Señores en montoneras
7 02 2008
Seguimos viaje hacia nuestro hotel de Ranchi. la ciudad es tremendamente extensa. Casuchas medio derruidas crean un manto más o menos homogéneo del que sobresalen algunos edificios de nueva construcción, de un contraste brutal. Los perros, los portadores de fardos, los niños con cartera y las vacas reciben el mismo tratamiento por parte del coger, claxon desde una distancia prudencial y cambio de rumbo en el último instante para pasar a unos milímetros. En el hotel, al que aún no se le ha caído ninguna de sus tres cuatro estrellas, las cortinas siguen teniendo mayor espesor de mugre que de cortina. Me echo una cabezada y navego un rato. No tengo ganas de cenar, pero cuando Asis me llama no puedo negarme a probar nuevamente la comida local. El pescado no merece la pena y el arroz estilo Hyderabad tiene, como suele ser sorprendentemente habitual en algunos platos, trozos enteros de clavo que termino apartando para no inundar el plato de sabor a Barón Dandy. Mañana toca levantarse a las 6 de la mañana de nuevo. Lo cierto es que empiezo a estar un tanto saturado de madrugones y sólo me anima pensar en la siestaza que me voy a pegar al llegar a casa, agarrado al brazo de Mireia mientras lee (o juega al Paper Mario).
Despierto. Mi planning de hoy es el siguiente:
8:00 salida del vuelo Ranchi-Bombay con escala en Patna
12:05 llegada a Mumbay (Bombay)
13:00 llegada al hotel
14:00 comer
15:00 pequeña siesta
16:00 coger un taxi en el hotel que me lleve al centro para dar una vuelta sacar unas fotos
20:00 volver al hotel. Escribir y sestear
23.30 ir al aeropuerto y picar algo en la sala VIP
02:40 Salida hacia París
07:35 Llegada a Charles de Gaulle
09:45 Salida hacia Bilbao
13.35 Aterrizaje en Loiu
15:50 Siesta. Brazo de Mireia.

El vuelo sale con dos horas de retraso. El avión es un CRJ 200 infame, bastante destartalado. Huele a meados y entra un frio helador por las piernas en el asiento en el que estoy sentado que solamente me lleva a la mente palabras como descompresión o oxigen masks, en lugar de prestar atención al libro que tengo entre las manos. Al aterrizar en Patna me cambio de sitio.
Después, simplemente sigo cumpliendo mi organigrama, reduciendo el tiempo de visita al centro de Bombay y evitando la siesta. Los pocos occidentales que se dejan ver en el centro son ancianos anglosajones o perroflautas globales. A la entrada del aeropuerto se ha formado un circo de coches y pitidos. El atasco es completo, así que me bajo y voy andando hasta la entrada de la terminal. Junto a las paredes hay multitud de indigentes adormecidos que ni siquiera piden limosna. En cuanto llego a la puerta y veo la cola me pongo en modo refunfuñador. Me considero una persona paciente, pero no sé por qué en los aeropuertos saco mi vena más típicamente quejita cañí y me cago en lo más barrido por cualquier nimiedad. La cola para el scanner de equipaje es indescriptible, india. La sala VIP está abarrotada, pero al menos puedo beber un poquito de vino francés y escribir una entrada antes de que se me acabe la batería del portátil. El francés que tengo sentado frente a mí mientras escribo me recuerda a un David Cronemberg cuerdo. Ya en vuelo duermo y me trago The Nanny Diaries, que es mucho más infumable de lo que incluso podría parecer en principio.
