Por cerrar los ojos

13 06 2008

Suena la alarma del móvil. La apago. Son las 6 y media de la mañana. Me vuelvo a dormir. Suena el despertador. Lo tiro al suelo de un manotazo. Me levanto con los ojos entrecerrados y pongo el pie sobre las marcas del parqué que llevan hasta el pobre y magullado aparato. Lo recojo y lo vuelvo a dejar en su sitio. La casa está en silencio. Delante del ordenador, después de la ducha, mojo una magdalena del Sabeco en el café. Aún así está dura y sabe a cartón. Miro el tiempo para hoy: chubascos intermitentes; temperatura máxima de 20 grados. Escojo la corbata verde. Miro el reloj y salgo a toda prisa por la puerta sin ponerme el cinturón.
Llego a la estación corriendo y consigo entrar en el tren justo cuando las puertas se están cerrando. No me importa llegar tarde al trabajo, pero no pienso dejar pasar la oportunidad de verla. Paseo hasta el último vagón mirando a la gente por el rabillo del ojo. Conozco a casi todos, y siempre están en el mismo sitio. Siempre separados a la máxima distancia unos de otros, rellenando los huecos hasta que es inevitable hacer intersecar la esfera de privacidad propia con la de un desconocido. Me he colocado los auriculares del móvil en los oídos pero no escucho nada, únicamente quiero que los demás crean que estoy distraído: hace ya mucho que me dejó de emocionar la música. Me he llegado a plantear descargarme grabaciones de lluvia golpeando en tejados, o sonidos de animales en celo, o el ronroneo de la ventilación de un ordenador para ponérmelos en bucle infinito, pero siempre surge algo mejor que hacer y el silencio no deja de ser el mal menor. Al final del último vagón me espera mi asiento junto a la ventana, en el sentido contrario al avance del tren.
Arranca puntual, como casi todos los días. Dejamos la estación y yo apoyo la cabeza sobre el cristal como tantas veces he practicado, mirando a través de la ventana con cara de interesante melancolía formando un ángulo de quince grados entre la base de mi barbilla y la horizontal. Antes de realizar esta operación, me fijo en que la zona donde mi cabeza va tocar con el vidrio se ve un tanto más opaca que el resto. Pasamos la primera estación. El mundo va subiendo y los ojos van marcando vectores que se evitan sistemáticamente unos a otros y apuntan a la pantalla del móvil, a la superficie de un libro, al sinóptico de las siete líneas de cercanías, a la línea del horizonte. En la segunda estación comienzo a ponerme tenso. Me doy cuenta de que estoy tamborileando con mis dedos en el asiento, mi boca está ligeramente entreabierta (creando una más que probable expresión bobina) y que he perdido la posición del eje de mi cabeza respecto al marco de la ventana. Me rehago.
Nos acercamos a la tercera estación. Allí aparecerá ella. La línea de cipreses sobre el muro va decreciendo su velocidad. Al fondo, sobre una loma, se recorta el bloque de hormigón del hospital como un cáncer tecnológico sobre la hierba. Las escaleras del cementerio. La casita del guarda. Un tramo de maleza. Las chabolas. Unos niños están apedreando algo, o intentándolo al menos, pero no llego a vislumbrar qué. Antes de perderlos de vista uno de ellos se gira; sus ojos miran nuestro convoy; veo que tiene una cicatriz horrible en la mejilla izquierda, el pelo en mechones ennegrecidos como trozos de un telar viejo y antes de desparecer por el costado de mi ventana recoge su brazo también renegrido con un pedrusco en la mano y forma un arco hacia atrás por encima de su cabeza como emulando a un palestino con enanismo. Espero un segundo, pero no se escucha golpear nada contra el tren. Ahora pasan los bloques de apartamentos amarillos. Ahora el ambulatorio. Ahora la escombrera. Ahora el cartel de la estación y las pocas almas despiertas a estas horas de la mañana, tiesas y perfectamente distribuidas por el andén. Paramos. No la he visto. Carraspeo porque estoy nervioso. No puede ser. Deshago toda mi compostura y miro para todos los lados, pero no aparece por ninguna parte. Al girar de nuevo la cabeza hacia fuera veo que llega corriendo, tremendamente apurada, con la bolsa golpeando rítmicamente su cadera y un mechón de pelo formando una u muy larga sobre su frente. Comienza a pitar el soniquete que indica que las puertas están a punto de cerrarse y de un salto que se queda grabado en mi mente durante una eternidad, y estoy seguro de que en la de muchos otros en el mismo vagón, consigue entrar antes de que se cierren. A toda prisa, intento rehacerme. La mirada perdida. La corbata recta. Los quince grados. La mano en el mentón. Ella recobra el aliento mientras el universo vuelve a ponerse en marcha y se acerca a su lugar habitual, pero se han sentado un grupo de adolescentes que miran a todo el mundo con desprecio (pidiendo por favor que alguien los comprenda, o bien pidiendo que alguien les aseste un navajazo en la sien, nunca lo tengo claro), así que se gira buscando un hueco. Veo todo esto por el rabillo del ojo y noto que mi frente empieza a sudar y mi cabeza pierde un poco de altura al ir resbalando lentamente contra el cristal. Noto su mirada sobre mi zona. Se acerca, Se sienta justo frente a mí y coloca el bolso sobre las piernas. Resopla y agita la cabeza. Se coloca el pelo nuevamente en su sitio y se fija la mirada en mi durante un segundo porque, Dios mío, me he quedado observándola fijamente. Cierro los ojos y me hago el dormido. Sé que no es la mejor opción y que mi imagen va a perder muchos enteros, pero no puedo permitirme este contacto visual prematuro. Siento que mi esfera de intimidad se va desintegrando poco a poco invadida por su halo, que es incoloro y cálido. Noto el corazón en la punta de los dedos, en el hombro y en la parte de la frente que va resbalando poco a poco sobre la ventana. Intento concentrarme en las luces y destellos que aparecen sobre el fondo negro de mis párpados. Debemos estar atravesando el bosque porque esto es un festín sicodélico. Pasa un rato y logro relajarme a duras penas. Ya no hay variaciones de luz y la penumbra domina, luego debemos estar pasando por un túnel, luego debemos habernos pasado mi parada. Mierda. Abro los ojos. Ella ya no está y el tren casi vacío se acerca a la penúltima estación. Me bajo intentando aparentar que ésa es mi parada. Espero a que el resto de pasajeros se hayan alejado y cambio de andén de manera pretendidamente despreocupada. Durante la espera del tren de vuelta no puedo pensar en nada productivo. Intento repasar las acciones que he llevado a cabo en el trayecto y preparo una lista mental de aciertos y errores que resulta estar muy mal equilibrada. Escucho el sonido, amortiguado por los auriculares mudos, del convoy acercándose. Veo al conductor y me da la impresión de que me mira y se ríe. Estoy seguro de que es la misma persona que nos ha traído hasta aquí, se ha dado cuenta de mi equivocación y se está mofando de mi ineptitud. En otro estado quizás podría haber contraatacado mentalmente pensando en su ridículo uniforme, o en lo aburrido de su vida, o en mi más que probable superioridad intelectual, pero en estos momentos no puedo hacer otra cosa que agachar la cabeza y arreglarme la corbata.
Llego al trabajo. Hago como que trabajo. Me paso veinte minutos delante de la máquina expendedora intentando decidir entre un bollo o una palmera de chocolate. Cuando me decido descubro que la máquina dice que no quedan ninguno de los dos productos, aunque yo los veo tras el cristal, enganchados en su espiral de aluminio que no quiere girar. El envoltorio de plástico del bollo lleva impresos el logotipo de la empresa, los ingredientes y un dibujo de un señor rellenito que me señala y se parte de risa. Cierro los ojos y compruebo que la expresión rojo de ira se refiere a un hecho físico real y antes de que me de cuenta los dos encargados de seguridad me están arrastrando lejos de la máquina, que yace hecha pedazos. Mis compañeros me observan por encima de los biombos que delimitan su pobre espacio personal, mientras me llevan a trompicones hasta el botiquín. Los de seguridad se quedan junto a mí hasta que las pastillas que me hace ingerir el médico hacen efecto y me voy quedando dormido mientras el hombre de la bata blanca va secando la sangre reseca de las manos y coge una be….
Suena la alarma del móvil. La apago. Son las 6 y media de la mañana. Abro un ojo. No estoy en mi habitación, sus muros no son blancos y no huele a muerte aséptica. Me incorporo. Veo que llevo una bata blanca puesta, un brazalete de plástico en la muñeca y noto el culo desnudo apoyado sobre las sábanas. Me levanto, aturdido y abotargado, y me acerco a la ventana. El sol está saliendo. Abajo, tras los cipreses, me parece vislumbrar el tren de cercanías. Miro hacia abajo y veo a los niños renegridos subiendo la colina, pegándose entre sí. Uno de ellos recoge de repente una piedra del suelo y la lanza contra mi ventana. La piedra vuela y vuela.







