Las cosas de Venecia y la muerte

2 12 2008

Un título bastante atractivo, dentro de lo que cabe, para otro rollazo de entrada reseñando un par de libros. Por medio hay una ligera y obvia reflexión sobre la influencia de el estado de ánimo en la lectura. Sin ir más lejos, según acudía al curso que estoy recibiendo en Paris (uno de esos eventos llenos de gente del todo el mundo en el que se enseñan obviedades con nombres rimbombantes que nunca pueden ponerse en práctica), tuvimos un vuelo un tanto agitado que hizo que diez páginas del libro que estaba leyendo hayan desaparecido de mi memoria. Podría releerlas, pero a veces me gusta que quede un agujero negro dentro de los libros en el que se pueden notar las turbulencias y el sudor de las palmas de mis manos.

En lo que respecta al La Muerte en Venecia(novela corta, relato largo) de Mann decir que me supuso un esfuerzo importante poder terminarlo. Me resultó farragoso y amanerado hasta decir basta y solamente llegué a disfrutar la escena de la góndola, quizás por ser lo único un tanto dinámico de todo el texto. No tengo nada en contra de los relatos puramente introspectivos, pero en este caso la prosa de Mann me supera. Noto un ladrillo alemán atravesarme las neuronas cada página. Desde luego que la caracterización del personaje resulta modélica, un rol muy especial, pero que no va más allá. Quiero decir que la novela, que no es más que la fotografía de Aschenbach, con toda la supuesta carga simbólica que lleva, me resultó extrañamente vacía. Es altamente probable que ésto último se deba a las circunstancias de la lectura.

El estado de ánimo resulta muchas veces tan tremendamente fundamental en la perspectiva de una lectura que hace que uno dude siempre de sus conclusiones. Puede que esto sea evitable para los que leen con ánimo exhaustivo, lápiz en mano, sin importarles una segunda aproximación. Yo leo en los aviones, en el tren, en el sofá, y un dolor de cabeza, una cerveza en ayunas o la falta de sueño se cruzan siempre. Estoy leyendo el buen soldado de Ford Madox Ford y las 90 primeras páginas me resultaron un tanto insulsas, incluso fatuas, y sin embargo las 90 posteriores las he disfrutado enormemente. Al haberlas digerido durante dos viajes diferentes con un lapso de una semana de por medio uno no puede dejar de preguntarse si la anterior valoración se debe únicamente al entorno. Espero que no. Espero que un libro me pueda gustar independientemente de que haya turbulencias, vuele con Egypt Air o el vagón del cercanías huela más a establo que otros días.

Llegando a mi opinión sobre Las cosas, debo decir que pese a ese inicio meticulosamente descriptivo que me hacía temer otro tour de force mental por poder acabar su libro como el que me supuso La vida: Instrucciones de uso (Uno de los mejores libros de la historia y la novela con más enumeraciones que uno pueda llevarse a los ojos) me ha acabado gustando mucho. El uso de los tiempos verbales produce un efecto efectivamente curioso. También la aproximación tan terriblemente fría respecto a los personajes, casi una descripción antropológica, unido a que no exista ninguna diferenciación entre las dos personas que la conforman (de hecho se mencionan sus nombres pero resulta totalmente prescindible ya que a lo largo de toda la novela son un solo ente) hace que el resultado sea casi un puro estudio: Así vive la juventud de los sesenta y así terminan todos tras dar vueltas por el mundo y por sus necesidades. Aunque no hay muchas posibilidades de empatía, me he sentido tremendamente identificado con ciertos pasajes, especialmente con aquellos en los que relata el modo en que se sienten extasiados y felices solamente por poder pasear por París con el viento en la cara. En el fondo no muchas cosas han cambiado en estos 40 años, pero yo elegiría otra decoración para mi casa.





Un día en turquía con mi tía. Parte 3 (final y seguía siendo solo por la rima)

19 11 2008

imgp1816Hakan tiene 35 años, mide un metro setenta y cinco y está delgado. Acentúa su delgadez con ajustadas camisas italianas que combinan perfectamente con su peinado engominado, sus zapatos puntiagudos que encera cada noche y su sonrisa, por decirlo suavemente, pícara. Su actitud ya no es que sea acorde sino que supera el estereotipo, tanto que en algún momento parece recrear en sus anécdotas escenas de películas chuscas de gigolós como Zohan (personaje con el que comparte, por cierto, ése defecto al hablar inglés de utilizar artículo con los nombres propios), aunque nunca queda claro hasta que punto lo que cuenta es serio o te está tomando el pelo. Es ya una leyenda en la empresa. La compañía perfecta para tomar unas copas. En su brazo derecho lleva un tatuaje hortera con un corazoncito que se hizo el día que murió su madre. Mientras estamos esperando a que aparezca un antiguo amigo de Yunus de la época en que estudiaba en Trabzon y que sigue viviendo allí (es decir, aquí) en el lobby del hotel, hablamos de diferentes cosas, incluyendo el estado de mi ropa interior, y terminamos comentando juegos de cartas. Le explico a Hakan someramente en qué consiste el mus, y que la apuesta nunca es dinero sino la identidad del que pagará las copas o la cena, en caso de ponernos graves. Se le ilumina la cara y comenta que él y sus amigos hacían lo mismo con el póquer, poniendo un dinero al principio de bote con el que contratar una prostituta rusa para que les sirviera las copas y fuera el trofeo del ganador. En estos momentos me es indiferente cuánto hay de verdad en el asunto, el simple hecho de contarlo me es suficiente.

