La fauna del Lobby Lounge
15 05 200721:53 El veterano de Corea se ha levantado. Como siempre, intentamos no mirarle a los ojos. Estamos bien aleccionados por Jordín (nombre falso), uno de los así denominados por mí compañeros eléctricos. Después de haber soportado a lo largo su anterior estancia (durante la cual siguió una rutina estrictamente igual a la actual) la conversación, por llamarlo de alguna manera, del veterano por dos noches, decidió no darle más oportunidades.
El veterano de Corea es un chino ya mayor, con bigote y corte de pelos muy marciales. Parece sacado de una película sobre la contienda del pacífico. Siempre se sienta con su cohorte de esbirros, que incluyen un par de guardaespaldas, en una mesa, preferentemente junto a las cantantes. Allí se emborracha, o llega ya emborrachado, y bien en orden, bien aleatoriamente, y sin necesidad de cumplir todas, se dedica a alguna de las siguientes tareas:
a) Levantarse y bailar al estilo asiático
b) Acercarse al micrófono y cantar mientras bromea obscenamente con alguna de las filipinas
c) Merodear por el bar al acecho de cualquier parroquiano que le mire a los ojos, momento en el cual comienza a soltarle un retahíla de palabras inconexas supuestamente inglesas de las que uno solo puede entresacar que es el dueño de una “very very big company”, tras lo cual suele aparecer su guardaespaldas para llevárselo y pedir disculpas.
d) Ir al baño, meterse en el cubículo del primer inodoro y vomitar a grito pelado. En este caso, casi se le entiende más que cuando habla en inglés
Dice Jordín que dicen los camareros que el veterano de Corea tiene reservada una habitación en cada uno de los hoteles de la zona, para así poder quedarse a dormir la mona en el que esté en ese momento, o por si encuentra una furcia de la que se encapriche.
21:58 Están tocando “Hot Stuff” con el veterano de Corea a los coros. Nosotros estamos en la barra intentando comunicarnos. Les propongo traer los walkie talkies mañana.
22:20 Intento hablar de música con uno de mis compañeros eléctricos, pese a que su grupo favorito son Los Ramones. Están haciendo el paripé como si hicieran las pruebas de sonido los componentes del grupo local que actúa entre sesión y sesión de las filipinas. Está compuesto por dos mostrencos con pintas de samoanos (y que piden zumos de naranja para beber), uno a los teclados y otro a la guitarra, y dos lesbianas. Al menos dice Jordín que dicen los camareros que son lesbianas. Y que se quieren. Cierto es que una actúa y se viste como un hombre (de 16 años). La otra tiene cara de travesti.
22:48 El veterano de Corea vuelve a las andadas. Todo el mundo le ríe las gracias
23:15 Comienzo a estar un poco bebido. Ya vamos por el quinto bucket de cerveza y yo he bajado casi en ayunas.
23:32 El grupo local está interpretando Parisiense Walkaways para lucimiento del guitarra, que se gusta un montón. Jordín está hablando con su ligue, una de las camareras del bar, hija de un pakistaní y una tailandesa. Sonríe mucho, nunca entiendo lo que me dice, mide metro sesenta, debe pesar 45 kilos, tiene las manos más grandes que las mías y es capaz de curvar sus dedos hacia atrás unos cuarenta y cinco grados, lo que seguramente tendrá alguna utilidad que yo desconozco. De cómo fuimos esta pareja, un prima de ella y su novia, mi compañero de trabajo que usa peluquín y el que suscribe a un aquapark y lo que hicimos, quizás hable en otro momento.
00:05 Decido retirarme, que bastante tengo con levantarme mañana con resaca como para además tener que trabajar con sueño
00:07 Entro en la habitación, y con la habitual gula del borracho, me preparo unos fideos chinos instantáneos.
00:07 Me los como
00:08 Me acuesto e intento buscar el lugar donde dejé de leer el libro que estaba leyendo.
00:08 y un segundo. Estoy dormido, aunque esto desmonta la fantasía de que este diario lo haya escrito en el momento en que los hechos fueron ocurriendo, puesto que es prácticamente imposible redactar mientras uno está dormido, y más en mi caso que no soy multitarea, pero cosas más raras se han visto.
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Categorías : Diario de los viajes a la Conchinchina
19:45 Me cambio de ropa y bajo al gimnasio, con toda la mugre encima. No quiero saber qué piensa el personal de la sala cuando llego con el bigote renegrido y los brazos llenos de tizón (de las uñas negras ni hablamos).