No sabía que aquel culo era un corazón dibujado en su honor

9 06 2008

Sin más dilación, les presento los microrrelatos de esta semana que no han llegado a ser finalistas. Me gustaban, la verdad.

1) No sabía que aquel culo era un corazón dibujado en su honor, esculpido con bisturí para que su marido se deleitara con él. Una expresión de amor incondicional de más de seis mil euros. Un homenaje a un tipo que nunca la había querido y se había escapado con una pelandrusca a Brasil dejándola con dos hijos (que se parecían a él) y media hipoteca. Si su jefe lo hubiese sabido, ahora no estaría en el hospital esperando a que le extirpen las grapas de la frente. Una manera un tanto dolorosa, por otra parte, de aprender a no propasarse con la secretaria.

2) No sabía que aquel culo era un corazón dibujado en su honor. Vio su nombre escrito en la pancarta junto a un trasero colorado y, loco de ira, mandó fusilar inmediatamente al portador. Vassily había pasado días perfeccionando las líneas del corazón, pero tuvo que improvisar el color de relleno en el último momento al darse cuenta de que no llegaba a tiempo al discurso. Amaba al líder. Veía su cara pintada en las paredes de los edificios y tenía que refrenar sus ansias lanzarse besar aquellos labios apretados. Delante del pelotón, Vassily pensó en él con agradecimiento por poder ser tocado por el plomo de su escolta. Fuego en su corazón.





El rapidito del Miércoles

28 05 2008

Una actualización a toda prisa desde la sala de reuniones de mi empresa en Levallois, a la espera de que llegue de un momento a otro la delegación (que bonita y rimbombante palabra) de la compañia zambiana ccon la que tenemos que negociar un pequeño contrato. Así que aquí dejo mis microcuentos de esta semana.

Miriam arrugó en sus manos el garabato ilegible que había dibujado y lo lanzó a la papelera. La imperfecta bola de papel rebotó en un borde, después contra la pared y acabó sobre la moqueta. Miriam se levanto de su mesa, recogió la pelota de celulosa y la abrió. Dentro había un dibujo de un jugador de baloncesto. Cogió un folio en blanco y trazó otro garabato. Abrió la ventana y tiró el papel. El viento lo volteó unos segundos y tras un par filigranas se convirtió en un avión de papel que volvió a entrar planeando a manos de Miriam. Lo desdobló y leyó: “Hola, soy el espíritu de Walt”

Miriam arrugó en sus manos el garabato ilegible que había dibujado. Cogió otro folio en blanco y trató de escribir su nombre de nuevo, pero era imposible, solo trazaba líneas sin sentido. No tenía problemas para escribir cualquier otra cosa, pero no podía con su nombre. Acudió a un psicólogo y logopeda amigo de la familia y le explicó su caso. La escuchó pacientemente y después le dijo:
—Inténtelo con los ojos cerrados.
Miriam los cerró y dejó correr la pluma. Al abrirlos leyó su nombre y sintió que se desvanecía. Despertó con la cara del doctor frente a la suya.
—Ahora tendrá que aprender a convivir con él.

