazz que tanto gusta a Boris Vian.

En mi opinión la ciénaga de los días parece menos poético en el sentido cursi del término y por tono es más acorde con el libro, pero sin embargo “La ciénaga de los días” tiene mucho más sentido, tanto en la dirección de la novela como en la de la propia existencia. Se supone que, según indica la contraportada, la cual debería estar prohibida a cualquier persona con dos ojos, la historia narra el paso de la adolescencia despreocupada a la vida adulta, y aunque en parte pueda ser así, subyacen otros temas de manera mucho más evidente. Al leer tal comentario yo esperaba encontrar una última parte del libro en la que la literatura fantástica con cocineros de recetas imposibles y nenúfares en el pulmón diera paso a un cierto realismo sucio. Pero no, el tono se ensombrece pero el estilo permanece, y de hecho la obra culmina, de manera sublime para el que suscribe, con el ratón hablando con un gato.





La niña del pelo raro

8 06 2007

Tengo “La Broma Infinita” aparcada desde hace años. Empiezo a leer y me maravillo con la capacidad de David Foster Wallace de jugar con el lenguaje y removerlo de forma original, pero en alguna parte alrededor de la página cien el libro, sin darme cuenta, lo dejo a un lado y sigo leyendo otra cosa. Me ha ocurrido dos veces. Es el problema de un libro de más del mil páginas (de las cuales las cien últimas –aproximadamente, no me apetece levantarme a la biblioteca para comprobarlo- son anotaciones a pie de página) con la letra muy pequeña y que se relame en las más mínimas explicaciones de los entresijos de las escuelas de tenis. Lo tengo reservado para algún viaje largo, pero creo que necesitaré un retiro espiritual en un convento o similar, momento en el que aprovecharé a intentar hincarle el diente a “Submundo” de Don DeLillo. Descubrí ambos autores, y algún otro, gracias a un artículo sobre la nueva novela americana en un Qué Leer hace muchos años, y el señor Wallace me maravilló desde el principio con ese ingenio sin control que desarrolla en “Entrevistas breves con hombres repulsivos”. Así que ante la imposibilidad de terminar su gran novela, me conformo con buscar y leer otros libros del autor. El último ha sido “La Niña del Pelo Raro”, una colección de relatos que se publicó por un ya lejano 1989.

La colección es bastante irregular y está marcada por el último de los cuentos que la compone, “Hacia el Oeste, el avance del enemigo continua”, con una extensión de cien páginas (una novela y pico de Nothomb) y un juego de metanarrativa interesante pero que acaba cansando. Cuenta con momentos tremendamente brillantes y otros farragosos y absolutamente aburridos, pero es que en el caso de Wallace uno siempre se pregunta si el sopor que provocan algunos de sus pasajes no serán absolutamente premeditados. En casi todas las ocasiones acabo pensando que sí. De todos modos, existen ciertos párrafos geniales que jalonan irónicamente esta historia que no va a ninguna parte, que sabe que no va a ninguna parte, que se limita a explorar y mostrar los mecanismos de la literatura moderna siendo consciente de que ella misma es literatura posmoderna y está llena de florituras cara a la galería. Un ejemplo:

Una interrupción verdaderamente descarada y maleducada

Tal como se ha dicho antes –y si esto fuera un relato metanarrativo, que NO lo es, es muy probable que se mencionara el número de líneas de letra impresa entre esta referencia y el referente prenominado, lo cual sería un verdadero coñazo, además de una chulería, dado que significaría asumir que la narración simple, directa y sin adornos de un día lento, caluroso, frustrante y espeso en la vida de tres chavales que no han dormido y que ni siquiera son especialmente cordiales, puede acabar publicándose, lo cual en estos días sería bastante buena suerte, pero sí que se mencionaría ese número en caso de ser este un relato metanarrativo, no hace falta ni decirlo, es una convención posmoderna obligatoria encaminada a llamar la atención y las emociones del pobrecito lector acerca del hecho de que la narración que ha adquirido y ha pagado y que ahora está empleando su tiempo en inspeccionar no es una simple ventana que da a un mundo distinto y ciertamente entretenido, sino que en realidad es un artefacto, un objeto, una simple cosa de este viejo mundo de aquí compuesto de una emulsión de pulpa de madera y de una serie de hileras horizontales de tinta (…)

Y así durante dos páginas hasta llegar al cierre del guión sin terminar la frase. Uno tiene la sensación de que a estas alturas de su vida David Foster Wallace estaba haciendo probaturas. El resto de los relatos del libro sigue una tónica parecida, con algunos realmente brillantes. Personalmente me quedo con el primero de ellos, “Animalitos inexpresivos”, una historia sobre una concursante del Jeopardy que obvia mucho de los excesos habituales y está hilada hábilmente. También destacaría el relato que da título al libro, “La niña del pelo raro” con un extraño y abrupto final, y “John Billy”, un festival de excesos e hipérboles que se pierde totalmente en la última parte.





