Venecia sumergida

1 04 2008

Mis prioridades a la hora de hacer turismo están claras. Básicamente lo mío es pasear y entrar en bares y restaurantes, cuanto menos turísticos mejor. Desde luego que aprecio ver monumentos, recuerdos de las viejas costumbres, piedras deudoras de la vida y las miserias de las generaciones anteriores, aunque siempre más desde un punto de vista estético que histórico o contextual. Debe ser que mi capacidad de abstracción no llega para cerrar los ojos (o entrecerrarlos, o soñar despierto) en el Coliseo y ver leones comiendo cristianos, tíos musculosos aunque no sé si depilados y aceitados asestándose porrazos y poder escuchar (para lo que tendría que cerrar o entrecerrar mis oídos) masas de romanos enfervorecidos (1). Sin embargo el grado de satisfacción que obtengo mezclándome entre la gente lo supera con creces. Hay que ver los iconos turísticos de las ciudades, y disfrutarlos, los entornos naturales pintorescos y espectaculares, pero lo que realmente me emociona de viajar es sentirme mezclado con la gente. Sentir que estoy en el medio de la vida de un grupo de personas con una cultura ajena a la mía y soy prácticamente invisible para ellos, o mejor, parte de ellos mismos. Eso y la comida.

Por lo tanto, el hecho de que utilizáramos para nuestra visita a Venecia un libro como éste (2) en el que las intenciones de los autores están bastante claras y son muy afines a mis gustos, convirtió nuestra corta visita a la ciudad en un placer aún más intenso. De las siete rutas sugeridas en él solo pudimos realizar dos y media, ya que los intrincados caminos de Venecia, con sus callejuelas ocultas, sus historias escondidas, sus campos prácticamente secretos, sus centenares de puentes, sus calles desconocidas y estrechas donde nunca ha dado el sol (y estamos obviando, por supuesto, los canales), son propicios a la contemplación y a la pérdida. Y a sacar miles de fotografías.

Lo cierto es que tuvimos, además, mucha suerte con el tiempo, frío seco y soleado. Al llegar por la noche al hotel, noté ambos días un calor extraño en la cara. Mis labios estaban agrietados. Está claro que el mar y el viento no están hechos para mi piel de urbanita, o quizás más apropiadamente, mi piel no está hecha para pasar más de un día en una laguna azotada por el viento. No llego ni a marinero de agua dulce.


Alejados de las marabuntas turísticas, entrando y saliendo de las vías más transitadas entre Piazzale Roma, San Marcos y Rialto, Venecia es silenciosa y antigua. Y ya a partir de las seis, con el anochecer y el cierre de los museos, se convierte casi en un pueblo desierto, una pequeña ciudad de provincias con sesentamil habitantes que viven en un entorno bello y decadente, en el que los fantasmas casi se pueden tocar y te hablan en cada esquina y cada fondamenta, y en cualquier recoveco acabas encontrando un palacio o un pozo.

Ya está anotada en la lista “ciudades extravagantemente caras en la que tendremos una casa cuando me haga obscenamente rico (y opcionalmente famoso)” junto con Londres, Nueva York y Tokio.

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1) ¿Cómo se traduciría “Mátalo, Mátalo” al latín?
2) Mil gracias Dracma por comprarlo y por conocerme.




Una oda a los demás

28 03 2008

Cinco de la tarde. Tras comer rápidamente un par de trozos de pizza, dos jóvenes se acercan a una heladería. Piden un cono de chocolate y una tarrina (señalada al azar de entre los tamaños que aparecen sobre el mostrador). Son trece euros. En la otra punta de Florencia, el comisario Giorgio Stronzo escucha por la radio que se ha cometido un dos-once.

La culpa fue nuestra porque los precios estaban escritos bien clarito dentro de la heladería y al haber llegado a Florencia hacía media hora no nos dimos cuenta de que nos encontrábamos junto al Ponte Vecchio. De todos modos, Venecia y Florencia no nos han parecido tan cara como me esperaba. Lo único con precios un tanto discordantes es el el alcohol, cosa que por otra parte ocurre en toda Europa. O mejor, que a los que nos gusta el morapio estamos muy bien en el país de lah folclórica y lah pandertah. En otro punto de la ciudad, a escasos trescientos metros, justo al lado del puente inmediatamente aguas abajo , pudimos tomar un helado estupendo en un local realmente cuidado por escaso euro y medio. A veces, ante estos atropellos (relativos, al fin y al cabo no creo que se estén haciéndose de oro por ello), me siento estafado y se me queda cara de tonto. En este caso no me dio ni tiempo. En mi cabeza resonó la frase “La experiencia turística” y el hecho de poder escribir sobre ella, y solamente por la posibilidad de poder contarlo ya fui feliz, rodeado de guiris y españoles (básicamente) apelotonados entre joyerías, lloviendo, con los pies molidos y un helado intragable de cinco euros en la mano.

