A falta de otras actualizaciones

16 03 2009

Ahí van un par de microcuentos. Antes de salir hacia la Escuela de Escritores ya sabía que el primero no era seleccionable, pero es el que más me gusta de los (pocos) que he escrito esta temporada. Cualquier cosa con David Lynch dentro es apreciable. El segundo, por cierto, parte de una idea de mi hermano y es, a su vez, el único de los que he trabajado durante este año. Lo que es contraproducente, porque fastidia más que no sea elegido, aunque como dije hace dos semanas, ya puedo autoengañarme con que haya sido vetado por xenófobo.

Este Domingo pude haber escrito algo, no hay excusa posible salvo que era Domingo, un día en el que no se puede exigir nada que no sea siesta y encefalograma plano. No pienso siquiera hacer propósito de enmienda o listar mis tareas pendientes porque luego nunca se cumple, así que quizás sin mentar la bicha consiga mover el culo y el teclado. Tengo cargo de conciencia, me siento un poco mal conmigo mismo, pero al menos no soy Chris Cornell.

—Nos revolvía el pelo con cara de contento cuando ganaba el Manchester. Es el único recuerdo bueno que guardo de mi padre.
John bajó del púlpito y se dirigió hacia la puerta, rodeado de bancos vacíos y el eco de sus pasos, con el rifle entre las manos y una mancha de sangre en la solapa de la camisa. —¡Corten!—Dijo David Lynch.—Odio esta escena.
John se despertó, todo había sido un sueño. Un gato negro muy pixelado cruzó el dormitorio.
—¡Hay un error en Matrix!—Gritó alguien.
En realidad, estaban todos muertos y eran fantasmas, hasta el gato.
Mikel dejó de escribir. Evidentemente era Lunes.

Nos revolvía el pelo con cara de contento, pero en el fondo de sus ojos sólo había pena, si no asco. Lo vemos ahora, en las fotos color sepia en las que se le ve junto a nosotras, un poco apartado. Su mirada siempre ajena. Pero entonces éramos felices, nos daba igual no poder montar en bici, no encajar en las filas indias o las miradas de la gente. Ahora ya estamos hartas de tener que compartirlo todo, de ser una atracción de feria. Nos han dicho que es probable que perdamos parte de la memoria cuando separen nuestras cabezas. No importa si olvidamos a nuestro padre.





Siglos sin microcuentos

2 03 2009

Un par de intentos bastante fallidos. Hay uno especialmente vergonzoso, malo con avaricia. Lo cierto es que sirve reirme con mireia y mi hermano al recordarlo. El de esta semana está redactado (como todos, el viernes a las 11 antes del café y a cara de perro) haciéndolo inseleccionable a propósito. Además, al poder malinterpretarse la ironía, a partir de ahora puedo pensar que lo que mande no se selecciona porque me han vetado por xenófobo, cosa que siempre relaja y viene muy bien al ego.

Nunca te enamores en Londres

—La que siempre lucía antes de que los bombardeos acabasen con él. ¿A que es preciosa?—decía ella sosteniendo la chaqueta por los hombros. —Quédatela, él lo hubiese querido así.
—Probablemente, pero si se hubiese enterado de lo nuestro me hubiese estrangulado con ella—Él recogió la prenda de manos de ella, reticente.
—Yo no la desperdiciaría, y él ya no está, no le va a doler.
—De acuerdo.
Se la puso. Le quedaba como un guante, pero ni los bombardeos habían terminado ni ella había dejado de ser quien era.


El eterno resplandor de la mente impecable

La que siempre lucía antes de que los bombardeos acabasen con él. Su luminosa sonrisa nunca regresó. El dolor la borró de su cara hasta que al final de su vida, tras haberse arrastrado con su semblante taciturno a lo largo de las décadas, sentado en el sofá del salón de uno de sus hijos, con los tres nietos jugando a sus pies, pero sin acercarse demasiado a aquel ogro de cara adusta, la televisión emitiendo las noticias a todo volumen, una mueca apareció en su boca. Una media sonrisa. El Alzheimer le había alcanzado por fin.