imgp1808Llega el amigo de Yunus, que no habla inglés. Viste un traje oscuro y tiene pinta de crápula, no por nada en especial, sino por las facciones y el peinado. Al cabo de un rato es evidente que no solamente lo parece. Le falta un palillo en la boca. Nos montamos en su furgoneta y vamos a un restaurante relativamente elegante en las afueras. La comida está bien y es curioso comprobar cómo platos que ellos creen absolutamente autóctonos y especiales son calcados a otros españoles (los calamares rebozados, los encurtidos, el arroz con leche…y especialmente el anís, que beben DURANTE la comida rebajado con un poco de agua). El pescado de segundo plato no es gran cosa, y eso que nos encontramos en la zona pesquera principal del país. Anchoas y poco más. Yo me bebo una botella de vino turco bastante decente y terminamos con un café turco y la costumbre consiguiente de leerle el futuro a otro comensal en los posos de su taza tras voltearla (yo le vaticino una larga vida y un buen matrimonio al presunto crápula, no tengo confianza suficiente para hacer una coña con, un poner, una posible extensión de su aparato reproductor).

Volvemos al hotel y de allí nos acercamos a un bar donde quieren tener la deferencia de mostrarme cómo, pese a que el nuevo gobierno islamista intenta controlar el asunto, aún sigue siendo Trabzon un lugar de paso y cultivo de la prostitución rusa vía Georgia. Efectivamente, tras bajar unas escaleras y ser cacheados nos sentamos en una mesa de un local solo calificable como “de mala muerte” con dos pisos, en el que la mitad de las mesas están ocupadas por jóvenes damiselas con trajes de noche o minifalda que fuman como carreteras, beben y mandan mensajes por sus móviles con cara de hastío, la otra mitad por turcos un tanto siniestros y la pequeña pista de baile está ocupada por un borracho (o un loco) calvo de mediana edad con camisa blanca que baila moviendo mucho los brazos. Nos tomamos una cerveza que resulta muy difícil de digerir tras la copiosa cena. Miro alrededor sin fijar la mirada demasiado en ningún lugar. Hakan sonríe como diciendo “mira lo que tenemos aquí” y al presunto crápula se le nota en su salsa. Yunus se pone tenso cuando Hakan deja la mesa para ir al baño, ya que cree que su objetivo pueda ser otro, pero se relaja en cuanto regresa. Al cabo de media hora de estar allí resulta aburrido y afortunadamente regresamos al hotel en seguida. Ha sido un día largo.

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2 microrrelatos para lo que queda de semana

13 11 2008

Dos santos no ganadores de esta semana. Aún no he mirado los finalistas ni la frse de inicio de ésta, veremos si esta tarde saco un ratillo para seguir con la tradición. Con ustedes, las serpiente gorda:

Sangre

La serpiente me quedó más gorda de lo previsto.
Intenté hacerle ver que eso le daba mucha más fuerza y que realzaba su cuadriceps, pero no se lo tragó y le tuve que devolver el dinero. No le culpo, el tatuaje era una mierda, estaba borracho cuando se lo hice y suerte tuvo de que no le plantara un ornitorrinco o un Amor de Madre. Todo porque ayer me dejó Sonia. No hace falta que te lo diga, pero tengo su nombre por todo mi cuerpo. Perdona ¿Cómo decías que lo querías? ¿Rosas con alambres? Creo que me he pasado con el rojo.

Dios hace distinciones

La serpiente me quedó más gorda de lo previsto, pero se la vendí a Taffey Lewis sin ningún problema. Espero que la mujer del espectáculo no tuviera muchos problemas, aunque he oído por ahí que la han asesinado. Por eso me estoy dedicando a las aves, dan menos problemas. Acabo de vender un Buho magnífico a la Tyrell Corporation. Tenía una mirada intensa, el buho. De hecho cuando ha posado sus ojos en mí he sentido un escalofrío. Me ha dado la impresión de que estaba más vivo que este sucio comerciante. En el fondo puede que haya sido fabricado con más cariño del que lo fui yo.





Un día en turquía con mi tía. Parte 2 (era solo por la rima)

10 11 2008

imgp1776Volvemos a subir al todo terreno y, desafortunadamente, en lugar de regresar, enfilamos una pista que discurre por la ladera de la montaña, con un buen cortado a su izquierda. Llevo las rodillas clavadas en el asiento de delante.

Tras un buen trecho por los caminos de Dios alcanzamos el final de la cresta donde aflora el túnel de canalización del agua que vendrá de la presa y se conduce dentro de la tubería forzada que lo lleva hasta la central, unos kilómetros más lejos y mil y pico metros más abajo. Nos sacamos unas fotos. Uno de los encargados del montaje se dedica a hacer el cabra sobre los tubos y por los terraplenes. Hace veinte años dicen que era piloto de helicóptero del ejército. Nos sacamos unas fotos todos juntitos y continuamos nuestro periplo.

