Enfermedades imaginarias. Capítulo 4

18 08 2005

una mano

El neurólogo es un hombre joven, con pelo negro ensortijado y, cómo no, bata blanca. Mira A Ander a través de sus gafas de montura metálica negra y sonríe. Pura condescendencia. Echa un vistazo a los resultados del TAC y a las imágenes de su cerebro. Eso es su cerebro, sus sesos, todas sus neuronas, axones y dendritas que fallan en alguna parte. Se imagina los impulsos eléctricos chocando contra un gurruño informe de carne, rebotando, explotando. De paso, siente como su tez se va volviendo blanca y una gota de sudor va recorriendo el largo y tortuoso, aunque habitual, recorrido entre su sobaco y la raja del culo.

– Estás como un toro
– Menos mal. ¿Entonces qué coño me pasa?
– No sé, será cosa de ansiedad. Lo que tienes que hacer es relajarte. Tómate tilas, haz Tai-chi…
– Puede ser por culpa de que aprieto demasiado los dientes?

Sus hombros se encojen bajo la bata blanca.

– ¡Quién sabe! En cualquier caso, si tienes algún problema, si no se te pasa, vuelve a pasar por aquí y te receto algún tranquilizante. Hasta luego

Ander sale eufórico a la calle. Son las nueve y media y tiene que disfrutar de sus 30 minutos de gloria, cuando el cielo encaja perfectamente con los aleros de los tejados, las siluetas de las copas de los castaños de indias de la avenida y el perfil de las palomas. A lo largo de su camino a casa cree que las farolas se van encendiendo a su paso. Los blancos, los negros, los chinos y todas las razas intermedias siguen entrando al Mac Donalds, vendiendo CD y DVDs. piratas, encasquetando propagandas de gimnasios, restaurantes Indios y curanderos Senegaleses, trapicheando, buscando una esquina para vomitar, corriendo detrás del autobús urbano, cargando con sus penas y cargando con sus mochilas. Y todos parecen bellos y se mueven al ritmo al que se encienden las farolas. Al llegar a casa ella le está esperando rellenando los libros de crucigramas que encontraron en la casa de su abuelo una vez lo enterraron.

Durante los siguientes días, los días siguientes, la inestabilidad continuó rondando por allí, pero ya tenía una evidencia palpable, científica, de que no era consecuencia de una enfermedad física y, aunque siempre le había parecido una actividad ridícula, decidió apuntarse a las clases de relajación que se impartían en el polideportivo del barrio, a las que también comenzó a asistir ella. Llegó a no sentir nada, a recuperar la vitalidad y el placer por el placer. Volvieron a hacer, durante una temporada, el amor como posesos, en el balcón de su casa (cerrado con ventanas de perfiles de aluminio, como el 80% de los del barrio), en el baño, en los baños de la piscina del polideportivo, en el trastero, en el ascensor a las 3 de la mañana, subiendo y bajando del piso 1 al 13 y del 13 al uno un número de veces que no pudieron recordar pero que Ezequiel pudo contar ya que el dolor de la fractura del tercer metacarpiano que una llave inglesa le había provocado no le dejaba dormir.

Estando acostados, ella le contó que habían encontrado millones de hojas escritas en casa del difunto Isaías, además de un buen número de novelas baratas de western y hazañas bélicas, recortes de catálogos de lencería y un millón de antiguas pesetas en el cajón de los calzoncillos. Y los libros de crucigramas. Eran tantos que después de los años todavía no había completado todos y seguían almacenados en el trastero. En los folios arrugados, escritos a lápiz, contaba toda su vida. Su desdichado matrimonio con Leonor, a la que había conocido la tarde en la que decidió dejar el solitario desagradecido oficio del pastoreo. Sus experiencias en la guerra, durante la que mató a un solo hombre, y lo disfrutó. Su trabajo como albañil y sus sueños. Soñaba con ahogarse, con caerse por unas escaleras y con la cara de una mujer que no conocía y que nunca pudo reconocer. Contaba cómo había asesinado a Leonor 5 años antes de morir él de un infarto y cómo logró que todo el mundo creyese que se había fugado con otro por la insatisfacción, evidente para todos, de su matrimonio.

Al cabo de un tiempo volvieron los mareos, las elucubraciones mentales. Es ansiedad. Son imaginaciones. Es por culpa de la baja tensión. Es cera en las orejas. Es la presión atmosférica. Es una ligera alteración en el oído interno. Tras una interesante época laboral durante la cual más de la mitad de la plantilla de consultores junior fue despedida o huyó despavorida, desbandada que Ander debió compensar a base de horarios de trabajo superiores a los de la industria del calzado china, el odioso fantasma de la preocupación volvió a hacer acto de presencia. De ahí la apatía y de ahí a la investigación internaútica. De ahí a la sospecha y la posterior certeza de estar sufriendo un episodio de esclerosis múltiple. Porque “esclerosis múltiple síntomas” lleva a:

– Cansancio
– Visión doble o borrosa
– Problemas del habla
– Temblor en las manos
– Debilidad en los miembros
– Pérdida de fuerza o de sensibilidad en alguna parte del cuerpo
– Vértigo o falta de equilibrio
– Sensación de hormigueo o entumecimiento
– Problemas de control urinario
– Dificultad para andar o coordinar movimientos

Y Ander se siente inestable al Andar y le hormiguea la mejilla izquierda y tiene el pulso alterado y se nota débil. No puede ser. Y todo los días prueba su coordinación motora, la sensibilidad de su mejilla y la fuerza de sus brazos. Cuando va a mear se pregunta si no está yendo demasiadas veces a mear. Cuando se levanta de la cama somnoliento se asusta si su visión es mínimamente borrosa y cree estar ante un brote de neuritis óptica. Lee y lee, sobre el nistagmus, la espasticidad y la sensación de fuego en las plantas de los pies. Sobre la incidencia en función de la edad y la raza y la prevalencia. Sobre la evolución de la enfermedad según los tipos y sobre las pruebas diagnósticas necesarias.

la otra manoDecide que lo que tiene que hacerse, a toda costa, es una resonancia magnética, y no un TAC de mierda, para descartar su EM progresiva secundaria.

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4 responses

18 08 2005
Thanatos

La hipocondría es una de las manías más crueles, en casos agudos, que puedo imaginar. Eso de vivir siempre con miedo de lo que es uno, pero realmente se comporta como ajeno, es decir el propio cuerpo, puede dejar en un estado de grave inseguridad.

18 08 2005
Blackstar

Ser hiponcondríaco es una enorme enorme putada, y lo malo es que hay gente que cree que lo hacemos a propósito. Nada de eso. Es como el que es impuntual y se pega toda la vida con la treta de llevar 5 minutos adelantado el reloj, que no sirve para nada.

Esperaremos la suerte del pobre Ander en un capítulo 5

18 08 2005
Troutman

Ju, ju, suerte. Espero finalizarlo en un par de capítulos, porque podría añadirle unas cuantas neuras cancerofóbicas más en plan

Cancer de Pulmón
Cancer de las glándulas salibales
Cancer de colon

Le tengo reservado un bonito final.

19 08 2005
Nuala

¡Ostras!

Yo me he adelantado cinco minutos el reloj y, de momento, funciona. Hasta que, cuando mire la hora, sea consciente de esos cinco minutos de adelanto y deje de dar resultado.

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