Por cerrar los ojos
13 06 2008Suena la alarma del móvil. La apago. Son las 6 y media de la mañana. Me vuelvo a dormir. Suena el despertador. Lo tiro al suelo de un manotazo. Me levanto con los ojos entrecerrados y pongo el pie sobre las marcas del parqué que llevan hasta el pobre y magullado aparato. Lo recojo y lo vuelvo a dejar en su sitio. La casa está en silencio. Delante del ordenador, después de la ducha, mojo una magdalena del Sabeco en el café. Aún así está dura y sabe a cartón. Miro el tiempo para hoy: chubascos intermitentes; temperatura máxima de 20 grados. Escojo la corbata verde. Miro el reloj y salgo a toda prisa por la puerta sin ponerme el cinturón.
Llego a la estación corriendo y consigo entrar en el tren justo cuando las puertas se están cerrando. No me importa llegar tarde al trabajo, pero no pienso dejar pasar la oportunidad de verla. Paseo hasta el último vagón mirando a la gente por el rabillo del ojo. Conozco a casi todos, y siempre están en el mismo sitio. Siempre separados a la máxima distancia unos de otros, rellenando los huecos hasta que es inevitable hacer intersecar la esfera de privacidad propia con la de un desconocido. Me he colocado los auriculares del móvil en los oídos pero no escucho nada, únicamente quiero que los demás crean que estoy distraído: hace ya mucho que me dejó de emocionar la música. Me he llegado a plantear descargarme grabaciones de lluvia golpeando en tejados, o sonidos de animales en celo, o el ronroneo de la ventilación de un ordenador para ponérmelos en bucle infinito, pero siempre surge algo mejor que hacer y el silencio no deja de ser el mal menor. Al final del último vagón me espera mi asiento junto a la ventana, en el sentido contrario al avance del tren.
Arranca puntual, como casi todos los días. Dejamos la estación y yo apoyo la cabeza sobre el cristal como tantas veces he practicado, mirando a través de la ventana con cara de interesante melancolía formando un ángulo de quince grados entre la base de mi barbilla y la horizontal. Antes de realizar esta operación, me fijo en que la zona donde mi cabeza va tocar con el vidrio se ve un tanto más opaca que el resto. Pasamos la primera estación. El mundo va subiendo y los ojos van marcando vectores que se evitan sistemáticamente unos a otros y apuntan a la pantalla del móvil, a la superficie de un libro, al sinóptico de las siete líneas de cercanías, a la línea del horizonte. En la segunda estación comienzo a ponerme tenso. Me doy cuenta de que estoy tamborileando con mis dedos en el asiento, mi boca está ligeramente entreabierta (creando una más que probable expresión bobina) y que he perdido la posición del eje de mi cabeza respecto al marco de la ventana. Me rehago.
Nos acercamos a la tercera estación. Allí aparecerá ella. La línea de cipreses sobre el muro va decreciendo su velocidad. Al fondo, sobre una loma, se recorta el bloque de hormigón del hospital como un cáncer tecnológico sobre la hierba. Las escaleras del cementerio. La casita del guarda. Un tramo de maleza. Las chabolas. Unos niños están apedreando algo, o intentándolo al menos, pero no llego a vislumbrar qué. Antes de perderlos de vista uno de ellos se gira; sus ojos miran nuestro convoy; veo que tiene una cicatriz horrible en la mejilla izquierda, el pelo en mechones ennegrecidos como trozos de un telar viejo y antes de desparecer por el costado de mi ventana recoge su brazo también renegrido con un pedrusco en la mano y forma un arco hacia atrás por encima de su cabeza como emulando a un palestino con enanismo. Espero un segundo, pero no se escucha golpear nada contra el tren. Ahora pasan los bloques de apartamentos amarillos. Ahora el ambulatorio. Ahora la escombrera. Ahora el cartel de la estación y las pocas almas despiertas a estas horas de la mañana, tiesas y perfectamente distribuidas por el andén. Paramos. No la he visto. Carraspeo porque estoy nervioso. No puede ser. Deshago toda mi compostura y miro para todos los lados, pero no aparece por ninguna parte. Al girar de nuevo la cabeza hacia fuera veo que llega corriendo, tremendamente apurada, con la bolsa golpeando rítmicamente su cadera y un mechón de pelo formando una u muy larga sobre su frente. Comienza a pitar el soniquete que indica que las puertas están a punto de cerrarse y de un salto que se queda grabado en mi mente durante una eternidad, y estoy seguro de que en la de muchos otros en el mismo vagón, consigue entrar antes de que se cierren. A toda prisa, intento