Qué ocurre si no das 7 vueltas al canchal de Ramón Carval

11 11 2005

Cerca de una estación de esquí, pero lo suficientemente lejos para que no exista influencia, sigue habiendo árboles; un tupido bosque de abetos y pinos, pinos negros solitarios cerca del cielo, cerca de las rocas que marcan el final de la tierra. Entre medio, pastizales. Nada más que hierba de diferentes longitudes y colores que cambia a lo largo de las estaciones, color y tamaño, aparece y desaparece, hasta la culminación de los días. Al menos si cumples las reglas.

Las rocas también cambian, pero no todo el mundo es capaz de verlo. El risco de Amaven tiene forma de jefe indio en postura meditativa, pero hace 3 años perdió la parte superior de una de sus plumas. Pedro dice que la culpa fue de un maldito sarrio loco que nunca supo muy bien por dónde saltaba y se acabó despeñando, llevándose consigo los ornamentos del indio de piedra.

En el collado que lleva a la Fuente de los Soldados ha aparecido un cubo esculpido en caliza. Yo creo que calló desde la ladera cercana, después de las lluvias de hace 2 semanas que inutilizaron las pistas y se llevaron a Teque, el pastor alemán sin orejas de la casa. Pedro dice, sin embargo, que la causa fue que él dio 3 vueltas en lugar de 4 al abeto solitario de Punta Roma, porque su memoria ya no está tan bien como antes.

En verano, y ahora es agosto, el calor llega a ser sofocante, y todos los insectos cantan y cantan hasta que ya no llegas a distinguir los engranajes de tus pensamientos de sus chillidos. Hoy me duele la cabeza, como un pequeño martillo de golpear rótulas cincelando, poco a poco, la parte posterior de las cuencas de mis ojos. Intento evitar el sol del mediodía ocultándome tumbado entre la rala y amarillenta hierba, mientras los grillos continúan con su jerga. Cri, cri, cri. Desde allí, entre las olas de las plantas espigadas que tocan mi cara a intervalos marcados por el viento, veo la cumbre de la montaña a cuyos pies vive Pedro. Siempre me viene a la mente la palabra majestuosa; también amenazante; también protectora. Ver aparecer su forma de buque tallado por los glaciares, entre la hierba mecida por el viento, y desaparecer. Aparece y desaparece. Veo las cuevas cercanas a la cúspide. Y desaparecen. Veo la protuberancia junto a, y encima de, las cuevas, que forman la cara de Dios hecho monte. Y Dios desaparece. Pedro dice que esos ojos, esas cuevas, aparecieron el día que dio 213 pasos en lugar de 214 al cruzar entre el canchal de Ramón Carval y el paso del Mal paso. Pero sí dio 7 vueltas sobre sí mismo

Ya se va pasando el dolor de cabeza, pero los grillos y los saltamontes no parecen darse cuenta. Bajo hasta el refugio de mi abuelo, donde sigue viviendo pese a que ya no tiene trabajo que hacer, ni familia que alimentar, ni ganado que cuidar. Solo le queda la montaña, y las visitas de su nieto para llevarle cacina y tocino reseco, algo de pan, desde el pueblo. Delante de la puerta de listones de madera de haya, llamo, al son de los cánticos.
Cri, pum, cri
Cri, pum, cri
Cri, pum, cri

– ¿Abuelo, estás ahí? Grito. Nunca sé si es duro de oído o simplemente se hace de rogar. Abre la puerta
– Hola hijo, ¿por donde has venido? – su obsesión
– Por el sendero viejo, abuelo – le digo, y es verdad
– ¿Has cumplido las reglas? – Su obsesión
– Por supuesto
– A ver, repítemelas, soy un viejo chocho y seguro que ya se me han olvidado – finge
– A ver. Al cruzar el puente sobre el Heva dar 2 vueltas al tocón del pino de la derecha. Gritar ABSOLÓN! antes de llegar a la Fuente Vieja y tocar su caño con la mano izquierda. Beber 3 sorbos haciendo un cuenco con la derecha. Subir de espaldas la cuesta que lleva hasta los pastos de Cambolla Alto. Creo que no me dejo nada – y lo grave es que he cumplido todo.
– Muy bien, espero que, por nuestro bien, hayas seguido las reglas – su obsesión – tal como dices. Ya conoces que las son consecuencias terribles si un Chamorro se olvida de cumplirlas.
– Lo sé

Hay muchas más. Muchas, por cada sendero que lleva desde Villanueva, o Algetiro, o Rebollar, en el otro valle, hasta la cima de la montaña. Muchas por cada recoveco, curva de la senda, chimenea, árbol, arbusto, torrente o pedregal con nombre. Muchas reglas. El cree que si alguien de la familia se olvida de cualquiera de las múltiples consignas para circular por esta montaña, las consecuencias serán fatales para la montaña y la familia. Mi padre se mató bajando, un día de inesperadas tormentas, desde lo alto, asesinado por un rayo en el descampado. Fue un rayo, pero Pedro dice que fue culpa suya por no llevar un bastón de Cedro por el camino de Adalar. Nunca conocí a mi padre, ni a mi abuelo antes de morir mi padre. Dicen que era diferente. Ahora, Pedro sostiene que si algún Chamorro osa a subir hasta el pico desoyendo todas las reglas, el macizo se hundirá, dejando solo un inmenso hueco, el vacío, en su caída.

