Caucho

31 10 2005

Le gustaba maquillarse y le gustaba ir de compras y, sobre todo, nunca tuvo una infancia al uso. Tuvo que pasar de la niñez a la adolescencia de un solo paso (o salto). Sus amigas nunca quisieron estudiar y ella tampoco. Todas esas amigas eran mayores que ella, porque la inmensa mayoría de sus compañeras de clase de primaria que compartían las frías y húmedas aulas de la Escuela de Nuestra Señora de Alimar habían muerto durante una excursión a las cascadas de Andaven. El autobús en el que viajaban (os recogemos a las 8 de la mañana delante del colegio, sed puntuales chicas) se precipitó por los acantilados próximos a la carretera, unas 3 curvas antes de llegar al parking para visitas del parque natural, y nunca nadie supo muy bien por qué. Sin embargo, Nicola siempre supo que fue el destino, un designio de una divinidad, su divinidad, para romper el mundo y dar un paso adelante. Lo supo el día, ya superada la adolescencia, en que la casa de campo de sus padres ardió (sin que nunca nadie supiera muy bien por qué) con la colección de libros de setas, las reproducciones de Van Gogh, los geranios y 4 azaleas y sus abuelos dentro. Romper amarras y salir despedida. Se fue a vivir a otra ciudad con su hermana. Nicola no iba en aquel fatídico autobús porque, simplemente, estaba pasando el sarampión. Por todo ello creció alrededor, estando presente pero no estando, riendo pero no sonriendo, andando pero no corriendo, de su hermana y sus amigas. Todas mayores que ella. Creció entre muñecos gigantes de elefante de peluche rosas y cojines de corazones rosas dentro de corazones rosas, entre telenovelas floridas y grupos de música prefabricados para decorar la parte traseras de las puertas de las habitaciones, entre centros comerciales y golpecitos de piedras en la ventana de su hermana, hasta el día en que finalizó el instituto y decidió que debía volver a cambiar su rumbo.

Aunque no lo decidió ella, sino Unger, su destino, su destino, su empujón al vacío, su deidad desconocida (de ahí que ella misma lo hubiera bautizado), que hizo desaparecer a su hermana bajo 13 toneladas de hormigón armado al pasar bajo una grúa pluma de las obras de ampliación del remozado mega-centro comercial “Los cauchos”, un día de vientos racheados con picos de 140 km/h).

Así que Unger le dijo, muévete.

Camarera del restaurante Andere, comida tradicional. 14 euros el menú del día con especialidad en pescados a la plancha con ajo muy churruscado y exceso de aceite de oliva virgen extra. Muy buen aceite, pero excesivo. Camarera en otra ciudad.

Vivía en un pequeño apartamento de un edificio grisáceo aislado dentro de un polígono industrial, atrapado y encajonado entre una fábrica de neumáticos para camiones y maquinaria de construcción y una delegación de cierta empresa de paquetería, famosa por los retrasos habituales en sus entregas.

Durante toda su vida, su vida recorrida a trompicones y golpes de timón, había salido con 5 hombres, pese a que 3 de ellos no podían ser considerados como tales, técnicamente hablando, de los cuales había besado a los 5. Es decir, a todos.

Se había acostado con 3 (luego con uno que no era técnicamente un hombre, pero lo aparentaba), lo que es irrelevante para esta historia.

Un día, un buen día, decidió llamar a uno de ellos. Sentada los 4 medios neumáticos 395/85 R 20 TL que hacían las veces de sillón en el cuarto de estar-cocina-habitación de su minúsculo apartamento pintado de negro y rosa, hojeaba uno de sus numerosos libros sobre arte gótico, uno en concreto que hacía muchos años que no abría y en el que solía esconder la cabeza mientras las amigas de su hermana se pintaban las uñas (de rosa). Un libro sobre la Catedral Gótica de Saint Pierre, en Beauvais, en el que encontró en un papel con el número de teléfono de aquel idiota que dejó de llamar sin previo aviso, lo que hizo odiarle con todas sus fuerzas y quemarle sus zapatillas de cuadros marrones de andar por casa que guardaban bajo el aparador de la televisión, y arrojar por la ventana el libro de Mailer que él le había regalado – y que, dicho sea de paso, tampoco le gustaba – con aquella dedicatoria tan cursi, y enviar por paquetería express sus discos más preciados (incluyendo vinilos, lo cual subió considerablemente el importe) a la embajada Coreana en Ulan-Bator, con dirección de remite en Indonesia. Pero le llamó, porque después de todo todavía, aunque sea, le caía bien, para darse cuenta de que había sido injusta al guardarle rencor.

