No sabía que aquel culo era un corazón dibujado en su honor

9 06 2008

Sin más dilación, les presento los microrrelatos de esta semana que no han llegado a ser finalistas. Me gustaban, la verdad.

1) No sabía que aquel culo era un corazón dibujado en su honor, esculpido con bisturí para que su marido se deleitara con él. Una expresión de amor incondicional de más de seis mil euros. Un homenaje a un tipo que nunca la había querido y se había escapado con una pelandrusca a Brasil dejándola con dos hijos (que se parecían a él) y media hipoteca. Si su jefe lo hubiese sabido, ahora no estaría en el hospital esperando a que le extirpen las grapas de la frente. Una manera un tanto dolorosa, por otra parte, de aprender a no propasarse con la secretaria.

2) No sabía que aquel culo era un corazón dibujado en su honor. Vio su nombre escrito en la pancarta junto a un trasero colorado y, loco de ira, mandó fusilar inmediatamente al portador. Vassily había pasado días perfeccionando las líneas del corazón, pero tuvo que improvisar el color de relleno en el último momento al darse cuenta de que no llegaba a tiempo al discurso. Amaba al líder. Veía su cara pintada en las paredes de los edificios y tenía que refrenar sus ansias lanzarse besar aquellos labios apretados. Delante del pelotón, Vassily pensó en él con agradecimiento por poder ser tocado por el plomo de su escolta. Fuego en su corazón.





El rapidito del Miércoles

28 05 2008

Una actualización a toda prisa desde la sala de reuniones de mi empresa en Levallois, a la espera de que llegue de un momento a otro la delegación (que bonita y rimbombante palabra) de la compañia zambiana ccon la que tenemos que negociar un pequeño contrato. Así que aquí dejo mis microcuentos de esta semana.

Miriam arrugó en sus manos el garabato ilegible que había dibujado y lo lanzó a la papelera. La imperfecta bola de papel rebotó en un borde, después contra la pared y acabó sobre la moqueta. Miriam se levanto de su mesa, recogió la pelota de celulosa y la abrió. Dentro había un dibujo de un jugador de baloncesto. Cogió un folio en blanco y trazó otro garabato. Abrió la ventana y tiró el papel. El viento lo volteó unos segundos y tras un par filigranas se convirtió en un avión de papel que volvió a entrar planeando a manos de Miriam. Lo desdobló y leyó: “Hola, soy el espíritu de Walt”

Miriam arrugó en sus manos el garabato ilegible que había dibujado. Cogió otro folio en blanco y trató de escribir su nombre de nuevo, pero era imposible, solo trazaba líneas sin sentido. No tenía problemas para escribir cualquier otra cosa, pero no podía con su nombre. Acudió a un psicólogo y logopeda amigo de la familia y le explicó su caso. La escuchó pacientemente y después le dijo:
—Inténtelo con los ojos cerrados.
Miriam los cerró y dejó correr la pluma. Al abrirlos leyó su nombre y sintió que se desvanecía. Despertó con la cara del doctor frente a la suya.
—Ahora tendrá que aprender a convivir con él.

Miriam arrugó en sus manos el garabato ilegible que había dibujado. Cogió la pintura azul y atacó otro folio en blanco. Miriam madre recogió el papel arrugado y lo guardó con orgullo en el bolsillo. Llamaron a la puerta: era la niñera.
Miriam madrepasó por la tienda junto a su despacho y compró un marco. Aplastó el papel arrugado contra el cristal y colgó el resultado en la pared tras su escritorio. Activó el interfono:
—Enrique, haz pasar al primer paciente.
Un hombre calvo y arrugado abrió la puerta y se quedó mirando el garabato de su hija. Sonrió.
—Bonito búfalo dijo.
Miriam madre pensó que tenía que adelgazar.





Principios de semana

13 05 2008

Como quien baja la basura. Como quién se lava los dientes. Como quien manda un e-mail para felicitar los cumpleaños, aquí están mis microrrelatos de esta semana.

“¡La malvada Hipotenusa capturó a Pi!” Gritó Mortadelo en la televisión con acento Venezolano. El niño observaba la pantalla sentado en el suelo con un cojín sobre las rodillas. Las luces del salón estaban apagadas y los dibujos animados se reflejaban en su carita. Sus ojos miraban con expresión vacía los gritos y brincos de aquellos esperpentos mal doblados que le fascinaban. De repente, Mortadelo se disfrazó de Superman. La boca del niño dibujó una sonrisa. Fue a buscar la manta roja que estaba en el balcón.