Miriam arrugó en sus manos el garabato ilegible que había dibujado. Cogió la pintura azul y atacó otro folio en blanco. Miriam madre recogió el papel arrugado y lo guardó con orgullo en el bolsillo. Llamaron a la puerta: era la niñera.
Miriam madrepasó por la tienda junto a su despacho y compró un marco. Aplastó el papel arrugado contra el cristal y colgó el resultado en la pared tras su escritorio. Activó el interfono:
—Enrique, haz pasar al primer paciente.
Un hombre calvo y arrugado abrió la puerta y se quedó mirando el garabato de su hija. Sonrió.
—Bonito búfalo dijo.
Miriam madre pensó que tenía que adelgazar.





Principios de semana

13 05 2008

Como quien baja la basura. Como quién se lava los dientes. Como quien manda un e-mail para felicitar los cumpleaños, aquí están mis microrrelatos de esta semana.

“¡La malvada Hipotenusa capturó a Pi!” Gritó Mortadelo en la televisión con acento Venezolano. El niño observaba la pantalla sentado en el suelo con un cojín sobre las rodillas. Las luces del salón estaban apagadas y los dibujos animados se reflejaban en su carita. Sus ojos miraban con expresión vacía los gritos y brincos de aquellos esperpentos mal doblados que le fascinaban. De repente, Mortadelo se disfrazó de Superman. La boca del niño dibujó una sonrisa. Fue a buscar la manta roja que estaba en el balcón.

—“La malvada Hipotenusa capturó a Pi” me parece un título ridículo para esta canción, por muy instrumental y matemática que sea—Dijo mientras dejaba la guitarra apoyada en la pared de la sala de ensayos.
—Ander, no tienes el más mínimo sentido del humor—Respondió ella quitándose los auriculares—¿Cómo la titularías tú?
—Número 31.
—Das pena.—Apostilló ella moviendo la cabeza.
Años más tarde, en Wembley, a Ander se le pusieron los pelos de gallina al salir al escenario. Todo el mundo coreaba “La malvada hipotenusa…”. Ella siempre tenía razón: se giró y le guiñó un ojo. Nadie supo a quién se lo estaba guiñando.

Mi otra aportación del día es certificar el daño que pueden hacer los espacios diáfanos de las oficinas en la convivencia pacífica de las personas y en la salud mental de las almas sensibles. Yo soy de los que se pone de los nervios cuando tiene delante a alguien que hace ruido al masticar como si fuera una hiena rebanando los restos de una gacela Thompson, así que encuentro bastantes motivos para que pueda odiar sin motivo a alguna gente que se sienta a mi alrededor. Lo que siempre resulta más desasosegante es ser perfectamente consciente de que si fuera yo mismo el que se ubica justo a mi lado, me tendría mucha ojeriza.

Feliz día de trabajo a todos. Por cierto, que estemos a 25 grados y tenga que trabajar con sensación de llevar un rodal camachiano bajo la axila no ayuda





Contraportada

24 04 2008

NOTA: Este es el texto que irá en el libro del taller de escritura de este año. A falta de la última revisión, ya está bastante pulido.