Paso dentro de la cabaña de piedra y tejado de pizarra, su refugio. Huele a encierro, a laurel y a seborrea capilar. Está oscuro pero me conozco de memoria la chimenea ennegrecida con las 2 cabezas de sarrios colgadas encima (vaya par de cabrones, dice mi abuelo siempre que los ve); el camastro; la vieja cocina de leña, en la otra habitación; el escritorio desvencijado con los libros de edición barata de aventuras en el oeste, en el pacífico, o en las profundidades de la India; la mesa maciza en el centro del pequeño dormitorio con sus ventanas diminutas y los candiles. Tiene luz eléctrica y un motor auxiliar de emergencia, pero no tira ni las velas. Siempre existe la posibilidad de que se le olvide llevar una brizna de hierba en el bolsillo derecho del pantalón al cruzar el arroyo de Buelgues y que el suelo se trague el tendido y el motor.

Al otro lado del ventanuco, la montaña está deformada por la suciedad.

– ¿Jugamos al chinchón? – me dice, sonriendo
– Por supuesto – además de tocino, es la otra razón por la que subo hasta aquí
– Tú repartes – como siempre

Algún pájaro canta, un poco, fuera. De paso, me gana unas 8 manos seguidas y juro que no me he dejado. Me imagino que practica con las ardillas. No le pregunto por el nombre del pájaro, porque probablemente lo haya olvidado.

La luz de la ventana del sur comienza a llegar a la tercera balda del armario donde guarda y expone las fotos de la boda con mi abuela, ojerosa u morena, siempre ceñuda, más alta que mi abuelo, y con ese aura que lo ganaba todo. Supongo que cuando Pedro sube hasta la cumbre, y lo sigue haciendo cada día, todos los días, cumpliendo cada una de las reglas, y se para unos minutos a mirar el valle, piensa en la inmensidad que era mi abuela. A veces espero que también la haya olvidado y únicamente maldiga la cantidad de apartamentos que han prosperado como champiñones en la mierda del valle, allá abajo.

Lo que no olvida son las reglas.

La luz ya llega al cuarto estante (el de las botellas de aguardiente y pacharán casero) y sé que es hora de regresar.
– Abuelo, me tengo que ir ya
– Muy bien. Acuérdate de las reglas, ¿eh?

Tardo media hora más en descender hasta el coche por culpa de las dichosas e inquebrantables reglas. No creo en ellas, pero creo en mi abuelo, y creo, sobre todo, que a veces es capaz de seguirme a hurtadillas para comprobar que no quebranto las leyes, sus leyes, de la montaña.

Los días se suceden y se acerca la temporada de esquí. Subo y bajo, bajo y subo entre las hojas que se desprenden y ramas que crujen, al olor de la humedad que comienza a adherirse a todo, al ritmo del viento del norte que corta. Desde el fondo, los peñascos de la montaña, del gran buque, van tornándose más pálidos, como la cara de una doncella de un cuento, hasta que comienzan a cubrirse de nieve.

El 22 de Diciembre, subo con la mochila llena de latas de sardinas, chorizo y bolsas de lentejas. Y una botella de Orujo. Subo por el sendero viejo, y al cruzar el puente sobre el Heva doy 2 vueltas al tocón del pino de la derecha. Grito ABSOLÓN! antes de llegar a la Fuente Vieja y toco su caño con la mano izquierda. Bebo 3 sorbos haciendo un cuenco con la derecha. Subo de espaldas la cuesta que lleva hasta los pastos de Cambolla Alto y en el medio de éstos, el refugio.

Llamo a la puerta y grito su nombre.

Subo con Pedro a cuestas hacia el risco de Amaven, atravieso los riachuelos y los bosques y salgo a las praderas. Voy trepando con su cuerpo por el barranco que lleva a la pequeña meseta de la cima. Resbalo y me agarro. Me arrastro y trepo. Me deslizo y me vuelvo a elevar por la nieve, con la cara aterida. Sin parar a pensar en nada, hasta que llego a la cima. Allí dejo su cuerpo.

Bajo por el mismo camino. No bajo a la pata coja el canchal de Ramón Carval (ni doy 7 vueltas sobre mi mismo), ni cuento los pasos al cruzar hasta el paso del Mal Paso. No desciendo en zig-zag el desfiladero de Añín, y no toco 6 veces consecutivas cada una de las paredes de piedra que lo conforman. No doy 3 vueltas al abeto solitario de Punta Roma. Bajo la cuesta que lleva hasta los pastos de Cambolla Alto de frente y con la cabeza gacha. No grito ABSOLÓN! antes de llegar a la Fuente Vieja y ni me molesto en tocar su caño ni probar su agua metálica. Al cruzar el puente sobre el Heva no doy 2 vueltas al tocón del pino de la derecha. Y llego al coche.

No voy a mirar si la montaña sigue ahí, si sigue retando a las ventiscas y sirviendo de refugio a los cuervos con sus ojos y sirviendo de referente a los buitres con su frente. Si mañana sigue allí.

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2 responses

11 11 2005
Blackstar

La primera parte es muy plástica, me gusta eso poder ver la montaña con mis ojos y sentir el viento.

Tienes una extraña fijación, que también es mi caso, por los símbolos, el misticismo moderno, el azar. Me gusta.

Saludos!

11 11 2005
Troutman

Me alegro. El tema de las descripciones, de la situación me preocupa bastante. Prefiero las pinceladas a lo exhaustivo, pero uno nuca sabe con qué apuntes es suficiente, porque es algo bastante subjetivo.

Misticismo moderno, no sé si será por darle un toque de solemnidad. Lo de los símbolos sí que pude ser más deliberado.

Ésto también eran deberes, por supuesto. Binomio fantástico bastante diáfano otra vez. Regla/montaña

Tengo que aprender a no matar tanta gente en los relatos.

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