Al llegar a Charles de Gaulle me espera un transbordo largísimo entre las terminales 2E y 2D. Justo cuando estoy llegando a la entrada de esta última veo que hay aglomeración de gente al fondo, así que en lugar de avanzar sobre la cinta mecánica lo hago por un lateral a ver qué pasa. Unos militares cortan el paso. Estupendo, a algún despistado se le ha olvidado una maleta y se la van a volar por los aires. Han colocado una cinta roja cortando el paso con tan pocas luces que está justo donde termina la cinta mecánica, que sigue funcionando. Esto provoca que la gente que se ha montado en ella un centenar de metros más atrás, desde donde no se ve qué ocurre, se encuentre con un tapón al final de la cinta, con la consiguiente montonera. Los del ejército, con sus ametralladoras en ristre, pasan. La gente se queja o se descojona. Unas chavalas se dedican a sacar fotos con el móvil cada vez que un grupo de desgraciado termina atrapado al final del carrusel. En un momento dado, llegan a la vez diez personas y dos carritos con maletas y dos niñas montadas encima. El fin del mundo. La gente salta intentando no caer en el barullo pero no puede evitar formar una pelota humana. Yo, que continúo en modo gruñón, me cago en todo lo cagable (en español en el original) y me pregunto si nadie piensa parar la puta cinta. Se deshace el tapón y al cabo de un rato el mecanismo se para y la gente aplaude. Más minutos y se oye una deflagración no muy fuerte. Los calzoncillos del despistado en vuelo libre, imagino. Unos minutos después abren la terminal y llego a mi puerta de embarque. Hora de regresar a casa.
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Categorías : Diario de aquellos pocos días en La India, Viajes

Empezamos a subir el puerto y se pone a llover. En alguna curva no queda asfalto y solo piedras. Al pasar una torrontera observo fugazmente la figura de una mujer cubierta con un sari azul oscuro mirando al valle, de pie sobre un altillo. Tengo ganas de bajarme a sacar fotos, pero no quiero molestar a mis acompañantes. Desde que hemos salido nos hemos estado cruzando con hombres que cargan fardos inmensos en sus bicis. Encima del manillar apoyan unos bultos envueltos en plástico del tamaño de un hombre y los empujan a lo largo de la carretera, excepto cuando hay una cuesta abajo. No sé qué transportan ni a dónde demonios lo llevan, pero acabamos superando un gran número de ellos. En un momento dado, mientras suena la hipnótica parte final de la versión de


Asis charla con la única persona que parece haber en el complejo, que nos hace subir y nos muestra unas habitaciones. Asis le explica que no nos quedamos a dormir, sino a una reunión. Trato de hacer que Asis me explique de una santa vez qué demonios ha ocurrido de camino aquí y a qué se debía el tumulto, pero en cuanto lo intento llega otra persona y nos dirige hacia el fondo del pasillo. Allí está la sala de reuniones. Hay una mesa enorme cubierta con una mantel blanco. Encima un proyector. Nos sentamos y van llegando personas que asistirán a la discusión, con el consabido intercambio de tarjetas tras el cual, como siempre, me acabo encontrando con un montón de ellas frente a mí sin saber a quién demonios corresponde cada una. En un momento dado, aparece el Vicepresidente, que debe ser el que maneja el cotarro, ya que todo el mundo se pone en pie inmediatamente. Su honorable semi-magnate. Hagámosle la rosca. Yo me estoy imaginando a un grupo de rebeldes de algún tipo asaltando la entrada de la fábrica. El amado vicepresidente suelta unas cuantas frases sobre sus deseos para esta reunión, llenas de vaguedades, nos desea lo mejor, y se va. Comenzamos con su lista de dudas y comentarios, explicando lo mejor que podemos sus cuestiones. Al mejor estilo asiático, todo transcurre de manera absolutamente caótica improductiva, saltando de un tema a otro sin dejarlo cerrado, con discusiones entre ellos en su idioma que cortan el avance. Asis habla por el móvil y nos comenta que otra persona que estaba programada que acudiera la reunión por la tarde va a tardar un poco en llegar dado que la carretera por la que hemos venido está cortada por los disturbios y tiene que dar un rodeo. Uno de los ingenieros del cliente sugiere que, dado que mañana tenemos que continuar el evento, sería mucho más productivo si nos quedamos a dormir allí mismo en su guest house. Yo estoy de acuerdo con tal de no volver a pasar por ésa carretera por la cual, por cierto, desaconsejan circular a partir de las cinco. Finalmente mandamos al coger, con su toalla roja bien anudada a la cabeza, a por nuestras maletas.