Tenemos lo que nos merecemos

En la puerta había una gorra negra. Él estaba enfundado en licra oscura. La recogió y con un cuidado gesto se la caló, giró el pomo y salió a la calle. Era de noche y la azotea estaba ligeramente húmeda. El viento comenzó a soplar y su capa negra con la S amarilla cosida a mano comenzó a agitarse. Apretó el botón de play de su mp3, corrió hacia la repisa, saltó y emprendió el vuelo. Sus superpoderes le habían tocado en una tómbola. Está obeso. Escucha pachanga. Ve Salsa Rosa. Solo zurra a los inmigrantes, casi siempre sin motivo. Es el superhéroe de nuestro tiempo.





Microcuento Navideño

24 12 2008

Bueno chavales, que paséis una gran velada con vuestra familia, familia política, peros, gatos, indigentes recogidos de la calle y especiales de mira quién baila. Adorad al niño Jesús o cualquiera de las variantes folclóricas que toque allí donde estéis. Yo os ofrezco un microrrelato muy navideño. Por no pensar he partido de la frase de la semana pasada. Semana en la que solo envié otro microrrelato y, como viene siendo habitual últimamente, muy precipitado. Ahí os dejo ambos!

¡Feliz Saturnalia!

En Laponia, hace frío…

Nunca terminamos Derecho. Que conste que lo intentamos con todas nuestras fuerzas, pero nos era muy difícil entender la jerga de los apuntes de la universidad a distancia de Oslo. Además nosotros no sabemos más que de ferrocarriles de juguete y muñecas de trapo (últimamente hemos hecho un master en Playstation), por lo que nos fue imposible estudiar los suficiente para demandar a Noel por tenernos aquí encerrados. Y es que en el fondo es un gordo insensible, así que no sé por qué se sorprendió tanto de despertarse con la cabeza de Rudolf en su cama.

Mi amigo Max

Nunca terminamos Derecho. A mitad de segundo semestre el profesor Barea se dio cuenta de que Max era un Babuino Gigante que hablaba y lo echó de clase, así que yo, en muestra de solidaridad con mi mejor amigo, dejé la carrera. Al cabo de los años terminaron encerrándonos aquí, pero a veces rememoramos viejos tiempos Max y yo, nos escapamos del centro y nos hacemos pasar por abogados en algún juicio. A él la toga le viene grande pero la gente no se da cuenta. Ayer nos llegó la notificación de que hemos ganado la última demanda.





Microrrelatos con L de perdedor

10 12 2008

Esta semana tocó escribir a toda prisa durante una espera de media hora en la terminal 2G del aeropuerto de París (lo cuál es bastante evidente en la temática) con un señor a mi derecha hablando sin para por su Blackberry para, y cito, no quedarse dormido tras un viaje a Corea (y de paso tener martirizados a sus compañeros/subordinados/súbditos/esclavos y tenerlo entretenido) mientras me deleitaba con su aroma mezcla de sudor de horas enclaustrado en una cabina y comida oriental. No culparé a las circunstancias de la poca calidad, necesitaban, como mínimo, un repasillo, pero no hubo oportunidad. Por cierto, Dracma envió uno muchísimo mejor que se merecía la final (más aún visto lo flojitos que son los que se han llevado el gato al agua esta vez)

No consigo recordar qué es un hada, ni un elfo, ni caperucita roja (un nombre muy sonoro, ¿verdad?), ni siquiera lo que es un Papá Noel y eso que dicen que les resulta especialmente increíble. Todo lo que no es real ha salido de mi memoria al entrar en esta empresa. Puede ser por algo que haya en el ambiente. Lo peor de todo es que ya casi no tengo idea de qué es el amor. Mi mujer me hace leer a Neruda todas las noches pero se me escapa entre los dedos. Mañana renuncio, la ingeniería no es para mí.

No consigo recordar qué es un hada, maldita sea. No entiendo casi nada de lo que estoy leyendo. Un isla paradisíaca, sí, son dos palabras con cuatro y once letras, pero no soy capaz de concentrarme y visualizarlo. Todos esos ejercicios no valen para nada, hasta que no se apague el pilotito de las turbulencias no puedo pensar en nada. Apágate. ¡Apágate ya!. Por fin. Dios mío que alivio. Vaya, algo me a rozado el brazo. Vaya, qué azafata más hermosa, esto…¿que si quiero un hada para beber? ¿Qué demonios era un hada?

