REMO

7 12 2005

Primer capítulo 1981-2005

En Enero de 2005, Remo descubrió 2 cosas que cambiaron su vida. Por un lado, tras 2 años de trabajo, sus jefes le contaron asombrados que los árboles de los parques que tenía asignados habían crecido 4 veces más que el resto de la flora de los jardines municipales. Por otro, tras un año y medio de ataques de ansiedad, visitas indiscriminadas a médicos y especialistas, dinero gastado en pruebas complementarias y resultados negativos en radiografías, TACs y resonancias magnéticas, había tenido que asumir que los dolores de cabeza que le asaltaban no se debían a un tumor cerebral terminal, sino a su hipocondría.

Remo nació el 17 de Junio de 1981, en un hospital de una pequeña ciudad industrial. Fue un parto sencillo, sin complicaciones, y pesó lo que debe pesar un niño normal. Lo único que lo podía diferenciar de los demás eran unos profundos ojos negros. Su madre, Azalea, fue la mujer más feliz del mundo por unos breves instantes, olvidando que hacía dos semanas desde que su marido había ido a comprar pipas y aun no había vuelto. Cuando tuvo a Remo en sus brazos encendió un cigarrillo.

El 1 de Noviembre de 1982, en el mismo hospital de la misma pequeña ciudad, nació, mediante cesárea, su hermana Eva. Ese día Azalea debería haber estado, con su hijo en brazos, delante de la tumba de su marido, que había regresado del viaje a por pipas 9 meses después del nacimiento de Remo, sin dar explicaciones, con el tiempo justo de dejar a su esposa preñada otra vez y morir de cirrosis hepática. Eva tenía los ojos verdes.

Remo creció en un apartamento del centro de la ciudad, cerca de la fábrica de pescado donde su madre trabajaba, limpiaba y destripaba. En la cadena de desmembramiento de productos marinos, Azalea deslizaba un cuchillo con destreza con su pelo largo y canoso embutido en una redecilla y un cigarro en los labios. Hasta que prohibieron fumar en la empresa. Un apartamento, una habitación, una cama y una cuna de metal, heredada de su madre, y otra medio desvencijada de madera, en la que dormía Eva. Un apartamento en el que siempre olía a pescado y a humo de cigarrillo.

Durante toda su infancia, peleó y peleó con Eva. Por le chupete, primero, por el sonajero de plástico, después, por el mando de la tele, el resto de la vida que compartieron. Remo le robaba el cuaderno de los deberes, lo untaba de sobrasada y lo lanzaba al patio interior del bloque de edificios. Eva, mientras su cuaderno volaba, abría el estuche de rotuladores nuevo de su hermano y lo llenaba de escupitajos y mocos. Acto seguido, él se dedicaba a estirarle el pelo y ella a intentar meter uno de sus largos dedos en alguno de los ojos de él.

Remo fue un estudiante mediocre en el colegio, con unas notas del montón y una habilidad deportiva justa para no destacar ni por habilidoso ni por patoso. Sus profesores solamente se fijaban en sus ojos. Esos enormes ojos negros que, únicamente de vez en cuando, se levantaban de su cuaderno para posarse en la pizarra. A la maestra Matía le parecían dos bloques de grafito. Una sensación acrecentada por la poca disposición para sonreír del niño. A Matía nunca le gustaron los ojos que no sonreían. Su hermana tampoco era precisamente un dechado de virtudes, pero al menos tenía una cierta predisposición por las manualidades y se pasaba el día con una sonrisa en la boca. Justo antes de entrar en la adolescencia, descubrió que le encantaba tocar el piano.