Una excepción

1 03 2007

Casa de Londres

Hace un tiempo leí Metafísica de los Tubos, de Amélie Nothomb, y lo cierto es que me dejó bastante impactado. Era fresco e ingenioso, aunque estuviera repleto de frases sentenciosas y aforismos. Quizás ése era su único problema, o al menos el único problema que pude tener yo con el libro, ya que me suele repeler el exceso de intentos de genialidad, de mostrar lo increíblemente inteligente e imaginativo que es el escritor a base de sentencias epatantes que resumen EL SENTIDO VIDA (o similares). Sin embargo casi ni se notaba. Y además, era un libro extremadamente corto. Como ya he explicado alguna vez, creo que hay que tener algo realmente interesante y extenso que narrar para escribir un libro de más de 200 páginas y no perderse en divagaciones o historias paralelas de corta y pega. Más tarde descubrí que sus libros, al menos los que conozco, son todos igualmente breves, y eso, en este mundo en el que sólo puedes acceder a las mesas de apilamiento de ladrillos de las entradas de las librerías si escribes un tocho, a ser posible sobre conspiraciones de los templarios para relacionar a ETA con la Guerra de las Malvinas, de más de 500 páginas por el que merezca la pena gastarse el dinero, resulta, por lo menos, refrescante. El último de Philip Roth también es muy cortito. Unas rarezas entre los pisapapeles.

Hace unos días, le regalé a Mireia, que se ha convertido en fan de Amélie de la noche a la mañana, la más reciente novela de Nothomb, Ácido Sulfúrico. Hacía tiempo que no devoraba un libro en una sola tarde, pero eso no significa que se deba exclusivamente a una irrefrenable atracción provocada por la historia y la prosa, sino también al hecho de tener por una vez unas horas libres que dedicar en su totalidad a leer. De hecho eme he quedado con una sensación un tanto inocua.

Se trata de una distopía, llámalo fábula siniestra, en la que gente al azar es reclutada a la fuerza en plena calle, condenada, para participar en un programa llamado Concentración, en el que estarán hacinados, serán maltratadas e irán muriendo como si se encontrasen en un campo de exterminio nazi, pero con cámaras. En un principio resulta muy complicado dejarse llevar por la historia, ya que la premisa es completamente inverosímil, a lo que se añaden unos personajes bien descritos pero un tanto planos. Con lo cual nos quedamos con un ensayo sobre los realities y la actitud de la sociedad frente a los mismos, envuelto en una trama un tanto secundaria. Como sátira es brillante por momentos, pero el papel de regalo que es la historia que los sustenta se nota demasiado. No hay unión, y uno acaba leyendo en espera de la siguiente opinión, del siguiente instante de aguda reflexión.

En mi opinión, uno de los mayores logros que atesora la novela es la paradoja que se crea e incluye al propio libro: en la Ácido sulfúrico, la audiencia de Concentración no para de crecer, azuzada constantemente por las críticas de los medios especializados y los intelectuales. Cuanto mayores salvajadas ocurren dentro del campo, mayor número de periodistas y eruditos exigen que se deje de ver el programa, o que no se hable de él, en un juego que acaba envolviendo al propio libro, que es una crítica de los programas basuras que alentará su visionado de uno u otro modo. Y estoy seguro de que la autora era plenamente consciente de ello (no he leído ninguna entrevista reciente para corroborarlo) y le encanta el juego. A mí, desde luego, me parece una idea genial. Por lo demás, debo añadir que el desenlace resulta precipitado. Ya solo me faltan doce libros de Amélie Nothomb por leer.

Esta vez tengo tres libros empezados al mismo tiempo, por lo que creo que va siendo hora de finiquitar La mancha humana de Philip Roth y Cuando fuimos huérfanos de Ishiguro. Ishiguro, el hombre que cree recordar pero no está completamente seguro.