Cómo combatir la mediocridad

29 12 2005

El Jueves 26 de Enero, si mi trabajo lo permite, viajaré a Londres para pasar allí el fin de semana con una pareja de entrañables y queridos amigos, y con la excusa de ver ese tremendo doble cartel que forman Corrosion of Conformity y Clutch. Será apabullante.

Dicen las guías de viajes más actualizadas, o lo que es lo mismo, los reportajes del suplemento de viajes de EL PAIS, y ya ni hablamos de los extras gafafashion, que el mercado de Candem Town ya no vale una mierda. Que es un enclave turístico y masificado. Yo creo que están completamente equivocados, porque, para empezar, todo Londres, y más desde la aparición de las compañías aéreas de bajo coste, es un enclave turístico megamasificado. Pero es que además a mi me parece la puta esencia de Londres, llena de turistas españoles perdidos, gente de todas las tribus, pubs en los que a las 7 de la tarde empiezan a tocar versiones de AC/DC y Guns n’ Roses, puestos de comida Etíope regentados por alumnos de intercambio suecos, tiendas llenas de carteles de Al Pacino con un arma humeante en la mano. Todos los tópicos que quieras. No es un sitio para un coolhunter, y eso es lo que lo hace precisamente entrañable.

Siempre que estoy en Londres, por tanto, paso los Domingos en Candem Town poniéndome hasta las orejas de comida étnica rápida y comprando chaquetas de segunda mano. En la próxima vista he decidido buscar unos guantes de lana oscuros y bien gruesos sin dedos, después de ver a Layne Staley en el video del concierto de Mad Season. La última vez, hace cosa de 2 meses, estaba mirando camisetas estúpidas (de entre las cuales, me quedo con la que reza, “Dolphins are gay sharks”) en uno de los innumerables puestos, con unos amigos. Entre todas, había una especialmente fea, con una enorme cara estampada, de rasgos bastante bobinos, cejas espesas, ataviada con una visera azul con flecos y un gigantesco monóculo en el ojo derecho. Debajo, se leía, John W. Valiant. Sin más. Como no puede ser de otra manera, le pregunté a Bob, que vive cerca de allí, quien coño era el tipo que aparecía en la camiseta, que encima costaba la friolera de 20 Libras (esterlinas).

– Ah! Es un cantante glam de los 70. Creo. No, Espero. Joder, no me acuerdo bien.

No se acordó en toda la tarde. El encargado del puesto, un neojipi español con acento de Murcia, extensiones y un tatuaje tribal en el dedo índice, tampoco lo sabía. Así que, una vez volví a casa, busqué su nombre en Internet, porque estas cosas intrigantes más vale resolverlas antes de que te asalten en los sueños. Si no descubro el enigma, sé que me asaltará durante el día, en el metro, andando por la calle, mirando el techo de mi casa, esa desagradable e intangible sensación de desasosiego, de tarea pendiente, que no lo deja descansar a uno.

En Google tecleo John W. Valiant, pero no aparece nada potable. Escribo John Valiant, y después de pasar por las mención a un hombre nacido en Maryland en 1794 (y muerto en 1856), cuyo hijo se llamaba John James Valiant, el cual se casó con una tal Ardilla Merrick, con la que tuvo un único hijo con un nombre de pila que no era John ni James y que no tuvo descendencia, el muy mamón y mojigato, llego a http://www.johnvalianttribute.com. Pinchando en la pestaña de history aparece su extensa biografía, llena de sucesos, en una prosa de lo más británica, además de cuadriculada. Parte de la misma está extraída de una entrevista con el propio John, que aparece fragmentada.

De todo lo que leí, y que incluía un apabullante exceso de fechas y carreras recuerdo más o menos esto (me permito la libertad de novelarlo un poco, porque soy un mal periodista):

En 1997, John W. Valiant vivía Clapham, en el distrito municipal de Lambeth, cerca de las vías del tren. A sus 52 años su existencia consistía básicamente en leer el Herald Tribune y el Sun por las mañanas y jugar al bridge por las tardes. El resto del día Dormía, según sus propias palabras.