Tenía pocos amigos, con los que iba desde su casa al colegio y después de vuelta y poca cosa más. En el instituto, con los mismos amigos, Remo iba y volvía a y desde el instituto. En casa seguía luchando con su hermana y últimamente habían destrozado la radio en un manotazo mal dirigido de Eva y su libro de Geografía había provocado una horrible brecha en la cabeza de Antonia, la portera, que siempre había deseado ver mundo y se encontraba pasando la escoba por el patio. Tuvieron que pedirle disculpas en el hospital, delante de su cama, cabizbajos, con las mejillas sonrosadas por los sendos tortazos que su madre les había propinado con un bacalao que estaba desalando. Mientras pedían perdón por el lanzamiento indiscriminado de objetos por el patio, Azalea fumaba en el balcón de aquella habitación de hospital, rogando que algún doctor la sacase de aquella vida tan gris con la que le había obsequiado su marido, el comedor de pipas. Dentro, Antonia estaba hipnotizada por unos ojos negros.

A Eva le gustaban 2 cosas, tocar el piano y liarse con todos los tatuajes y los piercings de la zona. Por las tardes, mataba el tiempo en el piano del aula de Música, sola, rodeada de instrumentos sin vida, esperando a que algún tatuaje tocara la bocina de su coche y salir corriendo por la puerta. Remo había ayudado a su madre a levantar un tabique para dividir la habitación de la casa. Los hermanos se quedaron con la parte pequeña y Eva dormía en la litera de arriba. Por las noches le despertaban los gritos de su hermana y los insultos de su madre, las carreras por la cocina, los golpes de su madre con las colas de merluza. Cuando por fin llegaba a la habitación, Eva se metía en la cama llorando y Remo, por una vez, no le decía nada.

Pero al día siguiente el la llamaba furcia y guarra y ella le llamaba lerdo y gilipollas.

Uno hizo un módulo inútil y anodino de FP y otra se enamoró de un ebanista adicto al pegamento con el que se casó y con el que se fue a vivir al poco tiempo de conocerlo, con el consiguiente enfado de Azalea, la cual se pasó 2 días y 3 noches seguidas limpiando sardinas, que después tuvieron que tirar a la basura. Los gatos del barrio están haciendo régimen desde entonces. Cuando acabó el módulo, Remo pasaba los días aburrido holgazaneando en casa sin saber que hacer. Entre los escasos libros de la casa se encontró con un par de pequeños manuales de jardinería. Siempre había envidiado a las plantas, que podían estar todo el día quietas, sin hacer absolutamente nada, sin que nadie se lo recriminase, alimentándose de Sol y agua de lluvia, sin mover un dedo (una rama, una hoja). Pensó que un trabajo relacionado con ese mundo podría adaptarse perfectamente a lo que él podía dar de sí.

Remo se presentó a las numerosas plazas de jardinero municipal que habían surgido tras la remodelación sistemática de la ciudad acometida por el gobierno después de la reconversión industrial. En la entrevista final con el consejo de selección, los miró uno por uno a los ojos, intentando adivinar que podía decir para conseguir ese puesto que tanto ansiaba. Ninguna de las tres personas que formaban dicho consejo pudo apartar la vista de aquellos ojos negros, ni pudo decir palabra, ni rellenar la hoja de objeciones. Así que lo admitieron y lo pusieron al cargo del cuidado de los árboles de 3 de los parques de la ciudad.

Eva trabajaba ahora con su marido, tatuado hasta las orejas, en la fabricación de mobiliario rústico. En sus ratos libres consiguió fabricarse un pequeño piano marrón utilizando restos de mesas de alcoba y sillas, entre otras cosas. Pulido y pintado, podía pasar por un piano de juguete, y a ella le encantaba su sonido.

En el parque de Los Claveles, Remo paseaba entre los Robles y los Castaños de Indias, somnoliento, y les contaba historias. Uno por uno, a cada uno una historia. Los vivos a los que él hablaba, eran los muertos con los que Eva trabajaba.

Segundo capítulo 2005-2011

El 12 de Enero de 2005, un día después de descubrir que sus árboles crecían más que los de ningún otro y que no se iba a morir de un tumor cerebral, Remo fue feliz. Y se lo contó a 3 de sus cedros, entusiasmado. Cedros que crecieron medio metro de golpe.

