Mujeres de blanco I, óleo sobre lienzo, 1999

19 12 2005

Al mediodía me he dado cuenta de que mañana tengo que entregar el cuadro. No he tenido tiempo. Miento. No he tenido ganas de trabajar. La primera parte del día la he pasado dando tumbos, brochazos sin sentido, pintando acuarelas estúpidas que no dicen nada ni son nada. Abrumado, me he tirado en el sofá y me he puesto a ver la televisión embotado. Esa programación de la mañana llena de consejos de salud para jubilados automedicados, cotilleos de bajo octanaje y algún culebrón un poco desubicado. Encima de mi, el peso de la conciencia. La mala conciencia.

Pinta, pinta, pinta algo.

Pero hoy me puede la sombra de los grandes. Creo, de hecho, que hasta la de los pintores más pequeños.

Hace 3 semanas dejé mi trabajo, cansado de las camisas blancas de manga corta, las corbatas oscuras, los archivadores ELBA-RADO, el café de extracto de cenicero y el olor de la sala de fumadores que se filtraba por debajo del biombo de mi cubículo. En realidad no le importó a nadie salvo a mi, en la única decisión importante que he tomado en mi vida aparte de deslizarme hacia la luz hace 35 años. Así es como me lancé a trabajar mi pasión por la pintura.

Ahora, por el momento, estoy buscando encargos alimenticios mientras elaboro y rediseño mi obra. Dibujos para enciclopedias, ilustraciones para libros de texto, retratos de familia, pinturas para decorar casas ajenas. Mi primer encargo lo recibí hace nueve días a través de un amigo. Se trata de pintar una iglesia románica con unas cuantas casas adyacentes en un pueblo de Navarra, no me acuerdo de su nombre. Mi amigo se llama Lucas. Supongo que alguno de sus familiares prefiere algo más artístico que una folclórica de plástico para decorar el salón de la televisión.

Evidentemente, no he hecho nada en 8 días, y mañana debería tener algo físico que entregar. Agito la cabeza con fuerza para desembarazarme del pegajoso influjo de la televisión. Céntrate en el encargo, me digo. Olvídate de tus acuarelas rojas y negras, de tus dípticos sobre palomas y plumas estilográficas que pretenden reflejar la levedad del ser y la inmediatez de la palabra. Un simple óleo de un entorno rural te vendrá bien para desconectar, me digo. Apago la tele y siento que algo me pesa menos.

Ya no es mediodía y la luz comienza a apagarse a través de las persianas. Sobre la mesa, manchada de de negro y rojo, tengo las fotos que mi amigo me ha dejado. Una montaña de fotografías analógicas tomadas desde decenas de ángulos, para que yo elija. Pero solo me desoriento. Pienso en pintar un círculo en el suelo y tirar todas al aire para quedarme únicamente con las que caigan dentro. Finalmente pego todas en la única pared del apartamento que queda libre de adornos, para facilitarme la labor de escoger. Escoger, decidir, por el amor de Dios, no quiero, quiero una línea recta, una flecha de neón parpadeante.

150 fotos ocupan la pared. 150 fotos que me ha llevado pegar 1 hora. 1 hora menos que tengo para pintar el dichoso cuadro. Pienso, durante un rato, en pintar todo el conjunto, o mejor, pintar sobre el conjunto, pero eso son delirios de artista rimbombante. Elige. En eso consiste la vida, o sea que es solo una elección más. Pero no se me da nada bien. Llevo otra hora mirando, una y otra vez, y mientras la luz se va volviendo hacia el techo y mi cabeza comienza a martillear detrás de mis ojos, yo lo veo todavía menos claro.

En un instante, vislumbro muchos puntos blancos cuando entrecierro los ojos, y me fijo en que en varias de las instantáneas aparece una mujer vestida de ese color. Blanco. Parece que paseaba al perro en medio de la sesión fotográfica. A mi me sirve.

Al día siguiente le entrego a mi amigo un cuadro con una bella iglesia románica con unas cuantas (y bellas) casas adosadas y un centenar de mujeres vestidas de blanco paseando entre ellas. Ese mismo día mi amigo me dice que ese cuadro es una mierda, que nunca ha habido una manifestación de mujeres vestidas de blanco en ese pueblo y que lo rehaga. Yo me arrastro por debajo de una puerta y al día siguiente de ese día siguiente vuelvo a oler el embriagador olor de la sala de fumadores colándose por debajo del biombo.