—“La malvada Hipotenusa capturó a Pi” me parece un título ridículo para esta canción, por muy instrumental y matemática que sea—Dijo mientras dejaba la guitarra apoyada en la pared de la sala de ensayos.
—Ander, no tienes el más mínimo sentido del humor—Respondió ella quitándose los auriculares—¿Cómo la titularías tú?
—Número 31.
—Das pena.—Apostilló ella moviendo la cabeza.
Años más tarde, en Wembley, a Ander se le pusieron los pelos de gallina al salir al escenario. Todo el mundo coreaba “La malvada hipotenusa…”. Ella siempre tenía razón: se giró y le guiñó un ojo. Nadie supo a quién se lo estaba guiñando.

Mi otra aportación del día es certificar el daño que pueden hacer los espacios diáfanos de las oficinas en la convivencia pacífica de las personas y en la salud mental de las almas sensibles. Yo soy de los que se pone de los nervios cuando tiene delante a alguien que hace ruido al masticar como si fuera una hiena rebanando los restos de una gacela Thompson, así que encuentro bastantes motivos para que pueda odiar sin motivo a alguna gente que se sienta a mi alrededor. Lo que siempre resulta más desasosegante es ser perfectamente consciente de que si fuera yo mismo el que se ubica justo a mi lado, me tendría mucha ojeriza.

Feliz día de trabajo a todos. Por cierto, que estemos a 25 grados y tenga que trabajar con sensación de llevar un rodal camachiano bajo la axila no ayuda





Sigue buscando…

21 04 2008

Levantas la tapa del yogur, rascas un grasiento cartón de premio (dejándote una buena cantidad de purpurina debajo de la uña porque no tienes una moneda de cinco céntimos a mano) o le das la vuelta a una bolsa de patatas. Siempre hay que seguir buscando. Ello no implica que se deba dejar de intentarlo:

Mejor el dragón que mamá. Es verde, da calorcito y muy buenos consejos. Ella solamente sabe reñir y llorar, así que siempre trato de evitarla y estar con el dragón.
—Deberías ponerte sombrero de copa—me dice. Tiene muy buen gusto —¡Vamos al tejado a ver ponerse el sol!
Subo detrás de él, esquivando su cola escamosa. Un teja se suelta al sentarnos. Hay que andar con cuidado.
—¿Y si volamos un rato?—comenta.
—Mejor bebamos batido de fresa—Grita el conejo gigante. Desde luego es mucho mejor consejo, no quiero estamparme contra el patio. ¡No se creerá el dragón que estoy loco!


“Mejor el dragón que mamá”: Un tatuaje. En el bar el ruido era ensordecedor, la música estaba jugando a destruirme los tímpanos y olía a sudor y aserrín, pero no podía marcharme, hipnotizado por los bailes sinuosos de aquella belleza morena con la espalda al descubierto que mostraba ese extraño mensaje. Me acerqué , levitando a medio metro del suelo. Ella seguía contorneándose y su tatuaje se movía al compás de su piel, ondulando como un reptil. Pude ver una gota de sudor recorrer lentamente su columna. Leí con más detenimiento: “Mejor el dolor que nada”. Me había enamorado.



Las siguientes citas, aparte de la semanal de siempre, están en el nuevo concursito en homenaje al Quijote que debe comenzar por: “Y han de caer del todo, sin duda alguna”, el reto de la Fnac y quizás volver a intentarlo en el programa de la 2. El caso es lograr un repertorio de microrrelatos que no se lo salte un gaditano.





Entrada en cinco minutos

14 04 2008

Seguro que en cualquiera de las guías de Diez-consejos-para-tu-blog no figura, aunque encaja con lo que suelen sugerir sobre realizar post cortos y actualizar una vez al día. También es probable que aparezca en otra cualqueira de las guías Diez-cosas-que-no-debe-hacer-con-su-blog (también conocidas como Diez-errores-comunes-de-bloggers-inexpertos). De todos modos, aquí va mi entrada apresurada para hoy:

1) Porque empiezo a tener carga de trabajo (albricias)
2) Porque hay un nuevo microrrelato perdedor (cachis):

¡Aquel niño era yo! Un palo con patas que no levantaba dos palmos del suelo dando patadas a un balón. La imagen de la vieja Super 8 se reflejaba un poco desenfocada contra la pared. Había encontrado esta cinta de mi tío escondida en un cajón de su casa. Ya casi ni me acordaba de ella. Se me veía correr torpemente, a lo lejos, en un patio de hormigón desconchado. Miré por la ventana de casa y vi aquel mismo patio. Puse a grabar la cámara digital, miré por la pantalla, y allí seguía yo, corriendo. Así inventé el detector de almas.