Por culpa de mi reciente cambio de trabajo y las incertidumbres del mismo no pudimos organizar la escapada de esta pasada Semana Santa hasta última hora, por lo que nos vimos abocados a coger un viaje organizado en Autobús que visitaba Venecia y Florencia. Pese a que para la mayoría de la gente las veinte horas de viaje (en cada sentido) encastrado entre dos asientos reclinables supondrían el mayor inconveniente, en mi caso siempre ha sido la palabra “Organizado” la que me ha echado para atrás. No soy un sociópata. Me encanta conocer gente. Ni siquiera me hace falta relacionarme con ellos, me basta con conocerlos. Pero sentirme como un borrego es algo que no va conmigo. De todos modos, en este viaje, la organización consistía casi exclusivamente en proveernos de transporte y hotel y dos cortas visitas generales por cada una de las ciudades. Y la conclusión es, desgraciadamente, que a veces es mejor ser un sociópata.

Planteemos una serie de puntos antes de continuar. Consejos útiles para personas que nunca los escucharan y que en caso de hacerlo sería en vano (entraría el por un oído y saldría por otro):

1) En un autobús, en un avión, en cualquier medio de transporte en los que cabe la posibilidad de causar una rotura de ligamento de rodilla de la persona que se sienta tras de ti, ES NECESARIO pedir permiso para reclinarse. Es una tontería, y siempre te dirán que sí (salvo ancianas artríticas y jugadores de baloncesto), pero sé considerado.

2) Si te comportas como una descerebrada, superficial, desconsiderada y un tanto jeta, cabe la posibilidad de que, si eres de origen caribeño, uno acabe encontrándose soltando generalidades (aunque sea mentalmente) sobre el conjunto de mujeres venezolano-dominicano-cubanas aunque sea:
a) Políticamente incorrecto
b) Aparentemente racista
c) Falso
d) Pero desengrasante
e) Joder

3) Pedirle los sandwiches a una dependienta italiana como si fuera retrasada mental no solamente le cabrea a ella, sino a los que te rodean. Y si encima le pides que te lo haga a la plancha, y pasaíto, ni te cuento

4) Si ya es peligroso y digno de ser un bocachancla decir barbaridades de cualquier persona que tienes delante en el extranjero creyendo que no te entiende, en Italia más. Atente a las consecuencias. Desafortunadamente suelen ser mayores dichas consecuencias, desastrosas, en la vergüenza ajena de los demás.

5) En relación a lah folclóricah y lah panderetah. No hay nada más español que poner a parir a todos los que no lo sean. Ejemplo: Escuchar a un par de conversadores, en relación a la manera en que la gente subía a los Vaporettos, aquello de “Están sin civilizar, es que están sin civilizar”, refiriénsoe, por supuesto, a los italianos.

La siguiente entrada prometo contar algo de Venecia, de verdad, que sí. Lo juro por alguna folclórica.




Escribir (y podría haber miles de post con el mismo título)

25 03 2008

Esta semana no hubo forma humana de escribir siquiera los microrrelatos preceptivos. Ni tan siquiera he podido ver la frase correspondiente. En cualquier caso ha siddo por causas mayores y mejores. Venecia sigue siendo una maravilla en cuanto te alejas un poco de las sendas de los elefantes que conectan San Marcos con Rialto.

Supongo que a muchos se os pasaría esta reflexión sobre el escritor y la razones por las que es mucho más gratificante escribir relatos que novelas. Es un artículo de César Mallorquí, cuyo blog contiene otras muy interesantes reflexiones sobre el proceso creador en el que servidor es un novato, pero puede ver lo común del asunto. Lo vi a través de Libro de Notas, por cierto.

Muchas veces me planteo escribir sobre ese mencionado proceso y sus vicisitudes. Las trampas, los trucos y los sinsabores. Pero resulta que la cantidad de protagonistas escritores que hay en las novelas y relatos varios de esta vida es inmensa. Me gustaría que se publicase algún tipo de (imposible) estudio sobre los diferentes gremios que aparecen en las novelas publicadas y los correspondientes porcentajes. Estoy convencido de que los escritores superarían incluso a los policías. La abrumadora mayoría que preveo se vería acrecentada si incluyésemos a los protagonistas con un empleo de corte diferente pero con vocación escritora. La gracia de todo este asunto que incluye la imposibilidad de soslayar lo autobiográfico en lo que se escribe (y ni falta que hace evitarlo, estaría bueno) es que uno se pregunta si los lectores no acabaran hasta los mismísimos de ver historias sobre creadores de novelas, si no preferirían leer sobre gente a la que le gusta sentarse en un sofá con un libro en las manos. Tontería suprema, al fin y al cabo: ambos mundos están interrelacionados. Sin embargo sí que creo que es cierto que las novelas que tratan sobre los entresijos de la creación y todo lo que lo rodea, incluyendo juegos de metalenguaje o zarandajas por el estilo,. Son mucho más apreciadas por la crítica por la pura cuestión de que los que escriben sobre libros son a su vez escritores. Y que yo me fío de sus opiniones porque el tema me interesa.