Había sido un jockey bastante estrafalario y, gracias a ello, muy popular entre los aficionados medios a las carreras de caballos e incluso entre los no entendidos, pero siempre vilipendiado por los expertos y columnistas del ramo. Nunca logró ganar una sola carrera. En el Grand Nacional se cayó las 7 veces que participó, lo que debió suponer un problema cuando la indumentaria para montar a caballo que utilizas consta de frac, botas de tacón de aguja y monóculo. El hecho de llevar monóculo siempre le acarreó innumerables problemas, por no hablar de infinidad de conjuntivitis y un ligero derrame de reatina. Pero era su seña de identidad. En las camisetas que se vendían por menos de una Libra en los mercadillos londinenses y que todo aquel que se preciara por ir a la moda debía adquirir (*) su efigie siempre aparecía con el monóculo puesto. Existen multitud de fotos de Londinenses ataviados con tales camisetas, en la década de los 60, en las que se ve a John portando sombrero de copa, o bien un gorro andino, o bien una pamela azul marino, pero siempre con su monóculo puesto. Ese trozo de cristal era su emblema, como la S de Superman o la K de Kellog’s. Su símbolo. Nunca quedó claro, en sus 15 años de agitada carrera como jinete si la causa de no llegar jamás entre los 3 primeros se debía a sus atuendos o bien a su pésima calidad (**) y evidente exceso de peso (***).

Afortunadamente para él, pudo amasar una fortuna gracias a anuncios de detergentes, ópticas y pasta dentífrica (y a las famosas camisetas). Como es lógico, como se puede entrever del carácter mostrado por Mr. Valiant a lo largo de su carrera, todo aquel dinero se marchó, una vez finalizada su carrera por una inoportuna caída en la Carsington Water Ride, entre Bentleys rosas llenos de nieve, limusinas con piscina y noches que acababan al cabo de 2 noches.

Al final de los 90 nadie se acordaba de John, que se pudría entre las partidas de bridge con su esposa Agatha (que, y espero que no haya leído la biografía cibernética de John, es tildada de gris, asexuada y segundo plato, si no postre (4)) y los noticiarios de la BBC. Harto de vivir en el anonimato, y sin un mal penique que derrochar; hasta las narices de cartas con olor a sebo, calles neblinosas y cobertores de encaje en los sofás (5); hastiado de vivir como un vegetal jubilado, decidió que ya era hora de intentar volver a tomar las riendas.

En 1997, concretamente el 1 de Mayo, subió al desván, donde conservaba la mayoría de sus ropajes de la época de jinete. Día de elecciones generales, después de unos últimos años relativamente convulsos dentro del partido Conservador. Cogió el autobús a las 7:30 A.M. con sus chanclas con flecos, los pantalones de jockey, la fusta dorada, la casaca roja con la cara de James Brown en la espalda y las luces navideñas en la pechera, un bombín y, por supuesto, su monóculo. Según parece, nadie le prestaba mucha atención.

Bajó del autobús, después de un trasbordo, y se dirigió al colegio electoral de Worcester Park, en Sutton. Bien erguido, esperó en la puerta, entre una creciente multitud de periodistas.

A las 8:37 A.M, llegó su oportunidad rodeada de flashes. Siguió a su presa y, cuando llegó el momento, abrió su paraguas, que emitía, como una caja de música, la cabalgata de las Valkirias cuando se extendía.

En el noticiario de las 12, la portada se la llevaron las imágenes de un sonriente John Major, agachándose hacia la urna para introducir su papeleta, y de un energúmeno corriendo hacia él, vestido con casaca roja y luces de árbol navideño, y un monóculo, y la cabalgata de las Valkirias, saltando sobre el todavía primer ministro y cabalgándolo con pose desafiante mientras le arreaba fustazos con el propio paraguas. Antes de poder asestar el tercero fue salvajemente derribado por una horda de guardaespaldas.

Ese día, sus camisetas se vendieron al triple de su precio en Camden Town.

Más o menos ahí se acaba la biografía de John W. Valiant en su página tributo. Después de leer semejante historia lo primero en que pensé fue en crear un relato a partir de ella. Luego pensé en qué demonios habría sido del bueno de John, ya que la página web no daba más información y, de hecho, no se actualizaba desde el 2000. ¿Sobrevivió al placaje de los gorilas de John Major? ¿Se forró a entrevistas con las cadenas privadas de televisión? ¿Lo condenaron por atacar al primer ministro de aquella manera tan vergonzante? En lo que se refiere al último caso, me imagino que sí.