Elisa escribía novelas. Empezó cuando iba al instituto y logró publicar la primera a los veintipocos años. Casi de inmediato sus libros se empezaron a vender como rosquillas. Se consumían, del mismo modo que las rosquillas, en un suspiro y agrandes bocados: Eran libros cortos, bastante directos y contaban historias de todos los días con las que cualquiera podía identificarse y hacerse una segunda piel; escribía de manera fresca y divertida pero a la vez elegante como el trazo oblicuo de una pluma en un papel en blanco. Sus historias habían sido catalogadas desde el principio como novelas de amor pero las palabras que se encontraban en ellas destilaban una autenticidad imposible de disfrutar en los libros sobre príncipes, doncellas o gente de la alta sociedad que se podían compraren las librerías de los aeropuertos. Todos los críticos estaban de acuerdo en que construía unas obras magníficas, aunque ligeramente superficiales. Había una falta de profundidad que quizás se debía a que nunca había vivido nada parecido a lo que contaba en sus historias.
Elisa era una mujer oronda, ya desde la infancia. Al contrario que los personajes de sus novelas, estilizados y rabiosamente atractivos, ella no tenía el pelo sedoso, ni sus ojos eran del profundo azul del mar, ni sus labios eran la fruta prohibida de nadie. En las fotos salía siempre desfavorecida, incluyendo la que eligieron para la contraportada de sus tres primeros libros tocada con un gorro de lana y sonriendo de manera desvalida.
Llegaron el dinero y la fama sin haberlos buscado. El tres de Febrero de 1996 cogía un vuelo a Madrid para realizar una entrevista en un conocido programa de televisión. Después de despegar, uno de los asistentes de vuelo le pidió con una sonrisa de oreja a oreja que le dedicara su libro. Lo sacó de debajo de la chaqueta de su uniforme y lo abrió por la primera página, mostrando la pequeña foto de la solapa con su gorro de lana. Ella se ruborizó. A su lado, un hombre alto y apuesto, del que poca gente en aquel avión podría haber determinado su edad, leía el Financial Times. Se giró hacia Elisa y, escudriñándola por encima de unas gafas que parecían extraordinariamente caras, la abordó:
—Perdone, veo que es usted escritora.
—Sí —dijo ella encogiendo el cuello bajo su bufanda.
—Disculpe que la moleste, pero me suena terriblemente su cara y no alcanzo a saber la razón.
Su voz era neutra y equilibrada.
—Puede que la haya visto en la prensa —dijo ella con su hilo de voz habitual.
—Cierto —dijo él, señalándola triunfante con el índice, de una manera que extrañamente no resultaba grosera—. Es usted la autora de “Otoño no es sólo una palabra”. Es la novela favorita de mi hija.
—¿De verdad? —Elisa sacó un poco su cuello de entre los hombros.
—Perdone que no me haya presentado. Mi nombre es Eduardo Lobo —Y le tendió, con un movimiento suave que a ella le pareció muy estudiado, su tarjeta de visita. Elisa no pudo contenerse y echo un vistazo, de reojo, al título que aparecía debajo del rimbombante nombre de Eduardo Lobo en aquel cuidado trozo de cartón.
—¿Es usted cirujano plástico?
—Sí señorita, y aunque suene mal decirlo, soy el mejor —y continuando su recital con su dedo índice señalando a todos lados apostilló—: En usted, si me lo permite, veo auténtica materia prima. Es joven y bella, pero necesita ser pulida. ¿Qué le parecería pasar un día por mi consulta ?
Elisa se encontraba absolutamente aturdida. Nunca había entablado una conversación tan larga con un desconocido en un encuentro casual. Nunca había conocido a un cirujano plástico. Nunca le habían propuesto pasar por el quirófano. Nunca le había gustado su aspecto físico.
—No creo que me interese. Lo siento mucho. Me siento muy bien tal como estoy —mintió.
—En cualquier caso, quédese mi tarjeta si no le importa. Hágame una visita y no se arrepentirá —y agitó su Financial Times para abrirlo de nuevo. Se ajustó las gafas con el dedo índice y terminó—: Palabra de Eduardo Lobo.
Elisa se pasó toda la tarde de aquel tres de Febrero pensando en ello. La entrevista fue un desastre: Su delgado hilo de voz apenas sí se escuchaba y el regidor tuvo que pasar a publicidad antes de tiempo. Al salir de los estudios, su editor, un hombre pequeño, calvo y nervioso, le dijo agitando la cabeza: “Elisa, eres un caso perdido. ¡Así no hay manera de hacer promoción!”. Lo consultó con la almohada y ésta le dijo que se operara de una santa vez, que ya había sido un patito feo suficiente tiempo.
Al cabo de una semana se presentó en la impoluta consulta de Eduardo Lobo. Al recibirla, con una sonrisa de oreja a oreja y una corbata con un nudo casi tan grande como su sonrisa bajo la bata blanca, le dijo:
—Sabía que vendría.
—Yo no.
En principio fueron solamente unos pequeños retoques. Ella esperaba salir de la clínica con la cara completamente vendada y que el doctor le retirara las gasas al pasar de unos días, delante de un espejo con una esquina partida. Sin embargo el resultado, aunque no tan melodramático, sí fue tan espectacular como en las películas. Sonrió al ver su nuevo rostro. Puso espejos en las paredes desnudas de su casa. Por la calle miraba a los hombres a los ojos. Concertó más citas con el cirujano, ahora de cabecera. A cada retoque de bisturí, más fácil le resultaba desenvolverse. No había fin para su seguridad. En los programas de televisión, empezó a hacer bromas y la gente descubrió su voz; en las fiestas de famosos, era el centro de la galaxia; en los hombres con corbata de nudo tan grande como la de un cirujano, causaba verdadero furor. Vivió en unos meses todo el desenfreno que había anhelado inconscientemente durante toda su vida y, cuantas más locuras hacía, más se vendían sus libros, los cuales se convirtieron en un auténtico fenómeno de masas. Aquel fin de año ni siquiera comió uvas: se besó bajo el muérdago durante una exclusiva fiesta en el loft neoyorquino de un cotizado actor que se había pasado toda la noche persiguiéndola para decirle, completamente borracho, que quería protagonizar la película que iban a rodar basada en su segundo libro.
Se casaron al cabo de pocos días. Se divorció a los pocos meses. Tras todos aquellos devaneos, las drogas y la adulación, los áticos de las grandes ciudades y las gente rematada o artificialmente bella, se dio cuenta de que en el fondo la vida seguía siendo muy parecida, sólo que más intensa. Lo que antes eran pardos y grisáceos matices ahora eran brochazos de amarillos y negros. Conoció lo que es ser amada y lo que es ser traicionada. Conoció los amaneceres mirando el sol tras los rascacielos acristalados mientras alguien le acariciaba el hombro desnudo. Conoció la clínica de desintoxicación. Descubrió incluso que muchos de los tópicos que las estrellas de las revistas recitaban como salmodias en lo referente a lo desagradecido de la fama eran ciertos. Le dolió ver a una comediante imitarla con voz de pito en un programa de noche, haciendo ver que era una cabeza hueca. En la entrega de premios del sindicato de actores, la presentadora bromeó, como se estaba convirtiendo en tradición, sobre su voz nasal y su adicción a los hombres morenos y esculturales. Ella estaba presente entre el público, acompañando precisamente a uno de esos adonis bronceados y todas las cámaras la enfocaron para ver se reacción, pero Elisa ya había aprendido a no mover un músculo ante las humillaciones: los espectadores únicamente contemplaron su sonrisa vacía. Al terminar vomitó en los baños del recinto.
Cada vez se sentía más acosada. Era injusto y todo el mundo parecía estar de acuerdo en hacer de ella un guiñapo esperpéntico. Necesitaba canalizar todo aquella frustración y los jarrones de su apartamento ya habían sufrido suficiente (al igual que algunos espejos). Después de mucho tiempo volvió a sentir la necesidad de escribir.
Decidió plasmar lo que había vivido durante todo aquel periodo. Intentó reflejar las explosiones de alegría, los sinsabores, las hipocresías y la superficialidad del nuevo mundo que había descubierto, la fascinación y la belleza del lujo, los brillos y los contraluces. Tras cuatro meses encerrada en su apartamento apareció en casa de su editor con un manuscrito de mil doscientas cincuenta páginas bajo el brazo:
—Es un reflejo de la vida de los famosos de este país. Un fresco de la alta sociedad. La historia de una joven que descubre que el mundo es de seda y áspero papel de estraza —le dijo entusiasmada. El pequeño y nervioso editor se rascó la cabeza ante aquel mamotreto de novela, pero pese a todo confiaba en Elisa. La leyó y se dio cuenta de que era una verdadera maravilla. Y efectivamente lo era. Unos meses después publicaron aquella magna obra: “El champán”. La foto de la contraportada la mostraba sonriente, bella y con una insolente mirada a la cámara.
La crítica la tachó de superficial y aburrida, excesiva y pretenciosa. Hicieron predecibles juegos de palabras con el título. Dijeron que se había echado a perder, que la fama la había corrompido; los que no lo decían, lo pensaban. Aseguraron que debería dedicarse a otra cosa, que escribir no era su profesión. Y aunque ella sabía que había escrito su mejor novela, que lo había dado todo, aquel fracaso, la incomprensión y la envida, la destruyeron. Leía las columnas de opinión, las revistas especializadas y se hundía poco a poco en la depresión. Cuando el mundo se olvidó de ella, Elisa siguió mirando los vídeos con las tertulias en la que vilipendiaban su novela, releyendo los foros de Internet donde sus antiguos seguidores (incluyendo a la hija de Eduardo Lobo) renegaban de su nueva obra, escarbando en su hoyo con un vaso de alcohol en la mano. Se encerró en su casa.
Una noche, más de un año después de haber publicado “El champán”, al intentar llegar hasta su cama en un estado lamentable, se cayó sobre los cristales rotos de una de sus botellas. Los servicios de urgencias la encontraron medio muerta en un charco de sangre reseca. Unos días más tarde pudo levantarse de la cama del hospital, fue al baño y observó el reflejo de su cara cubierta de vendas. Las televisiones se hicieron eco de su desgracia y de su desfiguración. Los periodistas hacían guardia ansiosos en la entrada del hospital, intentaban colarse en la planta donde estaba ingresada, le gritaban desde el patio para que saludara. En cuanto le dieron el alta, Elisa huyó por la puerta de atrás y se recluyó completamente.
Esta semana “El champán” ha aparecido en el artículo “10 libros que hay que leer” del suplemento dominical del New York Times. Hace ya casi un año desde que alguien levantó la liebre y se ha convertido en un clásico que todo el mundo reivindica, más aún desde que nadie ha sido de capaz de entrar en contacto con su autora. Nadie sabe dónde vive, ni siquiera si sigue haciéndolo, pero se imaginan a una doliente dama envuelta en harapos, encogida y llena de vendajes, deambulando por un apartamento minimalista echado a perder y no pueden dejar de comprar el libro.







