¿Cuándo me darás un nieto?

15 07 2008


NOTA: OJO, es un relato un poco largo. De género. Repasado una sola vez (es decir, perdonad los errores ortográficos o de escritura). Si alguien llega al final, ya sabe, que avise.

Las actas tenían que estar terminadas para esa tarde a las cinco. Emilio miró por encima del monitor, pensando en si en algún momento iban callarse. La mujer sonreía, sentada en su escritorio, y señalaba la pantalla de su ordenador. La otra miraba la punta del dedo desde detrás de la primera, también sonriendo con cara de aprobación. Un bebé rechoncho en dos dimensiones las observaba desde la pantalla. Él volvió a intentar concentrarse en su trabajo para ver un ignominioso pantallazo azul y recordar que hacía tiempo que no salvaba los cambios. No solía salvar los cambios.
Emilio entró en casa, encendió la televisión, se quitó la corbata y la tiró sobre el sofá. Dejó encima la chaqueta. Encima de ellas el pantalón. Cogió una cerveza de la nevera. Se sentó junto a su uniforme de trabajo, miró la televisión y se quitó la camisa, decorada con tres regueros de sudor estratégicamente repartidos. Sonó el teléfono. Descolgó y estuvo un rato charlando con su madre. Fuera, en el parque, se escuchaba gritar a los niños. Intentó no pensar en su trabajo, pero esos días no podía sacarse de la cabeza a su jefe, que no hacía otra cosa que quedarse de pie tras su espalda, vigilándolo. Otra vez tenía que desconectar, más o menos como todos los días, más o menos como todo el mundo que salía de ganar su salario en ese momento, buscando olvidar hasta el día siguiente. Escarbó entre sus DVDs. alguna película que le apeteciese ver, pero no logró localizar nada que fuese lo suficientemente digerible para no tener que pensar. Aquel día quizás necesitaba algo un poco más clásico, así que sacó un vaso del aparador y se echó un buen chorro de whiskey. Se puso a rebuscar entre su colección de vinilos, con el licor en la mano (se sintió muy viejo). Fue apartando con la mano libre fundas y más fundas hasta que escogió uno que aún no había escuchado (se dio cuenta una vez más de que estaba solo). Oír música nueva hacía que toda su atención se centrase en el descubrimiento y que cualquier otra elucubración despareciese poco a poco en la bruma que rodeaba su cabeza. El bálsamo de la música.
Puso la aguja sobre el surco y el crepitar se extendió por el salón. Amaba aquella sensación. Decidió que tenía que salir a comprar discos nuevos más a menudo. Comenzó a sonar la introducción del primer tema, que arrancó con una explosión de guitarras mientras Emilio ojeaba la carpeta del disco, apoyada sobre la mesilla central (con cuatro patas doradas) del salón. En letras semigóticas se leía el nombre del grupo sobre un fondo negro. No tenía título. En medio de aquel vacío de color se recortaba un rectángulo rojo perfecto, de líneas impolutas. Emilio se acercó hasta casi tocar el cartón con la nariz. Desde allí la línea que separaba el rojo del negro seguía siendo impecable. Se apartó un momento, intentando recordar quién se lo había prestado, pero no supo ubicar ni a la persona que lo hizo ni recordar el tiempo que podía hacer desde aquello. El primer corte continuaba extendiéndose durante minutos en sinuosos desarrollos instrumentales, bastante grandilocuentes y pasados de moda, que no entusiasmaron a Emilio en absoluto. Se levantó del sofá al terminar la primera cara. Miró por la ventana y vio que ya era de noche. Dio la vuelta al vinilo. Volvió al sofá, se sentó y comenzó a desabrocharse los zapatos. La cara B arrancó con un extraño susurro tras el cual comenzó a sonar el llanto de un niño. Se le heló la sangre. Sintió un escalofrío pero no pudo tiritar para sacárselo de encima. El sollozo del bebé siguió aumentando en volumen durante unos segundos que se le hicieron interminables, paralizado con la espalda curvada, sintiendo unas manos invisibles recorrer su espina dorsal despacio, de abajo a arriba con un hormigueo, hasta que, de repente, cesó y la aguda voz del cantante dio pasó a la canción. En ese momento se dio cuenta que durante todo ese rato se había quedado con las manos crispadas agarradas a los cordones de los zapatos, sin moverse, encogido en el sofá. Agitó la cabeza e intentó hacer desaparecer la extraña sensación que se le había quedado adherida al cuerpo. Sintió que se desprendía de esa ligera y abominable segunda piel. Se tumbó con los ojos cerrados hasta que el golpeteo rítmico de la aguja le indicó el final del disco. No recordaba nada de aquella cara B que acababa de sonar, excepto la extraña obertura que le hizo ponerse a tiritar un instante. Se dio cuenta de que seguía sudando. Abrió la ventana y dejó que el viento le secara el cuerpo, casi con la intención de coger una gripe. No quiso volver a pensar en el principio de la cara, aunque por muchos minutos, de pie junto a la ventana, continuó sonando a lo lejos dentro de su cabeza. Había algo intangible en la sensación, algo que le recordaba a un momento indeterminado de su vida, o a cierta pesadilla, o puede que a cualquier película de terror incluso, pero que era incapaz de desentrañar. Intentó olvidarse del maldito llanto. Se preparó algo de cenar y se lo comió de dos bocados frente al televisor. Vio la película (cualquier película) intentando concentrarse incluso en los anuncios, pero en cuanto sus pensamientos divagaban un poco volvía a notar escalofríos y la sensación pesada que le había causado el disco. Se fue a dormir. Durante horas estuvo dando vueltas, inquieto, con el oscuro líquido que parecía navegar entre los resquicios de su cerebro y que podía visualizar y sentir circulando como el plomo, y no le dejaba descansar. Fue hasta el botiquín y se tomó un somnífero caducado, el cual no tardó en hacerle efecto. Justo en el momento de caer finalmente rendido, Emilio escuchó a lo lejos, en el salón, el llanto del niño.
Al día siguiente se despertó con la sensación de no haber descansado en absoluto. Fue al trabajo y se notó irritable, en tensión. Los sonidos estridentes le enervaban más que de costumbre e incluso notaba un ligero dolor detrás de los párpados. Hoy las mujeres que se sentaban frente a su mesa estaban repasando fotografías del último viaje de una de ellas a la India (viaje organizado, hoteles de cuatro estrellas, todo divino, los niños se lo pasaron genial, incluso el pequeño). Volvió a casa directamente al terminar. Pasó entre los niños que corrían por el parque. Uno de ellos se chocó con su pierna y se lo quedó mirando. Subió las escaleras y abrió la puerta de su hogar. Sin ni tan siquiera dejar la chaquete en el sofá (de tela verde oscura) ni desabrocharse la corbata, volvió a colocar la aguja del tocadiscos al principio de la cara B del vinilo, el cual ni siquiera había sido capaz de retirar del plato la noche anterior.
Escuchó el susurro incomprensible e inmediatamente después el sollozo del bebé. Notó flaquear sus piernas y su estómago revolverse. Comenzó a sudar con gotas congeladas. Cuando desapareció el sonido del llanto y arrancó la canción Emilio se descubrió con los puños y las mandíbulas apretadas. Calmó su respiración poco a poco. Abrió las manos y se miró los ocho paréntesis rojizos de sus palmas. Resopló un par de veces. ¿Por qué demonios le alteraba de esa manera? Paseó por el salón, alrededor de la mesa central (con decoración dorada de gárgolas en las cuatro esquinas), dando vueltas una y otra vez, con la mano derecha masajeándose la nuca. La sensación de desasosiego no desaparecía y en cuanto el vinilo llegó a su conclusión y el silencio, ligeramente trastocado por el golpeteo de la aguja junto al surco negro, se apoderó de la sala, fue todavía peor. Trató de mantenerse activo, de rellenar su mente como se hace con el hígado de una oca, pero al más mínimo descuido el sentimiento de angustia volvía a reconcomerle todo el cuerpo. Y volvía a escuchar el llanto del niño. Se acercó al tocadiscos con la intención de volver a escuchar el fragmento. En el último momento apartó la mano. No tenía sentido insistir. Cuanto más lo escuchara, más difícil sería sacárselo de la cabeza. Pero dolía. Abrió el armario del baño y sacó dos pastillas para dormir.