Unger lo había apartado de su camino, mientras se dirigía hacia el nimio apartamento de ella (con estanterías llenas de libros de arquitectura y piedras), con un certero golpe en la base del cráneo propinado por una tapa de alcantarilla que salió despedida al pasar por encima una camioneta de paquetería express. Pero nunca nadie tuviera calro muy bien por qué. Por qué voló la tapa de alcantarilla.
Comenzó a pensar que quizás, solo quizás, el determinismo que guiaba su vida podía tener un sentido diferente al de mostrar el camino y dar tumbos al primer traspiés del timón. Más aun cuando llamó al novio anterior en la lista de novios para descubrir que una máquina apisonadora sin conductor (aparentemente) lo había reducido a un espesor de 2 mm., mientras trabajaba en el asfaltado de la carretera A-380 entre Suplimar y Barreto Bajo. Por supuesto, y tampoco hace falta incidir mucho en la cuestión, nadie supo nunca muy bien por qué. Por que avanzaba la cabrona de la máquina sin conductor.
Ahora ella tampoco.

El 3, sepultado por una avalancha de latas de Sprite en el almacén de su tío.

El 2, arrastrado por un remolcador en el momento de cruzar la entrada del puerto de Clover durante su periplo nadador diario (y tan poco recomendable) de kilómetro y medio.

El 1, el pobre, que siempre tuvo tan mala suerte, era bizco y siempre tuvo la cara agujereada (y que le hizo arrastrar toda su vida el nombre de El Paellas) y con el que salió apenas 2 veces siendo un cría…seguía vivo. No le había caído nunca un contenedor de yunques encima, ni atacado una bandada de cuervos hambrientos o una plaga de langostas paranoicas. No, seguía vivo.

Como sus padres
No supo muy bien por qué.

Uno de los clientes asiduos al Andere, un hombre joven, siempre impecablemente vestido pero despeinado y con barba de varios días y que, dicho se de paso, volvía loca a Nicola, la volvía loca loca, la invitó a salir un día en el que se cruzaron en el estrecho pasillo del comedor al baño. Se lo espetó directamente y ella, sin pensar en las mortales consecuencias y con una bandeja de cogote de merluza a la plancha rezumando aceite de oliva virgen, extra, que había rebosado los bordes y le recorría el brazo desde la mano hasta el codo de donde, de vez en cuando, caía una gota, aceptó ir al cine esa misma noche.

Resultó ser maravilloso.

Al quinto día, Sábado cercano a las fiestas de la ciudad, paseaban por la feria entre nubes de algodón, gitanos timadores llenos de grasa (que no aceite de oliva) y arcos pirata que hacían de metrónomos. Nicola recordó súbitamente todos los muertos, todas las flores del 1 de Noviembre, todos los choques brutales, golpes y traumatismos múltiples y fatales. Se desmayó en un ataque de angustia.

– Nicola, ¿estás bien? – vio su cara entre tinieblas – te has puesto blanca y te has caído como un saco de patatas
– Me has sujetado – recuperando el calor, el color y equilibrio
– Nos ha jodido, no querrás que te deje partirte la cabeza cuando todavía casi ni te conozco
– Qué poco romántico – le sonrió

El respondió con la sonrisa que tan bien tenía estudiada y que producía esa transformación en las mujeres que pasan de estado sólido a líquido (el gaseoso, para más tarde, necesitaba algo más que sus filas de dientes). Ella se derritió y le besó en la boca. Un avispado fotógrafo de polaroid oportunista, primo del barraquero que gritaba por el micrófono de la tortilla espacial, les tomó la instantánea y les quiso vender la foto por 2 euros. Como estaban tontos, se la compraron. Como no eran tontos del todo, le pagaron 1 euro.

Nicola llegó a su casa y encendió la luz de la entrada-cuarto de planchar-tocador-despensa-pasillo. Vio que ya tenía el corcho (pintado de negro sobre la pared rosa) junto al espejo demasiado lleno de fotografías y recortes de periódico y decidió retirar algunas. Se detuvo durante un rato a buscar un mínimo hueco entre las cajas de guardar papeles que apilaba bajo la cama o en precario equilibrio entre el armario ropero y la nevera. Encontró, llena de polvo, la caja que había traído desde la casa de campo de sus padres (antes de convertirse en cenizas y esparcir al primer soplo de viento por la montaña los restos de sus abuelos, cumpliendo, curiosamente, sus últimos designios). Fascinada, la encontró a rebosar de pequeños y a veces amarillentos recuerdos con forma rectangular y la familia y los amigos de la infancia barajados, mezclados y superpuestos, dentro. Repasa y repasa fotos con una sonrisa en los labios.

En un momento de lucidez (o bien Unger le golpea la mollera con sus divinas manos) relaciona 3 de las fotos con su vida.

Una en su décimo cumpleaños, besando a su madre.

Otra (dos) al regreso del campamento de verano en Cabo Tamocho, con 3 garrapatas en un brazo, que no se ven en la foto, dedicándole un beso a su padre.

Una más, una tercera, posando sus labios tímidamente en una cara llena de agujeros, en el único solar plano que se encontraba, en la mejilla de un 1 con gafas y pinta de tener diarrea crónica. El pobre.

Todas en la misma caja.