Sigue buscando…

21 04 2008

Levantas la tapa del yogur, rascas un grasiento cartón de premio (dejándote una buena cantidad de purpurina debajo de la uña porque no tienes una moneda de cinco céntimos a mano) o le das la vuelta a una bolsa de patatas. Siempre hay que seguir buscando. Ello no implica que se deba dejar de intentarlo:

Mejor el dragón que mamá. Es verde, da calorcito y muy buenos consejos. Ella solamente sabe reñir y llorar, así que siempre trato de evitarla y estar con el dragón.
—Deberías ponerte sombrero de copa—me dice. Tiene muy buen gusto —¡Vamos al tejado a ver ponerse el sol!
Subo detrás de él, esquivando su cola escamosa. Un teja se suelta al sentarnos. Hay que andar con cuidado.
—¿Y si volamos un rato?—comenta.
—Mejor bebamos batido de fresa—Grita el conejo gigante. Desde luego es mucho mejor consejo, no quiero estamparme contra el patio. ¡No se creerá el dragón que estoy loco!


“Mejor el dragón que mamá”: Un tatuaje. En el bar el ruido era ensordecedor, la música estaba jugando a destruirme los tímpanos y olía a sudor y aserrín, pero no podía marcharme, hipnotizado por los bailes sinuosos de aquella belleza morena con la espalda al descubierto que mostraba ese extraño mensaje. Me acerqué , levitando a medio metro del suelo. Ella seguía contorneándose y su tatuaje se movía al compás de su piel, ondulando como un reptil. Pude ver una gota de sudor recorrer lentamente su columna. Leí con más detenimiento: “Mejor el dolor que nada”. Me había enamorado.



Las siguientes citas, aparte de la semanal de siempre, están en el nuevo concursito en homenaje al Quijote que debe comenzar por: “Y han de caer del todo, sin duda alguna”, el reto de la Fnac y quizás volver a intentarlo en el programa de la 2. El caso es lograr un repertorio de microrrelatos que no se lo salte un gaditano.