Durante un receso, le pregunto al francés qué cojones ha pasado al venir hacia Patratu. Afortunadamente no es lo preocupante que parecía (como ya me imaginaba). Me explica que
De repente paramos en la cuneta, junto a unas casas, y me despierto. Asis, que está en el asiento delantero habla con el chófer, que parece preocupado. En la carretera se ha formado un tapón de autobuses y gente que deambula. Pregunto que qué ocurre y el francés me responde que parece que hay un “riot” en esa parte de la carretera. No entiendo qué quiere decir. Salimos del vehículo y el conductor, sin quitarse si mantón rojo de la cabeza, conversa con un hombre que sonríe y masca un palo. En la carretera cada vez empieza a juntarse más gente, que mira hacia un punto indefinido más adelante. Me da la impresión de que un hombre está cruzando troncos en medo de la vía. El chófer pone cara seria y nos indica que subamos al todoterreno. A base claxon conseguimos salir del tapón que se está formando y de alguna manera cogemos lo que creo que es el camino a Patratu, aunque no estoy seguro. El conductor habla con Asis en hindi y le hace un gesto como de gatillo y disparos. En ese momento empiezo a pensar en los reporteros de guerra. Pregunto una vez más qué ocurre, aunque el francés parece perfectamente tranquilo. Asis me dice que parece ser que han asesinado a cuatro personas y se ha montado un tumulto. No da ola impresión que quiera contarme nada más. En la charla que mantienen él y el hombre de la toalla roja distingo la palabra “muslim”.
Continuamos el trayecto, cada vez por carreteras en peores condiciones hasta que llegamos a un puerto lleno de curvas de herradura, socavones y piedras sueltas en la calzada Nos cruzamos con 3 automóviles en todo el camino, cuatro casas (más bien chabolas) mal contadas y algún que otro hombre transportando fardos en su bici. Yo no sé ni dónde meterme. Todo el mundo está en silencio aunque el francés parece absolutamente ajeno a todo: se ha puesto el iPod y puedo escuchar que está oyendo algún tipo de conferencia o show en podcast. De vez en cuando se descojona de la risa. Debería aliviarme, pero no consigo quitarme el nerviosismo de encima. Finalmente veo que llegamos a Patratu. Pasamos una verja con un par de militares y me siento más seguro. Recorremos un par de kilómetros por lo que debe de ser el futuro emplazamiento de la planta. Es una extensión de campos enorme con colinas y un lago. Frente a éste hay unos edificios y nos paramos delante.
De camino al aeropuerto para coger el vuelo de regreso a Calcuta paramos a comer. Kebab y cerveza como aperitivo y pollo bien especiado de plato principal. Soy incapaz de recordar cada una de las maneras de preparar los platos y siempre dejo que sea mi acompañante el que elija. Un día de éstos debería hacer una lista. Antes de que lleguen las cervezas le pregunto a Asis, inocentemente, sobre las reglas del cricket, deporte nacional de la India. Se le ilumina la cara y pide apresuradamente un papel para explicarme las reglas, entusiasmado. Asis es un jefe de proyecto joven, un tanto ingenuo, casado y con un hijo, normalmente serio y poco hablador en lo que no respecta al trabajo. Desde la última reunión se ha dejado crecer el bigote, como la inmensa mayoría de los adultos de este país, supongo que para parecer más mayor. Pero ahora está exultante, dibuja un óvalo y me escribe los nombres técnicos del lanzador, el bateador, el número de participantes y las reglas básicas, de las que ya tenía una idea muy somera. Un partido rápido dura sus buenas ocho horas de lanza y batea, lanza y batea, lanza y batea. El clásico se disputa a lo largo de cinco días. Siempre que estoy en un lugar público, la sala de espera de un aeropuerto por ejemplo, me encuentro el canal dedicado exclusivamente al cricket puesto.