Me preguntan si tengo claustrofobia, ya que vamos a entrar con el todo terreno por los túneles en construcción que conectan la presa con la tubería forzada. Pongo cara de macho y les digo que no, aunque se que son conscientes de mi cara de susto. Entramos pero finalmente tenemos que renunciar ya que no hay nada de iluminación por algún problema de suministro eléctrico, y yo respiro tranquilo.

imgp1800Bajamos y bajamos, subimos y subimos, pasamos junto a un campamento de trabajadores de los túneles, cerca de una segunda presa, hecho a base de toldos y palos, donde se están preparando para comer. Parece un momento actualizado de la fiebre del oro y huele a pescado a la parrilla. Enfilamos de vuelta a casa (en el sentido del parchís) y vemos que en una de las tiendas de campaña de almacenaje de material se ha colado un rebaño de cabras que huye en cuanto nos acercamos. Dentro del coche nos reímos. En el camino de vuelta, peso al ajetreo incesante, consigo quedarme dormido y no dislocarme el cuello con los baches. Mi mayor logro de hoy.

Comemos a las tres y media de la tarde en el barracón. Junto a las mesas hay un par de ellas más pequeñas con una tostadora encima para el pan. Aparte de los inevitables pepinos, tomate, menta y otras verduras crudas, hoy tenemos algo de vainas salteadas, arroz y una especie de revuelto de setas. Como el día anterior (es decir, ayer) Yunus me hecha una buena cucharada de kuymak, su plato preferido y el de aquellos que tienen que recolectar el te por las empinadas cuestas de las montañas. Es un mejunje que no se tragarían en la peor penitenciaría con textura de vómito y grasa para atrofiar el corazón de una morsa. Sonrío y como sin respirar. Hacemos una última reunión en la vieja escuela, bebemos té y firmamos un acta. Decidimos, así mismo, que vamos a cambiar de hotel para pasar noche en Trabzon, dado que mañana es fiesta y el Jueves tenemos reunión en aquella ciudad. Llamamos a reclamación de equipajes de Turkish Airlines para conocer el estado de mi maleta, en paradero desconocido desde hace dos días, con el consiguiente desgaste (por llamarlo de alguna manera) de mi muda. Está en el aeropuerto de Trabzon y pasaremos a recogerla. Hakan se ríe, llevamos esos dos días haciendo bromas sobre la dichosa maleta y el estado de mis calzoncillos, porque los hombres somos igual de idiotas en España y en Turquía, es un hecho.

imgp1829De vuelta, ya de noche, atravesamos la ignominiosa carretera que sale del valle (que Yunus asegura tiene tan buena calidad gracias a que aquel presidente de la república nació en ese pueblo) y observamos una grúa sacar un coche que se ha caído al río en la misma zona de obras donde la grúa estaba trabajando. Finalmente llegamos al aeropuerto de Trabzon y averiguamos que mi maleta ha salido en dirección al hotel donde estábamos hospedados ayer pese a que ya les habíamos avisado que la enviaran al de hoy.





Un día en turquía con mi tía. Parte 1 (no hay tía)

6 11 2008

imgp1795El miércoles es el día de la república. Todos los niños turcos tienen que asistir a los desfiles donde se conmemora la republicanidad del país. Alguien me dice, hablando sobre el tema durante la cena del día anterior, que es más importante para ellos la república que la democracia, pero prefiero no preguntar el por qué. Hoy, sin embargo, toca terminar la visita a la central hidroeléctrica del cliente y las diferentes instalaciones que está construyendo por estas montañas.

Estamos en la costa del mar negro, cerca de la frontera con Georgia, la orografía es montañosa y muy húmeda, las casas están desperdigadas por las laderas pero siempre tienen una mezquita con su minarete con sus megáfonos cerca y la mayoría de los autóctonos parecen blancos. Hakan me dice que son muy aficionados al alcohol destilado y las pistolas y que teme que si nuestro generador no está almacenado con la suficiente seguridad alguno pueda pegarle un tiro estando borracho. Yo le comento lo obvio sobre la comparación entre un generador y una persona, pero después me doy cuenta de que está bromeando. Las instalaciones de la compañía están en el poblado más grande del valle, un conglomerado de cómo mucho 20 casas encasquetadas entre plantaciones de té y bosques salpicados de más casuchas desperdigadas sobre pendientes de 45 grados. Y hay una mezquita y una planta a medio construir donde se producirá energía eléctrica. Esas instalaciones consisten en dos edificios bajos que antes eran la escuela del pueblo y un barracón donde unas señoras sonrientes con velo preparan la comida y dicha comida se sirve en unas mesas de camping. Yunus comenta que un antiguo presidente de la república nació aquí, y señala un grupo de casas unos cien metros por encima de nuestras cabezas.

imgp1813El camino, que alguno llama carretera, para llegar hasta aquí desde el hotel, que está en la costa es bastante tortuoso, con estupendas vistas a obras donde los trabajadores hacen equilibrios sobre vigas de hormigón a veinte metros de altura. Hoy, tras tomar un café turco y charlar un rato, nos calzamos las botas de agua naranjas y nos subimos a los todo terreno (Mitsubishi, nuevos pero no relucientes) para visitar la presa y otras construcciones que se están llevando a cabo. Me entero de lo que vamos a ver una vez que nos hemos montado en los vehículos y llevamos unos minutos en camino atravesando las pistas que la empresa ha construido ex profeso para las obras. A mí me dicen súbete al coche y yo les hago caso.