Es decir, llevado al extremo, como suele ser santo de mi devoción: Supongamos que tenemos un relato sobre el bloqueo del escritor y lo que se le pasa por la cabeza. Alguien lo lee y le parece un rollo pretencioso e insoportable. Como no quiere que más gente pierda el tiempo con ese engendro decide escribir una reseña sobre el mismo por primera vez. Se bloquea y comprende lo que subyace en las miserias que plantea el relato. Publica una reseña elogiosa. Otros lectores no escritores se dejan aconsejar y se tragan el relato, que les resulta indigesto y se cagan en algún pariente del crítico novel, pero no lo comentan en público ya que el resto de revistas especializadas están en consonancia con su opinión.

Yo no entendería ese relato. Todavía hoy soy capaz de escribir de cualquier soplapollez como ha quedado demostrado. Cualquier día me hartaré de las paradojas, las circularidades y las pescadillas que se muerden la cola y puede que en ese momento me ocurra. O quizás no me canse nunca, como creo que nunca me ocurrirá con viajar o conocer gente. De todas maneras, nuca se puede decir qué le seguirá interesando a uno en el futuro. En un momento dado algo segrega algo en tu cerebro y empiezas a pensar de otra manera. La gente tiene hijos y vota a la derecha y es feliz, así que más vale no descartar nada. Excepto la música latina, por el amor de Dios.




Que no se diga que no lo intento

18 03 2008

De dos en dos sigo mandando. A ver cuáles son los finalistas de esta semana. Mucho me temo que deberé renunciar a mis costumbres a no ser que me de tiempo de enviar mi par de microcuento desde que pongan la frase en la red hasta las dos del mediodía, momento en el que huiré de mi puesto de trabajo para montarme en un autobús que nos llevará a Venecia y Florencia. Seguro que viene equipado con pinchos en los respaldos de los asientos a la altura de las rótulas, pero pienso disfrutar del viaje. Había pensado comprar biodraminas en plan ataque preventivo ya que, aunque no me mareo por sistema, sí que soy incapaz de leer más de media hora seguida sin sentir náuseas cuando voy en autobús. Y encima nos va a llover, pero nos lo vamos a pasar como Dios, aunque Dios no sé si disfrutó mucho en Semana Santa, al menos su desdoblamiento de personalidad que le hacía creerse un jipi trabajando con una ONG de qayuda a pescadores en Oriente Medio.

A lo que íbamos:

Cleo la levantó y allí la esperaba el alacrán. Dio un grito y, con cara de asco, aplastó el bicho bajo su pie. Alguien aulló: ¡Corten!. Cleo se alejó moviendo sus curvas de diva. Anders recogió su pobre alimaña destripada, con todos los cables al aire. Entró en su caravana. Con un destornillador y un poco de cinta aislante recompuso el alacrán mecánico. Lo dejó sobre la estantería con mimo, se recostó sobre la silla y se ajustó sus gafas. Apretó el botón y el grupo de escorpiones, cobras y minidinosauros mecánicos interpretó su coreografía al son de “My Fair Lady” mientras Anders se secaba las lágrimas.

Cleo la levantó y allí la esperaba el alacrán, agazapado detrás de la farola, con su gabardina y aquellas gafas y bigote de pega. Dejó la persiana levantada. Se hizo unas tostadas. Preparó café. Vio las noticias en la tele, el programa del corazón: Marco Antonio había sido visto con una despampanante rubia saliendo de Richie’s. Cleo frunció el ceño, hizo una llamada y salió por la puerta. Llegó a Tony’s. En la terraza le esperaba aquel modelo musculitos contratado. Se cercioró de que el alacrán la había seguido y besó apasionadamente al modelo de cartón-piedra. Sintió el flash de la cámara con alivio.

Apuntar que escribo desde el explorer, que no tiene corrector ortográfico. En el momento que me den mi portátil definitivo (ya van 3 semanas trabajando en un equipo “provisional”) me instalo el Mozilla y erradico las erratas. Porque digan lo que digan, repasar es de cobardes.




No olvides a tu madre

16 03 2008

Como cada principio de mes, Faustino, que ya peinaba canas, se encontraba delante del número 33 de la calle Venta del Casar. Llamó a la puerta con la mano libre. En la otra sostenía su maletín en el que solía llevar utensilios variopintos relacionados con las elucubraciones fantasiosas del trastornado de turno con el que le tocara lidiar. En este caso solamente llevaba su bloc de notas. Al cabo de un rato, el preciso para que no pareciese insistencia o prisa, volvió a apretar el timbre. Se ajustó la chaqueta. Se miró en el reflejo de la placa de la puerta y volvió a peinarse el flequillo. Siempre intentaba aparecer impecable, pero delante de aquella casa quería aparentar algo más, aunque probablemente nunca lo admitiría.