16:15 Con un walkie-talkie conectado a mi oreja (y cuyo auricular me deja, al cabo de un rato, esa zona de la cabeza adormilada, lo que provoca mi conocida cadena de pensamientos hipocondríacos) voy comprbando señales con mi compañero eléctrico al otro lado del aparato. Se mueve, no se mueve. Se ilumina, no se ilumina. Trabajo de precisión. En cuanto surge un problema tienen que comprobar las conexiones en el armario, y mato (remato) el tiempo muerto sacando fotos de las cajas de mando mugrientas que me rodean, o los viejos intercambiadores oxidados. A mi espalda, un trabajador con una transpaleta carga y vuelca contenedores pequeños en contenedores más grandes a toda pastilla, haciendo trompos.
10:15 Otro mecánico viene y me cuenta la misma historia sobre las tuercas y los tornillos.
12:30 Cogemos los coches para dirigirnos al Auto-city, un complejo de restaurantes cercano a la fábrica con multitud de opciones. Hoy escojo japonés ante el recelo de mis compañeros alimentariamente conservadores.
Si un bloque se desprende y cae dentro del horno, toda la atmósfera saldría al exterior y fundiría los hierros de sujeción del techo, que se hundiría al poco tiempo, si no se para el horno inmediatamente. En una acería, parar la producción viene a ser como matar a tu madre. Hace dos semanas dos de esos bloques quedaron en un equilibrio muy precario, a punto de desprenderse, y hubo que poner parches de refractario por encima. Los bloques que se han caído están debajo de los parches, luego la producción, y el show, debe continuar. Por si acaso, se va a remendar con más hormigón los alrededores de la zona dañada. Abrir una de las puertas laterales del horno es acercarse un poquito al infierno. Si no te andas con cuidado te quemas la pestañas. En los alrededores de las puertas, cerca de la cabina de control, no sé por qué, siempre huele a una mezcla de basura y excrementos.
9:40 Parece que ya he logrado encontrar los parámetros adecuados para que no oscilen los caudales. Me hubiese venido bien un masaje en la espalda de Elengoan, el hornero del turno de tarde, un indio de metro ochenta y cinco y 130 kilos de peso al que le gusta masajear la espalda de todo aquel que se sienta delante de la pantalla del controlador del horno, y de cuya masculinidad parecen dudar algunos. Me voy andando al segundo horno, con la satisfacción del deber cumplido. Es igual, sé que dentro de unas horas surgirá cualquier otro problema.
8:00 Mis compañeros de viaje, todos de otra compañía, me están esperando con cierta cara de resaca y gafas de sol, junto a nuestros dos alquilados Proton Wira con el mismo color caqui deslavazado, tan chino. Llevan pantalones con bandas reflectantes. Su jefe los tiene bastante controlados, pero ellos le torean cómo quieren, y meten todas las horas que son capaces, porque a diferencia de un servidor, les pagan las horas extras. Así que el Domingo tocará trabajar. Este jefe, cuando comenté durante una comida en Zamudio que acudía a un taller de escritura, se rió con ganas. Le resultaba extraño que un ingeniero pudiera pensar en otras cosas que no fuera su trabajo (salvo quizás las mujeres y el fútbol), más que nada porque el no podía. Y dijo: Yo sería incapaz, ¿qué cuentos iba yo a escribir, “Mi pequeña bobinadora”?. Me gustó el título.
El skype es una bendición, porque puentea los 3 euros (o más) por minuto que me costaría una llamada a casa, pero también una tortura, porque la conexión en este hotel se comparte con todos sus huéspedes, y en las horas normales intentar charlar es una tarea llena de interferencias, voces de Robocop y tartamudeos, y no hay nada peor que tener que repetir un chiste. En cualquier caso, como dice mi madre, lo importante es poder oír la voz al otro lado, escuchar ése ¿Cuándo vuelves? todos los días. Especialmente los que empiezan como hoy, con una pifia de fabricación que hace que se te caiga la cara de vergüenza y pienses en qué demonios haces ahí y si esa maldita tensión diaria es lo tuyo. Pero sin tensión no hay Malasia.
Durante ésa tarde, le pido a Montador1 que me explique, por encima, qué hay en los armarios eléctricos de la instalación. Me enseña los viejos, en los que está el arrancador del ventilador principal, y me cuenta que no tiene protecciones y las tres fases están al aire. Que si tocáramos una de esas 3 barras nos freiríamos. En los armarios actuales todo está bien protegido, pero antes la vida no valía tanto. Mientras sale del sótano donde estamos me quedo mirando fijamente las tres barras, visualizando mi mano acercándose a ellas. Uno de esos momentos en que todo alrededor se queda en silencio y casi te mareas. La puerta de emergencia del avión a 37.000 pies de altura. El barranco junto a la carretera. Un segundo después estoy fuera.


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