Le pedí a Pablo, mi amigo en Londres, en su última visita hace una semana, que intentase averiguar algo sobre este sujeto. Al menos, si aparecía su nombre en la guía de teléfonos de la ciudad.

Anteayer me llamó para darme un teléfono. Correspondía a una dirección en Tyneham Road, probablemente la misma residencia gris del 97. Así que ayer, en un titánico esfuerzo por superar la timidez y la vergüenza (también con miedo de que algún terrible acento entorpeciera mi comunicación), marqué los números. No hace falta decir que realicé la llamada desde el teléfono del trabajo, que las conferencias están muy caras.

3 tonos. Descuelgan. Pregunto por John Valiant. Me dice que es él. Me presento y le cuento que, simplemente, he leído algo sobre él y quería charlar un rato. Soy fatal mintiendo, así que ¿para que mentir como si fuera Hugh Grant en Notting Hill? Increíblemente, no me cuelga y, de manera bastante amigable me pregunta que qué quiero saber.

– … ¿Qué ocurrió después de haber montado a John Major?
– Me llevaron a una comisaría de Sutton, bastante magullado. La verdad es que estaba muy feliz. No te imaginas lo asquerosamente monótona y aburrida que se había vuelto mi vida. Necesitaba un poco de movimiento – todo esto me lo cuenta con un timbre tremendamente vivo. Siento que sonríe al otro lado del aparato. Una voz que no aparenta los 60 años que tiene – Luego me di cuenta que me había roto la cadera y un par de costillas, pero en los primeros instantes, con la emoción, no me enteré de nada.
– ¿Y en la comisaría?
– Para el lío que había montado fueron bastante amables. Muchos se partían de risa. Alguno incluso, me recordaba de mi época de jinete. De todos modos, me metieron en el calabozo con los borrachos de Domingo por la mañana.
– ¿Qué ocurrió después? Me refiero a si hubo denuncias, juicios y demás.
– Por supuesto. Por suerte, el Señor Major debía estar suficientemente ocupado asimilando su estrepitosa derrota – aquí noto un ligero tono laborista por su parte – porque ni se molestó en presentar una acusación particular, pero fui juzgado por diversos cargos. Escándalo público, agresión, esas cosas. Tuve suerte y sólo me cayeron 3 años de prisión.
– ¿Multas?
– Todavía estoy pagando, pero los beneficios de los derechos de imagen me ayudan. Además ahora ejerzo de comentarista en una radio local. Los jockeys de ahora son una birria. Hasta yo les hubiese ganado, Dios mío.

Creo haber entendido todo. A John se le nota encantado de contar su historia, aunque me imagino que en los últimos años ya la habrá repetido unas cuantas veces, sin incluir las declaraciones a la policía.

– Cómo era su vida en los años 60, cuando era un jinete famoso?
– Extraña
– ¿A qué se refiere?
– En cierta manera, durante aquella época no me lo planteaba, pero ahora me doy cuenta de que mi lugar estaba en el circo, en hacer el payaso. Ahora lo tengo claro y me gusta. Decir tonterías por la radio es parte de ello, y me encanta. Pero en aquel entonces me sentía bastante desgraciado – todo esto me extraña bastante, ya que por lo que había leído, era un personaje famoso y con bastante dinero. De fiesta en fiesta. No hace falta que le pregunte por ello, porque ya me lo cuenta él – Tenía todo lo que podía desear. Gloria y dinero. Hacía lo que me daba la gana. El problema es que yo quería ser un buen jinete. Desde que era un chaval adoraba montar a caballo. Escuchaba las narraciones de la radio y vibraba con cada carrera. El primer día que mi padre me llevó al hipódromo no podía casi ni respirar. – Aquí me suelta una parrafada muy encendida sobre los caballos que corrían y los nombres de los jinetes que participaban, pero la verdad es que perdí un poco el hilo – Lo cierto es que, visto con perspectiva, era un jockey muy mediocre. En su momento ya lo sabía, pero prefería no pensar en ello. Siempre pensé que ganaría carreras, que con trabajo y esfuerzo lograría ser el mejor. Después asumí, cuando comencé a progresar, que quizás eso no ocurriría nunca. Me conformé con ser un buen jinete, alguien respetado al menos. La verdad es que creo que acepté la sugerencia de mi agente para comenzarme a vestir como un mamarracho porque, en el fondo, sabía que era la única manera de seguir compitiendo. Aceptaba ponerme en evidencia para seguir cerca de los caballos, si no hubiese sido así mi carrera hubiese durado muy pocos años y es muy probable que hubiese terminado alcohólico perdido en una cuneta. Entiéndeme, ya acabé alcohólico, pero no es lo mismo cuando tienes dinero. Creo que me he desviado un poco del tema.
– No se preocupe. ¿Conoció algún rockero famoso en su época?
– ¿Perdón?
– Olvídelo
– Oye muchacho, lo cierto es que me tengo que largar pitando. Ha sido un placer hablar contigo pero tengo que asistir a una carrera cerca de Kensington y no puedo entretenerme ni un momento. Lo siento.
– De acuerdo, no importa. Muchas gracias
– De nada. Hasta otra