Faustino llevaba muchos años en el negocio. Su éxito se basaba en unos principios un tanto diferentes a los de sus colegas. Allí donde otros hacían uso de complejos y teatrales conjuros, vocabulario críptico o maquinaria inservible pero espectacular, él utilizaba simplemente la psicología, aunque también se ayudaba de un poco de envoltorio místico, por lo que pudiera pasar. Al fin y al cabo mucha gente prefiere seguir viviendo en una fantasía y es necesario tratar de curarlos sin sacarlos de ella. Faustino aparecía en las páginas amarillas como exorcista y ahuyentador de espíritus. Su tarjeta de visita era sobria y equilibrada. No aparecía ningún número de teléfono móvil porque nunca había necesitado uno. Al igual que los buenos restaurantes, solamente servía un número reducido de platos, pero con excelentes resultados. Era un especialista en apariciones y casas encantadas.

Al terminar la carrera de periodismo entró como becario en un periodicucho que tiraba, para rellenar huecos, de noticias ya no sensacionalistas sino directamente inverosímiles. En aquella época, además de tener que entrevistar a agricultores que aseguraban haber visto a un yeti de dos cabezas, o a amas de casa con humedades que recordaban la representación de la última cena, Faustino tuvo que hablar con gente que estaba convencida de vivir en una casa poseída por espíritus que, generalmente, eran familiares propios fallecidos recientemente o antiguos habitantes del hogar muertos en extrañas circunstancias. A veces, según lo imaginativos que fueran, llegaban a hablar de cementerios indios o antiguos campos de batalla. En cualquier caso, Faustino, que era de naturaleza bastante perspicaz y al que le gustaba charlar con la gente, se dio cuenta de que había algo común que subyacía en el carácter de casi todas aquellas personas. Concertó entrevistas adicionales por su propia cuenta, intentando indagar en la vida de aquella gente cuyo televisor emitía caras fantasmales estando desenchufado o a la que su fallecida tía-abuela se le aparecía en la ducha. Faustino, además de ser buen dialogador, tenía una fisonomía y unas maneras que provocaban inmediata confianza. Era una de esas personas de sonrisa contagiosa y que sabía medir perfectamente las distancias. Así, tras varios meses de charlas entre cafés y magdalenas en saloncitos encantados llegó a la conclusión de que aquellas personas que no podían escapar de las apariciones se sentían todas terriblemente culpables; que portaban una enorme carga sobre su cerebro que lo exprimía de tal manera que terminaba proyectando sus sentimientos en forma de halos, visiones y electrodomésticos descontrolados. Y entonces decidió que dejaría el periodismo de perfil bajo y le pediría dinero prestado a su madre para montar un negocio que explotara su descubrimiento y sus habilidades. Con los años logró encontrar su hueco en el gremio, aunque nunca llegó a congeniar con la mayoría de sus colegas, la inmensa mayoría de los cuales no solamente eran unos charlatanes, sino además unos desalmados que se aprovechaban conscientemente de sus clientes. Su tasa de curación era extremadamente elevada, aunque había algún que otro paciente que se le resistía.

Faustino miro a un lado y a otro de la calle. Estaba todo muy tranquilo. Un Domingo de principio de mes en la calle Venta del Casar no era precisamente centro del ambiente de aquella ciudad. Escuchó un “Ya voy” al otro lado de la puerta. Emma abrió. Llevaba ya más de dos años visitándola. Se había puesto en contacto con él por culpa del tabique del salón, que sangraba. Faustino nunca llegó a observar el fenómeno, como, por otra parte, solía ser habitual, pero no era necesario para que pudiera trabajar sobre el asunto.

—Buenos días —dijo ella sonriendo—. Pasa, pasa, vamos al salón— Emma lo dirigió al centro del problema, donde les esperaban una tetera y un plato blanco lleno de pastas sobre la mesa. Las señaló y dijo: “Las he hecho yo misma”.
—Seguro que están buenísimas —comentó Faustino con el tono adecuado y una sonrisa. Las arrugas alrededor de sus ojos sonrieron con él—. Estoy deseando probarlas. ¿Te importa si nos sentamos?
—Me parece perfecto. Tengo la espalda molida de pasarme el día limpiando.
—¿Qué te parece si hablamos un rato sobre tus padres?

