Día 3. Medio montaje

28 10 2006

Rojo

En el cajón del escritorio de la habitación hay una pegatina con una flecha señalando a la meca.

Nos levantamos un poco más tarde, ya que al fin y al cabo ya es Sábado, pero vamos hasta la fábrica a echar un vistazo. De todos modos, nadie parece estar en las oficinas, donde hemos dejado todo nuestro material (en el caso de Montador 1, solo el casco y el ordenador, ya que su empresa envió toda la documentación y la utillería para obra por barco en una caja que, parece ser, está retenida en la frontera en el puerto de Penang. Dado que nadie trabaja aquí hasta el Viernes, no podrá gestionarse la cuestión hasta dentro de una semana. Bendita burocracia, o funcionariado, o mundo oriental, nunca se sabe), así que nos metemos en la sala de reuniones en la que ayer estuvimos discutiendo el organigrama y en la que, al cabo de una hora y media de chaparrón vespertino, decidimos sentarnos para echar una siesta. Me entran ganas de echar otra cabezadita, pero hay que cuidar la imagen, así que charlamos y me pongo a leer.

Montador 1 me cuenta que conoce Indonesia, país en el que estuvo con otro compañero de su empresa en la misma zona donde ese mismo compañero pasó dos años de su vida trabajando (con regresos a casa intercalados), en el mismo hotel donde ese mismo compañero trabajaba. Resulta un poco extraño, ya que la zona no es turística, pero se explica cuando menciona que ese compañero estaba saliendo en esos momentos con una mujer del país. Eso sí que son relaciones a distancia. Me pregunto qué le circula a uno por la cabeza durante esas épocas, ya que sabes que el futuro con una novia como ésa pasa por que ella emigre con uno a España, con todo lo que implica. Está claro, la vida es así, y más gente de compañías como la que emplea a Montador1 o la mía propia cuentan con gente que acaba casándose con chinas, venezolanas o mejicanas, pero con todo…

Durante ese viaje, llevaron consigo unas cuentas botellas de Rioja, ya que tanto Montador uno como AmigodeMontador1 no son muy aficionados a las especiadísimas viandas locales (especialmente, según menciona, después de algún episodio estomacal desagradable generado por un pincho satay y un batido de fruta). Marqués de Cáceres tinto y blanco y Cune. Aquellas botellas debieron ser tiradas a la basura, ya que el vino se pierde si viaja en avión, dicen. Montador1 dicen que le dijeron a AmigodeMontador1 que era necesario inyectar anhídrido carbónico al vino para que no perdiera sus propiedades. De todas formas, una cabina de avión, incluyendo las bodegas, va presurizada en unas condiciones similares a las de una altura de 2500 m, con lo que, ¿no se debe llevar vino de calidad en la bota para el almuerzo si se hace montañismo en los Alpes? Una cuestión fundamental en la vida.

Finalmente podemos ponernos nuestros cascos y verificar que hoy nadie trabaja y que el ritmo de los que sí lo hacen es soporífero. Nos vamos al hotel a comer de su surtidísimo buffet. La diferencia de precio entre el buffet del hotel (30 RM) y un plato en los restaurantes (que en malayo se dice restoran) de los alrededores (6-8 RM) es enorme. De ahí que Mr. Sim chasquee la lengua cuando le enseño las facturas de comida. “Hotel very expensive”, dice. Pero es que 30 RM son el equivalente a 7 euros.

Efectivamente, Montador 1 no quiere conducir hasta Georgetown por la tarde y ve que se cuece en el Deepavali, pero lo comprendo. Así que aprovecho para probar el gimnasio, pequeñito (lo siento por la profesora del taller, pero es realmente pequeño) y completo. Al firmar en la entrada veo que no ha pisado las instalaciones ni una sola persona desde hace tres días. Enchufo la bici estática y pedaleo 30 minutos a ritmo de Betty Blowtorch. Después enchufo la cinta y corro durante un rato, mirando el canal 7 de la televisión donde parece que el programa del día es una especie de Operación triunfo malayo.

Ya por la noche, bebemos y jugamos al billar. Montador1 está nervioso pensando en el gran premio de Brasil donde Fernando alonso puede proclamarse capeón Mundial. En su parte de obra, imputa 8 horas extras para el día de hoy.





Día 2 (cont.) Premontaje

27 10 2006

Obsesión

Efectivamente, empieza a llover, y parece haber millones de sapos escupidores escupiendo desde el cielo. Nos quedamos bajo una de las naves esperando a que escampe, o al menos que la fuerza de la lluvia cese, porque es poco común ver semejantes trombas. Sin embargo, en Malasia, en época de lluvias, no solo parece que es algo habitual sino que además, como podemos comprobar, de larga duración. La tormenta no amaine en al menos dos horas, durante la que observamos la fuerza del agua y del viento. En el techo de la nave hay una capa de ceniza blanca adherida que, con las inclemencias, se va desprendiendo y cae suavemente sobre nosotros. Nieva.