Una larga historia en pocas palabras

16 04 2008

El caso es que, en su día, vivió un leñador de nombre desconocido en los bosques de Bretaña. Y al borde de su muerte, prácticamente recluido en su cabaña por culpa de la ceguera, se cruzó en su camino un anciano llamado John Lewis. Los registros posteriores no dejan el estado mental de este último en muy buen lugar, ya que parece ser que le aseguró a aquel pobre, desdentado y avaricioso leñador que era el rey de los Secgens y que portaba el disco de Odín, el cual tenía un solo lado (sic). Así consta en la transcripción del interrogatorio que los gendarmes hicieron al desgraciado del leñador. El muy imbécil le partió el cráneo a Lewis para robarle aquel supuesto disco de una sola cara que nunca sería capaz de localizar.
Dio la casualidad de que el sobrino del bastante demente John Lewis trabajaba como gendarme en el pueblo al que llevaron arrestado al sucio leñador. Esa noche lo asesinó ahorcándolo e hizo que pareciera un suicidio. Aquel sobrino, llamado Ennis Lewis, que realmente amaba a su tío aunque estuviera como un cencerro, emigró inmediatamente a Londres, de vuelta a sus orígenes, y allí vivió durante años. Se casó felizmente y tuvo tres hijos que le sobrevivieron. Otros siete perecieron junto a él y su esposa en un acto salvaje de fuego y violencia que colateralmente redujo a cenizas parte de Westminster. Las pesquisas de la policía, en un estado un tanto precario por aquel entonces, concluyeron que el ataque había sido perpetrado por un grupo de franceses que mendigaban cerca de la casa de los Lewis. Únicamente lograron apresar a uno de ellos, que confesó ser nieto de aquel leñador sin nombre (al que se refería literalmente como aquel leñador sin nombre) al que parece ser que apreciaba de tal manera —y odiaba tanto a los ingleses, por otra parte— que se había conjurado contra el asesino de su abuelo y había jurado sobre su tumba, junto con otros cuatro nietos y dos sobrino-nietos de aquel leñador sin nombre, los cuales lograron huir de Londres de vuelta a su amada Bretaña tras el sangriento incidente, liquidar a su ejecutor y toda su descendencia.
Uno de aquellos tres hijos de Ennis Lewis, nietos de John Lewis, que sobrevivieron, llamado Alexander, cuyos brazos quedaron horriblemente marcados por las llamas del ataque, era mi tatarabuelo, y juró solemnemente sobre la tumba de mi tataratatarabuelo (cosa que parecía bastante de moda en la época) que vengaría tamaña afrenta a los Lewis.
Desde entonces nos hemos estado matando. Los Lewis y los Leñador. Yo soy el último de mi linaje. Desgraciadamente, antes de poder consumar la revancha correspondiente al vil asesinato de mi primo-hermano Derek, el último de los Leñador murió por culpa de una neumonía. Y aunque puede que piensen que yo debería haber concluido que la naturaleza había dado la razón finalmente a los Lewis (aunque hubiese dejado a su última generación curiosamente estéril), no fue suficiente. Nunca lo será. Por suerte viví en una época maravillosa, y tras varias carreras y arduas investigaciones en las que me dejé parte de la piel y de la vida (y que tuve que financiar de maneras un tanto oscuras que no reflejaré aquí), al borde de la senectud, logré finalmente fabricar el arma mortífera que resolvería de una vez por a todas el conflicto y que me permitiría morir en paz.
Cargué la pistola, programé la máquina del tiempo un año antes de fallecer John Lewis. Viajé hasta Bretaña. Accioné el sistema de la máquina y aparecí donde y cuando quería, pero con una extraña sensación en el cuerpo. Busqué al leñador, pero no parecía estar por los alrededores. Estos últimos días tengo lagunas mentales y sueños extraños. He preguntado por las aldeas y los cruces de caminos, intentando hacer comprender mi lamentable francés y tratando de descifrar su medieval idioma. Por fin parece que voy por el buen camino, ya que me han indicado lo que creo que es un claro del bosque. Mi visión es ahora un tanto borrosa. Me tropiezo con algo. Lo miro, y, ¡Por Thor! Es el disco de Odín y yo soy el rey de los Secgens.





Entrada en cinco minutos

14 04 2008

Seguro que en cualquiera de las guías de Diez-consejos-para-tu-blog no figura, aunque encaja con lo que suelen sugerir sobre realizar post cortos y actualizar una vez al día. También es probable que aparezca en otra cualqueira de las guías Diez-cosas-que-no-debe-hacer-con-su-blog (también conocidas como Diez-errores-comunes-de-bloggers-inexpertos). De todos modos, aquí va mi entrada apresurada para hoy:

1) Porque empiezo a tener carga de trabajo (albricias)
2) Porque hay un nuevo microrrelato perdedor (cachis):

¡Aquel niño era yo! Un palo con patas que no levantaba dos palmos del suelo dando patadas a un balón. La imagen de la vieja Super 8 se reflejaba un poco desenfocada contra la pared. Había encontrado esta cinta de mi tío escondida en un cajón de su casa. Ya casi ni me acordaba de ella. Se me veía correr torpemente, a lo lejos, en un patio de hormigón desconchado. Miré por la ventana de casa y vi aquel mismo patio. Puse a grabar la cámara digital, miré por la pantalla, y allí seguía yo, corriendo. Así inventé el detector de almas.

3) Porque me ha salido un grano en la nariz, me he leído La Naranja mecánica con 31 años, he descubierto que Nacho Vigalondo tiene mi misma edad y éso siempre es descorazonador porque ha estado en la ceremonia de los Oscar, el 30 de Julio nos vamos a Shanghai gracias a las mjillas de premio de Air France y tengo en mente una entrada por fascículos sobre escritores torturados.

4) Porque me gusta meter mis fotos

5) Y me ha costado más de cinco minutos





Veamos qué había esta semana

7 04 2008

Sí, la entrada sobre los microrrelatos semanales. No puedo evitar la sensación de que los finalistas que logré hace ya meses fueron flor de un día. ¡Dios mio, he perdido mi mojo! Me gusta pensar que todo se debe a una confusión con los teléfonos, dado que cambié de número justo una semana después de mi última final. Casi prefiero no saber que no es posible. Benditas dobles negaciones.

Mis hijitos:

“¡Niño, tira pa’ Linares!” Gritó alguien en la televisión. A través de los tapones de los oídos, de las paredes que separaban mi despacho del salón dónde seguramente una anciana reposaba sentada con sus hinchados pies en alto, el volumen brutal de la televisión me acababa llegando. Horas y horas de cines de barrio y ruletas de la fortuna. No podía más. Salí al pasillo y aporreé la puerta, aullando como un loco. Un hombre con camisa remangada y una mancha roja en el cuello abrió y puso el índice sobre mis labios. Sabía a azufre. He decidido insonorizar mi piso.

—¡Niño, tira pa’ Linares! —Le gritó un espectador tras haber dado mate al último de sus siete contrincantes: Era uno de ésos ancianos que lo mismo están horas observando estas partidas de ajedrez en el parque que viendo obreros preparar mezcla de hormigón. El pequeño Andrés le sonrío con las manos tras la espalda mientras su rival se retiraba cabizbajo. Hacía sol, se filtraba entre los árboles y le rozaba la cara. Su madre le cogió del brazo:
—¡Hora de volver a casa, Andrés! Hay que seguir entrenando.
Andrés solo quería un balón reglamentario. Ella un hijo superdotado. Su padre no tener resaca.

—¡Niño, tira pa’ Linares!
El anciano, diminuto, ajado y a medio engullir por las sábanas de su cama, deliraba desde hacía días. Le gritaba a las figuras que pasaban por delante, probablemente recuerdos de juventud.
—Qué buena era la Filomena, ¿Eh, niño?—Le dijo a la figura al pie de su cama.
—Sí, era buena—respondió mirando el filo de la guadaña


Es necesario comentar lo terrible que era esta frase de inicio, y lo aún más terrible de saber que el micro-cuento correspondiente a dicha frase se llevó el premio del mes.

