Una ciudad

9 02 2009

—Me parece que reconoces mejor las ciudades en el atlas que cuando las visitas en persona —dice a Marco el emperador cerrando el libro de golpe.
Y Polo:
—Viajando uno se da cuenta de que las diferencias se pierden: cada ciudad se va pareciendo a todas las ciudades, los lugares intercambian forma orden distancias, un polvillo informe invade los continentes. Tu atlas guarda intactas las diferencias: ese surtido de cualidades que son como las letras del nombre.

Las ciudades Invisbles. Italo Calvino

imgp1461Ankara es una ciudad Europea. El grado de europeísmo de una ciudad se calcula en función de la concentración de velos y bares que se ven en sus calles, siendo, por tanto, inversa y directamente proporcional al resultado. Es un lugar sucio y un tanto caótico, no hay apenas semáforos, todo está estepariamente sucio, polvoriento. Personalmente se hace más parecida a lo que uno espera encontrar en ciudades de república báltica de medio tamaño, sin haber visitado ninguna. De todos modos, esa sensación de entorno urbano europeo (y aquí entra la peligrosa palabra civilizado), o al menos debido al contraste respecto a las ideas preconcebidas que uno lleve consigo respecto a las zonas de mayoría islamista, es común a todos los que visitábamos el lugar por primera vez. Ellos eran franceses, pero en este caso es indiferente. Y en el fondo, aunque resulta mucho más agradable, uno se acaba encontrando con que quizás hubiese preferido algo un poco más agreste, diferente al fin y al cabo. O que al menos la segunda noche no le hubiesen empujado a cenar en un bar llamado TAPAS. El pantumaca llevaba salmón ahumado en lugar de (como es lógico) jamón.

imgp1445Tras ver Revolutionary Road (cito solo porque la vimos ayer, muchas otras referencias son válidas para la conclusión siguiente) uno se da cuenta de la diferencia entre expatriarse entonces (en barco, nada menos) y hacerlo ahora en que casi puedes hablar por videoconferencia con tu suegra todos los días, si así lo deseas. Solo con cincuenta años de diferencia. Es curioso como en el momento en que viajar se pone al alcance de más gente y de uno mismo la mayoría de los alicientes del viaje disminuyen proporcionalmente. El efecto uniformizador de la globalización es evidente. Personalmente es algo que no me molesta en cuanto al hecho en sí, excepto por una pura cuestión estética puramente personal.

Estos días estoy terminando ese pequeño librito que es Las Ciudades Invisibles, un puro ejercicio de estilo que está entre lo más ensalzado de la literatura del siglo pasado. Un juego de repetición de esquemas con momentos, eso sí, muy logrados. De todos modos tanto simbolismo me empacha y el exceso de ciudades con dobles, reflejos y otras dimensiones me acaba sobrepasando. De todos modos lo que más me choca es que Italo Calvino, según el prólogo, dice: Creo que lo que el libro evoca no es sólo una idea atemporal de la ciudad, sino que desarrolla, de manera unas veces implícita y otras explícita, una discusión sobre la ciudad moderna. A juzgar por lo que me dicen algunos amigos urbanistas, el libro toca sus problemáticas en varios puntos y esto no es casualidad porque el trasfondo es el mismo. Y la metrópoli de los big numbers no aparece sólo al final de mi libro; incluso lo que parece evocación de una ciudad arcaica sólo tiene sentido en la medida en que está pensado y escrito con la ciudad de hoy delante de los ojos. Yo no acabo de ver la relación en el libro, pero en cualquier caso se supone que ahí está. Echo, sin embargo, en falta, algún autor más que cree la gran novela sobre la ciudad actual, ésa que se refleja en las canciones de los Red Sparowes y en este mismo extracto del libro de Calvino:

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LAS CIUDADES CONTINUAS. 2
Si al tocar tierra en Trude no hubiese leído el nombre de la ciudad escrito en grandes letras, hubiera creído llegar al mismo aeropuerto del que partiera. Los suburbios que tuve que atravesar no eran distintos de aquellos otros, con las mismas casas amarillentas y verdosas. Siguiendo las mismas flechas se contorneaban los mismos canteros de las mismas plazas. Las calles del centro exponían mercancías embalajes enseñas que no cambiaban en nada. Era la primera vez que iba a Trude, pero conocía ya el hotel donde acerté a alojarme; ya había oído y dicho mis diálogos con compradores y vendedores de chatarra; otras jornadas iguales a aquélla habían
terminado mirando a través de los mismos vasos los mismos ombligos ondulantes.
¿Por qué venir a Trude? me preguntaba. Y ya quería irme.
—Puedes remontar el vuelo cuando quieras— me dijeron—, pero llegaras a otra Trude, igual punto por punto; el mundo está cubierto por una única Trude que no empieza ni termina, sólo cambia el nombre del aeropuerto.

Quizás ese autor y esa novela existen. Sirva esta entrada para rogar porque alguien me ilumine.





32 years

29 01 2009

Sigo sin apuntar nada en mi libreta, y ya son años con una en la mochila como para pensar que alguna vez voy a aprovechar las ideas sueltas que se abalanzan sobre uno en momentos insospechados (preferentemente con alguna copa de más) para algo más que rellenar un par de minúsculas hojas. Ya es momento de renunciar. Del mismo modo que uno se resiste a darse cuenta de que nunca más podrá jugar un partido de baloncesto sin acabar lesionado y de que jamás podrá aprender como Dios Manda un nuevo idioma, ni tan siquiera hablar el inglés si cometer errores gramaticales, o usar correctamente “deber de” en lugar de “deber” (lo cual es doblemente frustrante cuando corregías a tus familiares de pequeño si decían hicisteS y ahora te das cuenta de que no podían evitarlo por más empeño que pusieran), pero al final lo asume. Es el momento de asumir las cosas. Así, es posible ser feliz con solo recordar uno sólo de los estúpidos de corto calado que uno cree geniales y mostrarlo en su blog:

“La sensación del paso del tiempo se acelera inexorablemente al hacerte viejo y lo único positivo que tiene es que la espera entre disco y disco de Tool es más corta”

O con las reflexiones sobre el alcohol que uno se hace rodeado de franceses que, en este caso, o bien son rematadamente sosos o estúpidamente humorísticos (con ese gracejo francés que no le hace gracia ni a los alemanes):

“Beber sirve para enturbiar el pensamiento y dejar de prestar atención a las preocupaciones y los achaques y tener al día siguiente una resaca que hago que uno no pueda prestar atención a sus preocupaciones y sus achaques”

O escribiendo sobre las dificultades que ha tenido hace dos días para dormir porque no era capaz de recordar el nombre de uno de sus compañeros de desventuras en aquel bendito montaje en Penang y no pudo conciliar el sueño hasta que lo logró teniendo para ello que repasar el abecedario para probar letras iniciales y después cada una de esas letras iniciales con las posibles combinaciones de segunda letra. Y su nombre empezaba por T. O, del mismo modo, contando que al día siguiente cayó en los brazos de los angelitos (ya no puedo mencionar a Van Gogh o a Morfeo sin sentir vergüenza) mientrs emitían Leyendas de Pasión por la tele turca y fue capaz de recordar el nombre de Aidan Quinn sin ni tan siquiera recurrir al juego del abecedario. También me dio tiempo a pensar en Julia Ormond y en que cualquiera que justifique o comprenda el paso del tiempo merece ser decapitado de alguna manera.

Desde las oficinas de la empresa aquí en Ankara se puede ver el mausoleo de Ataturk, la única propuesta turística de esta ciudad artificial, seca, marronácea y polucionada que a casi nadie le gusta pero tiene su encanto. Ni siquiera he tenido un momento para acercarme a visitarlo. En otro momento quizás hubiese pensado: La próxima vez, pero no es hoy ese día.

Una entrada quejosa provocada por la digestión pesada de comida turca y la posición incómoda que debo adoptar para escribir en esta minimesa de hotel. Mañana despertaré renovado pero con dolor de espalda.