3) Porque me ha salido un grano en la nariz, me he leído La Naranja mecánica con 31 años, he descubierto que Nacho Vigalondo tiene mi misma edad y éso siempre es descorazonador porque ha estado en la ceremonia de los Oscar, el 30 de Julio nos vamos a Shanghai gracias a las mjillas de premio de Air France y tengo en mente una entrada por fascículos sobre escritores torturados.

4) Porque me gusta meter mis fotos

5) Y me ha costado más de cinco minutos





Veamos qué había esta semana

7 04 2008

Sí, la entrada sobre los microrrelatos semanales. No puedo evitar la sensación de que los finalistas que logré hace ya meses fueron flor de un día. ¡Dios mio, he perdido mi mojo! Me gusta pensar que todo se debe a una confusión con los teléfonos, dado que cambié de número justo una semana después de mi última final. Casi prefiero no saber que no es posible. Benditas dobles negaciones.

Mis hijitos:

“¡Niño, tira pa’ Linares!” Gritó alguien en la televisión. A través de los tapones de los oídos, de las paredes que separaban mi despacho del salón dónde seguramente una anciana reposaba sentada con sus hinchados pies en alto, el volumen brutal de la televisión me acababa llegando. Horas y horas de cines de barrio y ruletas de la fortuna. No podía más. Salí al pasillo y aporreé la puerta, aullando como un loco. Un hombre con camisa remangada y una mancha roja en el cuello abrió y puso el índice sobre mis labios. Sabía a azufre. He decidido insonorizar mi piso.

—¡Niño, tira pa’ Linares! —Le gritó un espectador tras haber dado mate al último de sus siete contrincantes: Era uno de ésos ancianos que lo mismo están horas observando estas partidas de ajedrez en el parque que viendo obreros preparar mezcla de hormigón. El pequeño Andrés le sonrío con las manos tras la espalda mientras su rival se retiraba cabizbajo. Hacía sol, se filtraba entre los árboles y le rozaba la cara. Su madre le cogió del brazo:
—¡Hora de volver a casa, Andrés! Hay que seguir entrenando.
Andrés solo quería un balón reglamentario. Ella un hijo superdotado. Su padre no tener resaca.

—¡Niño, tira pa’ Linares!
El anciano, diminuto, ajado y a medio engullir por las sábanas de su cama, deliraba desde hacía días. Le gritaba a las figuras que pasaban por delante, probablemente recuerdos de juventud.
—Qué buena era la Filomena, ¿Eh, niño?—Le dijo a la figura al pie de su cama.
—Sí, era buena—respondió mirando el filo de la guadaña


Es necesario comentar lo terrible que era esta frase de inicio, y lo aún más terrible de saber que el micro-cuento correspondiente a dicha frase se llevó el premio del mes.

Por último, apuntar que he creado una cuenta de Picasa para subir mis deleznables fotos, cuyo enlace está a la izquierda. También existe la de Flickr desde hace tiempo, pero su capacidad de almacenar está muy restringida. Creo que al final acabaré pagando a los de Flickr por tener prestaciones de señor mayor y dejarme de historias.

P.S: Como este viene a ser un post de miscelánea, dejo un enlace sobre un tema que me encanta, las Pareidolias. Vía Microsiervos, cómo no.

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Que no se diga que no lo intento

18 03 2008

De dos en dos sigo mandando. A ver cuáles son los finalistas de esta semana. Mucho me temo que deberé renunciar a mis costumbres a no ser que me de tiempo de enviar mi par de microcuento desde que pongan la frase en la red hasta las dos del mediodía, momento en el que huiré de mi puesto de trabajo para montarme en un autobús que nos llevará a Venecia y Florencia. Seguro que viene equipado con pinchos en los respaldos de los asientos a la altura de las rótulas, pero pienso disfrutar del viaje. Había pensado comprar biodraminas en plan ataque preventivo ya que, aunque no me mareo por sistema, sí que soy incapaz de leer más de media hora seguida sin sentir náuseas cuando voy en autobús. Y encima nos va a llover, pero nos lo vamos a pasar como Dios, aunque Dios no sé si disfrutó mucho en Semana Santa, al menos su desdoblamiento de personalidad que le hacía creerse un jipi trabajando con una ONG de qayuda a pescadores en Oriente Medio.

