Un punto en el callejón de las cuerdas

27 03 2006

Estoy paseando por la calle y oigo sonar la música de una canción que sale del taller mecánico al otro lado de la acera. Es una canción de Nick Cave que me lleva directamente, según ese extraño vínculo que se crea entre música y sensaciones de momentos vividos, a la bañera de un hotel, mirándome las yemas de los dedos, arrugadas. Nunca me ha gustado la piel de viejo, pero llevaba 20 minutos dentro del agua sin querer salir. En la televisión de la habitación de aquel hotel se escuchaba la misma canción parsimoniosamente, en algún programa cultural que no puedo recordar. Al escuchar esa música, puedo sentir el auricular del teléfono contra mi oreja (y el tacto de la moqueta de la habitación empapándose poco a poco con al agua que se derramaba por mi cuerpo, y la toalla sobre mi cintura, y el helador soplido del aire acondicionado sobre mi cuello mojado) y recordar aquella voz de mujer que me decía que mi madre acababa de morir.

Es decir, esa maldita canción me recuerda a mi madre. Ella la hubiese odiado.

Ese mismo día, sigo recordando, llegué en un viaje relámpago a la casa de mis padres. Mi antigua casa. Todo parecía mucho más pequeño, especialmente mi padre. Mi padre parecía un baldosín de la pared, dentro de la pared, cerca del portal. Miré hacia arriba, donde estaban las cuerdas del tendedero en las que mi madre colgaba aquellos calzoncillos horrorosos que odiaba, y sus inmensos sujetadores. En los días con vientos fuertes, que en aquella ciudad eran unos cuantos, parecía que las copas hinchadas de los sujetadores serían capaces de empezar a hacer que el edificio diese vueltas. Caundo eso ocurría, me negaba a subir a los trasteros del último piso porque en sus pasillos escuchaba almas lamentándose intentando arrastrarme hacia el infierno, y me mareaba. No sé que demonios querría colgar mi madre aquel día, pero se cayó desde allí arriba y se estrelló contra el suelo. Punto. Cuando pienso en ello, sin querer, lo visualizo, y un miedo de dimensiones gigantescas se apodera de mi, una angustia que va más allá de la muerte de mi madre, del hecho de no volver a verla., que va hasta la simple certeza de la proximidad de la muerte. De la inmensa bola de la ruleta de un gigantesco casino que ha caído en el rojo cuando tú, diminuto, esperas tu suerte sobre el número negro contiguo, rezando porque no te aplaste.

En esos momentos es mejor ponerse a hacer cosas. Movimiento. También vale para los momentos en los que te quedas estático con cara de bobo delante de un taller mecánico y todo el mundo te mira. Movimiento. Yo iba a algún lugar. Sí, a comprar lapiceros.
Me gusta escribir a lápiz porque detesto la tinta. Debe ser uno de esos traumas infantiles que tan bien quedan en las películas y que pueden acabar convirtiéndote en asesino en serie según su aplastante lógica (aunque en realidad dicha lógica funcione a la inversa). Creo que la fobia tenía que ver con un compás. No estoy absolutamente seguro, pero el hecho de que los compases me den miedo puede ser un buen indicio.

Cruzo la calle hasta la librería del fondo. Hace siglos que no compro lápices. La puerta me refleja como un espejo. Estoy bastante pálido y me ha salido un sarpullido en la mejilla derecha. Al empujar la puerta, deja de devolver mi imagen y enseña, fugazmente, la de un cartel que está colgado dentro de la tienda, visto una y mil veces: el Castillo Neuschwanstein . Mi tía hace puzzles. Todo el santo día haciendo puzzles. Recuerdo estar en su casa, con la calefacción apagada y la nariz como un témpano, observando como encajaba piezas diminutas con los motivos más diversos. Horteras todos, pero diversos. Yo intentaba leer sin morir de congelación, procurando sacar las manos de los bolsillos el menor número de veces posible para pasar las hojas de las revistas que allí leía. Revistas del corazón. Pero no había otro divertimento en aquella casa mientras mi madre iba de compras y mi tía se quedaba a mi cargo. Me quedaba en la mesa de madera en una esquina del salón, con un ojo en la prensa rosa y otro en ella, arrodilla en el suelo frente a las piezas, blanca y con las manos entrelazadas. Uno de sus puzzles favoritos era el que formaba la imagen de aquel castillo alemás de cuento de hadas. Podría pensar que era porque se imaginaba viviendo en él, en vastos aposentos (bien fríos, por supuesto), abrazada a su príncipe azul bávaro. Quizás en algún momento lo pensé, pero ahora me doy cuenta de que simplemente era el que más piezas tenía, el más complejo, el que conseguía hacer que se concentrara tanto que no pudiera pensar en su vida, desgraciada, deseando salir de aquellos muros de aquella pequeña y gélida y austera casa para relacionarse aunque fuera con el tendero, pero impedida por algo tan leve como su cerebro.