Subimos hasta el tajo siguiendo el curso del rio. El jefe de proyecto de todo el cotarro conduce. Es un hombre de mediana edad, mediano peso y malencarado que solo habla turco y tiene aspecto de ser extremista y comerse niños de un solo bocado (y que le causen dolor de estómago). Lleva acorde a su aspecto físico. La presa está efectivamente a medio construir. Yunus, que no es el jefe de proyecto pero es nuestro interlocutor y es un tipo joven majete con exceso de peso, me coge del brazo y me explica cómo va el avance de los trabajos. Hasta que no termina la explicación me sigue cogiendo del brazo, como una señora paseando del brazo de su hombre que escucha el carrusel en un transistor pegado a su oreja un domingo por la tarde, pero sé perfectamente que esto es normal en turquí, igual que los besos al saludar. Besos que, por cierto, se reducen a golpeo de mejillas en la mayoría de los casos (cuando no hay confianza) y que algunos prácticamente transmutan en choque de cabeza, de tal modo que el último día me provoco una ligera contusión en mi occipital por culpa de un turco cabezón un poco brusco.
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Hanff y Camus

2 11 2008

En el curso no presencial de novela que estoy haciendo este año (me he puesto metas importantes, debe ser la proximidad de la edad de Cristo) , además de los ejercicios y comentarios habituales, se han sugerido una serie de lecturas, que incluyen dos novelas cortas cada mes, con el fin de comentarlas cada quincena. Dado que no soy tan productivo como me gustaría, aprovecho parte del trabajo para reciclar las reseñas en el blog, ya que encajan perfectamente con los contenidos de éste.

Este mes tocaban: “84 Charing Cross” de Helen Hanff y “El extranjero” de Albert Camus

El primero es una sucesión epistolar entre la propia autora desde Estados Unidas y el empleado de una librería inglesa que la provee, durante la época de posguerra hasta los años setenta. Aparentemente tuvo un gran éxito, con sus adaptaciones cinematográfica y teatrales correspondientes. En 2005 Isabel Coixet se encargó de la dirección de la versión española.

El libro en sí me ha parecido muy poquita cosa, lo siento. Si tuviera que describirlo con una sola palabra sería naif (que por cierto, es un adjetivo que además de pedantorro es totalmente naif). Entiendo que es ésto precisamente lo que puede hacer que mucha gente lo adore, esa falta de pretensiones, la sencillez con la que se narra (es un decir, teniendo en cuenta cuál es la base del mismo) esa relación, el amor por los libros (o por cierto tipo de libros más concretamente) que destila, pero a mí me deja muy frío. Si se trata de la importancia de la elipsis, de todo lo que subyace a lo no dicho, prefiero millones de veces una obra maestra como “Los Restos” del día en el que los silencios están dolorosamente trabajados, entre otras cosas.

Lo que es peor, a nivel de escritura no me aporta prácticamente nada al ser una “simple” recopilación y edición de cartas, que pueden estar bien escogidas, pero me cuentan muy poco del trabajo de creación.

Es un libro amable, disfrutable, pero a mí personalmente me ha dejado igual que como estaba. Lo que más gracia me hace es lo consecuente que fue la señora, que rechazaba como regla general cualquier escrito inventado o relativo a algo no vivido y acabó triunfando con precisamente algo absolutamente afín con sus ideas pese a haber dedicado su vida a aquello que parecía no apreciar tanto.

En cuanto a “El extranjero”, es una propuesta que me ha resultado muchísimo más interesante que la de Helen Hanff, probablemente por una afinidad temática con Camus muy importante. Bien es cierto que los objetivos y temas de ambas novelas son diametralmente opuestos y no es demasiado justo intentar compara un cuento sin ninguna pretensión como 84 Charing Cross con el mini-tratado sobre la deshumanización del escritor francés.

Hace no mucho leí La Peste tras haberla dejado inacabada unos años atrás (se me hizo muy farragosa y no ayudó que lo intenté durante un vuelo intercontinental en el que me dolía la cabeza, cosa que, por otra parte, crea una atmósfera muy apropiada para la lectura de la novela, pero en ese momento me superó – en los aviones es mejor leer a Nothomb o Palahniuk y ver películas de acción os series de TV en las que se reparta estopa) y me pareció estupenda, cómo no. A veces resulta tanto más embarazoso hablar en estos términos de una obra considerada clásica que ponerla a bajar de un burro, le hace parecer a uno un indocumentado un poco condescendiente. En cualquier caso, dentro del desasosegante ambiente claustrofóbico y todas sus implicaciones (por cierto, soy incapaz de separa en mi mente esta novela de “El país de las últimas cosas” de Auster, que me parece una obra maestra absoluta) siempre recuerdo el personaje del Grand intentando encontrar la frase perfecta para comenzar su novela, dándole vueltas sin salir de las avenidas de Bolonia.