Ese mismo día se le pasó el dolor de cabeza. Se encontró con la profesora Matía, mientras ella paseaba por el parque de Miranda y el le contaba que era hipocondríaco al único sicómoro de la ciudad. La saludó y ella vio asombrada, que sus ojos reían. De todos modos, solo le duró un día, a la mañana siguiente creyó notar que uno de sus ganglios linfáticos estaba mucho más hinchado de lo habitual.

En poco tiempo, parece ser que su habilidad para fomentar el desarrollo de las diferentes especies arbóreas había llegado a oídos de la mayoría de compañías madereras y serrerías del país. Después de un divorcio a la velocidad del viento, Eva se había ido a vivir sola al campo, con su piano, y había encontrado trabajo en una de las empresas de madera laminada más grandes de la zona. Le encargaron hablar con él y convencerle para que se uniera a ellos.

Se lo encontró con las manos detrás de la espalda, observando y hablando bajo con un enorme roble del parque B3. El que estaba justo en frente de la casa de su madre.

– Siempre has sido un zoquete – le dijo, intentando sonreír. Hacía al menos 2 años que no lo veía
– Hola Eva – le respondió, sin volverse
– Veo que has prosperado
– Tengo para comer, pagar las facturas y me sobra tiempo para ver la tele – nunca le había pedido demasiado a la vida, la verdad – ¿Qué narices quieres?
– Por lo menos te podías dignar en mirarme

Remo se dio la vuelta. Otros quedaban obnubilados por sus ojos negros, enormes y absorbentes, pero ella no veía más que los ojos del hastío vital y vagancia suprema de su hermano. Más o menos la misma sensación que guardaba la gente de Remo en cuanto apartaba la vista.

– No tienes muy buena cara, ¿qué es lo que te pasa?
– Me estoy quedando afónico. Creo que es cáncer de laringe. Me ha salido un bultito en la garganta
– A ver, déjame tocar – y acercó sus largos dedos a su garganta. Palpó y palpó – ahí no tienes nada
– Que sí, que te digo que además me estoy quedando afónico, casi no puedo levantar la voz.
– Pues yo te oigo perfectamente. Déjate de chorradas.
– Vale. ¿Para que dices que venías? – Remo empezó a caminar hacia otro de los árboles mientras se lo preguntaba. Seguía con las manos detrás de la espalda y la cabeza gacha, con cara de aburrimiento. Otra vez.
– Supongo que sabrás que trabajo para Laminados Mar y que me he divorciado. – Esperó un momento para ver su reacción, pero él se limitó a levantar la vista hacia las copas de los robles del parque. – Vengo para ofrecerte trabajo. Sabemos que tienes un don que vendría de perlas a nuestra empresa para aumentar la producción y…
– No
– Pero…- en realidad Eva tampoco estaba excesivamente convencida de que a su hermana le fuese a gustar aquel trabajo. A ella sólo le pagaban por trabajar en la cadena. Se llevaba material a casa para seguir fabricándose pianos (y de paso, mesas y sillas y escurreplatos) y un sueldo. Más allá de eso, ¿qué obligación tenía para convencer a su hermano para dejar aquellos parques?
– Ya han venido otros antes que tú y les he dicho lo mismo que te he dicho a ti. No quiero trabajar más de lo que trabajo ahora, gracias, ni por todo el oro del mundo. Algunos me han ofrecido hasta mujeres a cambio. Estáis locos.
– De acuerdo – acabó diciendo ella. Quizás en el fondo se alegraba. – Oye, ¿qué tal está mamá?
– Como siempre.

…

– Ayer fui a ver al Doctor Mata. Me auscultó, me tomó la tensión, revisó mis analíticas y mis exámenes de orina. Me hizo una exploración de la laringe y las cuerdas vocales y me dijo que no tenía absolutamente nada, que ni siquiera… – A Eva le llevó un rato percatarse de que Remo estaba hablando con aquel roble tan inmensamente grande y no con ella.
– Hasta luego Remo, mira que eres merluzo – y se alejó por entre los árboles, pensando en tomarse una taza de té caliente en su casa y tocar un par de horas el piano para relajarse. Hizo crujir sus dedos.