rehacerme. La mirada perdida. La corbata recta. Los quince grados. La mano en el mentón. Ella recobra el aliento mientras el universo vuelve a ponerse en marcha y se acerca a su lugar habitual, pero se han sentado un grupo de adolescentes que miran a todo el mundo con desprecio (pidiendo por favor que alguien los comprenda, o bien pidiendo que alguien les aseste un navajazo en la sien, nunca lo tengo claro), así que se gira buscando un hueco. Veo todo esto por el rabillo del ojo y noto que mi frente empieza a sudar y mi cabeza pierde un poco de altura al ir resbalando lentamente contra el cristal. Noto su mirada sobre mi zona. Se acerca, Se sienta justo frente a mí y coloca el bolso sobre las piernas. Resopla y agita la cabeza. Se coloca el pelo nuevamente en su sitio y se fija la mirada en mi durante un segundo porque, Dios mío, me he quedado observándola fijamente. Cierro los ojos y me hago el dormido. Sé que no es la mejor opción y que mi imagen va a perder muchos enteros, pero no puedo permitirme este contacto visual prematuro. Siento que mi esfera de intimidad se va desintegrando poco a poco invadida por su halo, que es incoloro y cálido. Noto el corazón en la punta de los dedos, en el hombro y en la parte de la frente que va resbalando poco a poco sobre la ventana. Intento concentrarme en las luces y destellos que aparecen sobre el fondo negro de mis párpados. Debemos estar atravesando el bosque porque esto es un festín sicodélico. Pasa un rato y logro relajarme a duras penas. Ya no hay variaciones de luz y la penumbra domina, luego debemos estar pasando por un túnel, luego debemos habernos pasado mi parada. Mierda. Abro los ojos. Ella ya no está y el tren casi vacío se acerca a la penúltima estación. Me bajo intentando aparentar que ésa es mi parada. Espero a que el resto de pasajeros se hayan alejado y cambio de andén de manera pretendidamente despreocupada. Durante la espera del tren de vuelta no puedo pensar en nada productivo. Intento repasar las acciones que he llevado a cabo en el trayecto y preparo una lista mental de aciertos y errores que resulta estar muy mal equilibrada. Escucho el sonido, amortiguado por los auriculares mudos, del convoy acercándose. Veo al conductor y me da la impresión de que me mira y se ríe. Estoy seguro de que es la misma persona que nos ha traído hasta aquí, se ha dado cuenta de mi equivocación y se está mofando de mi ineptitud. En otro estado quizás podría haber contraatacado mentalmente pensando en su ridículo uniforme, o en lo aburrido de su vida, o en mi más que probable superioridad intelectual, pero en estos momentos no puedo hacer otra cosa que agachar la cabeza y arreglarme la corbata.
Llego al trabajo. Hago como que trabajo. Me paso veinte minutos delante de la máquina expendedora intentando decidir entre un bollo o una palmera de chocolate. Cuando me decido descubro que la máquina dice que no quedan ninguno de los dos productos, aunque yo los veo tras el cristal, enganchados en su espiral de aluminio que no quiere girar. El envoltorio de plástico del bollo lleva impresos el logotipo de la empresa, los ingredientes y un dibujo de un señor rellenito que me señala y se parte de risa. Cierro los ojos y compruebo que la expresión rojo de ira se refiere a un hecho físico real y antes de que me de cuenta los dos encargados de seguridad me están arrastrando lejos de la máquina, que yace hecha pedazos. Mis compañeros me observan por encima de los biombos que delimitan su pobre espacio personal, mientras me llevan a trompicones hasta el botiquín. Los de seguridad se quedan junto a mí hasta que las pastillas que me hace ingerir el médico hacen efecto y me voy quedando dormido mientras el hombre de la bata blanca va secando la sangre reseca de las manos y coge una be….
Suena la alarma del móvil. La apago. Son las 6 y media de la mañana. Abro un ojo. No estoy en mi habitación, sus muros no son blancos y no huele a muerte aséptica. Me incorporo. Veo que llevo una bata blanca puesta, un brazalete de plástico en la muñeca y noto el culo desnudo apoyado sobre las sábanas. Me levanto, aturdido y abotargado, y me acerco a la ventana. El sol está saliendo. Abajo, tras los cipreses, me parece vislumbrar el tren de cercanías. Miro hacia abajo y veo a los niños renegridos subiendo la colina, pegándose entre sí. Uno de ellos recoge de repente una piedra del suelo y la lanza contra mi ventana. La piedra vuela y vuela.
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