La voz seca y concisa del Meursault resulta absolutamente creíble, aunque el aprecio de las personas que lo rodean se me hace un tanto inverosímil, ya que la deshumanización del personaje parece tanto internamente como en su relación con los demás. En cualquier caso el retrato de la amoralidad y el hastío vital está muy logrado, algo que luego han desarrollado otros muchos escritores (alguien mencionó Houellebecq, heredero directísimo de esta novela concreta). De las dos partes en la que esta novela tan corta está dividida, me quedo con la primera en la que se relatan todos los hechos. Encaja mejor con la dinámica del personaje y contiene los dos momentos esenciales en la que el calor lo acentúa todo. La segunda en la cárcel y en el juicio sirve para poner en tela de eso mismo la hipocresía de la sociedad, que de todos modos me parece relativa. Mersault es un monstruo, y el hecho de que podamos comprender y perdonar y tener cierta clemencia con los actos emocionales que con los inexplicables y faltos de emoción es algo absolutamente lógico. De todos modos me da la impresión de que en algún momento los parlamentos del protagonista son contradictorios (lo que puede ser, es cierto, premeditado y coherente, pero no me encaja) y, a veces, un tanto ininteligibles, construcciones formales de devaneo poético que no encajan. Eso sí, la descripción de sus rutinas sólo puede describirse como brillante.

Lo dicho, un gran sabor de boca, un gigante poniendo los hombros.





Microcosas

23 10 2008

Los finalistas de esta semana tenían muy buen nivel, y especialmente los dos primeros, desde luego mucho más que los que yo envié. El ganador me encanta. No esperéis que esto vuelva a repetirse en breve (que yo lo piense, no que lo sean). De todos modos tengo paciencia, aunque muy poco tiempo, este año bastante menos, y lo seguiré intentando pese a frases terribles de inicio como la de esta semana. Antes de pegar mis dos inmodestas aportaciones solo quería apuntar dos cosas:

1) Uno de los blogs enlazados en mi columna derecha a evaluado el presente blog (dado que ésa es el objetivo del ese bitácora, la evaluación objetiva de los mismos) y el resultado es un suspenso matizado. Yo me he quedado a gusto, la verdad. Teniendo en cuanta los objetivos de esta casa, tan mal definidos, con unos contenidos absolutamente egocéntricos y dispersos, con un presidente adicto a presionar el botón Publicar sin revisar ni pensar ni nada que se le parezca, entre otras faltas de profesionalidad, me basta y me sobra con caer mínimamente simpático a la gente. Muchas gracias.

2) Llego tarde a todo y ahora me entero de que Juan Manuel de Prada está mal. Espero una reseña de Camino por su parte.

3) El Domingo viajo a Trabzon, Turquía, dejando a la rubia sola en casa con un catarro impenitente y teniendo que hacer el draft on-line de la liguilla de amiguetes de la NBA de camino, en un hotel de Estambul.

Y ahora, los micros:

Señor Rosa

- ¡La mujer que había dentro de mí!
- ¡Es verdad! No me acordaba del título.
- La verdad es que era muy ridícula, pero cómo nos lo pasábamos saltando cuando sonaba. ¿Te acuerdas?
- Yo me desgañitaba como un loco y acababa siempre afónico.
- Los buenos tiempos. Bueno…en fin. Pon tu índice aquí. Ahora tu pulgar.
- Perdona. No es fácil con las esposas. ¿Te acuerdas de Paco?
- ¡Por supuesto! La verdad es que estaba loca por él entonces. ¿Qué ha sido de él? Ponte de perfil por favor.
- Ha muerto en el tiroteo.
- Vaya. Por cierto, ¿Qué tal está tu madre?

Una pregunta

La mujer que había dentro de mí tenía miedo de todo. Nunca cogía un avión. Buscaba rutas alternativas y enrevesadas para no cruzar las calle y ser atropellada por un coche. No hablaba con hombres barbudos. No comía nada con grasas saturadas. En general, no comía nada. Era un asco, sinceramente.
Esa mujer ya ha desaparecido. La maté cuando descubrí que me hacía mucho más desgraciada, pero ahora me encuentro vacía. ¿Quieres ser tú la nueva mujer en mi interior? Solo tienes que dejar que te guise. No te dolerá mucho.





Restaurantes de Shanghai

18 10 2008

Debía esta entrada desde hace tiempo. Un fin de semana ocioso me ha permitido redactarlo.

He descubierto cuál es la razón última por la que quiero ser escritor y mínimamente famoso: necesito que alguna editorial me encargue la sección de gastronomía de una guía turística y así poder probar todos los restaurantes de la zona, cobrando. Shanghai es un lugar perfecto para empezar, señor editor.