Luego tenemos otro anterior que, por lo que parece, no se entiende muy bien. Se titula perra (dijo mientras se apoyaba en el pie de micro y daba una calada a su cigarrillo):

Ahora sólo se alimenta de ricachones, la muy víbora
Cuando la conocí era cosa de todos, pero de un tiempo a esta parte no nos hace caso, solo escucha a los fajos de billetes andantes. Ni siquiera me escucha a mí, que fui su gran amante. Quizás no consiga remediarlo, ni siquiera llamar la atención, pero al menos debo intentarlo. No se pueden imaginar lo difícil que resulta actuar estando en mi posición. Si alguien les está leyendo este comunicado por la televisión es que tuve éxito y volé el congreso por los aires con todo el mundo dentro.
Firmado: El presidente

Y ahora os dejo tras una tarde curiosa en la que me disponía a partir hacia Lusaka (Zambia) pero han cancelado el viaje y he sido avisado cuando me disponía a sacar la tarjeta de embarque, nada menos. Hay gente muy seria por ahí en el mundo.





2 microrrelatos para lo que queda de semana

13 11 2008

Dos santos no ganadores de esta semana. Aún no he mirado los finalistas ni la frse de inicio de ésta, veremos si esta tarde saco un ratillo para seguir con la tradición. Con ustedes, las serpiente gorda:

Sangre

La serpiente me quedó más gorda de lo previsto.
Intenté hacerle ver que eso le daba mucha más fuerza y que realzaba su cuadriceps, pero no se lo tragó y le tuve que devolver el dinero. No le culpo, el tatuaje era una mierda, estaba borracho cuando se lo hice y suerte tuvo de que no le plantara un ornitorrinco o un Amor de Madre. Todo porque ayer me dejó Sonia. No hace falta que te lo diga, pero tengo su nombre por todo mi cuerpo. Perdona ¿Cómo decías que lo querías? ¿Rosas con alambres? Creo que me he pasado con el rojo.

Dios hace distinciones

La serpiente me quedó más gorda de lo previsto, pero se la vendí a Taffey Lewis sin ningún problema. Espero que la mujer del espectáculo no tuviera muchos problemas, aunque he oído por ahí que la han asesinado. Por eso me estoy dedicando a las aves, dan menos problemas. Acabo de vender un Buho magnífico a la Tyrell Corporation. Tenía una mirada intensa, el buho. De hecho cuando ha posado sus ojos en mí he sentido un escalofrío. Me ha dado la impresión de que estaba más vivo que este sucio comerciante. En el fondo puede que haya sido fabricado con más cariño del que lo fui yo.





Microcosas

23 10 2008

Los finalistas de esta semana tenían muy buen nivel, y especialmente los dos primeros, desde luego mucho más que los que yo envié. El ganador me encanta. No esperéis que esto vuelva a repetirse en breve (que yo lo piense, no que lo sean). De todos modos tengo paciencia, aunque muy poco tiempo, este año bastante menos, y lo seguiré intentando pese a frases terribles de inicio como la de esta semana. Antes de pegar mis dos inmodestas aportaciones solo quería apuntar dos cosas:

1) Uno de los blogs enlazados en mi columna derecha a evaluado el presente blog (dado que ésa es el objetivo del ese bitácora, la evaluación objetiva de los mismos) y el resultado es un suspenso matizado. Yo me he quedado a gusto, la verdad. Teniendo en cuanta los objetivos de esta casa, tan mal definidos, con unos contenidos absolutamente egocéntricos y dispersos, con un presidente adicto a presionar el botón Publicar sin revisar ni pensar ni nada que se le parezca, entre otras faltas de profesionalidad, me basta y me sobra con caer mínimamente simpático a la gente. Muchas gracias.

2) Llego tarde a todo y ahora me entero de que Juan Manuel de Prada está mal. Espero una reseña de Camino por su parte.

3) El Domingo viajo a Trabzon, Turquía, dejando a la rubia sola en casa con un catarro impenitente y teniendo que hacer el draft on-line de la liguilla de amiguetes de la NBA de camino, en un hotel de Estambul.