Cuando por fin podemos desplazarnos hasta el coche (aún con la lluvia calándonos hasta los huesos, lo cual tampoco es desagradable cuando la temperatura es de 30ºC y el agua parece salida de una ducha tibia de la mañana) vemos que está hundido 20 centímetros en el agua en su parte delantera. Nuestro nuevo Proton Wira fabricado en Malasia con su volante a la izquierda. Así que hay que seguir mojándose. Es de noche y las carreteras del polígono están poco iluminadas. En un cruce en el que todo el mundo gira a su izquierda, nosotros seguimos de frente. Sabemos que no es la dirección correcta, pero es complicado dar la vuelta ya que el tráfico en la dirección contraria está muy congestionado, por no decir que está parado, y no hay una entrada para girar. Sigue diluviando y las aceras están repletas de gente andando, corriendo. Mujeres con pañuelo a la cabeza descazas sobre hormigón embarrado y hombres sobre diminutas motos con un los chubasqueros puestos del revés, todos saliendo de las fábricas. Todos calados hasta los huesos. Seguimos por esa misma carretera, hacia delante (hacia atrás) hasta llegar al final, donde se encuentran las puertas de otra fábrica cuyos portones siguen escupiendo automóviles. De ahí deben venir todos. Por fin, damos la vuelta y nos ponemos a la cola. Montador 1 no ve nada entre la condensación del agua por el calor, las gotas de lluvia sobre el retrovisor y los nervios de conducir por el lado que no es e ir siempre pegado al bordillo. A veces he temido por las mujeres que cruzaban la carretera a lo loco, al más puro estilo Egipcio pero en civilizado. Con hijab o con shari, o con vaqueros.

ociososTras un buen atasco, conseguimos llegar al hotel y subir al sexto piso donde se encuentra el aparcamiento de nuestro hotel. Al cerrar el coche con el mando a distancia Montador1 se equivoca de botón y salta la alarma, y no somos capaces de apagarla durante al menos dos minutos. Maldito Proton. Cuando acaba, nos partimos de risa.

Como el día anterior, bajamos al restaurante pero sigue cerrado, y sustituimos la cena, nuevamente, por dos baldes de cerveza Tigre mientras las 3 filipinas nos deleitan con sus voces de karaokes entonando cancioncillas de todos los tiempos, sus presentaciones dando la mano a todo el bar y haciendo la pelota (incluso se acuerdan de nuestros nombres; yo soy, por supuesto, Miguel), sus aperitivos estilo malayos que repiten como el ajo (no recomendado comer más de 3 cuencos, palabrita del niño Jesús), su occidental con botella de Jack Daniels en la barra, y sus escasos chinos, perdidos imagino, con ganas de borrachera. La teclista filipina parece más arrimada, si cabe, al occidental del Jack Daniels. Nosotros nos acabamos nuestras cervezas, hablamos de aviones y de coches y de salir por la noche, y nos vamos a dormir, no sin antes pedir cuatro botellas de agua. Hoy no nos pillan.

P.S: Un apunte: La profesora del taller, en la última clase antes de salir hacia Malasia, comentó que le resultaba curioso como todo el mundo utilizaba SIEMPRE el adjetivo “pequeño” en sus relatos, incluso aunque no viniese a cuento. Me he acordado al escribir sobre lo pequeñas que son las motos de los malayos. Muchas motos, un problema nacional a que causan muchos muertos en accidentes de tráfico.





Desmontaje. Día 2

25 10 2006

La electricidad

Como siempre ocurre cuando el día anterior pienso que voy a levantarme con resaca, me levanto con resaca. A diferencia de otros hoteles con un poco más de nivel y, diría yo, educación, no hay botellines de agua en la habitación, con lo que el reseco es brutal hasta que llegamos al desayuno buffet, donde me trasiego 3 zumos de piña antes de respirar. Pedimos un taxi (que en Malayo se dice tecsi) y nos vamos hasta la fábrica. El conductor lleva publicidad hasta en las orejas, y en el salpicadero del desvencijado coche hay una figura de algún Dios hindú y una miniatura de Michael Owen con una manguera de gasolina en la mano. Me da corte sacarle una foto. Allí nos recibe Mr. Sim, el encargado general de la línea de laminación cuyo horno vamos a remodelar. Es un chino con una cara especialmente tirante, siempre enseñando los dientes, y con el casco naranja continuamente ladeado. Está bastante delgado, fibroso, aunque como siempre como si llegara un racionamiento, pero no para de moverse. Es un rancio y bastante rata, pero creo que es común en este tipo de gente. También es trabajador, desordenado y extraordinariamente descabezado en lo organizativo. Y en lugar de pronunciar Zone como las personas civilizadas, es decir, [zon] dice [choun]. El día de salir en viaje hacia Malasia me llamó a las 5 de la mañana hora española para preguntar si podíamos conducir un coche en Malasia porque pensaba alquilarnos uno. Afortunadamente ya habíamos sacado nuestros permisos internacionales de conducción hacía semanas.

un poco nublado, me encantan los cielos

Nos movemos de un lado a otro de la fábrica mientras Mr. Sim investiga cómo obtener para nosotros unos pases permanentes de obra y nos marea con sus movimientos. Montador1 está preocupado porque nunca ha conducido por la izquierda y esta tarde nos dan el coche de alquiler, con el que tendremos que volver a casa. Porque además, , del mismo modo que nadie nos fue a recoger al aeropuerto ni nos dio ninguna confirmación de las reservas del hotel, no tenemos ni un mapa ni indicaciones de cómo regresar a nuestro hotel que los recuerdos del trayecto de ida. Y Montador1 parece no tener buena memoria.