Por último, apuntar que he creado una cuenta de Picasa para subir mis deleznables fotos, cuyo enlace está a la izquierda. También existe la de Flickr desde hace tiempo, pero su capacidad de almacenar está muy restringida. Creo que al final acabaré pagando a los de Flickr por tener prestaciones de señor mayor y dejarme de historias.

P.S: Como este viene a ser un post de miscelánea, dejo un enlace sobre un tema que me encanta, las Pareidolias. Vía Microsiervos, cómo no.

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Las dos vidas de Alfonso Guevara.

3 04 2008

El domingo estaba lloviendo y hacía frío. Un día ideal para sentarme a leer junto a la ventana y ojear la publicidad del suplemento dominical, leyendo algún artículo de vez en cuando. Mientras las gotas de la lluvia golpeaban la contraventana y yo ponía los pies sobre el radiador (pensando en los repartidores de pizza a adomicilio, entre otros), fui pasando hojas hasta encontrarme una entrevista con Hari Capdevilla. He de decir que no he leído nada de este hombre, pero me intriga. Parece ser que estuvo encarcelado en una prisión Indonesia por un falso delito de secuestro y que ha pasado por todo tipo de profesiones, incluyendo sepulturero, periodista, animador infantil, traductor de indonesio y policía. Como mínimo parece un tipo interesante. La cuestión es que el Domingo terminé recortando las hojas del suplemento. A continuación, un pequeño extracto del principio y el final:

Hasta hace pocos meses prácticamente nadie había oído hablar de Hari Capdevilla. Sin embargo, tras el fulgurante éxito de su primera novela, “El sol que alumbra Seyrantepe”, este joven y esquivo escritor está en boca de todo el mundo. Aunque hayamos oído hablar de él, nadie parece conocerlo realmente. Reacio a las entrevistas y celoso de su vida personal, se ha labrado una merecida fama de arisco e inaccesible, incluyendo buenas dosis de misterio sobre su tormentosa biografía. Ahora acaba de publicar su segunda obra, “Las dos vidas de Alfredo Goienetxe”, el retrato de un trabajador del metal en su día a día, minimalista y circular, que ha sido aplaudido por la crítica y que algunos consideran ya un clásico del siglo XXI. De manera excepcional, Hari ha decidido conceder una serie de entrevistas exclusivas a los medios entre los cuales se encuentra nuestra publicación.

Su jefe de prensa nos espera en la puerta de la habitación donde se aloja en el Hotel Sheraton. Nos indica las reglas que deberemos seguir durante el tiempo que pasemos frente al novelista, entre las que se incluyen no sacar fotos, no comer chicle o mantenernos de pie a lo largo de todo el evento. Entramos en la habitación, que está en ligera penumbra. La cama está deshecha y Hari nos espera sentado en un sofá con las piernas cruzadas. Rubio y con flequillo, lleva gafas de sol y una perilla kilométrica. Va en albornoz y lleva puestas unas sandalias blancas con algodones entre los dedos de los pies. Fuma. Nos indica que no nos acerquemos demasiado porque hoy se siente un tanto claustrofóbico. Su voz es ronca y segura, profunda. Hay algo pesado y grande en el ambiente. Parece como si Hari transportara el peso de toda una generación de escritores y los soltara sobre nosotros.

H. Bienvenidos.
P. Buenos días señor Capdevilla. Cuéntenos algo sobre su nuevo libro. ¿Qué es lo que quiere reflejar en su nueva novela?
H. Espero que el resto de preguntas no sean de este tipo. Si hay algo que no soporto es este tipo de cuestiones que parecen hechas con plantilla. ¿No se cansa usted mismo de hacer siempre las mismas preguntas? En fin, quizás mi novela vaya precisamente de eso. De hacer siempre lo mismo. Mi objetivo primordial era aburrir al lector. Lanzarle a la cara el aburrimiento supremo de nuestra generación. Del ser humano en general. El hastío de no tener nada mejor que hacer. Quería jugar con el personaje y el lector, que vienen a ser lo mismo y basan sus vidas en rellenar huecos. El libro rellena uno de esos huecos.
P. ¿Cómo afrontó la escritura de la novela? ¿Le resultó difícil identificarse con su personaje principal? Alfredo Goienetxe es un operario de laminación con una vida monótona e insustancial. ¿Utilizó algún referente real para su elaboración?
H. No. Quizás utilicé un poco de la psique de Mischkin en El Idiota para las partes en que camina, pero en general es completamente inventado.
P. Su vida, por lo que sabemos, ha sido un continuo cambio desde su infancia, una montaña rusa violenta e incestuosa. ¿No le resultó dificultoso meterse en la piel de un personaje tan anodino como Alfredo Goienetxe?
H. Solo tuve que pensar en alguien como tú. Es sencillo.

(…)

P. Sus padres murieron en un atentado suicida hace unos años y usted salió herido. Según tenemos entendido, lleva alojada en su cuerpo una esquirla del cráneo de su madre. ¿Cómo le hace sentir?
H. Simplemente me da dolor de cabeza. Si quiere que le diga que a veces ella piensa por mí, invénteselo, a mí me da igual.
P. ¿En que atentado sufrió usted las heridas que describe en las reseñas autobiográficas de su editorial?
H. Me parece de muy mal gusto que me pregunte tal cosa. Si vuelve a hacer algo así tendré que cancelar esta entrevista. En cualquier caso, les quedan solo cinco minutos.
P. Disculpe señor Capdevilla. Su primera novela era un maremagno de diálogos intensos, sexo contenido y violencia extrema. Sin embargo esta segundo es un reposado estudio del día a día de un trabajo del metal que repite prácticamente la misma monótona vida día tras días solo en su pequeño apartamento. ¿Cómo cree que reaccionará el público y sus incondicionales ante este cambio de estilo y temática?
H. Si le digo la verdad, me da lo mismo. Yo escribo para mí mismo. Ningún escritor que se precie piensa en el público potencial cuando desarrolla una novela, y si lo hace no es más que un pelele. No quiero abrirle los ojos a nadie. Ésa es la vida de Alfredo y punto. No pretendo emocionar ni gustar. Es la realidad y es aburrida y monótona. Quizás después de leerlo a alguno le de por pensar en que gasta su tiempo libre, pero lo dudo, lo más probable es que no sepa qué hacer y se lea de nuevo mi primera novela. Si lo hace, le pido que la compre en pasta dura, que saco más dinero que con la edición de bolsillo. Si me disculpan, hemos terminado.