Me quedo con el teléfono en la mano, pensando, como casi siempre que hablo en inglés, en que no he dicho ni la mitad de lo que quería decir y en que no sé despedirme. Me han quedado todas las preguntas en el tintero. Su mujer (aunque es indiscreto), por qué sigue viviendo en su casa de Clapham si se supone que la odiaba, cómo fue su vida en la cárcel, qué se le pasó por la cabeza para jugarse el pescuezo concretamente en aquellas elecciones…y si conoció a algún rockero.

Otro día.

——————————————————————————-

(*) Esto está tomado textualmente de las palabras de su sobrino, pese a que en aquella época no debía contar con más de 5 años, por lo que resulta altamente cuestionable.

(**) Según la opinión del experto William Carshalton, de Horse and Hound.

(***) De nuevo una apreciación de su sobrino que no viene corroborada por nadie más y, por tanto, dudoso.

(4) En palabras del propio John W. Valiant

(5) Esto si que es una libertad estilística por mi parte, muy indicativa de mi tendencia a utilizar los trinomios, pero que creo refleja perfectamente su estado de áni

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4 responses

30 12 2005
Blackstar

La historia de John Valiant es simplemente fascinante. La imagino en un libro de John Irving. Ole tus huevos por atreverte a llamarle. Te ha quedado perfecta la mezcla entre biografía, investigación personal e historia novelada.

Canden Town lo recuerdo como una de las mejores cosas de Londres, sabor sabor. Yo me compré unas Martins tiradisimas de precio, con lo que valían por aquí.

Los guantes sin dedos (mitones), son majismos pero poco prácticos, te lo dice una que los llevó durante años. Eso sí, rockean cosa mala.

30 12 2005
Nuala

Aish, me ha encantado tu publireportaje sobre este viejito tan simpático. Yo jamás me hubiese atrevido a llamarle… Te ha quedado genial, en serio. Me ha enganchado hasta la última línea.

Aún no he ido nunca a Londres pero, con el precio de las Martins por aquí (¿los habéis visto? ¡Son indecentes!), creo que amortizaría el viaje. Me gustaría escaparme algún fin de semana de esos de vuelos tirados de precio. No hay excusa.

30 12 2005
Troutman

El viaje del 26 me sale por 45 euros, sin incluir el puto tren Stansted-Liverpool Street que son un porrón de libras (24?, ya no me acuerdo).

Los mitones tienen que ser extremadamente inútiles porque, vamos a ver, en las manos sientes frio en los dedos! Pero son tan retro, y ahora mismo la gente se centra en llevar calentadores y bolsas de telas gigantes y bug¡fandas enormes de colores chillones pero, por lo menos por aquí se han olvidado de los mitones.

Ir a Londres, y más si se tiene cama disponible allí, es necesario, del mismo modo que ir a Madrid o Barna de vez en cuando. El viaje (lo que es el viaje en sí, avión o coche) sale pareceido de dinero en los 3 casos, aunque aprezca que no. En Candem siempre están los punkis de postal megamakeados con sus martins y sus pancartas de Buy Martins here. En el puente. entrañables ellos.

30 12 2005
Nuala

El problema es cuando no tienes alojamiento, entonces.
Veremos si les cae pronto una visita a esos punkis entrañable, que se me hielan los pies, coño.

Yo quería unas manoplas gordotas, pero… ¿a ver cómo saco el bonotren del monedero con eso puesto? ¿Y qué pasa con mis maguitos, que rockean un montón? ¿Cuándo me los pongo?

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