Tras unos primeros días de tanteo y estudio de las guías (para las que todos los restaurantes son estupendos y maravillosos, por supuesto), mi querida rubia y servidor terminamos nuestra estancia veraniega en Shanghai de homenaje en homenaje, y es que la comida en aquella ciudad es barata e incluso los locales de copetín resultan aceptables para el bolsillo occidental, al menos por el momento. Por lo tanto uno puede obtener una experiencia de refinamiento asiático, que en algunos casos pude acercarse a ser una copia de exquisitez tokiota, a unos precios asequibles. Un caso paradigmático sería el exclusivo bar con vistas Cloud 9 que se encuentra en el piso 87 de la torre Jin Mao dentro de las instalaciones del Gran Hyatt (¿El hotel con más acabados dorados del mundo?), una maravilla de ubicación y diseño en el que hicimos merienda cena rodeados de una mezcla de asiáticos con posibles y guiris en pantalón corto, todo por el precio de una tasca turística en Barcelona.

A continuación, unas pequeñas reseñas de aquello que visitamos y más nos gustó:

BALI LAGUNA

Dentro del parque junto al templo de Jing’An (de hecho muy cerca del hotel donde nos hospedábamos) se encuentra este edificio de estilo indonesio, con su propio laguito, muy mono él, y un estilo balinés romántico y refinado, muy logrado. Extremadamente agradable. La cocina indonesia no es proclive en florituras, pero cumple con creces cualquier necesidad de exotismo. Os recomiendo que le echéis un vistazo a su página.

GU YI

En mi dedicación a probar cuantas más variantes de la cocina china, nos decantamos por uno de los restaurantes especializados en gastronomía de Hunan situados en el cruce de Julu Lu y Fumin Lu. Pese a que somos amantes del picante y además ya íbamos prevenidos por la guía sobre lo candente de algunos platos, lo cierto es que hubo momentos de verdadero sufrimiento, volcán en mi boca, con cierto cerdo macerado y ahumado que recomendaba la mencionada guía. A ese gorrino lo habían alimentado con chile desde pequeño, al muy cabrón, y después de la matanza lo habían tenido cuatro años colgado en alguna sótano de alguna cabaña del Sitzuan profundo. En cualquier caso, muy disfrutable. Estaba de bote en bote y tuvimos que esperar (masocas).

WHAMPOA CLUB

El penúltimo día, para celebrar mi cumpleaños, reservamos mesa en uno de los restaurantes englobados en el exclusivismo (al menos así es como se intenta vender) 3 on the bund. Desafortunadamente escogí(mos) el que representaba a la comida local de entre todos ellos. Es muy probable que sea una falta de capacidad de apreciación por nuestra parte de lo que es el refinamiento dentro de lo tradicional (yo mismo tiendo a buscar demasiada fusión algunas veces), pero sufrimos una cierta decepción. Un local magnífico, por otra parte, con vistas al río y a Pudong pero cuyos platos no me sorprendieron demasiado. Uno no se explica tanto pollo en un menú de semejante precio (a sesenta euros por cabeza, y hablamos de Shanghai).

KATLEEN’S 5

En el quinto piso del mueso de arte de la ciudad, dentro de la plaza del pueblo, se encuentra este restaurante de comida occidental que nos sirvió para escapar del achicharrante calor del mediodía en nuestras excursiones. Sin ser nada del otro mundo resultaba de lo más agradable, con un servicio la mar de majo y una comida fresca y bien preparada.

SHINTORI NULL II

Aquella noche estaba reservada para el People 7, uno de los restaurantes supuestamente de moda, de ambiente industrial chic (y es que soy un moderno9 y cocina vanguardista y entrada con truco de la ciudad. De hecho, la única señal para localizarlo en Julu Lu es un reflejo con su nombre sobre el suelo de hormigón de portal, ya que no hay otro indicativo. Pero estaba lleno. Así que acudimos a nuestra segunda opción, un japonés llamado Shintori Null II, de tintes parecidos. La entrada está aún menos indicada y solo se ve un camino de bambúes que lleva a una pared negra que al acercarse se desplaza dejando a la vista la entrada al local. Espectacular, con dos pisos y los cocineros encerrados en una pecera de cristal con ascensor. Cenamos en un medio-reservado sin ornamento alguno, paredes de hormigón desnudas, una delicada selección (lo siento, ya no sabía como decirlo) japoneses como no habíamos probado en el propio Tokyo (probablemente por no haber saber elegido dónde). No tiene página web propia, pero os recomiendo echar un vistazo a las fotos de flickr que reflejan perfectamente la experiencia. Una maravilla.

Hubo por último otro restaurante sito en esa esquina de Julu lu con Fumin Lu al que entramos por error, y en el que cenamos también magníficamente (incluyendo bird’s nest –quién sabe si de verdad- y aleta de tiburón) pero del que somos incapaces de recordar el nombre o encontrar referencia alguna en internet. Un restaurante-fantasma.





Roslyn, Washington

14 10 2008

Mi hermano y yo hemos pasado unos días en Seattle, visitando a Diego, un amigo que lleva una temporadita trabajando allí. Un viaje genial, la verdad. Si en un primer momento la falta de señas de identificación relativas al grunge nos pudo decepcionar un tanto (era una de nuestras ilusiones, aunque bien es cierto que tampoco que tampoco sabíamos qué estábamos buscando concretamente), así como el tamaño aparentemente pequeño de la ciudad (y esto es muy relativo porque desgraciadamente uno, de manera un poco inconsciente, tiene siempre NY como medida de todas las cosas en USA, cuando suele ser justo al contrario), posteriormente debo decir que nos ha encantado, tanto la ciudad como sus alrededores. Solamente pudimos echar en falta el haber respirado un poco más del ambiente alternativo que la ciudad todavía mantiene, fomentado por la multiculturalidad, la constante circulación de personal joven y la excelente salud económica del lugar. Y no haber podido visitar la planta de Boeing en Everett (donde trabaja el que fue nuestro anfitrión, precisamente) por culpa de una huelga.