El día posterior pasó como una línea gris, cansada y difusa, hasta que volvió a casa. Aún notaba el dolor de cabeza detrás de las órbitas de sus ojos. Sin poder remediarlo, intentando convencerse de que no había estado deseándolo durante todo el día, Emilio dejó caer la aguja sobre el surco, y en el momento de tocarse un escalofrío, el escalofrío de siempre, le recorrió la espina dorsal por el camino ya trazado. Escuchó el susurro. Le dio tiempo a pensar que parecía un discurso en un idioma desconocido, pero de inmediato comenzó el llanto del bebé y todo desapareció a su alrededor. Solo quedó un espacio hueco y oscuro, y el sollozo resonaba por todas las esquinas, incluso por las que no existían. Al finalizar la canción Emilio continuó su ritual intentando olvidar , flagelándose mentalmente por haber sido tan idiota de haber puesto el disco una vez más. Pero ni siquiera lo retiró de la bandeja. Se tomó dos o tres ansiolíticos, se mantuvo un rato sentado, mirando hacia la ventana, tratando de relajarse, pero al final no pudo evitarlo y volvió a hacer sonar el vinilo para introducirse de nuevo en la oscuridad y el miedo, sintiendo que volvían a encajar con su silueta,. Aquella noche ya no pudo dormir. Paseaba hasta la cocina, veía la televisión como un autómata, se masajeaba la nuca con la mano derecha. Aún permitió que el llanto del bebé se extendiese por la sala y perforase sus oídos dos veces más antes de salir por la puerta hacia su trabajo, sin afeitarse y con la ropa del día anterior aún sobre sus hombros. Era viernes.
Esa tarde llevó la carpeta del vinilo (que reposaba sobre el plato del tocadiscos, guardando su ausencia) bajo el brazo hasta el bar. Allí se lo mostró a sus amigos y les preguntó si alguien conocía al grupo, pero nadie tenía ni la menor idea. Logró quedarse durante veinte minutos sentado en una silla con una cerveza delante, sin poder escuchar nada de lo que se decía, sin tocar el vaso, mirando de un lado para otro hasta que finalmente puso una excusa estúpida y regresó corriendo a su salón donde los sollozos atronadores volvieron a abarcarlo todo. Durante las semanas siguientes Emilio trató de luchar contra sus manos y su cuerpo, pero siempre le acaban venciendo. Sabía que el sonido del sollozo, lento y gorjeante, lo aterrorizaba, le hacía encogerse y disolverse en el aire, pero no podía dejar de rascar en esa herida seca. El resto del tiempo era peor. Vagaba por casa sin comer y dejó de ir a trabajar. Pasaba las horas delante del ordenador intentando buscar algún tipo de referencia sobre la banda para saber de dónde procedía aquel maldito sonido. Acudió a las hemerotecas de toda la ciudad, aunque cada vez que pasaba más de dos horas alejado de su salón tenía que regresar y volver a sentarse delante de la aguja, dejar que el sonido atravesase su cerebro, sentir sus garras arrastrándose entre los pliegues, hurgando.
Finalmente, en un foro de internet acabó descubriendo que el disco había sido obra de una banda británica en el 73 y que no había vuelto a editar nada más desde entonces. Gracias a la información logró localizar un artículo en una revista inglesa ya descatalogada con la historia de la banda, el cuál arrancó y leyó detenidamente. Apuntó los nombres de los miembros y estudió lo que se contaba sobre el proceso de gestación del disco. Sin embargo no halló ninguna mención al comienzo de la cara B, su enigmático discurso susurrante y el llanto de bebé que servían de apertura.
Al día siguiente, Emilio sacó todo su dinero del banco, hizo un exigua maleta y cogió un avión a Manchester. Antes de salir grabó el fragmento en su ordenador y lo pasó a su reproductor de mp3 portátil. Aunque en el avión, al escucharlo pensó que no sonaba igual que en vinilo, ahora podía repetirlo todo una y otra vez, cayendo más y más adentro. En un momento dado no pudo aguantar más y vomitó sobre el asiento delantero. Las azafatas lo llevaron al baño y allí, apoyado en la taza, se volvió a colocar los cascos.
En Manchester deambuló buscando a los antiguos componentes de la disuelta banda. Dormía en la calle. Le apalearon y le quitaron todo, pero aún así con el tiempo logró averiguar el paradero del guitarrista.
Esa tarde estaba lloviendo con fuerza, pero no aceleró el paso, ya nunca lo hacía. Empapado llegó al número 51 de Bluebell Avenue, se quitó los cascos y tocó el timbre. Grant Edwards le abrió la puerta vestido con una bata. Emilio le explicó que venía de parte de una revista especializada para hacerle una entrevista, y aunque tenía una pinta tenebrosa, esquelética, ojerosa y ni siquiera habían concertado una cita, Grant le dejó entrar encantado de poder hacer algo diferente a estar tirado en su sofá de su salón viendo La Ruleta de La Fortuna intentando desconectar del maldito trabajo. Charlaron un rato sobre la vida tras dejar el grupo, la historia del resto de sus antiguos compañeros la mitad de los cuales estaban muertos), incluso pudo tomar nota de los nombres y direcciones del ingeniero de sonido y alguna ex-novia de otros miembros de la banda que estaba presente en el momento de la grabación. Sin embargo Grant no recordaba nada específico sobre la grabación y menos aún de aquel corte, que Emilio se empeñó en hacerle escuchar una y otra vez (mientras se retorcía en espasmódicos escalofríos y el sudor chorreaba por sus sienes) hasta que Grant lo sacó arrastrando de su casa y lo dejó tirado sobre la hierba mojada del jardín delantero.
Miró el pedazo de papel donde la tinta empezaba a diluirse y vio una dirección cerca de aquella zona. Llegó hasta las puertas de otra casa de ladrillo rojo, con una puerta blanca igual que la anterior, con una triple chimenea igual que la siguiente. Llamó a la puerta. Se quitó los cascos. Ellen le abrió la puerta vestida con una bata. Antes de que lo echara a patadas por pasear sus andrajos por el jardín que tanto le costaba cuidar, Emilio consiguió balbucear la razón por la que había ido hasta allí. Ella le dijo que sí, que el bebé que se podía escuchar llorando era hijo suyo y que había nacido días antes de la grabación. Ellen se sentó en las escaleras del portal mientras él seguía acurrucado en el camino de entrada, hecho un ovillo, escuchando y mirándola con unos ojos que parecían tener el doble de tamaño de los de una persona normal. La mujer encendió un cigarro un tanto chafado y le explicó, aunque parecía que no estuviera hablando con él, que incluir el sonido de su hijo fue idea del productor, un capricho estúpido. Le ofreció un cigarro, pero él ni siquiera la vio. Le preguntó por aquel niño con un hilo de voz que se arrastró entre los huecos de las baldosas. Ella apagó el cigarro, que se fue empapando poco a poco sobre la escalera y cerró la puerta tras de sí. Ya no le quedaba nada que buscar. Se puso los cascos con delicadeza dentro de la oreja. Apretó el play. Con varios espasmos consiguió levantarse. Pesaba cuarenta y dos kilos. Las articulaciones de su cuerpo ya estaban casi rígidas y apenas podía escuchar nada por culpa de la sordera causada por el volumen con el que escuchaba los aullidos del bebé, y menos aún el frenazo del taxi sobre cuya luna dejó una preciosa estrella de millones de puntas al golpearla con su cabeza.
Le llevaron inconsciente al hospital que estaba atestado. Era nochevieja. Pasó varias horas encogido sobre una camilla hasta que alguien intentó hacerse entender con él. No respondía a las preguntas. No lograron encontrar datos sobre su procedencia entre los harapos con los que se tapaba, solamente un vinilo rayado con un cuadrado rojo en medio.
Tras unos días ingresado las enfermeras no pudieron soportarlo más y consiguieron acelerar el trámite para que lo trasladaran a un psiquiátrico de las afueras. Lo internaron y pasó allí varios meses, pero era insoportable y no se podía estar a su lado. Lloraba y lloraba como un recién nacido y el llanto taladraba los tímpanos de médicos y trastornados y no paró hasta que alguien le puso las manos alrededor del cuello y dejó de respirar.