Y ahora, los micros:

Señor Rosa

- ¡La mujer que había dentro de mí!
- ¡Es verdad! No me acordaba del título.
- La verdad es que era muy ridícula, pero cómo nos lo pasábamos saltando cuando sonaba. ¿Te acuerdas?
- Yo me desgañitaba como un loco y acababa siempre afónico.
- Los buenos tiempos. Bueno…en fin. Pon tu índice aquí. Ahora tu pulgar.
- Perdona. No es fácil con las esposas. ¿Te acuerdas de Paco?
- ¡Por supuesto! La verdad es que estaba loca por él entonces. ¿Qué ha sido de él? Ponte de perfil por favor.
- Ha muerto en el tiroteo.
- Vaya. Por cierto, ¿Qué tal está tu madre?

Una pregunta

La mujer que había dentro de mí tenía miedo de todo. Nunca cogía un avión. Buscaba rutas alternativas y enrevesadas para no cruzar las calle y ser atropellada por un coche. No hablaba con hombres barbudos. No comía nada con grasas saturadas. En general, no comía nada. Era un asco, sinceramente.
Esa mujer ya ha desaparecido. La maté cuando descubrí que me hacía mucho más desgraciada, pero ahora me encuentro vacía. ¿Quieres ser tú la nueva mujer en mi interior? Solo tienes que dejar que te guise. No te dolerá mucho.





2 microrrelatos lamentables

7 10 2008

Pero es un comienzo. No me sentía ni con ganas ni con tiempo (los redacté en el trabajo, en nada de tiempo cada uno y, sobre todo, con la mirada de mi(s) jefe(s) rondando cerca debido a la nueva disposición de la oficina que deja mi pantalla a merced de su vista lo que, aunque no supone de por sí que vayan a pensar nada negativo sobre mis actividades si me ven escribiendo algo indefinido en word e incluso en el caso de que observaran actividades más procrastinadoras no creo que llegasen a considerarlo ninguna clase de indignidad laboral (1), sí supone una cierta carga adicional al proceso creador. De ahí los resultados.

Por otra parte llevo, y creo que durante una temporada seguirá de la misma manera, una temporada un tanto ajetreada en cuanto a trabajo / viajes (sin ir más lejos, mañana y pasado acudo a una reunión en las cercanías de Roma en apoyo moral de un compañero y para poder observar el montaje de un generador in situ) que no me permite dar mucha vida, al menos no tanta como desearía, a este blog, a lo que habrá que añadir las clases extraescolares a partir de hoy. El indicador más fiel de todo ésto es que tengo más de mil entradas pendientes in el Google Reader.

Toca ponerse a currar. Ahí van mis flojísimos microrrelatos de esta semana (para el que no sea habitual del blog, no suelo ser negativo respecto a mis relatos, de hecho podría considerarse todo lo contrario) y el personaje principal que parí en el tercer ejercicio del taller de novela.

“Conflictos de pareja”

Algún día se enterarían de quién era el que movía el espejito.
El primero en regresar del trabajo de los dos siempre se encontraba con que el magnífico regalo de boda de los tíos-abuelos de ella no les devolvía su reflejo. Achacaron el extraño volteo a algún tipo de intruso trastornado: Instalaron alarmas de todo tipo, dejaron harina esparcida por el suelo, atornillaron las cuatro esquinas del rimbombante marco dorado a la pared, pero, indefectiblemente, el espejo acababa dado la vuelta sin ninguna huella delatora. Nunca se paraban a escuchar, tras salir de casa por las mañanas, cómo la malvada puerta insultaba al pobre y sensible espejito.

“El del D era mudo”

Algún día se enterarían de quién era el que movía el espejito. Nunca se habían cruzado con el vecino del C. Todas las noches, el temblor de la pared, siempre acompañado por gemidos, provocaba que el souvenir preferido (recuerdo de Marrakech) de la pareja del B terminara escorado, lo que les sacaba de quicio, especialmente a él, que acababa golpeando el tabique pidiendo un poco de decencia (y escorando aún más el espejito).
Antonio, intentaba acabar su novela encerrado día y noche y sufría habitualmente ataques de histeria, echo un ovillo, agitándose y gimiendo sobre su cama por culpa del volumen de la música del cafre del D.