Compro un buen puñado de lápices y no me fijo demasiado en el precio. De camino a casa, sigo acordándome de detalles insignificantes de aquella época en que vivía en casa de mis padres, en un quinto piso, y mi tía recomponía puzzles en su apartamento del edificio de enfrente. El viento fuera era helador, y en los pasillos del trastero resonaba de una manera sibilina, siseando. Siempre que subía allí arriba, a coger la bicicleta, a buscar una revista antigua para algún oscuro propósito, a bajar bombillas, a rescatar la ropa de invierno, tenía que llegar hasta nuestro trastero con la mirada gacha, corriendo con un dedo en cada oído. Si no lo hacía, me quedaba con la mirada fija en el fondo del pasillo, entre sus paredes grises, en las tinieblas, esperando ver salir algo que me pararía el corazón, mientras en mis oídos el viento susurraba mi nombre, una y otra vez. Hipnotizado. Antes de emanciparme, volví a subir, y volví a sentir la misma sensación, pero esa vez pensé seriamente que me estaba volviendo loco.

En el funeral de mi madre, mi padre seguía siendo diminuto. Esa sensación de que alguien desconectó algo dentro de él no ha desaparecido nunca desde entonces. Hablar con él es hablar con un espectro.

Cuando llego a casa siento la necesidad de darme un baño. Es algo que no hago nunca, excepto en aquellas ocasiones en las que puedo compartirlo con alguien. Dejo los lápices encima de la mesa del salón y se desparraman sobre ella. Dos caen al suelo de parqué. Odio las moquetas. Ya me agacharé después a por ellos. Según la misma secuencia de acontecimientos, 3 cáscaras de pipa y una cuchara de palo me esperan sobre el suelo de la cocina y el cepillo de dientes viejo sobre el del cuarto de baño, pero es que siempre hay tiempo da agacharse a recoger las cosas, más tarde. Ahora me toca darme un chapuzón.

Mientras espero a llenar la bañera, con todas las luces de la casa encendida, leo las ofertas del supermercado de la calle de al lado. Llaman al teléfono, es mi tía, la de los puzzles, lo cual resulta extraño ya que no he recibido una llamada suya en la vida:

– Hola Tía, ¿cómo estás?
– Un poco aburrida, no pasan nada por la tele
– No es buena hora, hasta las 9 de la noche no ponen nada decente – pienso en que su voz suena un poco más despierta que de costumbre
– Nada decente
– No, nada decente – le repito
– Estaba pensando en cambiar de pasatiempo, creo que me estoy hartando de los puzzles.
– Es una gran idea, ¿Has pensado en algo? – Las Bombas Mexicanas, PRIELÁ, pack 300g están a 1.57 € y el pack de Espinacas FINDUS Verdeliss, A la Crema, 450 g a 2.15 €.
– No

– ¿Tía, sigues ahí?
– Sí, sí, estaba pensando en hacer alguna manualidad, no sé, calceta, punto de cruz, cosas de esas…- aunque parezca mentira, la noto entusiasmada.
– Puedes ir a clases particulares, aprender cerámica, a leer mapas, cosas de esas que suele hacer la gente para pasar el rato y no estar 5 horas seguidas viendo la televisión – Me estoy pasando de listo. También pienso en Napolitanas artesanas de Chocolate, (bandeja 12unid. a 1.99 €).