Recuerdo el concurso durante una reunión de costes

8 07 2008

El jefe tiene voz engolada y habla en inglés, con su engolado acento francés que multiplica el engolamiento general de su discurso, con el manos libres en la sala de reuniones. A mí lado un suizo resopla mientras intenta dar explicaciones con su respiración agitada, ése tipo de resoplidos nasales que uno asocia con los rinocerontes un poco avejentados. Intento escribir sobre la final del concurso de microrrelatos que tuvo lugar el Viernes.

El Jueves por la noche salgo a tomar unas cervezas por Madrid con un flamante nuevo técnico para todo del Palace de Madrid y un flamante nuevo coordinador de estudiantes extranjeros de la facultad de filosofía, o algo similar. La conversación vuela por lo de siempre, conciertos, realitis, series de televisión, fútbol, el estilismo impecable de Luis del Val, los exabruptos de la escario, las toses en antena de Carles Francino, las últimas películas de Shyamalan y Sydney Lumet, las cubiertas de Vic Chesnutt, las zonas carga y descarga de yonquis en la glorieta de Embajadores, los métodos de actuación de los adictos al pegamento, la alineación del Azkena y el sabor del faisán de lo que únicamente el flamante nuevo técnico para todo del Palace de Madrid puede, evidentemente, opinar). Previamente a la conversación y las innumerables cervezas hemos pasado por el Melo’s, uno de mis puntos pendientes de Madrid, para comer una Zapatilla: Una oda a la grasa entre dos rebanadas de pan de pueblo a la plancha que cae al estómago con la consistencia de un calcetín lleno de plomo. Mireia, que me espera en el hotel ya que ha llegado a Madrid tarde en otro avión, me ve llegar a las dos y media de la mañana apestando a tabacazo y cebada en fermentación.

Por la mañana nos juntamos con el resto de finalistas que están alojados en el hotel. Mi cabeza martillea y llevo las gafas de sol puestas, pero juro y perjuro (aquí, no en aquel momento) que no lo hago por darme aires de escritor maldito ni muc ho menos. Llegamos a la casa encendida y nos sientan en primera fila para asistir al último Hoy por Hoy de la temporada, en el que participaremos a última hora, cuando se conocerá al ganador (o ganadora, como Francino no se cansa de repetir) del concurso de Microcuentos. Pepe Blanco nos deleita con su presencia durante la primera parte del programa, en una entrevista a propósito del congreso del PSOE que quiere parecer un poco agresiva pero en la que el hombre con cara de topo llega a leer una de sus respuestas de un papel y en la que, en cuanto debe improvisar minimamente, acaba declamando una serie de lugares comunes enlazados entre sí pero ni siquiera relacionados con la pregunta (como si se tratará de un jugador senegalés ante su segunda rueda de prensa). Un verdadero político. Después de un par de cosillas y el guiñol, es nuestro turno.

Sin agua y sin Gelocatil mi resaca ha ido aumentando hasta extremos insospechados, y mientras Mireia se lo pasa pipa con el programa yo intento no caerme de la silla o deshacerme en sudor. Escucho mi biografía en 100 palabras leída por mi mismo pero no entiendo nada. Parece que lo estuviera leyendo como quien recita los ingredientes de una lata de chili con carne. Al menos, me dicen luego, cuando me toca hablar lo hago decentemente. Un logro. Gana el cuento de la hipotenusa. La chaqueta amarilla de Luis del Val es hipnótica y no descarto que haya exacerbado mi resaca.

Después, comiendo en una sidrería con el resto de finalistas, acompañantes y gente de La Escuela de escritores, ya recuperado y en mi salsa (entre chuletas y vino tinto), me lo paso estupendamente charlando y escuchando, compartiendo ideas sobre el concursos y hablando de las cosas importantes de la vida: Música, libros y películas.

Son ya las 8 de la tarde, la sala de reuniones se ha ido recalentando y aún debemos repasar tres proyectos más y la gente tiene cara de agobio. Ni siquiera tengo ganas de escribir, solamente de volver al hotel.