PERSONAJE 1

Al pasar la tarjeta de identificación la pantalla se enciende la pequeña pantalla verde y aparece su nombre y la hora de entrada. En el vestuario sus compañeros se cambian comentando el partido de baloncesto del día anterior y se pasan el fijador de pelo. Él sonríe cuando le preguntan algo, pero no sabe muy bien qué responder la mayoría de las veces. Con el mono azul sobre sus tatuajes, los cascos cubriendo completamente sus orejas y el volumen de la música tapando, o acoplándose, o acompañando el golpeteo de las máquinas, entra en la planta y se coloca frente a sus utillajes.

Son las siete en punto de la mañana.

Durante las dos horas y media siguientes, Jordán manipula las bobinas que van llegando en cajas de madera desde el portón de entrada. Teje el cobre, y mientras lo hace intenta encontrar un número de entre los de los códigos de barras de doce cifras del material entrante que sea primo. Lo que sea con el fin de mantener la cabeza ocupada. Antes reproducía mentalmente partidas de ajedrez famosas intentando localizar algún error, pero lo dejó cuando se dio cuenta de que no lograría llegar a ser nadie relevante en el mundo de los peones y las torres. Hacía unos dos años de aquello, y de golpe también había descubierto que tanto valía el ajedrez como el fútbol como el macramé, y que no sería capaz de destacar en nada. Así que lo había asumido y simplemente intentaba pasar el rato.

Es la hora del café.

Todos los hombres vestidos de azul se agolpan en posturas cansadas alrededor de la máquina expendedora. Otros se repantigan sobre el murete que da al río unos metros más lejos, tras la puerta, fumando sus cigarrillos. Comentan algo sobre la nueva chica de contabilidad. Se rien. A Jordán le parece ridículo y soez, pero practica su mejor sonrisa de compromiso, que no engaña a nadie. Alguna vez en el pasado trató incluirse en las conversaciones, pero casi siempre terminaban en violentos e interminables silencios. Intentó aprender a fumar como los demás, a comprender las alineaciones de los equipos de la región (pero el simple hecho de decir “los equipos de la región” ya invalidaba cualquier esfuerzo), a observar a las mujeres como puros objetos (y para ello no le sirvió tratar de encontrar las funciones trigonométricas más ajustadas a sus curvas) o a poner a parir al jefe, pero nunca logró que resultara creíble para nadie. Ahora simplemente intentaba pasar el rato, resignado. Tras el café, pensando en su mal aliento, vuelve a trenzar bobinas sin pensar demasiado en su dolor de riñones o en las implicaciones filosóficas de los bosones.

Y así llegaba la hora del almuerzo.

Solo odiaba una cosa, y era escuchar al resto del mundo masticar. Así que ya no finge y se aleja lo máximo posible para tragar su bocadillo de chorizo. Al terminar se toma otro café con sus compañeros, que reproducen sus posturas de tres horas antes delante de la máquina como si ésta fuera un fotomatón en lugar de una expendedora de brebajes demoníacos (y laxantes), en silencio. Ya nadie suele dirigirse a él salvo para preguntarle por alguna cuestión de trabajo o para calcular el porcentaje de su sueldo que se lleva la seguridad social ese año. Al acabar ya solamente le espera más cobre, no pensar demasiado en su aliento a café y a chorizo y seguir con algún juego formal de conjuntos mentales hasta que llega la hora de fichar, cuando todos vuelven a ser exactamente iguales ante la máquina de pantalla verde.

Conduce hasta casa. Hoy toca atasco. Normalmente pone su música a tope y le anima. Agita la cabeza y segrega endorfinas (conscientemente), pero hoy hay algo en la miríada luces rojas delante de él que no le permite levantar el ánimo. La música le hace llorar. Sale de su coche y atraviesa los tres carriles hasta el arcén, entre los automóviles parados que humean o transpiran o ambas cosas a la vez pero que inevitablemente pitan. Se para delante del bloque de hormigón con espalda fluorescente que cubre el radar de control de velocidad del kilómetro 37 de la autopista. Mira fijamente el objetivo cuadrado del aparato que los vigila y le pregunta:

- ¿Tú entiendes algo?

————–
1) Se nota demasiado que estoy leyendo lo último publicado por David Foster Wallace en castellano que me quedaba por leer y que, además me está pareciendo tan memorable que a veces me dan ganas de ponerme a aplaudir en el cercanías.