A lo que íbamos:

Cleo la levantó y allí la esperaba el alacrán. Dio un grito y, con cara de asco, aplastó el bicho bajo su pie. Alguien aulló: ¡Corten!. Cleo se alejó moviendo sus curvas de diva. Anders recogió su pobre alimaña destripada, con todos los cables al aire. Entró en su caravana. Con un destornillador y un poco de cinta aislante recompuso el alacrán mecánico. Lo dejó sobre la estantería con mimo, se recostó sobre la silla y se ajustó sus gafas. Apretó el botón y el grupo de escorpiones, cobras y minidinosauros mecánicos interpretó su coreografía al son de “My Fair Lady” mientras Anders se secaba las lágrimas.

Cleo la levantó y allí la esperaba el alacrán, agazapado detrás de la farola, con su gabardina y aquellas gafas y bigote de pega. Dejó la persiana levantada. Se hizo unas tostadas. Preparó café. Vio las noticias en la tele, el programa del corazón: Marco Antonio había sido visto con una despampanante rubia saliendo de Richie’s. Cleo frunció el ceño, hizo una llamada y salió por la puerta. Llegó a Tony’s. En la terraza le esperaba aquel modelo musculitos contratado. Se cercioró de que el alacrán la había seguido y besó apasionadamente al modelo de cartón-piedra. Sintió el flash de la cámara con alivio.

Apuntar que escribo desde el explorer, que no tiene corrector ortográfico. En el momento que me den mi portátil definitivo (ya van 3 semanas trabajando en un equipo “provisional”) me instalo el Mozilla y erradico las erratas. Porque digan lo que digan, repasar es de cobardes.





El que faltaba

11 03 2008

Sigo en la intensa labor de procurarme tareas con el fin de poder soslayarlas en los tiempos adecuados. Ese maravilloso juego entre el tiempo real que se tarda en completar un trabajo, el tiempo aparente para los que te rodean y el tiempo que registras como verdadero. Cuando uno empieza a trabajar, a no ser que se nazca perro, aunque bien es cierto que puede que yo sea especialmente cernícalo, uno creee que debe completar sus tareas a la mayor velocidad posible, demostrar lo que uno vale, pero tras unos cuantos años en los que las palmadas en las espalda no llegan o son demasiado fuertes, quien más quien menos aprende a no declarar abiertamente la verdad sobre sus tiempos muertos. En el fondo, resulta un tanto patético. Mentalidad mediterránea, quizás. En mi caso es una simple cuestión de diversidad de aficiones. Una de ellas, como en algunos casos aquí presentes, consiste en escribir microcuentos. Tal y como se ha indicado en los comentarios de la entrada anterior, el concurso de Microrrelatos de Página 2 ya tiene ganador del Mes de Febrero. Yo hice un último intento con esa forma que tanto me gusta y que se parece abiertamente a esta foto (en la que, por cierto, NO me inspiré). Se titula:

El inspector Fermat entró en la escena del crimen

El inspector Fermat entró en la escena del crimen. En el suelo, iluminado por los fogonazos de luz de la cámara del ayudante del forense, el desdichado bibliotecario yacía lívido sosteniendo un libro abierto entre las manos. Fermat se puso sus guantes de goma y liberó el tomo de las manos del muerto. Leyó en voz alta el texto de la página por la que el fallecido lo estaba sosteniendo: “El inspector Fermat entró en la escena del crimen…”





Mantener las costumbres

10 03 2008

Los dos microrrelatos perdedores de esta semana:

No hasta que por fin me haya mordido el labio inferior después de besarme apasionadamente. No hasta que consiga que pierda la compostura cada vez que me vea pasar y me arranque literalmente la ropa al encontrarnos en el ascensor. No pienso dejar de acudir a la consulta del Doctor Menta. Sé que es un charlatán, que sus pociones de enamoramiento ultrarrápido no son más que agua con aromas comprados en el supermercado de la esquina, que ni siquiera es un doctor de verdad…pero es tan guapo.