Faustino basaba todo su saber hacer en descubrir la losa que tapaba la mala conciencia de sus clientes, en liberar los sentimientos que albergaban y desequilibraban sus cerebros. Abrirles una vías de escape. Para ello normalmente se valía de mucha de la parafernalia parapsicológica habitual. Sí, es cierto que lo hacía porque mantener la ilusión de lo desconocido, del más allá, era necesario para lograr mejores resultados, pero también lo es que, en el fondo, Faustino llevaba un pequeño dramaturgo dentro y aprovechaba para representar durante las sesiones algunas escenas basadas, entre otras cosas, en el Exorcista. Sin embargo, con Emma nunca había logrado localizar el resorte que debía ser liberado. Ya ni tan siquiera revestía sus indagaciones psicológicas de ningún tipo de dramatización misteriosa. Emma, además, no era idota, y sabía desde el primer momento en qué consistía su método. Así que durante todo aquel tiempo se habían dedicado a hablar de ella; de su familia, esencialmente; de la gente que conocía; de sus miedos, en busca del sentimiento de culpa oculto. Faustino sabía que su marido había muerto en un accidente de tráfico, que no tenían hijos, que una vez se la pegó a su mejor amiga con su novio cuando eran estudiantes de medicina, pero Emma había interiorizado perfectamente todo aquello. Así que hacía tiempo que Faustino había renunciado a encontrar, sin reconocérselo a sí mismo, la manera de solventar las visiones de aquella mujer, que no solamente le resultaba atractiva sino que era capaz de charlar y charlar con él durante horas sin aburrirle en ningún momento. Emma, por su parte, le decía que ya se había acostumbrado a la hemoglobina de la pared del salón: Bastaba con alejar un poco el sofá. Ya allí estaban los dos.

—¿Sobre mí? —Respondió Emma—. Creo que ya hemos tratado la cuestión varias veces. La verdad es que me aburre un poco hablar de ello. ¿Qué tal si me cuentas algo sobre los tuyos?
—¿Y para qué serviría eso?
—Digamos que quizás pueda observar algo en tu historia que me abra la mente y me recuerde alguna pulsión oculta en mi subconsciente—. Respondió ella con una sonrisa pícara. Y sus arrugas también sonrieron con ella.
—Tienes razón.
—Espera un segundo. Voy por más té. Esto puede ser interesante.

La observó salir por la puerta en dirección a la cocina. Faustino se apoyó en el reposabrazos del sofá y echó un vistazo al salón que ya conocía. La mesilla baja acristalada con las pastas. Los muebles de madera. El enorme ventanal. El cuarteto de sillas un tanto avejentadas alrededor de la mesa de la parte del comedor. Los marcos de las fotos sobre las estanterías. Él no tenía fotos en su casa. Se dio cuenta de que hacía mucho tiempo que no hablaba con nadie sobre él mismo. Toda su vida la había pasado escuchando vidas ajenas, dándoles vueltas a las historias de los demás. Se puso a pensar durante un instante en su familia, ordenando sus ideas antes de que volviera su anfitriona. Lo primero que le vino a la mente fue su madre, en la que hacía mucho tiempo que no pensaba, quizás años. Hablaba con ella esporádicamente, cuando se lo recordaba alguno de sus hermanos y le repetía (y le dictaba para que lo apuntase una vez más) el número de teléfono del asilo. Visualizó la última vez que la había visto, encogida en un sofá verde desgastado y no fue capaz de recordar de qué habían hablado. Vio sus ojos, y se dio cuenta de que en ellos había tristeza inmensa, y sus arrugas lloraban con ellos, y no se había querido dar cuenta hasta entonces. Las sillas comenzaron a levitar y supo que ya no podría hacer nada por evitarlo.




Richard Kelly, un hombre y su sueño

13 03 2008

Hagamos las cosas bien: Richard Kelly es un joven director estadounidense que saltó a la fama al rodar en 2001 Donnie Darko, película que ha pasado a formar parte de ese flexible grupo denominado “Films de Culto”. Posteriormente dirige su segundo proyecto, un mastodóntico cuento político de ciencia-ficción mezclado con comedia titulado Southland Tales, que resulta un desastre económico. Se estrena como primicia en Cannes en el 2006 y recibe las del pulpo. Es remontada y se estrena en USA en un número limitadísimo de salas. Prácticamente directa a DVD. El estreno en España en salas comerciales aún no está claro. Ahora dirige un film denominado “The Box” Basado en una novela de Richard Matheson con la intención, que él pregona a los cuatro vientos, de que sea una comercial película revientataquillas.

Donnie Darko me parece una gran película, con un tono desasosegante, una trama bien trazada, una puesta en escena cuidada y con retazos de temas interesantes. La paradoja temporal que trata puede deberse, como afirma el director, a un exhaustivo y premeditado estudio o a que simplemente no se ha contado correctamente, pero desde luego lo deja a uno desquilibrado y tiene un toque mágico. Con estos antecedentes, esperaba impaciente su nueva película. Después, uno se va enterando de que el proyecto que se trae entre manos es una fábula sobre unos Estados Unidos al borde del abismo tras ataques nucleares terroristas, lo que consigue que se me pongan los dientes largos. Posteriormente, empieza a fluir más información, como que se trata de una especie de fábula política, con toques de humor, incluso que tiene partes de musical y que los actores protagonistas son Dwayne “The Rock” Johnson, Sarah Michelle Gellar y Justin Timberlake, y uno se empieza a temer lo peor, aunque la esperanza es lo último que se pierde. Llegan las informaciones del mal recibimiento en Cannes, todos los problemas, más detalles sobre el guión e incluso el trailer, que comienza de una manera apabullante pero acaba pareciendo terriblemente disperso. Así que asumo que la película es una porquería.