Después hablamos de parejas y de familia. Si Rajoy estuviera aquí. Venera a sus padres. Me recuerda que en La India no se puede vivir en pareja sin estar casado ya que lo prohíbe la ley. Los divorcios están pésimamente vistos. Cuando le comento que en España los gays pueden casarse no consigue entenderlo a la primera. Después pone cara de “están locos estos romanos”. También hablamos de la cantidad de vegetarianos que existen en este país (por motivos religiosos), que pueden alcanzar el 60%. También de los idiomas que se hablan. Un buen repaso a los pilares de la cultura. El me pregunta por el Real Madrid y yo le digo que Roberto Carlos ya no juega allí.
Continuamos la reunión de esta mañana, incluyendo a Asis y algún que otro delineante, uno de los cuales tiene una tendencia inaudita a hacer ese gesto de acuerdo tan típicamente indio que consiste en oscilar la cabeza de un lado a otro. Unos días más tarde trataré de imitarlo delante del espejo para comprobar el efecto y sufriré un ligero mareo. Si los orientales tienen el coxis y la baja espalda a prueba de horas en cuclillas, los indios deben tener un cerebro con mecanismo anti-vuelco. Al cabo de un rato recibo la llamada y escucho a Carles Francino y el resto de relatos mientras seis tíos muy morenos me observan escuchando mi móvil, callado, mientras ellos tampoco dicen nada. Pierdo, cuelgo, Asis me pregunta si he ganado, le respondo que soy un jodido loser (o al menos eso sucede en mi cabeza) y continuamos el trabajo. Intentamos estudiar a fondo el planning y la cosa se alarga hasta las nueve de la noche, para cuando yo estoy absolutamente derrotado por el dolor de garganta y la sensación de frustación que me ha dejado el concurso hoy.
Hoy volaremos con Kingfisher Airlines, compañía propiedad de un multimillonario dueño de la más importante empresa cervecera del país. En vuelo está prohibido consumir bebidas alcohólicas. Paso el control de seguridad con una botella de agua de un litro en una mano y el móvil en el bolsillo. No pasa nada. Mientras espero a Asis, me tomo un café del único puestecillo que hay, junto con unas Lays al curry bien picantes que me acribillan la garganta, todo por cuarenta rupias. Sigo esperando. Delante de mí una señora de unos cincuenta años vestida con un sari impoluto de colores rosas y anaranjados, con las manos pintadas completamente con intrincados tatuajes de gena y las uñas de los piés impecablemente pintadas se hurga la nariz a conciencia una y otra vez. Una y otra vez y observa sus progresos entre la punta de su índice y pulgar de la mano derecha, ajena al mundo. Llega Asis y nos llaman a embarcar.
El enlace en París es de menos de una hora y llego bastante justito. La puerta de embarque está en la nueva terminal de Charles de Gaulle que se ha preparado expresamente para poder operar con el
Aterrizamos en Delhi a la hora. Media hora para pasar el control de inmigración. Una hora delante de la cinta para recoger la maleta, viendo como un grupo de chinos está constantemente asomado a la abertura por donde aparece el equipaje, hablando con los “lanzadores”, en una de esas muestras de impaciencia china sin sentido que tanto me maravillan. Me duele la garganta. Solamente logro dormir dos horas en ese hotel Sheraton desaprovechado que me sirve para hacer escala. Por no sacarle partido, ni desayuno. El vuelo de Calcuta de las nueve de la mañana va con retraso Me tomo un café y me como un sándwich. Después me doy cuenta de que tenía tomate crudo. Craso error por mi parte. Llego a mi hotel a eso de las dos, y antes de salir hacia las oficinas con cara de zombi somnoliento paso por el restaurante a comer algo. Pido un cordero con coco, el cual no tiene señalización de picante en la carta, pero que consigue que se me salten las lágrimas de dolor. En pleno éxtasis masoquista, me llaman de la SER para comunicarme que vuelvo a ser finalista del concurso de micro-relatos esta semana. Les comento que intenten no tener veinte minutos al teléfono como habitualmente ya que luego el jefe puede ver la factura y reclamar mis gónadas en contrapartida. A ver si a la tercera va la vencida.


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