No hasta que por fin me haya mordido. Lo sé, no descansará hasta que me agarre con sus pequeñas fauces. Lestat ya no tiene uñas, ni genitales, pero es el Lucifer gatuno. Lo vigilo desde el sofá. Frunzo el ceño. Intento poner cara de malo. No funciona, sabe que soy blandito. Se me empieza a pegar la camisa por el sudor. Lestat se desplaza sigilosamente sobre el televisor. Me mira fijamente y bufa. Daniela grita desde el baño: “¡Casi estoy lista!”, pero yo ya he salido corriendo por la puerta. Sé que ahora estará él en el sofá con un Martini seco en la mano.

Tengo otro que mandé al concurso de Página 2 pero no sé muy bien donde lo he gauradado. esperaré a que vuelva a aparecer en la web del programa, cosa que ocurrirá cuando anuncien el ganador, creo, para pegarlo aquí.

Llevo dos semanas en mi nuevo trabajo. Leyendo. Mirando procesos, instrucciones. Normas no, por favor, que me duermo. He llegado a ese punto en el que me empiezo a cabrear porque siento que no hago nada. Necesito acción. En cualquier caso siempre queda esa cierta sensación de remordimiento por no buscar con el suficiente ahinco cosas que hacer. Yo que sé, pasear por fábrica y preguntar a los operarios, mendigar trabajo arrastrándome por los suelos, ayudar a la señora de la limpieza a vaciar el cubo del papel de reciclaje (menuda bronca que ha echado al tendido esta mañana por haberla llenado hasta arriba). Es evidente que soy mucho más feliz con mi tiempo ocupado, pero en el fondo creo que parte mi necesidad de tener un montón de tareas que acometer se debe a que entonces podré calibrar la cantidad de tiempo que puedo porcrastinarlas sin cargo de conciencia. Necesito producir para escaquearme sin remordimientos.





Una interrupción

26 02 2008

Llevo dos días sin conectarme hasta volver a casa desde mi nuevo trabajo. Ni siquiera he preguntado si tengo conexión a internet ni he probado si, de haberla, está capada. Casi prefiero que no pueda navegar en el trabajo para aumentar mi productividad, especialmente porque los tiempos muertos los utilizaría para escribir. Y los microcuentos están muy bien para esos entretiempos. Dejo aquí los tres últimos que he parido. El tercero, junto con un remozado Chucho doce, los he mandado al concurso de página2. En el enlace podréis ver que aparecen todos los que envía la gente.

Respecto a estos tres, el primero es una chusta y no tiene discusión. Escrito sin tiempo y sin ganas. El segundo es el favorito de Dracma y el tercero, bueno, no sé qué opinar del tercero:

“Todavía algunas veces huele a sangre, dijo el monje con cara circunspecta. No se fíe de las apariencias, aseguró Van Helsing, sé que volverán. FIN” Arturo sacó la hoja de la anciana máquina de escribir. Había concluido, al fin, su obra maestra del terror. En ese momento, con el frío entrando por los ventanucos de su buhardilla, pensó en si la sangre realmente tenía olor. Cogió un cuchillo y se hizo un corte en el tobillo, llenó un frasco y acercó la nariz. Se sentó para cambiar aquel final mientras el charco se extendía bajo la silla del único hombre con sangre inodora del mundo.

Todavía algunas veces huele a sangre. La última cobaya explotó al someterla a presión extrema y el laboratorio quedó perdido de hemogoblina. Estos ratones lo dejan todo hecho un asco, pero no hay otra manera, siento que estoy cerca de sintetizar el compuesto para obtener la invencibilidad. Cuando lo logre, ese maldito Spiderman morderá el polvo, ¡Y el mundo será mío! Veamos, inyecto la sustancia X, ratón en la cámara, ciento veinte bares de presión y subiendo..¡Ha aguantado! Saco el ratón. Lo dejo junto al bloc de notas. Espera un momento, está cogiendo el boli y escribiendo. Dice: Gracias idiota, ¡Ahora el mundo será mío!

Dos años
Llevaba siguiéndolo desde hacía más de dos años, dando tumbos por medio planeta tras su pista. Maldito estafador. Budapest, Colonia, Shenzen, Brisbane, Osaka, San José…Acababa de aterrizar en el aeropuerto de Death Valley. En un bar de la Zabriski Avenue me dijeron que lo habían visto coger la carretera de Texas Springs. Alquilé un coche y salí tras su estela. Al cabo de unos pocos kilómetros, en medio del desierto, vislumbré su Camaro en la cuneta. Me esperaba apoyado en la puerta. Salí del coche. Me miró fijamente y dijo: Realmente me sigues amando, después de todo.