—Me parece que reconoces mejor las ciudades en el atlas que cuando las visitas en persona —dice a Marco el emperador cerrando el libro de golpe.
Y Polo:
—Viajando uno se da cuenta de que las diferencias se pierden: cada ciudad se va pareciendo a todas las ciudades, los lugares intercambian forma orden distancias, un polvillo informe invade los continentes. Tu atlas guarda intactas las diferencias: ese surtido de cualidades que son como las letras del nombre.
Las ciudades Invisbles. Italo Calvino
Ankara es una ciudad Europea. El grado de europeísmo de una ciudad se calcula en función de la concentración de velos y bares que se ven en sus calles, siendo, por tanto, inversa y directamente proporcional al resultado. Es un lugar sucio y un tanto caótico, no hay apenas semáforos, todo está estepariamente sucio, polvoriento. Personalmente se hace más parecida a lo que uno espera encontrar en ciudades de república báltica de medio tamaño, sin haber visitado ninguna. De todos modos, esa sensación de entorno urbano europeo (y aquí entra la peligrosa palabra civilizado), o al menos debido al contraste respecto a las ideas preconcebidas que uno lleve consigo respecto a las zonas de mayoría islamista, es común a todos los que visitábamos el lugar por primera vez. Ellos eran franceses, pero en este caso es indiferente. Y en el fondo, aunque resulta mucho más agradable, uno se acaba encontrando con que quizás hubiese preferido algo un poco más agreste, diferente al fin y al cabo. O que al menos la segunda noche no le hubiesen empujado a cenar en un bar llamado TAPAS. El pantumaca llevaba salmón ahumado en lugar de (como es lógico) jamón.
Tras ver Revolutionary Road (cito solo porque la vimos ayer, muchas otras referencias son válidas para la conclusión siguiente) uno se da cuenta de la diferencia entre expatriarse entonces (en barco, nada menos) y hacerlo ahora en que casi puedes hablar por videoconferencia con tu suegra todos los días, si así lo deseas. Solo con cincuenta años de diferencia. Es curioso como en el momento en que viajar se pone al alcance de más gente y de uno mismo la mayoría de los alicientes del viaje disminuyen proporcionalmente. El efecto uniformizador de la globalización es evidente. Personalmente es algo que no me molesta en cuanto al hecho en sí, excepto por una pura cuestión estética puramente personal.
Estos días estoy terminando ese pequeño librito que es Las Ciudades Invisibles, un puro ejercicio de estilo que está entre lo más ensalzado de la literatura del siglo pasado. Un juego de repetición de esquemas con momentos, eso sí, muy logrados. De todos modos tanto simbolismo me empacha y el exceso de ciudades con dobles, reflejos y otras dimensiones me acaba sobrepasando. De todos modos lo que más me choca es que Italo Calvino, según el prólogo, dice: Creo que lo que el libro evoca no es sólo una idea atemporal de la ciudad, sino que desarrolla, de manera unas veces implícita y otras explícita, una discusión sobre la ciudad moderna. A juzgar por lo que me dicen algunos amigos urbanistas, el libro toca sus problemáticas en varios puntos y esto no es casualidad porque el trasfondo es el mismo. Y la metrópoli de los big numbers no aparece sólo al final de mi libro; incluso lo que parece evocación de una ciudad arcaica sólo tiene sentido en la medida en que está pensado y escrito con la ciudad de hoy delante de los ojos. Yo no acabo de ver la relación en el libro, pero en cualquier caso se supone que ahí está. Echo, sin embargo, en falta, algún autor más que cree la gran novela sobre la ciudad actual, ésa que se refleja en las canciones de los Red Sparowes y en este mismo extracto del libro de Calvino:

LAS CIUDADES CONTINUAS. 2
Si al tocar tierra en Trude no hubiese leído el nombre de la ciudad escrito en grandes letras, hubiera creído llegar al mismo aeropuerto del que partiera. Los suburbios que tuve que atravesar no eran distintos de aquellos otros, con las mismas casas amarillentas y verdosas. Siguiendo las mismas flechas se contorneaban los mismos canteros de las mismas plazas. Las calles del centro exponían mercancías embalajes enseñas que no cambiaban en nada. Era la primera vez que iba a Trude, pero conocía ya el hotel donde acerté a alojarme; ya había oído y dicho mis diálogos con compradores y vendedores de chatarra; otras jornadas iguales a aquélla habían
terminado mirando a través de los mismos vasos los mismos ombligos ondulantes.
¿Por qué venir a Trude? me preguntaba. Y ya quería irme.
—Puedes remontar el vuelo cuando quieras— me dijeron—, pero llegaras a otra Trude, igual punto por punto; el mundo está cubierto por una única Trude que no empieza ni termina, sólo cambia el nombre del aeropuerto.
Quizás ese autor y esa novela existen. Sirva esta entrada para rogar porque alguien me ilumine.




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