Por la mañana nos hemos reunido y se he realizado la reunión preliminar en el que Mr. Sim ha escrito en la pizarra los nombres de los encargados para cada sección del montaje y puesta en marcha, mientras le voy traduciendo de vez en cuando a Montador1, ya que su nivel de inglés hablado por chinos es bajo, y cuesta acostumbrarse. La mitad de la gente del organigrama no está porque son musulmanes y tienen permiso para volver a sus hogares por la festividad de la semana próxima. Uno de los chinos del organigrama tampoco acude porque creo entender (y digo creo porque tampoco soy un perfecto experto en inglés hablado por chinos) que tiene la gripe del pollo. Por la tarde nos instalamos en las mesas que nos han preparado en la oficina común, que compartiremos con el resto de empleados de esa zona de la planta. Sondeamos la posibilidad de que nos conectemos a internet, pero ponen cara rara y finalmente nos dicen que sólo hay una línea telefónica en toda esa sala y que deberían desconectar el teléfono cada vez que nos conectemos. No sé si la falta de conexión se debe a la no existencia de la tecnología en la fábrica o a una especie de censura hacia sus empleados y, por ende, nosotros. Mr. Sim tiene cuneta de correo. Lo sé porque le he menadazo e-mails. Y trabaja en esta misma sala.

Mañana será Sábado y solo vendremos a trabajar unas horas. Mañana también es un día especial de fiesta, especialmente para la comunidad hindú, ya que se celebra el “Deepavali”. Me gustaría poder darme unas vueltas por Georgetown y ver cómo se traduce ésa fiesta en las calles, pero me imagino que Montador1 no estará por la labor, porque tampoco parece muy aventurero. Después observar el estado del horno, decidimos, a eso de las 5, volver al hotel con nuestro flamante coche de alquiler. Empieza a llover





Montaje. Día 1.

24 10 2006

Llevo varias semanas muy obsesionado con los accidentes de avión. Mi naturaleza morbosa y que inconscientemente, en parte, busca amargarme la existencia cuando todo marcha sobre ruedas, me obliga a visionar en internet los foros sobre dichos desastres. Me centro, entre otras cosas, en saber si de entre los accidentes de rotura en varios pedazos de aparato en pleno vuelo (TWA 800, PAN AM 103 o el último de Gol), los pasajeros estaban conscientes durante la caída. Lo peor es que siempre acabas de descubriendo que, en algunos casos, sí. Por eso mi mayor miedo a volar es el mismo que el de Ethan Hawke en “Antes del amanecer”, pero al menos no me impide viajar. De hecho, he vuelto a descubrir que, una vez en vuelo, acabo estando bastante tranquilo. Toda la preocupación de las dos semanas anteriores a este viaje han sido debidas, deduzco, a que hacía más tiempo del habitual desde que no tomaba un avión, y a que en este momento de mi vida me siento tremendamente completo y tengo miedo de que se acabe. Pero esto último es una especulación.

En el aeropuerto de Loiu me reúno con el montador eléctrico con el que compartiré penas y alegrías durante la próxima semana y media, y al que a partir de ahora llamaré Montador 1. Él tiene un mes de trabajo. Para empezar, en la cafetería de la zona de embarque, hablamos de los lugares en los que hemos estado y de tipos de aviones. Hoy toca un Fokker 100 desde aquí hasta Paris, un aparato que no he probado nunca. El despegue es un espectáculo de vaivenes en el que dejo las marcas de mis uñas en el acero de los reposabrazos. Después, todo irá sobre ruedas. Los vuelos largos, como el Paris-Singapur, siempre son iguales, con los mismos ronquidos, el pescado rebozado a la china, las películas de fácil digestión y el olor a meados que sale del baño. Esta vez no hay manera de leer, porque tengo reparos en encender mi luz y despertar a la pareja que tengo a mi lado. Pareja en la cual ella es, por cierto, más alta que él. A sí que me tiro un par de horas jugando al Shanghai. Montador uno me comenta que Japón tiene que ser la leche, porque hay gente que se gasta el dinero de su casa en tunear su coche.

El tiempo previsto en Malasia estos días es: Tormentas.

Al llegar a nuestro destino, comprobamos que el hotel en el que estamos alojados no llega ni de lejos a la altura de los de otras ocasiones, pero está muy cerca de la fábrica. Está claro a qué hemos venido. Para cuando bajamos ya no es posible cenar, aunque solo son las 10. Por lo tanto nos vemos avocados a llena nuestros estómagos en el bar del hotel. Allí, sentados en una de las mesas de mimbre sobre un suelo enmoquetado e impoluto, como el suelo de los aeropuertos de Singapur y Penang, nos pedimos la oferta especial 4+1 de cerveza local Tiger. Las 5 cervezas, que te sirven en un cubo lleno de hielos, cuestan 60 RM, lo que viene a ser el equivalente a 6 platos de pollo con arroz en cualquier restaurante. El alcohol está cargadísimo de impuestos. En teoría, tampoco se permite la entrada en el país de mercancía obscena, incluyendo CDs, revistas o fotos, lo cual tiene su gracia al observar todos los carteles de publicidad del pub, llenos de mujeres en minifalda que están diciendo, implícitamente, a gritos, bebe Guiness y te echo un polvo. En el escenario, 3 Filipinas con una voz de andar por casa (al oírlas desde el piso de abajo pensamos que era un karaoke) y un casiotrón encantador. Minifaldas, misma mirada que las mujeres de los carteles y un repertorio de todos los tiempos bien pasado de moda, típico de la zona. Cuando vamos por nuestro segundo cubo de cerveza, se presentan a todo el bar, incluyendo nosotros. Al descubrir un de ellas que somos españoles, chapurrea un poco de castellano. Nos pregunta de qué parte de España somos, porque tiene un amigo en Méjico, y quiere saber si está cerca. Yo le explico que no, pero me pregunto si no hubiese sido mejor decirle que estaba entre Venezuela y Texas. En la barra, la filipina que toca el teclado, habla con un occidental entrado en años con pinta de putero y una botella de Jack Daniels delante. Al acabar los dos cubos de cerveza y 3 cuencos de aperitivos chinos, nos vamos a la cama más tarde de la una, con el bamboleo del avión aún en mis cervicales, la certeza de que mañana tendré resaca y la poca conversación de Montador1 que, con todo, parece un tío majo.