Sí, una huelga en USA. Deben ser las cosas de la crisis.

Los dos primeros días pasaron entre un fuerte jet-lag, paseos por el Pike Market y el downtown, visitas al museo de arte para guarecernos de la lluvia, más intensa que de costumbre por aquellos lares, yonquis que hablan solos y caminan raro y cafés del Starbucks (cuando no hay más…). Después ya alquilaríamos un coche horrendo, saldría el sol y visitaríamos todos lo que fue humanamente posible de los alrededores, incluido Vancuver.

Con todo, de entre las excursiones a increíbles parques naturales (Isla de Orcas, Mount Rainier…) o ciudades con encanto (aunque Vancuver nos pareció más un Benidorm del norte que otra cosa), personalmente me quedo con nuestra visita a Roslyn, pueblo en el que se rodaron todas las temporadas de Doctor en Alaska. Lo curioso del asunto es que, a diferencia de Snoqualmie, donde se localizó la imprescindible Twin Peaks, el lugar no viene apenas referenciado en las guías. Evidentemente no tiene unas cataratas como el anterior, o un entorno natural diferente a los maravillosos bosques de abetos que cubren casi todo el territorio (y que cuando oscurece y cae alguna nube dan un poco de miedo por culpa del hijo puta de David Lynch), e además puede que muchas de las villas de la zona sean estéticamente muy parecidas, con esas casas de diferentes estilos absolutamente desperdigadas a los lados de la carretera, pero la vista de esa calle principal que tantas veces aparece en la serie me tiene ganado de antemano. Situarse en medio de una ficción no tiene precio para los mortales. En el mundo en el que vivimos me siento muchas veces más impresionado por encontrarme dentro del escenario de una película que idolatro que ante una estampa natural acojonante (quien dice estampa dice cualquier otro tipo de experiencia turística) aún siendo consciente de lo artificial de todo ello.

Incluso dejando de lado el asunto mitómano, Roslyn merece la pena por lo pintoresco y por la cerveza destilada en sus propias microbreweries, una costumbre agradablemente extendida por todo el estado.Que puede que resulte pintoresco o atrayente por su estructura de pueblo americano del oeste que muchos tenemos ya grabada en el fondo de nuestros cerebros, o que incluso muchas de las otras cosas que más hayamos apreciado del propio viaje se deban a eso, a la mitomanía salvaje de unos adictos al cine y a la televisión como los que hasta allí fueron, cierto, pero creo que es disfrutable para cualquiera.

Quizás lo que más lamento, visto en perspectiva, es no haber podido presenciar a alguna americana pasada de vueltas practicando el baile de la escuadra con Diego.

P.S: Ya hay fotos de todo ésto en el Picasa





2 microrrelatos lamentables

7 10 2008

Pero es un comienzo. No me sentía ni con ganas ni con tiempo (los redacté en el trabajo, en nada de tiempo cada uno y, sobre todo, con la mirada de mi(s) jefe(s) rondando cerca debido a la nueva disposición de la oficina que deja mi pantalla a merced de su vista lo que, aunque no supone de por sí que vayan a pensar nada negativo sobre mis actividades si me ven escribiendo algo indefinido en word e incluso en el caso de que observaran actividades más procrastinadoras no creo que llegasen a considerarlo ninguna clase de indignidad laboral (1), sí supone una cierta carga adicional al proceso creador. De ahí los resultados.

Por otra parte llevo, y creo que durante una temporada seguirá de la misma manera, una temporada un tanto ajetreada en cuanto a trabajo / viajes (sin ir más lejos, mañana y pasado acudo a una reunión en las cercanías de Roma en apoyo moral de un compañero y para poder observar el montaje de un generador in situ) que no me permite dar mucha vida, al menos no tanta como desearía, a este blog, a lo que habrá que añadir las clases extraescolares a partir de hoy. El indicador más fiel de todo ésto es que tengo más de mil entradas pendientes in el Google Reader.

Toca ponerse a currar. Ahí van mis flojísimos microrrelatos de esta semana (para el que no sea habitual del blog, no suelo ser negativo respecto a mis relatos, de hecho podría considerarse todo lo contrario) y el personaje principal que parí en el tercer ejercicio del taller de novela.

“Conflictos de pareja”

Algún día se enterarían de quién era el que movía el espejito.
El primero en regresar del trabajo de los dos siempre se encontraba con que el magnífico regalo de boda de los tíos-abuelos de ella no les devolvía su reflejo. Achacaron el extraño volteo a algún tipo de intruso trastornado: Instalaron alarmas de todo tipo, dejaron harina esparcida por el suelo, atornillaron las cuatro esquinas del rimbombante marco dorado a la pared, pero, indefectiblemente, el espejo acababa dado la vuelta sin ninguna huella delatora. Nunca se paraban a escuchar, tras salir de casa por las mañanas, cómo la malvada puerta insultaba al pobre y sensible espejito.