Este enfoque es muy provechoso, ya que enfrentarse a una película con las expectativas bajas suele resultar mucho más positivo en su valoración final. El caso es que ya he visionado Southland Tales, y solamente una pregunta me ronda la cabeza: ¿Cómo ha podido engañar Richard Kelly a un productor para financiar este película? Existen guiones locos, absurdos, confusos, incomprensibles, aturullados o pretenciosos, pero en este confluyen todos esos adjetivos pero enmarcados en una banalidad preocupante. Southland Tales es una historia de aburrido adolescente pajillero, con unos actores patéticos, escogidos expresamente como broma Warholiana que NO tiene gracia, trufada de escenas supuestamente cómicas (algunas de un burdo que espanta), citas del Apocalipsis, desdoblamientos del espacio tiempo y fisuras de una cuarta dimensión y agujeros de guión gigantes, que ni el propio director podría justificar como “sugerencias” o “misterios”, sino que son objetivamente cagadas. Me da igual que existan o vayan a existir seis novelas gráficas que expliquen y maticen los acontecimientos anteriores y posteriores de la trama. Esta película es un timo de dimensiones cósmicas, pero no al espectador. Al fin y al cabo tiene alguna secuencia bien resuelta, plantea, de refilón, algunas cuestiones interesantes, y aunque larga, se deja ver, especialmente por la cara de WTF que se le queda a uno constantemente. Para quien es un timo es para la productora. El producto es invendible. Nadie puede tragarse el espectáculo de Southland Tales excepto, como servidor, por curiosidad, con un punto malsano. Y lo más deprimente del tema es que Richard Kelly repite muchísimos asuntos y obsesiones de Donnie Darko sin avanzar lo más mínimo, con una superficialidad asombrosa. La fuente de la vida, Corazonada, Las puertas del cielo, El gran halcón, una cantidad de gente estafada para llenar estadios y la curiosidad malsana que produce verlas. Siempre hay algo positivo que rescatar de todas ellas.




El que faltaba

11 03 2008

Sigo en la intensa labor de procurarme tareas con el fin de poder soslayarlas en los tiempos adecuados. Ese maravilloso juego entre el tiempo real que se tarda en completar un trabajo, el tiempo aparente para los que te rodean y el tiempo que registras como verdadero. Cuando uno empieza a trabajar, a no ser que se nazca perro, aunque bien es cierto que puede que yo sea especialmente cernícalo, uno creee que debe completar sus tareas a la mayor velocidad posible, demostrar lo que uno vale, pero tras unos cuantos años en los que las palmadas en las espalda no llegan o son demasiado fuertes, quien más quien menos aprende a no declarar abiertamente la verdad sobre sus tiempos muertos. En el fondo, resulta un tanto patético. Mentalidad mediterránea, quizás. En mi caso es una simple cuestión de diversidad de aficiones. Una de ellas, como en algunos casos aquí presentes, consiste en escribir microcuentos. Tal y como se ha indicado en los comentarios de la entrada anterior, el concurso de Microrrelatos de Página 2 ya tiene ganador del Mes de Febrero. Yo hice un último intento con esa forma que tanto me gusta y que se parece abiertamente a esta foto (en la que, por cierto, NO me inspiré). Se titula:

El inspector Fermat entró en la escena del crimen

El inspector Fermat entró en la escena del crimen. En el suelo, iluminado por los fogonazos de luz de la cámara del ayudante del forense, el desdichado bibliotecario yacía lívido sosteniendo un libro abierto entre las manos. Fermat se puso sus guantes de goma y liberó el tomo de las manos del muerto. Leyó en voz alta el texto de la página por la que el fallecido lo estaba sosteniendo: “El inspector Fermat entró en la escena del crimen…”




Mantener las costumbres

10 03 2008

Los dos microrrelatos perdedores de esta semana:

No hasta que por fin me haya mordido el labio inferior después de besarme apasionadamente. No hasta que consiga que pierda la compostura cada vez que me vea pasar y me arranque literalmente la ropa al encontrarnos en el ascensor. No pienso dejar de acudir a la consulta del Doctor Menta. Sé que es un charlatán, que sus pociones de enamoramiento ultrarrápido no son más que agua con aromas comprados en el supermercado de la esquina, que ni siquiera es un doctor de verdad…pero es tan guapo.

No hasta que por fin me haya mordido. Lo sé, no descansará hasta que me agarre con sus pequeñas fauces. Lestat ya no tiene uñas, ni genitales, pero es el Lucifer gatuno. Lo vigilo desde el sofá. Frunzo el ceño. Intento poner cara de malo. No funciona, sabe que soy blandito. Se me empieza a pegar la camisa por el sudor. Lestat se desplaza sigilosamente sobre el televisor. Me mira fijamente y bufa. Daniela grita desde el baño: “¡Casi estoy lista!”, pero yo ya he salido corriendo por la puerta. Sé que ahora estará él en el sofá con un Martini seco en la mano.