Un Lunes, una mañana de verano del año 2011, el mundo entero se despertó con una noticia que nadie pudo creer. En cada noticiario de cada televisión y en cada Radio de Internet emitían que

Ya no se podía fabricar más acero.

Tras años y años de reciclaje del mineral de hierro aleado, de fundir y refundir automóviles, ceniceros de diseño y vigas IPN, el acero había dicho basta. En una reacción en cadena que duró una sola noche, todos los hornos de cocción de electrodos comenzaron a producir toneladas de una pasta blancuzca (que meses más tarde se descubriría tenía propiedades alimenticias) con motas negras, en lugar de las preciosas coladas de acero fundido. Ningún científico, ningún ingeniero, ningún chatarrero pudo encontrar una explicación plausible. Tampoco tuvieron mucho tiempo.

Tercer capítulo 2011-2020

Subió a duras penas por las no demasiado empinadas escaleras que llevaban a la cabina, construida en robusta madera de nogal. Abrió la puerta y se arrastró hasta la hamaca que colgaba del medio del habitáculo. Con un suspiro, se dejó caer en ella y se acopló el micrófono a la cabeza. Por un millar de altavoces, repartidos a lo largo de kilómetros y kilómetros de campas, y alimentados por la escasa energía eléctrica procedente de las máquinas de vapor del complejo anexo a la cabaña, se escuchó.

– Queridos hermanos. Llevo varios días notando nauseas y no puedo ir al baño. Me veo muchísimo más flaco, aunque el doctor me ha dicho que sigo pesando 143 kilos, yo no le creo. Las básculas de madera no son fiables. Tengo todos los síntomas de un cáncer de colon galopante. Me paso los días diciéndole a…

Y de las campas brotaron pinos y eucaliptos.

Al día siguiente de la rebelión de los hornos de arco, los hornos altos también empezaron a botar aquella pasta blancuzca (con motas negras). Meses después del fatídico Lunes en que la física mostró una cara oculta, todo empezó a desmoronarse. Absolutamente la totalidad del planeta se volcó en intentar buscar las causas de que el acero no pudiera producirse de ninguna manera y de intentar encontrar la forma de sustituirlo, hasta el momento en que el acero que ya existía decidió tirarse por la borda. Los aviones se resquebrajaban en vuelo, los coches se partían, y los edificios cayeron con estrépito de hierro roto. No hubo tiempo de especulaciones, ni de abandonos ni traiciones ni bolsas ni macroeconomía. Ni siquiera de invasiones o guerras. Sencillamente, todo se fue a la mierda.

Remo se quedó hablando a sus árboles en el parque de los Claveles mientras todo se derrumbaba a su alrededor. Echó de menos la tele, y su casa. Echo de menos a su madre, que, bastante cabreada con él, decidió largarse con una partida de supervivientes en busca de comida y organización hacia el Oeste, cargada con los mangos de sus queridos cuchillos y 2 paquetes de tabaco envasados al vacío. Echó de menos la carne, hasta que los conejos comenzaron a campar a sus anchas entre las ruinas. Siempre había sido bueno lanzando piedras. Mientras tanto, solo tenía que pasarse por el bosque de manzanos o las antiguas huertas del cinturón verde y contar alguna historia (o gritarla, si tenía mucha prisa).

En su cabaña de campo, Eva tardó algo más que los demás en enterarse de las noticias. Soportó el caos y la podredumbre humana que pasaron por allí y en algún momento tuvo que defenderse con sus estacas, pero finalmente todo pareció calmarse. Cuando ocurrió, decidió ir en busca de Remo. Se lo encontró tumbado, comiendo puerros, en medio del antiguo parque C3, recitando obras de Yeats a los alcornoques de su alrededor, que se retorcían hacia arriba.