Recuerdo el concurso durante una reunión de costes

8 07 2008

El jefe tiene voz engolada y habla en inglés, con su engolado acento francés que multiplica el engolamiento general de su discurso, con el manos libres en la sala de reuniones. A mí lado un suizo resopla mientras intenta dar explicaciones con su respiración agitada, ése tipo de resoplidos nasales que uno asocia con los rinocerontes un poco avejentados. Intento escribir sobre la final del concurso de microrrelatos que tuvo lugar el Viernes.

El Jueves por la noche salgo a tomar unas cervezas por Madrid con un flamante nuevo técnico para todo del Palace de Madrid y un flamante nuevo coordinador de estudiantes extranjeros de la facultad de filosofía, o algo similar. La conversación vuela por lo de siempre, conciertos, realitis, series de televisión, fútbol, el estilismo impecable de Luis del Val, los exabruptos de la escario, las toses en antena de Carles Francino, las últimas películas de Shyamalan y Sydney Lumet, las cubiertas de Vic Chesnutt, las zonas carga y descarga de yonquis en la glorieta de Embajadores, los métodos de actuación de los adictos al pegamento, la alineación del Azkena y el sabor del faisán de lo que únicamente el flamante nuevo técnico para todo del Palace de Madrid puede, evidentemente, opinar). Previamente a la conversación y las innumerables cervezas hemos pasado por el Melo’s, uno de mis puntos pendientes de Madrid, para comer una Zapatilla: Una oda a la grasa entre dos rebanadas de pan de pueblo a la plancha que cae al estómago con la consistencia de un calcetín lleno de plomo. Mireia, que me espera en el hotel ya que ha llegado a Madrid tarde en otro avión, me ve llegar a las dos y media de la mañana apestando a tabacazo y cebada en fermentación.

Por la mañana nos juntamos con el resto de finalistas que están alojados en el hotel. Mi cabeza martillea y llevo las gafas de sol puestas, pero juro y perjuro (aquí, no en aquel momento) que no lo hago por darme aires de escritor maldito ni muc ho menos. Llegamos a la casa encendida y nos sientan en primera fila para asistir al último Hoy por Hoy de la temporada, en el que participaremos a última hora, cuando se conocerá al ganador (o ganadora, como Francino no se cansa de repetir) del concurso de Microcuentos. Pepe Blanco nos deleita con su presencia durante la primera parte del programa, en una entrevista a propósito del congreso del PSOE que quiere parecer un poco agresiva pero en la que el hombre con cara de topo llega a leer una de sus respuestas de un papel y en la que, en cuanto debe improvisar minimamente, acaba declamando una serie de lugares comunes enlazados entre sí pero ni siquiera relacionados con la pregunta (como si se tratará de un jugador senegalés ante su segunda rueda de prensa). Un verdadero político. Después de un par de cosillas y el guiñol, es nuestro turno.

Sin agua y sin Gelocatil mi resaca ha ido aumentando hasta extremos insospechados, y mientras Mireia se lo pasa pipa con el programa yo intento no caerme de la silla o deshacerme en sudor. Escucho mi biografía en 100 palabras leída por mi mismo pero no entiendo nada. Parece que lo estuviera leyendo como quien recita los ingredientes de una lata de chili con carne. Al menos, me dicen luego, cuando me toca hablar lo hago decentemente. Un logro. Gana el cuento de la hipotenusa. La chaqueta amarilla de Luis del Val es hipnótica y no descarto que haya exacerbado mi resaca.

Después, comiendo en una sidrería con el resto de finalistas, acompañantes y gente de La Escuela de escritores, ya recuperado y en mi salsa (entre chuletas y vino tinto), me lo paso estupendamente charlando y escuchando, compartiendo ideas sobre el concursos y hablando de las cosas importantes de la vida: Música, libros y películas.

Son ya las 8 de la tarde, la sala de reuniones se ha ido recalentando y aún debemos repasar tres proyectos más y la gente tiene cara de agobio. Ni siquiera tengo ganas de escribir, solamente de volver al hotel.