PS: La micro biografía que tan grácilmente salió de mi boca durante la grabación (que debería haber repetido) y que posteriormente fue emitida para toda España, el mundo y el universo conocido y desconocido (quiero saludar a Marte):

Yo era un zigoto pelirrojo y con gafas, despreocupado y pedante. En un momento dado pegué el estirón, se me cayó el libro que llevaba entre las manos y me creció una horrorosa ortodoncia. Al cabo de un rato me paseaba por la escuela de Ingeniería preguntándome qué demonios hacía allí. Cuando salí en busca de trabajo, el suelo comenzó a temblar y me convertí en una versión de Woody Allen de andar por casa. Visto esto, decidí que podía aprovecharlo para buscarme una novia más guapa y lista que yo y de paso contar historias extrañas.





Por cerrar los ojos

13 06 2008

Suena la alarma del móvil. La apago. Son las 6 y media de la mañana. Me vuelvo a dormir. Suena el despertador. Lo tiro al suelo de un manotazo. Me levanto con los ojos entrecerrados y pongo el pie sobre las marcas del parqué que llevan hasta el pobre y magullado aparato. Lo recojo y lo vuelvo a dejar en su sitio. La casa está en silencio. Delante del ordenador, después de la ducha, mojo una magdalena del Sabeco en el café. Aún así está dura y sabe a cartón. Miro el tiempo para hoy: chubascos intermitentes; temperatura máxima de 20 grados. Escojo la corbata verde. Miro el reloj y salgo a toda prisa por la puerta sin ponerme el cinturón.
Llego a la estación corriendo y consigo entrar en el tren justo cuando las puertas se están cerrando. No me importa llegar tarde al trabajo, pero no pienso dejar pasar la oportunidad de verla. Paseo hasta el último vagón mirando a la gente por el rabillo del ojo. Conozco a casi todos, y siempre están en el mismo sitio. Siempre separados a la máxima distancia unos de otros, rellenando los huecos hasta que es inevitable hacer intersecar la esfera de privacidad propia con la de un desconocido. Me he colocado los auriculares del móvil en los oídos pero no escucho nada, únicamente quiero que los demás crean que estoy distraído: hace ya mucho que me dejó de emocionar la música. Me he llegado a plantear descargarme grabaciones de lluvia golpeando en tejados, o sonidos de animales en celo, o el ronroneo de la ventilación de un ordenador para ponérmelos en bucle infinito, pero siempre surge algo mejor que hacer y el silencio no deja de ser el mal menor. Al final del último vagón me espera mi asiento junto a la ventana, en el sentido contrario al avance del tren.
Arranca puntual, como casi todos los días. Dejamos la estación y yo apoyo la cabeza sobre el cristal como tantas veces he practicado, mirando a través de la ventana con cara de interesante melancolía formando un ángulo de quince grados entre la base de mi barbilla y la horizontal. Antes de realizar esta operación, me fijo en que la zona donde mi cabeza va tocar con el vidrio se ve un tanto más opaca que el resto. Pasamos la primera estación. El mundo va subiendo y los ojos van marcando vectores que se evitan sistemáticamente unos a otros y apuntan a la pantalla del móvil, a la superficie de un libro, al sinóptico de las siete líneas de cercanías, a la línea del horizonte. En la segunda estación comienzo a ponerme tenso. Me doy cuenta de que estoy tamborileando con mis dedos en el asiento, mi boca está ligeramente entreabierta (creando una más que probable expresión bobina) y que he perdido la posición del eje de mi cabeza respecto al marco de la ventana. Me rehago.
Nos acercamos a la tercera estación. Allí aparecerá ella. La línea de cipreses sobre el muro va decreciendo su velocidad. Al fondo, sobre una loma, se recorta el bloque de hormigón del hospital como un cáncer tecnológico sobre la hierba. Las escaleras del cementerio. La casita del guarda. Un tramo de maleza. Las chabolas. Unos niños están apedreando algo, o intentándolo al menos, pero no llego a vislumbrar qué. Antes de perderlos de vista uno de ellos se gira; sus ojos miran nuestro convoy; veo que tiene una cicatriz horrible en la mejilla izquierda, el pelo en mechones ennegrecidos como trozos de un telar viejo y antes de desparecer por el costado de mi ventana recoge su brazo también renegrido con un pedrusco en la mano y forma un arco hacia atrás por encima de su cabeza como emulando a un palestino con enanismo. Espero un segundo, pero no se escucha golpear nada contra el tren. Ahora pasan los bloques de apartamentos amarillos. Ahora el ambulatorio. Ahora la escombrera. Ahora el cartel de la estación y las pocas almas despiertas a estas horas de la mañana, tiesas y perfectamente distribuidas por el andén. Paramos. No la he visto. Carraspeo porque estoy nervioso. No puede ser. Deshago toda mi compostura y miro para todos los lados, pero no aparece por ninguna parte. Al girar de nuevo la cabeza hacia fuera veo que llega corriendo, tremendamente apurada, con la bolsa golpeando rítmicamente su cadera y un mechón de pelo formando una u muy larga sobre su frente. Comienza a pitar el soniquete que indica que las puertas están a punto de cerrarse y de un salto que se queda grabado en mi mente durante una eternidad, y estoy seguro de que en la de muchos otros en el mismo vagón, consigue entrar antes de que se cierren. A toda prisa, intento rehacerme. La mirada perdida. La corbata recta. Los quince grados. La mano en el mentón. Ella recobra el aliento mientras el universo vuelve a ponerse en marcha y se acerca a su lugar habitual, pero se han sentado un grupo de adolescentes que miran a todo el mundo con desprecio (pidiendo por favor que alguien los comprenda, o bien pidiendo que alguien les aseste un navajazo en la sien, nunca lo tengo claro), así que se gira buscando un hueco. Veo todo esto por el rabillo del ojo y noto que mi frente empieza a sudar y mi cabeza pierde un poco de altura al ir resbalando lentamente contra el cristal. Noto su mirada sobre mi zona. Se acerca, Se sienta justo frente a mí y coloca el bolso sobre las piernas. Resopla y agita la cabeza. Se coloca el pelo nuevamente en su sitio y se fija la mirada en mi durante un segundo porque, Dios mío, me he quedado observándola fijamente. Cierro los ojos y me hago el dormido. Sé que no es la mejor opción y que mi imagen va a perder muchos enteros, pero no puedo permitirme este contacto visual prematuro. Siento que mi esfera de intimidad se va desintegrando poco a poco invadida por su halo, que es incoloro y cálido. Noto el corazón en la punta de los dedos, en el hombro y en la parte de la frente que va resbalando poco a poco sobre la ventana. Intento concentrarme en las luces y destellos que aparecen sobre el fondo negro de mis párpados. Debemos estar atravesando el bosque porque esto es un festín sicodélico. Pasa un rato y logro relajarme a duras penas. Ya no hay variaciones de luz y la penumbra domina, luego debemos estar pasando por un túnel, luego debemos habernos pasado mi parada. Mierda. Abro los ojos. Ella ya no está y el tren casi vacío se acerca a la penúltima estación. Me bajo intentando aparentar que ésa es mi parada. Espero a que el resto de pasajeros se hayan alejado y cambio de andén de manera pretendidamente despreocupada. Durante la espera del tren de vuelta no puedo pensar en nada productivo. Intento repasar las acciones que he llevado a cabo en el trayecto y preparo una lista mental de aciertos y errores que resulta estar muy mal equilibrada. Escucho el sonido, amortiguado por los auriculares mudos, del convoy acercándose. Veo al conductor y me da la impresión de que me mira y se ríe. Estoy seguro de que es la misma persona que nos ha traído hasta aquí, se ha dado cuenta de mi equivocación y se está mofando de mi ineptitud. En otro estado quizás podría haber contraatacado mentalmente pensando en su ridículo uniforme, o en lo aburrido de su vida, o en mi más que probable superioridad intelectual, pero en estos momentos no puedo hacer otra cosa que agachar la cabeza y arreglarme la corbata.
Llego al trabajo. Hago como que trabajo. Me paso veinte minutos delante de la máquina expendedora intentando decidir entre un bollo o una palmera de chocolate. Cuando me decido descubro que la máquina dice que no quedan ninguno de los dos productos, aunque yo los veo tras el cristal, enganchados en su espiral de aluminio que no quiere girar. El envoltorio de plástico del bollo lleva impresos el logotipo de la empresa, los ingredientes y un dibujo de un señor rellenito que me señala y se parte de risa. Cierro los ojos y compruebo que la expresión rojo de ira se refiere a un hecho físico real y antes de que me de cuenta los dos encargados de seguridad me están arrastrando lejos de la máquina, que yace hecha pedazos. Mis compañeros me observan por encima de los biombos que delimitan su pobre espacio personal, mientras me llevan a trompicones hasta el botiquín. Los de seguridad se quedan junto a mí hasta que las pastillas que me hace ingerir el médico hacen efecto y me voy quedando dormido mientras el hombre de la bata blanca va secando la sangre reseca de las manos y coge una be….
Suena la alarma del móvil. La apago. Son las 6 y media de la mañana. Abro un ojo. No estoy en mi habitación, sus muros no son blancos y no huele a muerte aséptica. Me incorporo. Veo que llevo una bata blanca puesta, un brazalete de plástico en la muñeca y noto el culo desnudo apoyado sobre las sábanas. Me levanto, aturdido y abotargado, y me acerco a la ventana. El sol está saliendo. Abajo, tras los cipreses, me parece vislumbrar el tren de cercanías. Miro hacia abajo y veo a los niños renegridos subiendo la colina, pegándose entre sí. Uno de ellos recoge de repente una piedra del suelo y la lanza contra mi ventana. La piedra vuela y vuela.