NOTA 1: Debajo hay otra entrada de prácticamente el mismo día. Lo recuerdo porque no es muy habitual, pero hoy estaba lanzado
NOTA 2: Ésto es la reescritura de uno de los relatillos de clase, ya que hoy Lunes tenemos llevar impreso alguno de ellos, y no debía ocupar más de página y media. Como le he tenido que pasar a ordenador (y retocar, faltaría más), no puedo evitar colgarlo.

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7 responses

19 12 2005
Blackstar

Jajaja, está cargado de comicidad, aunque destile vinagre.

Pintor puede ser sustituido por escritor perfectamente. Pero no me gusta que vuelva arrastrándose, porqué no te has cargado (una vez más) al estúpido amigo que sólo es capaz de ver lo figurativo?

19 12 2005
Troutman

Teniendo en cuenta que es un relato en el que no me puedo extender más allá, me parece una buena manera de cerrar el relato. No es precisamente un personaje muy valiente, al mínimo contratiempo, vuelta al redil.

19 12 2005
Blackstar

Espero que no sea un alter-ego y que si te lanzas a la piscina no vuelvas a la primera a construir hornos en Barquisimeto.

19 12 2005
Troutman

Como todo, tiene su parte de alter-ego y su parte que no lo es. Romper con todo (es decir, con el trabajo, en realidad con nada más, pero al fin y al cabo es lo que te da de comer y te permite vivir) es algo que se pasa periódicamente por la cabeza, pero dudo que fuera capaz de hacerlo. Pero sería divertido. En caso de que ocurriera, la vuelta atrás no es posible.

19 12 2005
Nuala

Efectivamente.

Alguien con los huevos suficientes para romper con todo de esa manera no es el cobarde y apocado que nos pintas. Es más, con el subidón y la energía que tendría por su decisión, se lanzaría a dibujar lo que fuese, bodegones con chorizos para un bar o iglesias románicas. No sé, no me cuadra mucho ese sangre de orchata…

No me cuadra y sí me cuadra. Porque imaginarse esa desidia, ese no ser capaz de superar los escollos y ese parcial fracaso, es lo que descorazona a muchos (yo también me incluyo) para tomar La Gran Decisión.

Sigue así.

20 12 2005
Mescalito

YO también pienso que el romper con todo es un acto bastante valiente, tiene que ser dificil salir de la espiral de una vida normal segun la entendemos, estudios, trabajo, coche, novia, casa, hijos, plan de pensiones…. Supongo que asi podria ganar la creatividad sin un trabajo alienante y en el que sientes que no haces nada que te llene de verdad….pero….., siempre hay un pero..el trabajo ciertamente no lo hacemos por gusto sino por la pasta. Si escribes o pintas ya no solo por plasmar tus ideas, sino también para ganartela vida siempre dependeras de la opinión de los consumidores de tu obra, pensando…¿les gustara a los que me dan de comer? Al final quizas solo seria un trabajo más, entretenido, pero un trabajo más. Como pintar cuadros de encargo del pueblo o bodegones. Conocí un tipo este verano que pintaba retratos al carboncillo solo por encargo, habia perdido la ilusión por pintar sus ideas. También hay que decir que el tio lo hacia a cambio de chismes de farlopa, y que decia que solo podia dibujar después de fumar en plata, pero bueno, esto es otra historia.
Hasta la vista.
Fistan

Pd. No pretendo desalentar a nadie, a mi tb me encantaria vivir del arte y no tener que madrugar ni que fichar, pero es solo por que el trabajo esta muy mal repartido

20 12 2005
Troutman

“También hay que decir que el tio lo hacia a cambio de chismes de farlopa, y que decia que solo podia dibujar después de fumar en plata, pero bueno, esto es otra historia”

Joder, eso es lo que yo denomino un artista. Puedo entender lo que dices, pero conozco casos en los que no es así. Es más, conozco casos (hoy me lo he planteado) de ingenieros que disfrutan más con su trabajo que lo que yo disfrutaría viviendo de escribir, por ejemplo.

A mi no me importa madrugar ni fichar. Pero bueno, hay otras cosas que me joden del trabajo.

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