P.S: Todavía no he podido pasar fotos al ordenador porque me he dejado el cable en casa. Estoy pendiente de que Montador1 me deje su lector de tarjetas de memoria.





De compras por Singapore, segunda parte

11 05 2006

DOMINGO: 14:00 en el segundo piso de un restaurante de Little India

Sorpresa. Es un restaurante indio. Jaizki y Su piden toda una suerte de platos constituidos por pan indio tipo hostia (de la de consagrar) en sus más diversas formas y salsas para untar. Básicamente. Muchas ni siquiera pican. Goiko se encuentra indispuesto y ha estado a punto de desmayarse. Es el peso de la culpa que le ataca al estómago y las funciones motoras. Bien pensado, tampoco parece tener demasiados remordimientos de conciencia, por lo que ahora deduzco que le pasó de refilón la famosa Maldición Malaya del iPOD. Raúl no está muy contento con la comida, pero lo prueba todo, incluyendo salsas con yogur y cosas indefinibles bastante agria. Yo disfruto como un jodido enano.

La conversación fluye en diferentes direcciones pero nadie pregunta cómo se casaron Susana y Jaizki. Llevan alrededor de 6 años fuera de casa, si Vitoria puede ser considerada una casa, y 2 años casi completos habitando en este centro comercial con avenidas. Él es bioquímico (ella…ver capítulos anteriores), pero ha decidido dejarlo para dedicarse profesionalmente a la fotografía. Me recuerda a alguien, me recuerda a ciertas entradas de este blog, me recuerda a mis ideales y tantas historias de cojones. También han decidido que es hora de volver al hogar, , si Vitoria puede ser considerado un hogar. Y van a volver en tren, a través de Asia, durante los que pueden ser los últimos 6 meses locos de su vida antes de asentar la cabeza. Y piensan contarlo en su blog y gastarse una media de 16 dólares al día.

Intercambio de e-mails y direcciones. Hablamos de Thaipusam. Buscad las fotos y lo que cuenta Su en su blog

DOMINGO: 16:00 en un atestado mercadillo

Aquí quiero quemar mi dinero, pero los bajos precios hacen que me lleve más tiempo del que deseo. En el camino volvemos a hablar de la posible impostura de los intérpretes chinos de jazz (que hace falta ser pedante, por cierto), los champús y los acondicionadores (tema que no domino: yo los compro todos naranjas) y el turismo como mercancía que hay que poseer, como vivencia obligatoria, como grupo de souvenirs mentales que ofrecer a amigos y conocidos.

Yo me descubro demasiadas veces, en mis periplos extranjeros, pensando ante determinada situación en cómo quedará en el blog. Y debería ser vivir por vivir, y no vivir para contar. Pero quién dice que lo segundo sea intrínsecamente malo. Vivir para aparentar. Dicho así quizás suene más innoble.

3 camisetas, una bolsa de costado y una sudadera, pero ya había venido aquí a por una chaqueta. Puede que un sombrero. Me ha llegado la edad de llevar sombreros.

Los 15 años, por supuesto.

A la mujer de 6 letras le he comprado previamente la tela de un Sari. Únicamente la tela porque la camiseta que se lleva con dicha prenda debe hacerse a medida a partir de la tela elegida, y no tengo ni tiempo ni las medidas de la mujer de 6 letras. Le compro un Sari con colores anaranjados.

DOMINGO: 17:30 en otro centro comercial

Goiko e Imanol están buscando pantalones de viejuno. Fuera de la tienda, sobre un pasaje elevado, observamos a una oriental llorar mientras mira su móvil y nos damos cuenta de que llorar en un centro comercial es terriblemente antiestético. Decididamente las lágrimas hay que ir a soltarlas a París.

Hora de despedirse. Abrazos y proposiciones. Una gente realmente estupenda, tremendamente agradable e interesante. Espero volver a verlos pronto.

DOMINGO: 19:00 en el noveno piso del Holiday Inn Parkview

Imanol y yo nos preparamos para el largo y arduo viaje de regreso mediante una agradabilísima secuencia de sauna, baño, baño de vapor y nuevo baño en la piscina, bajo una lluvia torrencial. Me hago el muerto y oigo resonar el agua en mis oídos mientras miro el cielo, negrísimo, y las gotas caer sobre mi cara.

Al aterrizar, tanto en París como en Bilbao, el oído izquierdo me genera un agudísimo dolor que hace que, en este orden, me cague en mis muertos, me cague en el altísimo y me pregunte, en un giro típicamente hipocondríaco, si se deberá a alguna enfermedad incurable, como un tumor cerebral. Ahí llega el miedo otra vez, pero es pasajero.