“El del D era mudo”

Algún día se enterarían de quién era el que movía el espejito. Nunca se habían cruzado con el vecino del C. Todas las noches, el temblor de la pared, siempre acompañado por gemidos, provocaba que el souvenir preferido (recuerdo de Marrakech) de la pareja del B terminara escorado, lo que les sacaba de quicio, especialmente a él, que acababa golpeando el tabique pidiendo un poco de decencia (y escorando aún más el espejito).
Antonio, intentaba acabar su novela encerrado día y noche y sufría habitualmente ataques de histeria, echo un ovillo, agitándose y gimiendo sobre su cama por culpa del volumen de la música del cafre del D.

PERSONAJE 1

Al pasar la tarjeta de identificación la pantalla se enciende la pequeña pantalla verde y aparece su nombre y la hora de entrada. En el vestuario sus compañeros se cambian comentando el partido de baloncesto del día anterior y se pasan el fijador de pelo. Él sonríe cuando le preguntan algo, pero no sabe muy bien qué responder la mayoría de las veces. Con el mono azul sobre sus tatuajes, los cascos cubriendo completamente sus orejas y el volumen de la música tapando, o acoplándose, o acompañando el golpeteo de las máquinas, entra en la planta y se coloca frente a sus utillajes.

Son las siete en punto de la mañana.

Durante las dos horas y media siguientes, Jordán manipula las bobinas que van llegando en cajas de madera desde el portón de entrada. Teje el cobre, y mientras lo hace intenta encontrar un número de entre los de los códigos de barras de doce cifras del material entrante que sea primo. Lo que sea con el fin de mantener la cabeza ocupada. Antes reproducía mentalmente partidas de ajedrez famosas intentando localizar algún error, pero lo dejó cuando se dio cuenta de que no lograría llegar a ser nadie relevante en el mundo de los peones y las torres. Hacía unos dos años de aquello, y de golpe también había descubierto que tanto valía el ajedrez como el fútbol como el macramé, y que no sería capaz de destacar en nada. Así que lo había asumido y simplemente intentaba pasar el rato.

Es la hora del café.

Todos los hombres vestidos de azul se agolpan en posturas cansadas alrededor de la máquina expendedora. Otros se repantigan sobre el murete que da al río unos metros más lejos, tras la puerta, fumando sus cigarrillos. Comentan algo sobre la nueva chica de contabilidad. Se rien. A Jordán le parece ridículo y soez, pero practica su mejor sonrisa de compromiso, que no engaña a nadie. Alguna vez en el pasado trató incluirse en las conversaciones, pero casi siempre terminaban en violentos e interminables silencios. Intentó aprender a fumar como los demás, a comprender las alineaciones de los equipos de la región (pero el simple hecho de decir “los equipos de la región” ya invalidaba cualquier esfuerzo), a observar a las mujeres como puros objetos (y para ello no le sirvió tratar de encontrar las funciones trigonométricas más ajustadas a sus curvas) o a poner a parir al jefe, pero nunca logró que resultara creíble para nadie. Ahora simplemente intentaba pasar el rato, resignado. Tras el café, pensando en su mal aliento, vuelve a trenzar bobinas sin pensar demasiado en su dolor de riñones o en las implicaciones filosóficas de los bosones.

Y así llegaba la hora del almuerzo.

Solo odiaba una cosa, y era escuchar al resto del mundo masticar. Así que ya no finge y se aleja lo máximo posible para tragar su bocadillo de chorizo. Al terminar se toma otro café con sus compañeros, que reproducen sus posturas de tres horas antes delante de la máquina como si ésta fuera un fotomatón en lugar de una expendedora de brebajes demoníacos (y laxantes), en silencio. Ya nadie suele dirigirse a él salvo para preguntarle por alguna cuestión de trabajo o para calcular el porcentaje de su sueldo que se lleva la seguridad social ese año. Al acabar ya solamente le espera más cobre, no pensar demasiado en su aliento a café y a chorizo y seguir con algún juego formal de conjuntos mentales hasta que llega la hora de fichar, cuando todos vuelven a ser exactamente iguales ante la máquina de pantalla verde.

Conduce hasta casa. Hoy toca atasco. Normalmente pone su música a tope y le anima. Agita la cabeza y segrega endorfinas (conscientemente), pero hoy hay algo en la miríada luces rojas delante de él que no le permite levantar el ánimo. La música le hace llorar. Sale de su coche y atraviesa los tres carriles hasta el arcén, entre los automóviles parados que humean o transpiran o ambas cosas a la vez pero que inevitablemente pitan. Se para delante del bloque de hormigón con espalda fluorescente que cubre el radar de control de velocidad del kilómetro 37 de la autopista. Mira fijamente el objetivo cuadrado del aparato que los vigila y le pregunta:

- ¿Tú entiendes algo?

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1) Se nota demasiado que estoy leyendo lo último publicado por David Foster Wallace en castellano que me quedaba por leer y que, además me está pareciendo tan memorable que a veces me dan ganas de ponerme a aplaudir en el cercanías.