Tengo otro que mandé al concurso de Página 2 pero no sé muy bien donde lo he gauradado. esperaré a que vuelva a aparecer en la web del programa, cosa que ocurrirá cuando anuncien el ganador, creo, para pegarlo aquí.

Llevo dos semanas en mi nuevo trabajo. Leyendo. Mirando procesos, instrucciones. Normas no, por favor, que me duermo. He llegado a ese punto en el que me empiezo a cabrear porque siento que no hago nada. Necesito acción. En cualquier caso siempre queda esa cierta sensación de remordimiento por no buscar con el suficiente ahinco cosas que hacer. Yo que sé, pasear por fábrica y preguntar a los operarios, mendigar trabajo arrastrándome por los suelos, ayudar a la señora de la limpieza a vaciar el cubo del papel de reciclaje (menuda bronca que ha echado al tendido esta mañana por haberla llenado hasta arriba). Es evidente que soy mucho más feliz con mi tiempo ocupado, pero en el fondo creo que parte mi necesidad de tener un montón de tareas que acometer se debe a que entonces podré calibrar la cantidad de tiempo que puedo porcrastinarlas sin cargo de conciencia. Necesito producir para escaquearme sin remordimientos.




Meridiano de sangre

6 03 2008

Llego tarde, lo sé, pero es el sino de aquellos que dormimos más de siete horas al día y no somos multitarea. De los que descubrimos un autor cuando gana un Pulitzer y se saca de la manga una de las mejores y más desesperadamente bellas novelas de la historia. Trataré de parir una reseña de La Carretera en breve, pero antes debo intentar escribir algo meridianamente (me parto) interesante sobre ésta novela de Cormac McCarthy. Quizás otro día, también, se pueda discutir sobre su esquiva figura y lo maravilloso que resulta que las buenas novelas vayan acompañadas de autores desquiciados e interesantes que desprecian a los que tratan de indagar en su vida.

Este libro cuenta la historia de un grupo de mercenarios a la caza del piel roja en la frontera entre México y Estados Unidos (escenario habitual de las historias del autor) en unos tumultuosos y verdaderamente salvajes mediados del siglo XIX. En un entorno descrito minuciosamente, lleno de parajes grandiosos, en el que los protagonistas pasan, sin solución de continuidad, del desierto a los verdes valles y las montañas nevadas y al desierto y a los verdes valles y así hasta San Diego, este grupo de hombres va desvaneciéndose en una orgía de carnicerías y violencia. La novela, teóricamente, está narrada desde el punto de vista de “el chaval”, cuyos rasgos son intencionadamente inocuos, sin el más mínimo matiz, pero el peso narrativo recae en el jefe de la pandilla de asesinos, Glanton, y especialmente sobre la figura del Juez, gigante demiurgo albino para el que cualquier calificativo viene pequeño. Como se ha comentado, mezcla de Moby Dick con Coronel Kurtz, deviene único personaje de la novela en la que todo el mundo alrededor es una simple marioneta que vive y especialmente muere.

El libro comienza de una manera seca, con el estilo mezcla del McCarthy más Faulkneriano y la parquedad del actual, pero para mi gusto se deja llevar durante las primeras páginas contando las anodinas andanzas del chaval, cuya utilidad no pasa de ubicar el entorno geográfico y prestar una primera aparición, no demasiado impactante, del juez. El estilo extraordinariamente barroco con que las descripciones se desenvuelven a lo largo de la novela, hace que estos primeros pasajes resulten un tanto farragosos de leer, pero creo, y es una opinión muy personal, que labran el camino hacia el resto de la historia, ponen una losa encima del lector, polvorienta, con arenilla que se mete bajo el cuello de la camisa, bajo un sol abrasador y azul. Es el tono, aunque otras veces pienso que las primeras 100 páginas serían fácilmente prescindibles.

En cualquier caso, el Grupo de Glanton se pasea por la frontera matando a todo bicho viviente, arrancando cabelleras, observando gentes ataviadas con pieles humanas, collares con orejas ennegrecidas, montañas azules, piedras azules, sangre y vísceras, y el Juez Holden impertérrito, albino pero inmune al sol, declamando los más sublimes y aterradores monólogos, mientras todo lo humano a su alrededor busca su lado animal y lo encuentra.

“ El juez partió con el mango de un hacha la tibia de un antílope y el tuétano caliente goteó humante sobre las piedras. Le observaron. El tema era la guerra.
El buen libro dice que quien a espada vive a espada morirá, dijo el negro.
Sé, el buen libro dice que la guerra es mala, dijo Irving. Pero no será porque en él no se hable de guerras y de sangre.
Da igual lo que los hombres opinen de la guerra, dijo el juez. La guerra sigue. Es como preguntarlo que opinan de la piedra. La guerra siempre ha estado ahí. Antes de que el hombre existiera, la guerra ya le esperaba. El oficio supremo a la espera del supremo artífice. Así era entonces y así será siempre. Así y de ninguna otra forma.
(…)
La ley moral es un invento del género humano para privar de sus derechos al poderoso a favor del débil. La ley de la historia la trastoca a cada paso. No hay juicio definitivo que pueda demostrar la bondad o maldad de un juicio ético. Que un hombre caiga muerto en un duelo no prueba que sus opiniones fueran erróneas”

Las escenas se suceden y McCarthy nos va arrastrando más y más adentro del fango, del animal que hay dentro de los hombres, pero el de verdad, el aterrador, no el tópico andante al que nos hemos acostumbrados, nos hunde poco a poco en la muerte rodeada de poesía azul, bajo la mirada del juez Holden, Y sí, él es la muerte. Dicho lo cual, por si no ha quedado claro, recomiendo fervientemente el libro, una maldita obra maestra.