De compras por Singapore, primera parte

4 05 2006

Un canal en Bruselas

En capítulos anteriores:

Cómo empezó todo

En este capítulo:

Imanol, Goiko y sevidor estamos pasnado el día en Singapur, para ahorrarles 200 euros a nuestras respectivas empresas al volar con 4 días en medio, en lugar de 3. Si es que solo miramos por el bien de nuestras empresas…

DOMINGO, 00:00 en la terraza de un restaurante de Boat Quay

Goiko tiene capricho de karramarro, así que hemos venido a la zona de restaurantes más turística de Singapur, a la orilla del río, por el que pasan embarcaciones de recreo que son el equivalente a los autobuses sin techo de vistas panorámicas de Madrid o Londres, y rodeada de rascacielos iluminados en azul. La primera oriental que nos asalta para que probemos su carta, gana. No somos muy exigentes. Pedimos ostras del tamaño de 2 puños, que no pienso probar, nasi goreng, pato y cangrejazo al vapor y al vino chino. Dejamos escoger la bebida al caprichoso, y nos ventilamos 2 botellas de ENATE (a 56 dólares Singapurenses cada) junto con otro par de jarras de cerveza. El cangrejo es radioactívamente grande. Incumple las normas aquellas de las esencias y los tarros pequeños. De todos modos, conozco a más de uno que juraría que los minúsculos bueyes de aquí son mucho mejores, precisamente por su tamaño, o quizás por su label, aunque luego resulten ser marroquíes.

Nos refugiamos de la lluvia en un café en el que solo hay adolescentes tomando cervezas compradas en otro lado. No me preguntes por qué, pero Imanol saca 3 tés de menta y un trozo de tarta. A mi me da igual porque ya estoy lo suficientemente borracho.

Finalizamos la noche en un club de Jazz en un segundo piso. La cantante y pianista nos saluda. Escuálida y con un sombrero ladeado. Tenemos pinta de ser de Singapur de toda la (puta) vida. Imanol se pregunta si los orientales sienten cuando tocan Jazz o es una simple pose. Yo creo que si alguien puede sentir un standard jazzístico, ése será chino sin contaminar. Aquí sería una simple impostura irónica digna de aparecer en el Primavera Sound.

APUNTE: En la travesía, también conocida como trasbordo, también conocida como los 100 metros lisos de Charles de Gaulle, entre el Vuelo de Bilbao y el que nos lleva a Singapur, a Goiko le da un ataque de estornudos. Imanol recuerda una anécdota de su difunto padre, que sufría fotofobia y que, ante cambios bruscos de iluminación, se ponía a estornudar como un poseso. Conduciendo su coche, con Imanol detrás, atravesaron un túnel. El padre abrió la ventanilla para poder estornudar a gusto e Imanol vio pasar la dentadura postiza dando brincos por la carretera.

DOMINGO: 11:00 en el hall del Hotel Holiday Inn Parkview

Tengo una ligera resaca. La culpa, de la última cerveza. Imanol llama a Susana, la misteriosa mujer de Vitoria. Ella le comenta que está de visita un amigo, pero que no tienen inconveniente en ir a comer. Nosotros nos vamos hacia Sim Lim Tower, el centro comercial de la tecnología dentro del centro comercial que es Singapur. Imanol quiere mirar una cámara de fotos para su hermano y un iPOD para su mujer. Goiko quiere trastear con toda lesas mariconadas que tanto le gustan. Yo quiero fundirme todo mi dinero, pero en ropa.

DOMINGO: 12:00 en el último piso de Sim Lim Tower

La mujer de 6 letras, al fondoMientras paseamos recibimos un mensaje de Susana, citándonos para ir a comer junto al ascensor del mall. Goiko se hace con un iPOD de 60 Gigas perdido en la tienda a riesgo de ser azotado hasta la muerte (lo menos). Yo huyo por la mala conciencia e Imanol aguanta como un titán sin confesar, pese a que llega a tener erupciones por el mal rato. Se pasan media hora de reloj dentro de la tienda, con el objeto del crimen en la mariconera de Goiko, mirando diferentes iPOD-nano, sus fundas, sus accesorios, sus condones y si existe un altar apple en el que quemar incienso para el dichoso aparatejo. Yo observo desde fuera escuchando, para variar, el Panopticon de Isis. Agito mi cabeza y enseño mis calzoncillos a turistas con los cuellos cocidos y orientales mega-fashion. Después veremos que el iPOD tiene un capítulo de la segunda temporada de perdidos dentro. El quinto. Le regalo mi funda negra, símbolo del crimen y la corrupción personal, a Goiko para su nuevo y fraudulento iPOD, y yo me compro una estilizada funda rosa, símbolo del mariconeo y el pijerío puro. Bajamos y nos encontramos con Susana, acompañada de su marido, Jaizki y un amigo, Raúl. No confundir con el jugador de fútbol. 6 personas que no se conocen de nada, pero yo ya me he acostumbrado a estas situaciones gracias al maravilloso mundo de internet. Sugieren ir a comer a Little India, a unos minutos de donde nos encontramos, aunque en el restaurante no tienen cerveza.

APUNTE: ¿Si la palabra té, cuando se refiere a la infusión, va acentuada con el fin de diferenciarla de te, ocurre lo mismo con el plural?

APUNTE: Antes de la siguiente entrada, dejo aquí el enlace del blog de la pareja ex-residente en Singapur porque
a) Es un blog estupendo con unas fotos estupendas estupendísimas
b) Dichas fotos dan una visión magnífica de la zona

EnTren.ando

Última nota: Cómo habrás podido comprobar, observador y puntilloso lector, las fotos no corresponden a la bella y limpia ciudad de Singapur, por el simple hecho de que escribo esto desde la casa de mis padres, donde sólo tengo a mano lo que hay en la tarjeta de memoria de mi cámara. O sea, fotos de Bélgico. Y además me gustan las fotos, qué coño.