– ¿Desde cuando te interesa la poesía? – Le gritó, apoyada en un árbol, con la sonrisa de los Domingos. El giró un poco la cabeza y la miró con aquellos fríos pozos negros.
– No hay tele. Me encontré este libro tirado entre los escombros de la biblioteca y me he dado cuenta de que leerlo hace que los árboles crezcan más rápido.
– ¿Te gusta? A mi Yeats me encanta. ¿Has leído El viento entre…
– Es un coñazo, pero le gusta a los árboles

Eva era una mujer despierta. Le convenció de que al Oeste había más conejos y más clases de árboles frutales. Remo, aunque cansado, también estaba mortalmente aburrido, así que decidió seguirla. Al cabo de 4 días no tubo más remedio arrastrarlo por medio de una rudimentaria carretilla de madera que tuvo que fabricar, ya que Remo se negaba a caminar más.

Finalmente se instalaron en una villa empalizada que varias familias de supervivientes, algunos cojos, otros tuertos, pero más o menos enteros, habían conseguido mantener en pie cerca del río Turbio. Se aseguraron de que había varios médicos entre ellos. Uno de ellos era el Doctor Mata, que suspiró y puso los ojos en blanco al ver a Remo. Al cabo de unos años, aquella mujer de ojos verdes, que había llegado del este sonriendo mientras arrastraba a un ya por entonces bastante orondo hombre al que nadie quería mirar directamente a los ojos, se había convertido en alcaldesa y propietaria de la única empresa de la comarca. Una compañía de producción y tala de árboles para construcción. Simplemente talaban un árbol y Remo le gritaba su vida, o bien unos versos de Neruda, o algo de Rimbaud, que les gustaba mucho a los cipreses, y volvía a crecer de golpe. Con el tiempo perfeccionaron el método. Remo sólo quería carne guisada y que no le hicieran gritar más de tres horas al día, sin incluir Sábados y Domingos y fiestas de guardar. Fiestas de las de antes y de las de después de aquel Lunes del 2011. Eva se construyó una casa con forma de catedral de Le Corbusier en medio del pueblo.

Reposando después de un recital de 2 horas de piano para los niños de la aldea, Eva estaba sentada en el porche de su catedral, charlando con el Doctor. Vio humo en el horizonte y se acordó, después de tanto tiempo, de su madre.

– Doctor, ¿no sabrá dónde fue mi madre?
– La verdad es que vino con nosotros, pero éste no le pareció un buen lugar –dijo, rascándose la calva – de hecho, creo que sus palabras fueron “Ya puestos a movernos, quiero llegar hasta el mar”. Así que siguió hacia el Oeste.

Aquel día arrastró a Remo por el brazo hasta la orilla.

– Me parece que no volveremos a ver a mamá – le dijo – el mar queda muy lejos.
– Nadie preparaba le merluza Menier como ella. – y sonrió. Le pegó un pescozón en la cabeza. Eva se rió.
– Me hubiese gustado despedirme. Espero que no me guarde rencor.
– Empieza a hacer frío Eva, voy a pillar una neumonía.
– No seas imbécil. Toma – y le entrego un libro abierto por la mitad – lee ésto por ella. Seguro que ahora está mirando el mar.

Y leyó.

“Dijo que era absurdo que un hombre ante cuyos ojos se dilataba el Guadalquivir celebrara el agua de un pozo. Urgió la conveniencia de renovar las antiguas metáforas; dijo que cuando Zuhair comparó al destino con un camello ciego, esa figura pudo suspender a la gente, pero que cinco siglos de admiración la habían gastado. Todos aprobaron ese dictamen, que ya habían escuchado muchas veces, de muchas bocas. Averroes callaba. Al fin habló, menos para los otros que para el mismo:”

En la ribera, los sauces crecieron tan rápido que salieron despedidos hacia el cielo. Borges era ideal si querías provocar fuegos artificiales.