Revisó una por una el resto de imágenes y no encontró ninguna más en la que traspasará su cariño a través de sus labios a nadie. Su cariño y la perdición, el destino y la maldición. Comprendió y sonrió y sonrió y sonrió. Hizo un pequeño huevo y metió la polaroid de un euro. Antes de cerrar la caja la volvió a sacar y le dio un beso y la volvió a introducir. Cerró la caja y metió las fotos que había sacrificado para hacer hueco en un paquete de paquetería express abierto y remendado con cinta aislante que era su caja de cajón de sastre. Lo encajonó entre el grupo de libros sobre Gótico Flamígero y el libro de Lofts de Diseño que utilizaba para soñar cuando estaba deprimida.

Con un rotulador indeleble y letras de camarera, escribió

CAJA de los BESOS

No se dio cuenta de que, entre las instantáneas del sucio paquete abierto (de paquetería express), se encontraba aquella en que, durante una excursión al monte de Osca, aparecía Nicola en segundo plano, tras su padre haciendo el payaso junto a un arbusto con forma de pene, besando un alcornoque.

Un rayo atravesó y partió por la mitad el alcornoque esa noche, pero a nadie le importó una mierda.

NOTA: Este relato forma parte de ciertos ejercicios del taller de escritura, en concreto del que me mandó (y yo pedí) para pasar el rato en Venezuela. Las premisas del taller, y eso que llevo asistidas a 2 de las 5 clases que se han dado, me resultan de lo más entretenida. Sobre todo, den pie a miles de historias, a dejar volar la imaginación, a obligarte a escribir y desarrolar temas que nunca tratarías.

Aunque ya digo que solo llevo 2 clases

El ejercicio era el Binomio Fantástico, y las dos palabras que debían sugerir el relato
CAJA/BESO

Era evidente

Otro día comento más, me espera un taxi

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5 responses

31 10 2005
Erika

Bueno, bueno,Mr. Troutman. He visto en el blog de Blackstar que te has puesto algo celoso, porque dices que ningún lector nuevo dice nada en tu blog. ¡No me has dejado tiempo! De hecho aún me queda muuucho que leer aquí, ya que solo he podido leer los relatos y este último “Caucho”.

Te comento. Qué pena lo de Ander, pero no sé por qué cada vez que iba leyendo los capítulos (que me los he leído seguiditos y por orden) pensaba que iban los tiros por ahí y que acabaría de esa forma cruel(pero muy bien llevados esos tiros, hay que reconocerlo).

EL relato de Caucho te ha quedado de lo más, cómo decirlo,…divertido, con un toque agridulce, eso sí, pero no he podido para de reirme en algunos párrafos (y eso que en algunas partes me sentía identificada y todo).

Pues ya nos contarás lo de las clases de tu taller, porque están dando buen fruto. Yo seguiré por aquí leyéndoos a Blackstar y a ti, porque he descubierto un par de sitios geniales, y gente con mucho ingenio y una escritura impecable. Enhorabuena a los dos.

Tenedme informada eh? Que me he enganchado a vuestros relatos.

Besos:

ERIKA

1 11 2005
Blackstar

Qué predilección por matar y fastidiar a tus personajes!!

Pues si tenías que utilizar esas dos palabras la verdad es que ha quedado una historia original y además, muy tuya. Me gusta especialmente la segunda parte, cuando conoce al cliente del Andere que la vuelve loca loca y la referencia a las mujeres que pasan del estado sólido al líquido y más tarde al gaseoso.

¿en Venezuela se festeja el día de los muertos?

1 11 2005
Troutman

Erika, muchas gracias por la visita. Desde luego que hace ilusión. Yo es que soy envidoso e impaciente. Soy así de crio

Que conste que tampoco he fastidiado tanto a Nicola en este caso. Unos cuantos muertos y ya está. La tragedia de la vida. Ya tengo otro preparado con otro de los binomios…y ahora que me doy cuenta tambien hay muertos.

Hay cosas que no me convencen demasiado de este relato, tengo la impresión de haberlo sobrecargado un poco y de no haber desarrollado un poco más al cliente del Andere. Algún rasgo de cómo se comporta en el restaurante. Mejor no darle muchas vueltas.

Gracias a las dos!

1 11 2005
Nuala

Muy interesantes los experimentos del taller, me recuerdan a los juegos con las palabras que ya expliqué que hacía para poner en marcha un relato de la nada.

¿Es deliberado el uso de tanta subordinada? A veces me gusta más y me parece que es más tu estilo cuando usas frases más cortas…

Muy bueno lo de la caja de los besos. El tema Binomio fantástico (con dos palabras al azar) voy a explotarlo yo también, con tu permiso. Es un género que adoro.

2 11 2005
Riddle

Vaya, parece un método de escritura útil, al menos para intentar encontrar ideas.

Me ha gustado mucho el relato. Muy ácido y muy tierno a la vez.

Enhorabuena y saludos!

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