De cómo acabó el primer viaje a Malasia

24 04 2006

Reflejos en un templo

El final del Miércoles

Nos habíamos quedado en un reservado de un hotel en Penang, jugando al juego de las preguntas y respuestas con señoritas de clase A y B mientras algunos se dedican a desgañitarse con canciones de innombrables grupos chinos y bien Michael Learns to Rock. Prefiero los grupos Chinos. Prefiero un grupo chino compuesto de 6 mancos que agiten marcas, de hecho.

Y, cómo decía, la chinita de azul me preguntaba:

- ¿No quieres cantar nada?

Y yo respondía

- No, que cante Imanol antes

Y sigue el intento de descifrar su inglés. Ella dice:

- ¿Te gusta el sandwitch?
- ¿Cómo?
- El sandwitch
- ¿Qué?

Señala a su compañera, a la que Mr. Lau magrea cuando los miro, y dice:

- Sí, irte a la cama con ella y conmigo, un Sandwitch.

Entonces sonrío como un gilipollas. Este tipo de espectáculos son mejores que los fuegos artificiales. Mr. Lau me invita a que proceda a comprobar la mercancía, al grito de “Chech-in, Check-in”, mientras le soba las tetas a su girlfriend.

- No check-in, no check-in, thank you.

No me gusta sobarle las tetas a una desconocida, y menos si su trabajo es que le soben las tetas. Son unas horas allí dentro, entre jarras y jarras de cerveza, orientales cantando canciones y occidentales con cara de circunstancias.

ArrodÃllense ante el jarrónSalimos de allí. A Mr. Lau le ha salido por un ojo de la cara, porque me dice que la próxima vez haga un poco más de check-in, que sale a 2 RM por minuto, a lo que hay que añadir las copas. Por allí cerca pulula algún que otro transexual. Me digo que no ha sido muy divertido, pero que si me volvieran a ofrecer meterme en el mismo embolado, repetiría.

Los otros 3 días

Trabajé, pero poco. Visita turística a la isla de Penang con taxista hindú profesor de inglés y adicto a zurrarse unos estupendos eructos. Vi a un grupo de música Malayo haciendo versiones de Sweet Home Alabama, One o la canción de Titanic. Fin de semana en Singapur, solo. Todo es nuevo y me lo paso como los enanos. Me compro mi iPod de 60 G y una camiseta de estilo Coreano.

Cuando me la pongo en casa ya no me parece estilo Coreano, sin estilo Borjamari.

Como sus preclaras mentes pensantes habrán deducido, resumo para poder contar mi última estancia en tierras asiáticas. No fui a ningún puticlub, pero me di otro masaje y conocimos a la misteriosa mujer de Vitoria.





Karaoke

26 01 2006

Miércoles (cont.)

Al llegar, nos recoge nuestro agente en Malasia, el Señor Lau. Hoy no llueve, porque parece ser que estamos saliendo de la estación de lluvias. La temperatura sigue alrededor de 30ºC y la humedad por encima del chupicientos por cien. El día que tenga un proyecto en Rusia voy a sufrir.

En Malasia también conducen por la izquierda. Tenemos la primera reunión comercial por la mañana. Yo no abro la boca. Somos carísimos, vaya novedad. Nos llevan a comer al típico tugurio chino, pero en Malasia: una terraza abierta, con sillas y mesas de plástico, en medio de las cuales dejan un barreño con agua caliente y la vajilla (también de plástico) dentro. Hay un cartel con el mensaje

NO SPITTING

Traducido al chino y al malayo, y con una señal de un perfil soltando un esputo, tachado. Creo que no aparece en el código de circulación. No hay palillos, aquí se come con tenedor y cuchara, que hace las veces de cuchillo. Nos acabamos la comida, luego es evidente que esto es un restaurante chino pero NO estamos en China.

Por la tarde comienza la reunión técnica y se lía parda a cuenta de la fabricación del panel de gas. El dijo, ella dijo, tu dijiste, nosotros dijimos. Como tenemos pendiente la firma de la remodelación de otro de los hornos de este cliente, nos bajamos los pantalones. Metafóricamente, por supuesto, aún no conocemos las costumbres malayas.

Para las 6 regresamos al hotel (Sheraton, 4 veces más barato que el Holiday Inn de Singapur y, dicho sea de paso, el Hilton de Barquisimeto) y, casi sin respiro, nos llevan al Spa del Hotel Northam para una sesión de masaje. Del políticamente correcto.

Una china me lava los pies con sal gorda mientras bebo té de jengibre, me masajea con una toalla encima, me pisa repetidas veces, metiendo el dedo pulgar de sus pies por entre todos y cada uno de mis espacios intercostales, me masajea el culo con fruicción. Primera sesión de control de erección. Me hace crujir todas las articulaciones y trabaja un rato conmigo boca-arriba, de tal manera que hubiese podido observar sus movimientos si no hubiese tenido los ojos cerrados. Segunda sesión de control de erección en el momento en el que se dedica a manosear mi zona inguinal. Sesión fallida. En esos momentos también pienso en que debo tener medio testículo fuera de la toalla, cuando no se escapa entero.

Imanol decide no ducharse para mantener el olor a clavo, jazmín y más jengibre que nos han dejado los aceites en el cuerpo, y tiene razón.

