Cantad conmigo hermanos. He sido capaz. Hacía realmente eones que no me enfrentaba a un libro de más de quinientas páginas y salía vivo. En este caso lo he logrado gracias a proponérmelo como reto personal y superando momentos de pereza, aunque la recompensa merece la pena. Llevo bastante tiempo insistiendo en la convicción de que para escribir una novela de más de doscientas páginas hay que tener realmente muchas cosas que contar o la cuestión pierde sentido y podría haberse desbrozado o incluso dividido en sub-novelas. Esta obra del franco-americano Jonathan Littell (que curiosamente no ha logrado obtener la nacionalidad gala hasta haber sido —y por haberse convertido en—famoso) no es, desde luego, una excepción. He intentado recopilar unas cuantas críticas de internet, pero pocas hacen hincapié en los puntos que yo considero clave sobre este mastodonte. De todos modos he dedicado muy poco tiempo a documentarme sobre reseñas y opiniones vertidas sobre este libro (cosa que seguro el propio Littell, adalid de la documentación y la dedicación de una vida a una obra magna, NO haría), por lo que seguro que existe en castellano un buen número de críticas disponibles en la red que yo he pasado por alto. Entre las que he podido hojear me quedo con ésta, bastante completa, aunque también hay alguna otra poniendo a parir la pieza (por cuestiones un tanto ajenas a la propia literatura) o elogiándola de un modo un tanto engolado. Incluso se habla de ella en algún foro que otro. En cualquier caso, y pese a que las reseñas y las críticas desde blogs de no profesionales no están muy bien vistas por algunos, me voy a molestar en desgranar en un corto espacio mi opinión sobre este texto que tanta polémica ha levantado y que en España se ha traducido un año más tarde de su publicación.
En primer lugar, señalar que la estructura resulta difícil de justificar bajo mi humilde punto de vista. No acabo de comprender que necesidad estilística existe para contar una historia de casi mil páginas (en letra bastante pequeñita, por cierto):
a) dividida en solamente siete capítulos
b) sin prácticamente un punto y aparte
c) con los diálogos separados por guiones pero uno a renglón seguido del otro
d) evitando cualquier explicación sobre los significados de los acrónimos nazis ni de los larguísimos nombres alemanes de los rangos militares de la Wehrmacht y las SS (cosa que el editor español intenta compensar con un glosario y una tabla de gradaciones que resultan entre ininteligibles y inútiles)
Ello conlleva una más que notable confusión entre la jerarquía de la miríada de personajes que aparecen en el texto, ralentiza sobremanera la comprensión de cualquier conversación que se lleve a cabo (de manera que no hay Dios que sepa distinguir a los interlocutores), especialmente en la primera parte del libro, y no da descanso a un lector que pide a gritos un reposo, un recodo, una meta entre tantas líneas. ¿Es la intención del autor ser farragoso? Comprendo perfectamente que la densidad es una cualidad que adereza (o mejor digamos que puede aderezar) un texto, especialmente en lo que a estilo se refiere, pero no veo la necesidad en esta novela concreta, y menos la de poner trabas estructurales como las citadas. Si alguien tiene una noción de cuál puede ser el objeto de los puntos A) al d), ruego encarecidamente que deje un comentario. Lo único plausible que se me ocurre es la prepotencia y endiosamiento del autor al que lo único que parece importarle es condensar todo lo que tiene que narrar en el menor espacio físico posible sin la necesidad de dar explicaciones. Creo que se nota que esa posible actitud me cabrea un poco, pero también cabe la posibilidad de que esté equivocado. Necesito imperiosamente que alguien arroje un poco de luz sobre este asunto.

En segundo, pasaré a desgranar la historia según los 7 capítulos que Littell propone, y que corresponden pomposamente a los movimientos de una ópera barroca: Tocata, Alemandas, Courante, Zarabanda, Minueto (en rondós), Aire y Giga. Eso será en la próxima entrada. Y procuraré que no haya muchos spoilers.
Menos mal que me acabo de empezar La Carretera, para desatascar.
Dejo unos enlaces más para el que le interese: Una entrevista al autor bastante completa y con titular cabrón. Otra entrevista muy extensa en la que Littell demuestra ser terriblemente interesante y terriblemente insoportable. Imapagable el final.


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