No sabía que aquel culo era un corazón dibujado en su honor

9 06 2008

Sin más dilación, les presento los microrrelatos de esta semana que no han llegado a ser finalistas. Me gustaban, la verdad.

1) No sabía que aquel culo era un corazón dibujado en su honor, esculpido con bisturí para que su marido se deleitara con él. Una expresión de amor incondicional de más de seis mil euros. Un homenaje a un tipo que nunca la había querido y se había escapado con una pelandrusca a Brasil dejándola con dos hijos (que se parecían a él) y media hipoteca. Si su jefe lo hubiese sabido, ahora no estaría en el hospital esperando a que le extirpen las grapas de la frente. Una manera un tanto dolorosa, por otra parte, de aprender a no propasarse con la secretaria.

2) No sabía que aquel culo era un corazón dibujado en su honor. Vio su nombre escrito en la pancarta junto a un trasero colorado y, loco de ira, mandó fusilar inmediatamente al portador. Vassily había pasado días perfeccionando las líneas del corazón, pero tuvo que improvisar el color de relleno en el último momento al darse cuenta de que no llegaba a tiempo al discurso. Amaba al líder. Veía su cara pintada en las paredes de los edificios y tenía que refrenar sus ansias lanzarse besar aquellos labios apretados. Delante del pelotón, Vassily pensó en él con agradecimiento por poder ser tocado por el plomo de su escolta. Fuego en su corazón.





El rapidito del Miércoles

28 05 2008

Una actualización a toda prisa desde la sala de reuniones de mi empresa en Levallois, a la espera de que llegue de un momento a otro la delegación (que bonita y rimbombante palabra) de la compañia zambiana ccon la que tenemos que negociar un pequeño contrato. Así que aquí dejo mis microcuentos de esta semana.

Miriam arrugó en sus manos el garabato ilegible que había dibujado y lo lanzó a la papelera. La imperfecta bola de papel rebotó en un borde, después contra la pared y acabó sobre la moqueta. Miriam se levanto de su mesa, recogió la pelota de celulosa y la abrió. Dentro había un dibujo de un jugador de baloncesto. Cogió un folio en blanco y trazó otro garabato. Abrió la ventana y tiró el papel. El viento lo volteó unos segundos y tras un par filigranas se convirtió en un avión de papel que volvió a entrar planeando a manos de Miriam. Lo desdobló y leyó: “Hola, soy el espíritu de Walt”

Miriam arrugó en sus manos el garabato ilegible que había dibujado. Cogió otro folio en blanco y trató de escribir su nombre de nuevo, pero era imposible, solo trazaba líneas sin sentido. No tenía problemas para escribir cualquier otra cosa, pero no podía con su nombre. Acudió a un psicólogo y logopeda amigo de la familia y le explicó su caso. La escuchó pacientemente y después le dijo:
—Inténtelo con los ojos cerrados.
Miriam los cerró y dejó correr la pluma. Al abrirlos leyó su nombre y sintió que se desvanecía. Despertó con la cara del doctor frente a la suya.
—Ahora tendrá que aprender a convivir con él.

Miriam arrugó en sus manos el garabato ilegible que había dibujado. Cogió la pintura azul y atacó otro folio en blanco. Miriam madre recogió el papel arrugado y lo guardó con orgullo en el bolsillo. Llamaron a la puerta: era la niñera.
Miriam madrepasó por la tienda junto a su despacho y compró un marco. Aplastó el papel arrugado contra el cristal y colgó el resultado en la pared tras su escritorio. Activó el interfono:
—Enrique, haz pasar al primer paciente.
Un hombre calvo y arrugado abrió la puerta y se quedó mirando el garabato de su hija. Sonrió.
—Bonito búfalo dijo.
Miriam madre pensó que tenía que adelgazar.





Principios de semana

13 05 2008

Como quien baja la basura. Como quién se lava los dientes. Como quien manda un e-mail para felicitar los cumpleaños, aquí están mis microrrelatos de esta semana.

“¡La malvada Hipotenusa capturó a Pi!” Gritó Mortadelo en la televisión con acento Venezolano. El niño observaba la pantalla sentado en el suelo con un cojín sobre las rodillas. Las luces del salón estaban apagadas y los dibujos animados se reflejaban en su carita. Sus ojos miraban con expresión vacía los gritos y brincos de aquellos esperpentos mal doblados que le fascinaban. De repente, Mortadelo se disfrazó de Superman. La boca del niño dibujó una sonrisa. Fue a buscar la manta roja que estaba en el balcón.