PS: La micro biografía que tan grácilmente salió de mi boca durante la grabación (que debería haber repetido) y que posteriormente fue emitida para toda España, el mundo y el universo conocido y desconocido (quiero saludar a Marte):

Yo era un zigoto pelirrojo y con gafas, despreocupado y pedante. En un momento dado pegué el estirón, se me cayó el libro que llevaba entre las manos y me creció una horrorosa ortodoncia. Al cabo de un rato me paseaba por la escuela de Ingeniería preguntándome qué demonios hacía allí. Cuando salí en busca de trabajo, el suelo comenzó a temblar y me convertí en una versión de Woody Allen de andar por casa. Visto esto, decidí que podía aprovecharlo para buscarme una novia más guapa y lista que yo y de paso contar historias extrañas.





No sabía que aquel culo era un corazón dibujado en su honor

9 06 2008

Sin más dilación, les presento los microrrelatos de esta semana que no han llegado a ser finalistas. Me gustaban, la verdad.

1) No sabía que aquel culo era un corazón dibujado en su honor, esculpido con bisturí para que su marido se deleitara con él. Una expresión de amor incondicional de más de seis mil euros. Un homenaje a un tipo que nunca la había querido y se había escapado con una pelandrusca a Brasil dejándola con dos hijos (que se parecían a él) y media hipoteca. Si su jefe lo hubiese sabido, ahora no estaría en el hospital esperando a que le extirpen las grapas de la frente. Una manera un tanto dolorosa, por otra parte, de aprender a no propasarse con la secretaria.

2) No sabía que aquel culo era un corazón dibujado en su honor. Vio su nombre escrito en la pancarta junto a un trasero colorado y, loco de ira, mandó fusilar inmediatamente al portador. Vassily había pasado días perfeccionando las líneas del corazón, pero tuvo que improvisar el color de relleno en el último momento al darse cuenta de que no llegaba a tiempo al discurso. Amaba al líder. Veía su cara pintada en las paredes de los edificios y tenía que refrenar sus ansias lanzarse besar aquellos labios apretados. Delante del pelotón, Vassily pensó en él con agradecimiento por poder ser tocado por el plomo de su escolta. Fuego en su corazón.





El rapidito del Miércoles

28 05 2008

Una actualización a toda prisa desde la sala de reuniones de mi empresa en Levallois, a la espera de que llegue de un momento a otro la delegación (que bonita y rimbombante palabra) de la compañia zambiana ccon la que tenemos que negociar un pequeño contrato. Así que aquí dejo mis microcuentos de esta semana.

Miriam arrugó en sus manos el garabato ilegible que había dibujado y lo lanzó a la papelera. La imperfecta bola de papel rebotó en un borde, después contra la pared y acabó sobre la moqueta. Miriam se levanto de su mesa, recogió la pelota de celulosa y la abrió. Dentro había un dibujo de un jugador de baloncesto. Cogió un folio en blanco y trazó otro garabato. Abrió la ventana y tiró el papel. El viento lo volteó unos segundos y tras un par filigranas se convirtió en un avión de papel que volvió a entrar planeando a manos de Miriam. Lo desdobló y leyó: “Hola, soy el espíritu de Walt”

Miriam arrugó en sus manos el garabato ilegible que había dibujado. Cogió otro folio en blanco y trató de escribir su nombre de nuevo, pero era imposible, solo trazaba líneas sin sentido. No tenía problemas para escribir cualquier otra cosa, pero no podía con su nombre. Acudió a un psicólogo y logopeda amigo de la familia y le explicó su caso. La escuchó pacientemente y después le dijo:
—Inténtelo con los ojos cerrados.
Miriam los cerró y dejó correr la pluma. Al abrirlos leyó su nombre y sintió que se desvanecía. Despertó con la cara del doctor frente a la suya.
—Ahora tendrá que aprender a convivir con él.

Miriam arrugó en sus manos el garabato ilegible que había dibujado. Cogió la pintura azul y atacó otro folio en blanco. Miriam madre recogió el papel arrugado y lo guardó con orgullo en el bolsillo. Llamaron a la puerta: era la niñera.
Miriam madrepasó por la tienda junto a su despacho y compró un marco. Aplastó el papel arrugado contra el cristal y colgó el resultado en la pared tras su escritorio. Activó el interfono:
—Enrique, haz pasar al primer paciente.
Un hombre calvo y arrugado abrió la puerta y se quedó mirando el garabato de su hija. Sonrió.
—Bonito búfalo dijo.
Miriam madre pensó que tenía que adelgazar.