Cenamos en otro restaurante chino al aire libre, junto a la playa. Después vamos a tomar una copa al pub SOHO, donde coexisten una espectacular variedad de etnias. Exactamente la cantidad porcentual de malayos, chinos e hindúes que componen la sociedad Penangiense, condimentada con una cierta cantidad de australianos, americanos y británicos. Y nosotros. Solamente una cerveza, que mañana es un día importante y hay que intentar cerrar negociaciones.

A la salida, discutimos sobre una cuestión vital. Tomar la última o no. Como habitualmente, gana el sí. Como, también, Pablo e Imanol tienen ganas de cachondeíto, le comentan a Mr. Lau , al que ya conocen de viajes anteriores, que quieren ir a algún local Hot & Spicy. Se ríen. Pero solamente una copa, que mañana es un día importante y hay que intentar cerrar negociaciones.

3 manzanas más abajo hay un hotel. En el primer piso, nos abren una puerta a un pasillo muy enmoquetado con multitud de reservados. Entramos en uno. Aire acondicionado con el termostato en posición Siberia, un sofá corrido, una mesa, un aparato de TV y dos micrófonos inalámbricos. Pedimos nuestras copas a un par de camareros y nos las traen. El ron con cola es pésimo. Entra en la habitación una señora muy pequeñita y muy tiesa, con cara de mala persona y de mala leche, vestida de smoking y nos da la mano. Se va. Vuelve al cabo de unos instantes seguida de 11 chicas, todas ellas chinas, en minifalda. Se sitúan 7 a su izquierda y 3 a su derecha. Sonrien y miran, principalmente al suelo. Las de la izquierda son de tipo A (nos traducen) y las de la derecha de clase B. Con las A se puede hacer todo lo que se quiera (no preguntar) y con las B no se puede hacer lo que se quiera. Las B deben ser putas Becarias. Resulta que cada uno (nos traducen) debe escoger la suya.

A la cabeza me viene:

Encerrona

O bien

¡Dios mío, Charlie sácame de aquí!

Tener que elegir es una barbaridad, me siento en un mercado de carne. Amables, mis acompañantes me ceden el honor de ser el primero en elegir. Jugamos a pasarnos la pelota un rato. Elige por mí, no elige tú, no que elija Mr. Lau, no…etc. Mr. Lau comenta que no nos demoremos, que la madam se impacienta. Ciertamente tiene mirada aviesa. Finalmente, algún alma caritativa decide encasquetarme una pequeñita vestida de azul con cara de saberse todas. Clase A, para más señas. Imanol y Pablo, perros viejos, enganchan clase B.

La situación es tremendamente absurda. El amigo de Mr. Lau que nos acompaña canta con sentimiento. La acompañante de Imanol, que, al contrario que la mía, parece no haber roto un plato en su vida, también se apunta a gritarle al micrófono. Mientras, mi amiga de azul intenta darme conversación en inglés. Ese inglés chino que no hay demonio que lo comprenda.





En un bar, con el techo a 6 metros del suelo

17 01 2006

El obelisco, digo, el monolito

Lunes (cont.)

Cogemos un taxi y nos vamos a Boat Quay, una zona de restaurantes y bares junto al rio (o laguna), rodeada de rascacielos y que debe ser bastante frecuentada por turistas y expatriados como la vitoriana. Estos últimos, dicen, son bastante abundantes en esta ciudad y pequeño país. Cenamos en un Tailandés, a la orilla del río (o laguna). Imanol, dice que la vitoriana le pareció una persona muy valiente y que le gustaría volver a hablar con ella. Decidimos intentar contactar con ella la próxima vez que alguno se conecte a Internet, a través de la página web de la empresa en la que dijo que trabajaba. Acabamos el arroz, acabamos las inmensas gambas y las cervezas.
En Singapur conducen por la izquierda.

Volvemos al hotel deseando, al menos yo, poder conocer a alguien con quien recorrer los pubs. No hay nada más gratificante para conocer una ciudad que la mano de un lugareño extranjero. Tomamos la última, que consiste en 2 cubatas de ron aderezados con aperitivos de arroz, que me como de una sentada sin dar tiempo a respirar a nadie. Es lo que ocurre por no tener un cigarrillo entre las manos.

En el bar del hotel estamos nosotros, unos chinos amablemente borrachos, la camarera, que es una malaya de metro ochenta con vestido negro de noche, y la banda de música. Dino y Rona. Él es hombre orquesta y ella cantante con un vestido negro de noche extrañamente similar al de la camarera. En ese ambiente recargado de hotel de lujo asiático, la escena es entrañablemente hortera y decante.

- Ahora, una canción de Barbra Streisand

Imanol y Pablo hablan del tamaño del txoko de su casa, el uno, y de la sauna (con txoko, o al revés) que quiere construir en el ático de su edificio, el otro. Rona se pone a cantar algo que debe ser salsa porque me parece que lo que oigo es castellano. Baila, y me recuerda que para bailar salsa no hay que mover los hombros. Hablamos de mujeres orientales y mujeres venezolanas y también de mujeres francesas refinadas. Rona saca a bailar a uno de los chinos, que viste pantalón de pinzas, polo de color deslavazado y mocasines, con la raya del pelo a la izquierda, como todos los malditos chinos. Rona tiene unas piernas espectaculares.

Viendo pasar chicas con  minifaldaTermina de cantar y cierran. Rona nos da las gracias y la mano, y alguno de mis compañeros hace algún comentario pero yo solo me fijo en sus piernas.