—“La malvada Hipotenusa capturó a Pi” me parece un título ridículo para esta canción, por muy instrumental y matemática que sea—Dijo mientras dejaba la guitarra apoyada en la pared de la sala de ensayos.
—Ander, no tienes el más mínimo sentido del humor—Respondió ella quitándose los auriculares—¿Cómo la titularías tú?
—Número 31.
—Das pena.—Apostilló ella moviendo la cabeza.
Años más tarde, en Wembley, a Ander se le pusieron los pelos de gallina al salir al escenario. Todo el mundo coreaba “La malvada hipotenusa…”. Ella siempre tenía razón: se giró y le guiñó un ojo. Nadie supo a quién se lo estaba guiñando.

Mi otra aportación del día es certificar el daño que pueden hacer los espacios diáfanos de las oficinas en la convivencia pacífica de las personas y en la salud mental de las almas sensibles. Yo soy de los que se pone de los nervios cuando tiene delante a alguien que hace ruido al masticar como si fuera una hiena rebanando los restos de una gacela Thompson, así que encuentro bastantes motivos para que pueda odiar sin motivo a alguna gente que se sienta a mi alrededor. Lo que siempre resulta más desasosegante es ser perfectamente consciente de que si fuera yo mismo el que se ubica justo a mi lado, me tendría mucha ojeriza.

Feliz día de trabajo a todos. Por cierto, que estemos a 25 grados y tenga que trabajar con sensación de llevar un rodal camachiano bajo la axila no ayuda





Contraportada

24 04 2008

NOTA: Este es el texto que irá en el libro del taller de escritura de este año. A falta de la última revisión, ya está bastante pulido.