Los gorilas de seguridad nos indican la salida. Ha sido una verdadera bofetada enfrentarse a Hari Capdevilla. Las profundas vibraciones dentro de la suite se dejaban notar hasta en la garganta. Toda la desesperación de este hombre, su sufrimiento, su intensísima amargura se deja traslucir a través de su verbo y su voz serena pero enervada. La mejor manera de volver a comprenderlo es leyendo su nueva novela, un verdadero goce para el intelecto.

Este mismo lunes, aturdido aún por la lectura de la entrevista, acudía a La Casa del Libro a buscar un ejemplar de “Las dos vidas de Alfredo Goienetxe”. La verdad es que no podía hacerme a la idea de que un título tan desafortunado y un argumento tan tremendamente anodino pudiera ser la obra maestra que, por lo que parece, toda la crítica especializada asegura. Me costó sus buenos treinta y dos euros y un cierto esfuerzo físico llevarlo hasta casa. Mil cuatrocientas hojas nada menos.

Estuve despierto hasta las tres de la mañana, pasando las sosas descripciones y absolutamente inocuas peripecias de aquel tal Alfredo. Una y otra vez. El tío venga a jugar a la playstation, bebiendo cervezas con los amigos y viendo partidos del Athletic. De casa al trabajo y del trabajo a casa. Comiendo el menú del día. Viendo Lost. Preocupado por las horas extras. Aburrido viendo la película de tiros de turno en el cine del centro comercial el día del espectador (y comiendo un kebab en el kebab de ese mismo centro comercial). Leyendo todos los domingos el insufrible suplemento del periódico. Todo narrado con un estilo ausente, monótono y mediocre. La cuestión es que no cerré el libro hasta esa hora con la esperanza de encontrar el cambio de rumbo, o quizás los matices, que me hicieran comenzar a intuir la grandeza de la novela que tenía entre mis manos, sobre la que nadie parecía tener duda.

Al día siguiente, al volver del trabajo, me animé una vez más a abrir aquel ladrillo infumable por el marcador que había dejado la noche anterior. Terminé haciendo lectura diagonal. La conclusión fue que allí no parecía haber absolutamente nada. A veces comía un Whopper. A veces compraba pantalones vaqueros en el outlet. A veces alguien sufría una baja laboral. A veces comía dos kebabs y tenía dolor de estómago por la noche. A veces no se acordaba de lo que había pasado en el último bar del Sábado (y nunca había pasado nada). La única parte en la que pude leer dos páginas seguidas es la que relata la asamblea del sindicato para proponer una huelga que al final no se convoca. O me perdí el meollo del asunto en las decenas de páginas que me salté y las líneas que dejé de leer o aquello no tenía sentido para mí, ni como experimento. De todos modos, como amante de la escritura y la lectura, siempre trato de indagar en las razones que hacen a ciertas novelas tan grandes aunque a mí me resulten insoportables. Como suele ser habitual, tras leer las correspondientes reseñas de Internet (llenas de loas y aplausos sin sentido), terminé pasándome por hartarme de tantas letras sin sentido.

Me duché. Y me cambié de ropa. A las ocho y media había quedado para tomar algo, como casi todos los martes, en casa de uno de mis amigos. Y como casi todos los martes sabía que íbamos a terminar discutiendo sobre literatura. Él es un escritor frustrado que no tiene nada de suerte con las editoriales. En mi opinión es un tipo con un talento enorme e inagotable. Se ha autoeditado seis novelas (que por supuesto ha terminado comiéndose con patatas). Nos conocimos en un taller de escritura por Internet y acabamos coincidiendo por ahí, ya que descubrimos que vivíamos ambos en la misma ciudad. Realmente es un tío encantador. Hace unos pocos años tuvo un golpe de suerte increíble y heredo una pequeña fortuna de un tío lejano (no me caerá a mí una de esas), y ahora vive en un loft que se ha habilitado junto a la ría, con unas vistas cojonudas al Guggenheim. Siempre es un placer pasar por su casa, charlar, ver alguna película (y gorronearle un poco de vino, cómo no).

Llamé al portero y me abrió al cabo de unos segundos. Subí y el portón de entrada estaba abierto. Escuché que me gritaba desde la cocina, diciéndome que pasara, que estaba cocinando angulas.

—¿Celebras algo?—Le pregunté al llegar hasta donde estaba, rodeado de sartenes. Olía estupendamente.
—Que la gente es maravillosa—Noté que sonreía aunque estaba de espaldas—Sólo necesita una historia que crean que es real para tragarse las inventadas.
—Si tu lo dices…—Lo cierto es que no sabía a qué se refería, pero es un tipo un poco extraño, a veces.
—Pasa al salón, en un minuto estoy contigo.
La sala era gigantesca, decorada de manera minimalista, con un techo altísimo y unos ventanales gigantes llenos de gotas secas de lluvia que nunca había limpiado. Miré la estantería de aluminio justo a mi derecha donde reposaban las seis novelas con el nombre Alfonso Guevara que nadie había querido editarle, el portarretratos con la foto de sus padres con él en Benidorm y una desgastada tarjeta de empleado de Arcelor.
—¿Alfons, tú trabajaste para Arcelor?— Le grité desde el salón.
—Sí— respondió a grito pelado—. Y me ponía ciego a kebabs.