Nos vamos a dormir y sé que mañana tendré resaca.

Martes

Salí el Lunes de Bilbao y llegué a Singapur en Martes, luego ayer era Martes.

Miércoles

No tengo resaca. El buffet del desayuno del hotel (Holiday Inn Parkview) es descomunal y tengo que contenerme para no desbordar el plato. Cuesta 13 €. La habitación 144. Mientras nos dirigimos al aeropuerto, mirando la publicidad bancaria que lleva el taxi en los respaldos de los asientos delanteros (por favor, coja un folleto), Imanol me explica que el 95% de las viviendas de Singapur son de protección oficial. Las carreteras son anchas, rectas, perfectas, rodeadas de vegetación cuidadosamente exuberante y edificios de nueva arquitectura asiática de más de 20 alturas.

Volamos a Penang con Singapur Airlines, que desde ya es mi compañía aérea favorita.

Pero no voy a explicar ahora por qué. Ahora toca dormir.





Comienzo de un nuevo relato de viajero

14 01 2006

Moradito

Lunes

Quedo a las 7 y cuarto con Imanol, un hombre de cuarenta y tantos que me acompaña en el viaje, comercial de la empresa a través de la cual conseguimos el proyecto de Malasia. Esta tarde no he hecho nada en el trabajo porque me he pasado todo el tiempo preparando las carátulas del disco recopilatorio que le he enviado a la mujer de 6 letras. Eso mientras preparaba las maletas y el ordenador y los planos y no te olvides del pasaporte y no llegues tarde al avión, que ya sabemos como es Mikel. Con las prisas, se lo he tenido que imprimir en blanco negro. De hecho, ni siquiera me ha dado tiempo de ir a correos y se lo he dejado encargado a Oriol. Oriol, te debo los gastos de envío.

Ya en el Aeropuerto, Imanol llega tarde y yo le espero acabando el libro de Danto sentado en el suelo junto al mostrador de Iberia. No hay mostrador de Air France en el aeropuerto de Loiu. En el avión, un poco de small talk, sobre todo por parte de él. Cuando alguien está desesperadamente buscando conversación con preguntas como:

- ¿Hace cuanto tiempo que estás en la empresa?
- ¿Qué edad tienes?
- ¿Estás casado?
- ¿Qué especialidad estudiaste?

una vez respondidas las preguntas, siempre me quedo con la duda de si debería preguntar:

- ¿Y tú?

Pero nunca lo hago. Hasta que aparece el tema del taller de escritura, que le resulta interesante, sobre todo para sus hijas. El caso es que este Imanol me ha caído bien. En el aeropuerto de Charles de Gaulle tenemos una escasa media hora para el trasbordo. Imanol corre con su maleta. Una chica corre detrás con otra maleta. Yo voy unos metrosa su espalda. Odio correr en los aeropuertos. Resulta que la chica que hace carreras con Imanol tiene el mismo enlace que nosotros.

Una vez llegados a la cola de embarque, porque están embarcando, y todavía hay cola, charlamos un poquito con ella, que resulta ser vitoriana e Ingeniero Químico. Lleva 2 años viviendo en Singapur y 6 años fuera de casa (anteriormente en Berlín) aunque dice que ya está harta y este año se vuelve. Le comento que es probable que pase el fin de semana en Singapur y se ofrece a hacer de guía. En ese instante, ella se queda en una cola y nosotros en otra, Imanol le pregunta en que asiento está y resulta ser 15 filas más adelante que el mio.

Parece el barrio rojo, pero aparentemente no vi putasYa en el Boeing 777 que nos transportará por una ruta sobre los más granado de Oriente medio que durará más de 12 horas (del ala), veo horrorizado que estoy sentado entre un anglosajón con papada, cara de ser amigo de Juan Manuel de Prada, medio albino y asexuado, que se pasará ABSOLUTAMENTE todo el vuelo apoyado contra la ventanilla en la misma posición, y un francés con su bebé. De todos modos estoy de suerte porque es un crio de lo más tranquilo, y el padre se levanta constantemente con lo que no me siento emparedado. La madre, que viaja junto a él al otro lado del pasillo, es realmente hermosa. Al menos 4 cazadas a lo largo del vuelo mirándola embelesado (pero con disimulo). Tras la cena (pollo estilo chino, que le den por saco a la gripe aviar) y unas turbulencias de regalo, me levanto para intentarme hacer el encontradizo 15 filas más adelante, pero ya han apagado las luces, todo el mundo está dormido y no hay manera de encontrarla.

Lo Boeing 777 suelen llevar pantallas individuales en turista, con 5 películas y poco más que elegir. Como mi luz personal no funciona, me trago La novia Cadáver (otra vez), Ojalá fuera cierto (estoy en un avión, no hay escapatoria) y Crash, esta última en al menos 4 fascículos, empezando por el final e intercalando partidas a quieres ser millonario (en francés) y visitas a la zona de bebidas y refrigerios.

Bajamos del avión e Imanol y yo buscamos con la mirada a la misteriosa vitoriana, sin resultados. Atravesamos Singapur en Taxi hasta el hotel donde nos reunimos con Pablo, el comercial de mi empresa. Como Imanol está cansado y prefiere quedar para cenar algo más tarde, aprovechamos ese tiempo para ventilarnos una botella de vino Australiano que le ha sido regalada (with compliments) por el Hotel a Pablo.

(continuará, que quiero irme a dormir)