Elisa escribía novelas. Empezó cuando iba al instituto y logró publicar la primera a los veintipocos años. Casi de inmediato sus libros se empezaron a vender como rosquillas. Se consumían, del mismo modo que las rosquillas, en un suspiro y agrandes bocados: Eran libros cortos, bastante directos y contaban historias de todos los días con las que cualquiera podía identificarse y hacerse una segunda piel; escribía de manera fresca y divertida pero a la vez elegante como el trazo oblicuo de una pluma en un papel en blanco. Sus historias habían sido catalogadas desde el principio como novelas de amor pero las palabras que se encontraban en ellas destilaban una autenticidad imposible de disfrutar en los libros sobre príncipes, doncellas o gente de la alta sociedad que se podían compraren las librerías de los aeropuertos. Todos los críticos estaban de acuerdo en que construía unas obras magníficas, aunque ligeramente superficiales. Había una falta de profundidad que quizás se debía a que nunca había vivido nada parecido a lo que contaba en sus historias.
Elisa era una mujer oronda, ya desde la infancia. Al contrario que los personajes de sus novelas, estilizados y rabiosamente atractivos, ella no tenía el pelo sedoso, ni sus ojos eran del profundo azul del mar, ni sus labios eran la fruta prohibida de nadie. En las fotos salía siempre desfavorecida, incluyendo la que eligieron para la contraportada de sus tres primeros libros tocada con un gorro de lana y sonriendo de manera desvalida.
Llegaron el dinero y la fama sin haberlos buscado. El tres de Febrero de 1996 cogía un vuelo a Madrid para realizar una entrevista en un conocido programa de televisión. Después de despegar, uno de los asistentes de vuelo le pidió con una sonrisa de oreja a oreja que le dedicara su libro. Lo sacó de debajo de la chaqueta de su uniforme y lo abrió por la primera página, mostrando la pequeña foto de la solapa con su gorro de lana. Ella se ruborizó. A su lado, un hombre alto y apuesto, del que poca gente en aquel avión podría haber determinado su edad, leía el Financial Times. Se giró hacia Elisa y, escudriñándola por encima de unas gafas que parecían extraordinariamente caras, la abordó:
—Perdone, veo que es usted escritora.
—Sí —dijo ella encogiendo el cuello bajo su bufanda.
—Disculpe que la moleste, pero me suena terriblemente su cara y no alcanzo a saber la razón.
Su voz era neutra y equilibrada.
—Puede que la haya visto en la prensa —dijo ella con su hilo de voz habitual.
—Cierto —dijo él, señalándola triunfante con el índice, de una manera que extrañamente no resultaba grosera—. Es usted la autora de “Otoño no es sólo una palabra”. Es la novela favorita de mi hija.
—¿De verdad? —Elisa sacó un poco su cuello de entre los hombros.
—Perdone que no me haya presentado. Mi nombre es Eduardo Lobo —Y le tendió, con un movimiento suave que a ella le pareció muy estudiado, su tarjeta de visita. Elisa no pudo contenerse y echo un vistazo, de reojo, al título que aparecía debajo del rimbombante nombre de Eduardo Lobo en aquel cuidado trozo de cartón.
—¿Es usted cirujano plástico?
—Sí señorita, y aunque suene mal decirlo, soy el mejor —y continuando su recital con su dedo índice señalando a todos lados apostilló—: En usted, si me lo permite, veo auténtica materia prima. Es joven y bella, pero necesita ser pulida. ¿Qué le parecería pasar un día por mi consulta ?
Elisa se encontraba absolutamente aturdida. Nunca había entablado una conversación tan larga con un desconocido en un encuentro casual. Nunca había conocido a un cirujano plástico. Nunca le habían propuesto pasar por el quirófano. Nunca le había gustado su aspecto físico.
—No creo que me interese. Lo siento mucho. Me siento muy bien tal como estoy —mintió.
—En cualquier caso, quédese mi tarjeta si no le importa. Hágame una visita y no se arrepentirá —y agitó su Financial Times para abrirlo de nuevo. Se ajustó las gafas con el dedo índice y terminó—: Palabra de Eduardo Lobo.
Elisa se pasó toda la tarde de aquel tres de Febrero pensando en ello. La entrevista fue un desastre: Su delgado hilo de voz apenas sí se escuchaba y el regidor tuvo que pasar a publicidad antes de tiempo. Al salir de los estudios, su editor, un hombre pequeño, calvo y nervioso, le dijo agitando la cabeza: “Elisa, eres un caso perdido. ¡Así no hay manera de hacer promoción!”. Lo consultó con la almohada y ésta le dijo que se operara de una santa vez, que ya había sido un patito feo suficiente tiempo.
Al cabo de una semana se presentó en la impoluta consulta de Eduardo Lobo. Al recibirla, con una sonrisa de oreja a oreja y una corbata con un nudo casi tan grande como su sonrisa bajo la bata blanca, le dijo:
—Sabía que vendría.
—Yo no.
En principio fueron solamente unos pequeños retoques. Ella esperaba salir de la clínica con la cara completamente vendada y que el doctor le retirara las gasas al pasar de unos días, delante de un espejo con una esquina partida. Sin embargo el resultado, aunque no tan melodramático, sí fue tan espectacular como en las películas. Sonrió al ver su nuevo rostro. Puso espejos en las paredes desnudas de su casa. Por la calle miraba a los hombres a los ojos. Concertó más citas con el cirujano, ahora de cabecera. A cada retoque de bisturí, más fácil le resultaba desenvolverse. No había fin para su seguridad. En los programas de televisión, empezó a hacer bromas y la gente descubrió su voz; en las fiestas de famosos, era el centro de la galaxia; en los hombres con corbata de nudo tan grande como la de un cirujano, causaba verdadero furor. Vivió en unos meses todo el desenfreno que había anhelado inconscientemente durante toda su vida y, cuantas más locuras hacía, más se vendían sus libros, los cuales se convirtieron en un auténtico fenómeno de masas. Aquel fin de año ni siquiera comió uvas: se besó bajo el muérdago durante una exclusiva fiesta en el loft neoyorquino de un cotizado actor que se había pasado toda la noche persiguiéndola para decirle, completamente borracho, que quería protagonizar la película que iban a rodar basada en su segundo libro.
Se casaron al cabo de pocos días. Se divorció a los pocos meses. Tras todos aquellos devaneos, las drogas y la adulación, los áticos de las grandes ciudades y las gente rematada o artificialmente bella, se dio cuenta de que en el fondo la vida seguía siendo muy parecida, sólo que más intensa. Lo que antes eran pardos y grisáceos matices ahora eran brochazos de amarillos y negros. Conoció lo que es ser amada y lo que es ser traicionada. Conoció los amaneceres mirando el sol tras los rascacielos acristalados mientras alguien le acariciaba el hombro desnudo. Conoció la clínica de desintoxicación. Descubrió incluso que muchos de los tópicos que las estrellas de las revistas recitaban como salmodias en lo referente a lo desagradecido de la fama eran ciertos. Le dolió ver a una comediante imitarla con voz de pito en un programa de noche, haciendo ver que era una cabeza hueca. En la entrega de premios del sindicato de actores, la presentadora bromeó, como se estaba convirtiendo en tradición, sobre su voz nasal y su adicción a los hombres morenos y esculturales. Ella estaba presente entre el público, acompañando precisamente a uno de esos adonis bronceados y todas las cámaras la enfocaron para ver se reacción, pero Elisa ya había aprendido a no mover un músculo ante las humillaciones: los espectadores únicamente contemplaron su sonrisa vacía. Al terminar vomitó en los baños del recinto.
Cada vez se sentía más acosada. Era injusto y todo el mundo parecía estar de acuerdo en hacer de ella un guiñapo esperpéntico. Necesitaba canalizar todo aquella frustración y los jarrones de su apartamento ya habían sufrido suficiente (al igual que algunos espejos). Después de mucho tiempo volvió a sentir la necesidad de escribir.
Decidió plasmar lo que había vivido durante todo aquel periodo. Intentó reflejar las explosiones de alegría, los sinsabores, las hipocresías y la superficialidad del nuevo mundo que había descubierto, la fascinación y la belleza del lujo, los brillos y los contraluces. Tras cuatro meses encerrada en su apartamento apareció en casa de su editor con un manuscrito de mil doscientas cincuenta páginas bajo el brazo:
—Es un reflejo de la vida de los famosos de este país. Un fresco de la alta sociedad. La historia de una joven que descubre que el mundo es de seda y áspero papel de estraza —le dijo entusiasmada. El pequeño y nervioso editor se rascó la cabeza ante aquel mamotreto de novela, pero pese a todo confiaba en Elisa. La leyó y se dio cuenta de que era una verdadera maravilla. Y efectivamente lo era. Unos meses después publicaron aquella magna obra: “El champán”. La foto de la contraportada la mostraba sonriente, bella y con una insolente mirada a la cámara.
La crítica la tachó de superficial y aburrida, excesiva y pretenciosa. Hicieron predecibles juegos de palabras con el título. Dijeron que se había echado a perder, que la fama la había corrompido; los que no lo decían, lo pensaban. Aseguraron que debería dedicarse a otra cosa, que escribir no era su profesión. Y aunque ella sabía que había escrito su mejor novela, que lo había dado todo, aquel fracaso, la incomprensión y la envida, la destruyeron. Leía las columnas de opinión, las revistas especializadas y se hundía poco a poco en la depresión. Cuando el mundo se olvidó de ella, Elisa siguió mirando los vídeos con las tertulias en la que vilipendiaban su novela, releyendo los foros de Internet donde sus antiguos seguidores (incluyendo a la hija de Eduardo Lobo) renegaban de su nueva obra, escarbando en su hoyo con un vaso de alcohol en la mano. Se encerró en su casa.
Una noche, más de un año después de haber publicado “El champán”, al intentar llegar hasta su cama en un estado lamentable, se cayó sobre los cristales rotos de una de sus botellas. Los servicios de urgencias la encontraron medio muerta en un charco de sangre reseca. Unos días más tarde pudo levantarse de la cama del hospital, fue al baño y observó el reflejo de su cara cubierta de vendas. Las televisiones se hicieron eco de su desgracia y de su desfiguración. Los periodistas hacían guardia ansiosos en la entrada del hospital, intentaban colarse en la planta donde estaba ingresada, le gritaban desde el patio para que saludara. En cuanto le dieron el alta, Elisa huyó por la puerta de atrás y se recluyó completamente.
Esta semana “El champán” ha aparecido en el artículo “10 libros que hay que leer” del suplemento dominical del New York Times. Hace ya casi un año desde que alguien levantó la liebre y se ha convertido en un clásico que todo el mundo reivindica, más aún desde que nadie ha sido de capaz de entrar en contacto con su autora. Nadie sabe dónde vive, ni siquiera si sigue haciéndolo, pero se imaginan a una doliente dama envuelta en harapos, encogida y llena de vendajes, deambulando por un apartamento minimalista echado a perder y no pueden dejar de comprar el libro.







Sigue buscando…

21 04 2008

Levantas la tapa del yogur, rascas un grasiento cartón de premio (dejándote una buena cantidad de purpurina debajo de la uña porque no tienes una moneda de cinco céntimos a mano) o le das la vuelta a una bolsa de patatas. Siempre hay que seguir buscando. Ello no implica que se deba dejar de intentarlo:

Mejor el dragón que mamá. Es verde, da calorcito y muy buenos consejos. Ella solamente sabe reñir y llorar, así que siempre trato de evitarla y estar con el dragón.
—Deberías ponerte sombrero de copa—me dice. Tiene muy buen gusto —¡Vamos al tejado a ver ponerse el sol!
Subo detrás de él, esquivando su cola escamosa. Un teja se suelta al sentarnos. Hay que andar con cuidado.
—¿Y si volamos un rato?—comenta.
—Mejor bebamos batido de fresa—Grita el conejo gigante. Desde luego es mucho mejor consejo, no quiero estamparme contra el patio. ¡No se creerá el dragón que estoy loco!