Y por favor, no se os ocurra leer la contraportada de la edición de bolsillo. El que la pergeñara merece que el Juez Holden lo visite, a él y a sus hijos.

Y si no os lo creéis, os dejo un par de reseñas más. Una y otra.




ARCO (con mucho retraso)

4 03 2008

Maravillosa feria de señales de humo

No puedo dejar de reconocer que me encanta. ARCO es un escaparate de ese arte contemporáneo que no puedo dejar de admirar, tan signo de nuestros tiempos. La visita no duró demasiado y al cabo de cuatro horas nos marchamos un tanto agotados física y mentalmente sin haber podido visitar uno de los tres pabellones que componían la muestra. Había más cosas que hacer, y al fin y al cabo aparecer por el parque temático del arte contemporáneo sirve para pegar un pequeño bocado de lo que se está cociendo. Mínimo bocado. Entonces:

A) La Fauna: Lo esperado. Extraña mezcolanza de jóvenes perfectamente alternativos uniformemente desuniformados con las gafas de pasta de cristales sin graduar, algún que otro pijeras y grupos de gente madura que ya ha visita el Prado y el Reina Sofía. Maravillosos galeristas, esencialmente chavalas de buen ver, altas y estilizadas, o perfectamente desarregladas, de tal manera que las delicadísimas japonesas o coreanas de las galerías de aquellos países ni siquiera desentonaban. También señores con corbata. O señores con el pelo un poco alborotado. Todos sentados en mesas llenas de catálogos mirando sus correos electrónicos. Una pareja observa una foto panorámica inmensa de alguna noche de metrópili asiática. El, chaqueta fina de cuadros, gafas, rizos canosos, perfectamente afeitado, le comenta a ella:
- Al contado 19. Con pago aplazado (ininteligible)
Ella, puede que con botox en la comisura del labio, le responde:
- Está bien. Dónde quieres ponerlo. Es un poco grande.

B) La flora. Predomina, al menos en lo que pudimos observar, la fotografía, muy por encima de obras pictóricas al uso o instalaciones de otro tipo. Perfecto para mi gusto. Quizás es porque, como siempre, en mi soberbia inmunda, me siento capacitado para hacer lo mismo. Ese soporte tan sencillo y que tan poco esfuerzo requiere. Los artistas de las galerías Coreanas, Chinas, Japonesas, me maravillan en general. Suena a tópico, pero hay algo mucho más delicado en ellos. En Brasil, el país invitado, predomina la locura. Benditas generalizaciones. Intento localizar posteriormente unas fotografías de bosques en tonos blancos y grisáceos de un artista Coreano, pero es imposible. Ni apunto nombres, ni compro el catálogo. Para qué, perderse después por las páginas de las galerías también tiene su gracia.

c) Mis padres. Nosotros nos marchamos a las 5 pero ellos se quedan hasta el final. En ese momento se encuentran en el pabellón 14.1, al que solamente se puede acceder mediante escaleras mecánicas o los gigantescos montacargas. Es la hora del cierre y mi padre ve que hay una cola gigantesca para bajar por los ascensores, así que se dirigen a las escaleras, pero les informan de que están averiadas. Mi padre, al que los ascensores atestados le agobian extraordinariamente, pero aún más hacer cola, le dice a una de las chicas de organización que sufre de claustrofobia y que le abran una salida de emergencia. En el fondo es para ahorrarse las colas. Le dice que espere un momento, habla por el pinganillo y les pide que le acompañen. Llegan donde otras tres encargadas, con sus pinganillos. Ponen cara de apuro. No se preocupe, ahora le sacamos. ¿Se está mareando? Le preguntan. Llega la jefa de la planta, extranjera. ¿Claustrophobic? Yes. Wait a minute. Llaman a alguien. Si quiere le podemos bajar a usted solo en el montacargas. Mi padre, que ya no se puede echar atrás dice, no, no se preocupe, no hace falta. Ve una marabunta de gente haciendo cola queriendo lincharle. Una de las chicas le dice, yo le entiendo, tengo vértigo, y cuando me pasa me tengo que tirar al suelo. Al final los sacan por una de las salidas de emergencia, dan las gracias y se van. Mi madre mantiene la compostura en todo momento, ya está acostumbrada. La madre que lo trajo, no hacía estas cosas cuando era más joven.