NOTAS:

1) El escurreplatos y el Doctor Mata son apuntes ajenos que salieron ayer en el taller y no he podido evitar meter. Sobre todo el bueno del doctor Mata, primo del Doctor Carnicero y tataranieto del Cirujano Sangría.
2) Si podéis, agradezco opiniones, de todo tipo, sobre los relatos que voy, digamos, y poniendo entre tiritas la palabra, publicando, ya que son pruebas. Sugerencias, correcciones, mejoras o si directamente es una mierda. Sobre todo sugerencias y partes que cambiaríais, reforzarías, no os cuadran, suenan pueriles, no funcionan u, otra vez, son pura mierda. Solo si tenéis tiempo y ganas, por supuesto. Ni de coña os sintáis ni mínimamente obligados a escribir nada, advierto. Y si os da vergüenza o no sabéis como decirlo (dilo con diamantes) podéis hacerlo de manera privada (o no), como hizo el bueno de M. En realidad no es M., es D. En fin, mierda de iniciales, coño. El puto Villuendas, que ahora mismo estará luchando a brazo partido con Platón, imagino, o en su defecto emborrachándose con 2 rubias siliconadas con tatuajes de Kyuss, y cuyas críticas aprecié un montón. De dos en dos, de dos en dos. Por ejemplo. Gracias.

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6 responses

7 12 2005
Blackstar

De acuerdo, por una vez intentaré ser más crítica.
Me cuesta, porque me gusta mucho.

7 12 2005
Blackstar

La crítica vía privada, una que es pudorosa.

7 12 2005
Nuala

Bueno, yo soy reticente a criticar a los hijos de los demás porque siempre piensas que los tuyos ya tienen lo suyo como para ir viendo pajas en ojos ajenos así, alegremente. Además me parece pedante hacer correcciones a alguien sin ser ninguna autoridad en el tema tratado. De todas formas, si lo hago será en privado también.

Me ha gustado, traidor.

8 12 2005
juanito

En esta mañana lluviosa, que me ha estropeado la excursión al monte, me he encontrado de repente con tu historia de Remo y tengo que reconocer que me ha entretenido. Es la primera vez que leo un relato tuyo y me siento atrapado por la historia hasta el punto de olvidarme de su autor. En conclusión, creo que tienes talento para escribir. Pero…
Poniéndome crítico, que es para lo que sirve esto, me resulta chocante la mezcla del estilo pseudo-científico (descripción de los procesos del acero, aburridos e innecesarios por cierto) con esos toques mágicos de árboles que crecen al hablarles (maravilloso, pero hay que dosificarlo). Sólo conozco a un autor que consiga hacer eso con maestría (Boris Vian) y no creo que pretendas imitarle.
Por otro lado, tanto movimiento espacio-temporal en tres capítulos me desorienta un poco y me hace preguntarme qué rumbo lleva esta historia, pero supongo que habrá que esperar al resto para conocer la respuesta.
Otra crítica, no bombardees con las citas (Yeats, Borges) pues caerías en la pedantería. Tamoco conozco ningún edificio de Le Corbusier que se llame ´la catedral´, quizás sea mi ignorancia.
Y por último, lo bueno de conocer al autor es que me descojono cuando reconoces de dónde salen las historias o escenarios que adornan el relato.
Esto que he escrito no es más que MI OPINIÓN, lo cual es obvio para la gente inteligente, pero lo hago constar porque muchos amigos (la mayoría mujeres) me recuerdan a menudo que se me olvida incluir esa coletilla al comenzar mis frases.
Otros escriben en privado.
Chorradas.

8 12 2005
Troutman

Qué grande eres Juan! El próximo relato va a ir sobre una partícula de carbono en su extraño viaje hasta que copula con na partícula de hierro. Después tienen aceritos y se vuelven yonquis.

Olvídate de lo de “En mi humilde opinión”. Aquí no hace falta.

Por cierto, me imagino que no existe ningun edificio de Le Corbusier qu se llame así, yo estaba pensando en algo como

http://www.epdlp.com/edificio.php?id=455

así que cuando revise el texto (que lo haré dentro de un tiempo) pondré que se construyó Notre Dame de Haut, aunque quede pelín pedante.

Bueno artistas, me piro a esquiar

11 12 2005
Riddle

A mí me ha gustado bastante, concretamente el personaje de Azalea.

Me sorprende y me gusta la inclusión de médicos en varios de tus relatos.

Saludos!

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