“Mejor el dragón que mamá”: Un tatuaje. En el bar el ruido era ensordecedor, la música estaba jugando a destruirme los tímpanos y olía a sudor y aserrín, pero no podía marcharme, hipnotizado por los bailes sinuosos de aquella belleza morena con la espalda al descubierto que mostraba ese extraño mensaje. Me acerqué , levitando a medio metro del suelo. Ella seguía contorneándose y su tatuaje se movía al compás de su piel, ondulando como un reptil. Pude ver una gota de sudor recorrer lentamente su columna. Leí con más detenimiento: “Mejor el dolor que nada”. Me había enamorado.



Las siguientes citas, aparte de la semanal de siempre, están en el nuevo concursito en homenaje al Quijote que debe comenzar por: “Y han de caer del todo, sin duda alguna”, el reto de la Fnac y quizás volver a intentarlo en el programa de la 2. El caso es lograr un repertorio de microrrelatos que no se lo salte un gaditano.





Una larga historia en pocas palabras

16 04 2008

El caso es que, en su día, vivió un leñador de nombre desconocido en los bosques de Bretaña. Y al borde de su muerte, prácticamente recluido en su cabaña por culpa de la ceguera, se cruzó en su camino un anciano llamado John Lewis. Los registros posteriores no dejan el estado mental de este último en muy buen lugar, ya que parece ser que le aseguró a aquel pobre, desdentado y avaricioso leñador que era el rey de los Secgens y que portaba el disco de Odín, el cual tenía un solo lado (sic). Así consta en la transcripción del interrogatorio que los gendarmes hicieron al desgraciado del leñador. El muy imbécil le partió el cráneo a Lewis para robarle aquel supuesto disco de una sola cara que nunca sería capaz de localizar.
Dio la casualidad de que el sobrino del bastante demente John Lewis trabajaba como gendarme en el pueblo al que llevaron arrestado al sucio leñador. Esa noche lo asesinó ahorcándolo e hizo que pareciera un suicidio. Aquel sobrino, llamado Ennis Lewis, que realmente amaba a su tío aunque estuviera como un cencerro, emigró inmediatamente a Londres, de vuelta a sus orígenes, y allí vivió durante años. Se casó felizmente y tuvo tres hijos que le sobrevivieron. Otros siete perecieron junto a él y su esposa en un acto salvaje de fuego y violencia que colateralmente redujo a cenizas parte de Westminster. Las pesquisas de la policía, en un estado un tanto precario por aquel entonces, concluyeron que el ataque había sido perpetrado por un grupo de franceses que mendigaban cerca de la casa de los Lewis. Únicamente lograron apresar a uno de ellos, que confesó ser nieto de aquel leñador sin nombre (al que se refería literalmente como aquel leñador sin nombre) al que parece ser que apreciaba de tal manera —y odiaba tanto a los ingleses, por otra parte— que se había conjurado contra el asesino de su abuelo y había jurado sobre su tumba, junto con otros cuatro nietos y dos sobrino-nietos de aquel leñador sin nombre, los cuales lograron huir de Londres de vuelta a su amada Bretaña tras el sangriento incidente, liquidar a su ejecutor y toda su descendencia.
Uno de aquellos tres hijos de Ennis Lewis, nietos de John Lewis, que sobrevivieron, llamado Alexander, cuyos brazos quedaron horriblemente marcados por las llamas del ataque, era mi tatarabuelo, y juró solemnemente sobre la tumba de mi tataratatarabuelo (cosa que parecía bastante de moda en la época) que vengaría tamaña afrenta a los Lewis.
Desde entonces nos hemos estado matando. Los Lewis y los Leñador. Yo soy el último de mi linaje. Desgraciadamente, antes de poder consumar la revancha correspondiente al vil asesinato de mi primo-hermano Derek, el último de los Leñador murió por culpa de una neumonía. Y aunque puede que piensen que yo debería haber concluido que la naturaleza había dado la razón finalmente a los Lewis (aunque hubiese dejado a su última generación curiosamente estéril), no fue suficiente. Nunca lo será. Por suerte viví en una época maravillosa, y tras varias carreras y arduas investigaciones en las que me dejé parte de la piel y de la vida (y que tuve que financiar de maneras un tanto oscuras que no reflejaré aquí), al borde de la senectud, logré finalmente fabricar el arma mortífera que resolvería de una vez por a todas el conflicto y que me permitiría morir en paz.
Cargué la pistola, programé la máquina del tiempo un año antes de fallecer John Lewis. Viajé hasta Bretaña. Accioné el sistema de la máquina y aparecí donde y cuando quería, pero con una extraña sensación en el cuerpo. Busqué al leñador, pero no parecía estar por los alrededores. Estos últimos días tengo lagunas mentales y sueños extraños. He preguntado por las aldeas y los cruces de caminos, intentando hacer comprender mi lamentable francés y tratando de descifrar su medieval idioma. Por fin parece que voy por el buen camino, ya que me han indicado lo que creo que es un claro del bosque. Mi visión es ahora un tanto borrosa. Me tropiezo con algo. Lo miro, y, ¡Por Thor! Es el disco de Odín y yo soy el rey de los Secgens.





Entrada en cinco minutos

14 04 2008

Seguro que en cualquiera de las guías de Diez-consejos-para-tu-blog no figura, aunque encaja con lo que suelen sugerir sobre realizar post cortos y actualizar una vez al día. También es probable que aparezca en otra cualqueira de las guías Diez-cosas-que-no-debe-hacer-con-su-blog (también conocidas como Diez-errores-comunes-de-bloggers-inexpertos). De todos modos, aquí va mi entrada apresurada para hoy:

1) Porque empiezo a tener carga de trabajo (albricias)
2) Porque hay un nuevo microrrelato perdedor (cachis):

¡Aquel niño era yo! Un palo con patas que no levantaba dos palmos del suelo dando patadas a un balón. La imagen de la vieja Super 8 se reflejaba un poco desenfocada contra la pared. Había encontrado esta cinta de mi tío escondida en un cajón de su casa. Ya casi ni me acordaba de ella. Se me veía correr torpemente, a lo lejos, en un patio de hormigón desconchado. Miré por la ventana de casa y vi aquel mismo patio. Puse a grabar la cámara digital, miré por la pantalla, y allí seguía yo, corriendo. Así inventé el detector de almas.

3) Porque me ha salido un grano en la nariz, me he leído La Naranja mecánica con 31 años, he descubierto que Nacho Vigalondo tiene mi misma edad y éso siempre es descorazonador porque ha estado en la ceremonia de los Oscar, el 30 de Julio nos vamos a Shanghai gracias a las mjillas de premio de Air France y tengo en mente una entrada por fascículos sobre escritores torturados.

4) Porque me gusta meter mis fotos

5) Y me ha costado más de cinco minutos