Japoneses interactivos
24 09 2007
Es una situación violenta. Hay numerosas ocasiones, esperando el autobús, o montado en él, o en un avión, o incluso en un bar (fíjate tú), en las que el desconocido que está a tu lado se dirige a ti con ganas de entablar conversación. Generalmente suele tratarse de gente ya entrada en años con síndrome de guarda forestal (o taxista a las cuatro de la mañana) y más pesado que un cerdo en brazos. Casi nunca te topas con alguien interesante o una historia mínimamente divertida. A veces, no obstante, puede ocurrir. Sin embargo, lo más habitual, es verse inmerso en un monólogo puntuado por tus violentos silencios hasta que el conversador patológico se cansa de oír su voz (las menos de las veces) o bien consigues escabullirte fortuitamente o por medio de estrategias más o menos maleducadas (fingir leer, lo que puede ser peor, dormir, incrustarte los cascos del iPod o directamente decirle que no te apetece charlar con nadie – lo cual está fuera de mi alcance, dicho sea de paso). Sea como sea, suelo ser muy poco receptivo a este tipo de contactos interpersonales. Con lo cual, Japón es casi un paraíso en ese sentido.
En Japón todo el mundo parece estar aislado de los demás, pero especialmente de los occidentales. Llama poderosamente la atención la actitud de los típicos relaciones públicas de bares y restaurantes de una zona como Shinjuku, en la que estuvimos alojados, llena de locales de ambiente. Lo habitual en cualquier otro lugar es prestar especial atención a aquellos con más pinta de aparvados y turistorros, un target perfecto para ser embaucado con panfletillos y luces de colores. Pero no, resulta que la actitud es justamente la contraria, y en un claro ejemplo de productividad y ecologismo se dedicaban a ahorrar papel de pasquines evitando repartir los mismos cualquier ganjin de poca monta. Rara vez lográbamos publicidad ininteligible con kleenex. Y es que esta gente está avanzada hasta en eso, ya que muchos reparten minipanfletos que van metidos en una bolsita de plástico con kleenex (o incluso cosas más sofisticadas) o impresos en pai-pais, lo cual resulta bastante útil (espero que en invierno los repartan junto con un par de castañas calientes).
De todos modos, aunque reservados por naturaleza, y como reza la leyenda (esto es, las guías de viaje), si te diriges a un nativo en inglés, te atenderá con la mayor de las sonrisas aunque es probable que no entienda nada de lo que le estás diciendo, pudiéndose incluso dar el caso de que asienta o diga yes a una pregunta tuya y por pura educación y te envíe en la dirección opuesta a la que buscabas. Al menos, es muy gratificante recibir las risas y alborozo con la que algunos acogen tus más mínimos intentos de decir algo en japonés (no nos engañemos, en nuestro caso poco más que arigato gozaimas o konichiwa) como si fuera la primera vez.
Los casos más extraños son los de gente que sí se dirigen a ti en inglés, pero siempre con la mayor corrección y sin abusar de la conversación. La única relación larga que llegamos a establecer ocurrió en un restaurante de sushi donde una mujer, hablando un inglés notable pero con una entonación tan exagerada que parecía que estuviera gritando, nos comentó que su hija quería viajara España y nos recomendó el pescado que debíamos pedir. No llegamos a intercambiar más de diez frases. Dracma, con su habitual educación netamente japonesa le comentó que todo estaba delicioso y le agradeció cientos de veces su ayuda, cuando a ella el pescado crudo no le produce demasiado placer que digamos (todavía si se sirviera sobre una base de gominolas…)
Por último, necesito compartir, en esta entrada sobre interacción japonesa, que apenas observamos las tan famosas reverencias. Con lo que me gustan.
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Categorías : Turistas en Japón, Viajes
Estar divina cuesta, como la fama, y aunque no sé qué método siguen las japonesas durante sus viajes, sí conozco el precio que paga Mireia para ello, y es llevar encima las planchas. Y cuando digo las planchas me refiero tanto a la de la ropa como a las del pelo. Por tanto, el peso a trasladar desde, pongamos, el hotel de Shinjuku hasta el Shinkansen, previo paso por calles atestadas en el trayecto entre el hotel y la estación, las escaleras no mecánicas de dicha estación y las también analógicas de la estación de Tokyo, es bastante elevado. Como consecuencia, una pareja de occidentales se convierte en una suerte de amasijo de ropas llenas de regueros de sudor y caras de asfixia ante la impávida NO MIRADA de los japoneses. Porque nunca parece que te miran, pero notas que sí lo hacen aunque nunca les pilles, y sabes que su mirada es la de sucio occidental maleducado.
De todos modos, en cuanto el oriental que se sentó a mi lado en el ejemplo arriba mencionado se puso a comer su caja de tempuras y teriyakis varios como si fuera el insecto madre de
El problema es el dinero. No sé si los japoneses se arruinan en ataques de compra compulsiva, pero desde luego no tienen pinta de caer en ello. Son estilizados, limpios y ordenados hasta en eso. Nunca un pelo fuera de su sitio. Nunca un cuello de la camisa más alto que otro (y si lo está, es que está de moda que lo esté). Nunca una mota de polvo. Jamás una gota de sudor. Son gente que parece que han sido dibujados con trazo muy fino. Pero nosotros, sucios occidentales, arrastrando nuestras pesadas maletas de un lado para otro, no. Ya además somos más pobres y no paramos hasta llegar a los números rojos. Por lo tanto, mejor aterrizar pensando en no sacar la tarjeta de crédito de la cartera.
Dios mío, cómo echaremos de menos los sándwiches mañaneros del Beck’s antes de coger el tren para cualquier parte en ese laberinto del chinotauro que es la estación de Shinjuku.
Bien, de todos los tópicos anteriores y de otros que no me acuerdo, solamente puedo decir que, en la actualidad, hacer turismo en Japón no es caro en absoluto si lo comparamos con Londres o Noruega, auténticas capitales del robo a mano armada. Y aunque uno llegue a este país con la coraza bien puesta del “no es para tanto”, lo cierto es que no se puede evitar caer rendido a sus pies. Bien es cierto que vivir en un lugar como Tokyo tiene que resultar a la larga muy estresante, pero no mucho más que en Madrid o París. Quizás sí puede multiplicarse el efecto alienante, en especial bajo la condición de extranjero. Incluso si no se es. Esas estampas de gente durmiendo en el metro o el tren, o absortos en sus móviles (algunos de los cuales llevan una cubierta que ante la mirada oblicua de cualquier fisgón por encima del hombro se convierte en una estampa de 


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