– ¿Tía, sigues ahí?
– Sí, sí. Bueno, ya lo decidiré mañana. Es una decisión importante – puedo ver como mira al techo, o al menos me lo imagino.
– ¿No has pensado en instalar calefacción central, de paso? – por probar que no quede. Desde siempre he tenido la corazonada de que la culpa de su carácter lineal, como una fila de hormigas, se debía a la temperatura ambiente de su casa.
– No. Te cuelgo, que tengo pensar. – La sigo visualizando mirando al techo, pensando.
– Espera. ¿Se puede saber por qué me has llamado? – le espeto
– Porque estas cosas se las solía preguntar a tu madre, pero está muerta.

– Hasta luego

Sesteo un rato más por la habitación. Me meto en el agua, tremendamente caliente. No está mal, porque ese rato al teléfono me ha dejado un poco tenso. Antes de empezar a quedarme como una pasa, mucho antes, salgo. Me seco. Se me cae la toalla y ya la recogeré más tarde, porque ahora llaman al teléfono. Es mi padre.

– Hola, hijo. Te llamaba para ver qué tal estabas. También para decirte que tu tía se ha matado hace unos minutos. Acaba de llamar la policía. Ha saltado desde la ventana de su piso.

Yo sólo pienso en que ha buscado una afición un poco estúpida. Volar. Ella también se ha convertido en un baldosín, pero del suelo. Mi padre, sin embargo, parece radiante. Algún interruptor ha vuelto a su sitio.

Me entero al día siguiente de que cayó aproximadamente en el mismo punto que mi madre. Estoy paseando entre los dos edificios, mi antigua casa y la de mi tía, por la estrecha y húmeda callejuela llena de tendederos que separa ambas fachadas y a la que los cuerpos de mi madre y mi tía cayeron. Mi madre arrastró 3 tendederos más que mi tía en la caída. Parece frívolo, pero yo estoy escuchando la bola de la ruleta botando al otro lado del esquina. Nick Cave está cantando Where the wild roses grow susurrando mi nombre. Paralizado por el miedo.

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4 responses

28 03 2006
Nuala

No sé qué tiene este de especial… pero me gusta. El principio se atranca un poco, tampoco sé la razón, pero luego me encanta. El hombre diminuto en el que algo ha hecho clic, la llamada de la tía de los puzzles (la conversación muy bien llevada)… Y la frase: Porque estas cosas se las solía preguntar a tu madre, pero está muerta.

28 03 2006
Troutman

Discutiendo con Mireia, me da la impresión de que el personaje del padre puede distraer un poco. Me gustan las personas con interruptores emocionales, más que nada porque mucha gente funciona incoscientemente de ese modo, pero aparte de ello desvía un poco el relato el hecho de que se alegre de la muerte de la tía, dando a entender que hay algo turbio tras ello (y lo hay). Pero creo que despista.

Tendré en cuenta lo de atrancado. De todas maneras, si la sensación es de pesadez, de un poco de opresión, me sirve.

28 03 2006
Claraboya

No voy a repetirme diciendote lo muchisisísimo que me ha gustado este relato. Voy a condensar mi opinión haciendo mías las palabras de un crítico llamado “Suso” que calificó tu texto de “brutal” y luego aclaró “buenísimo”, para disipar toda duda.

A mi también me encanta la idea de un interruptor emocional. Me parece muy original, además de gráfica, pero coincido con Mireia, como casi siempre, (es una mala costumbre que he desarrollado al ir conociendola), en que si renuncias al interruptor del padre todo encaja a la plscuamperfección y la historia de la llamada de la muerte en el lugar maldito del callejón cobra mayor fuerza.

De todos modos ayer entendí que lo importante del interruptor para ti er vincularlo a un oscuro suceso del pasado entre el padre, la tía y la madre, pero si lo que te interesa del interruptor es dejar constancia de que ese tipo de cambios se da en mucha gente de forma inconsciente, quizá, evidentemente es una sugerencia, puedas emplear el interruptor para describir otro cambio emocional y colarlo en el texto.

Si no, siempre podrás rescatar lo del interruptor para otro relato.

28 03 2006
Powder

Subidón,subidón… el relato está muy bien. Me ha gustado mucho lo de la moqueta del hotel mojandose.
Comparto la sensación de pesadez claustrofóbica, creo que está muy bien conseguida. De hecho diría que molesta al mismo tiempo que engancha. El desenlace sorprende.
En serio, me ha gustado mucho.Siempre es un placer leer tus historias.
Abrazos.

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