Deberes. Meses. Delineantes.

19 06 2008

Tengo que hacer la declaración de la renta de una santa vez, pero antes debo pasarme por hacienda para recoger el papel con la clave de acceso a mis datos fiscales para no tener que inventármela (otra vez), y eso supone perder parte de la mañana. Tengo que enviar nuestros pasaportes a la embajada China en Madrid, pero resulta que han cambiado el plazo de validez del visado a solo un mes antes de la entrada, con lo que no podré moverlo hasta el mes que viene. Tengo que transcribir los últimos cuentos fantástico-terroríficos del taller, pero no saco un momento en casa para hacerlo. Tengo que continuar de una santísima vez con mi estúpidiestudio sobre los autores dolientes (tengo que escribir, en general, y esta una especie de carga que llevo últimamente encima como una mochila con un yunque dentro y que solo consigo quitarme de encima las pocas veces que logro sentarme durante una hora delante del ordenador y extirparme alguna historia de dentro. Quizás deba plantearme ser un poco más flexible con ésto) Tengo que pensar en las otras cien palabras para la final del Concurso de Microrrelatos de La SER y la escuela de escritores que se celebra el próximo 4 de Julio en Madrid.

¿Todo un párrafo par explicar esto último? Sí, hoy no me siento muy inspirado que digamos. Quizás debería haber montado una entrada de simple celebración del hecho de ser finalista. Os presento a los finalistas, todos estupendos, guapos y maravillosos, cada uno adscrito al mes en que ganó. Yo soy Junio, que es un mes majete pero que no me dice gran cosa. El de mi cumpleaños me motiva más, el dueño de las vacaciones por excelencia, el tumbarse a la bartola, el calor sofocante y las tormentas de verano. Las subidas a los montes pirenaicos, los surcos alrededor de la tienda de campaña para que el agua no la arrastre, la tortilla de patata en la fiambrera metálica, el viento insoportable de los Monegros en un coche sin aire acondicionado camino de la costa. ¿A cuento de qué me vienen a la mente tantos recuerdos de infancia en lo que se refiere a Agosto pero no lo relaciono de la misma manera con la vida adulta?

En otro orden de cosas, y ejecutando una de esas entradas desorganizadas y caóticas con fotos de Italia que me caracterizan últimamente, os cuento que ayer me pareció escuchar, al hacer una llamada a la sala de delineación, una conversación un tanto desagradble. Lo cierto es que esto sí que tiene algo que ver con el párrafo de arriba, porque me trae a la mente algún que otro recuerdo de infancia, pero la cuestión es que me entraron ganas de estrangular a alguien. En cualquier caso, hoy por la mañana ha pasado por delante de mí uno de los delineantes montado en su coche. Sin sonreír, con cara anodina, gris. Me ha venido a la mente uno de los protagonistas de Dawson Crece, el cual siempre ha tenido la misma personalidad que una lata de alcachofas de marca blanca (y que ahora protagonizará Fringe, por cierto). También los delineantes de mi antigua empresa, a los cuales muchas veces nos referíamos como “Los Zombis”. Entonces uno tiende a sacar conclusiones:
- ¿Son todos los delineantes del mundo igual de grises y sosainas?. ¿Tan faltos de vitalidad?. ¿Tan muertos en vida? (y me da igual que aquí tengan títulos rimbombantes, si te sientas delante de una pantalla de más de veinte pulgadas eres un puto delineante).
- ¿Es esto una manera de desahogarme por miles de razones, porque los delineantes siempre pasan olímpicamente de los jefes de proyecto y uno tiene la sensación de estar delante de una ventanilla del ayuntamiento cada vez que va a pedir algo?
- ¿Qué sentido tiene insultar a un gremio en un blog para deshaogarse si lo mejor que puede pasar es que circunstancialmente alguien perteneciente al mencionado gremio se pase por aquí y se moleste?
A favor de los delineantes decir que los ingenieros son (somos) todavía peores. Est claro, en esta vida solamente se puede hablar positivamente de los actores y los pilotos de Iberia.