REMO (primera revisión)

8 06 2006

1981-2005

En Enero de 2005, Remo descubrió dos cosas que cambiaron su vida. Por un lado, tras dos años de trabajo, sus jefes le contaron asombrados que los árboles de los parques que tenía a signados habían crecido cuatro veces más que el resto de la flora de los jardines municipales. Por otro, tras un año y medio de ataques de ansiedad, visitas indiscriminadas a médicos y especialistas, dinero gastado en pruebas complementarias y resultados negativos en radiografías, TACs y resonancias magnéticas, había tenido que asumir que los dolores de cabeza que le asaltaban no se debían a un tumor cerebral terminal, sino a su hipocondría.

Remo nació el 17 de Junio de 1981, en un hospital de una pequeña ciudad industrial. Fue un parto sencillo, sin complicaciones, y pesó lo que debe pesar un niño normal. Lo único que lo podía diferenciar de los demás eran unos profundos ojos negros. Su madre, Azalea, fue la mujer más feliz del mundo por unos breves instantes, olvidando que hacía dos semanas su marido había ido a comprar pipas y aún no había vuelto. Cuando tuvo a Remo en sus brazos encendió un cigarrillo.

El 1 de Noviembre de 1982, en el mismo hospital de la misma pequeña ciudad, nació, mediante cesárea, su hermana Eva. Ese día Azalea debería haber estado, con su hijo en brazos, delante de la tumba de su marido, que había regresado del viaje a por pipas 9 meses después del nacimiento de Remo, sin dar explicaciones, con el tiempo justo de dejar a su esposa preñada otra vez y morir de cirrosis hepática. Eva tenía los ojos verdes.

Remo creció en un apartamento del centro de la ciudad, cerca de la fábrica de pescado donde su madre trabajaba, limpiaba y destripaba. En la cadena de desmembramiento de productos marinos, Azalea deslizaba un cuchillo con destreza con su pelo largo y canoso embutido en una redecilla y un cigarro en los labios. Hasta que prohibieron fumar en la empresa. Un apartamento, una habitación, una cama y una cuna de metal, heredada de su madre, y otra medio desvencijada de madera, en la que dormía Eva. Un apartamento en el que siempre olía a pescado y a humo de cigarrillo.

Durante toda su infancia, peleó y peleó con Eva. Por le chupete, primero, por el sonajero de plástico, después, por el mando de la tele, el resto de la vida que compartieron. Remo le robaba el cuaderno de los deberes, lo untaba de sobrasada y lo lanzaba al patio interior del bloque de edificios. Eva, mientras su cuaderno volaba, abría el estuche de rotuladores nuevo de su hermano y lo llenaba de escupitajos y mocos. Acto seguido, se dedicaba a estirarle el pelo y ella a intentar meter uno de sus largos dedos en alguno de los ojos de él.

Remo fue un estudiante mediocre en el colegio, con unas notas del montón y una habilidad deportiva escasa que no le hacía destacar en ningún sentido. Se especializó en pasar desapercibido. Sus profesores solamente se fijaban en sus ojos. Esos enormes ojos negros que, únicamente de vez en cuando, se levantaban de su cuaderno para posarse en la pizarra. A la maestra Matía le parecían dos bloques de grafito. Una sensación acrecentada por la poca disposición para sonreír del niño. A Matía nunca le gustaron los ojos que no sonreían. Su hermana tampoco era precisamente un dechado de virtudes, pero al menos tenía una cierta predisposición por las manualidades y se pasaba el día con una sonrisa en la boca. Justo antes de entrar en la adolescencia, descubrió que le encantaba tocar el piano.

Tenía pocos amigos, con los que iba desde su casa al colegio y después de vuelta y poca cosa más. En el instituto, seguía la misma rutina, con los mismos amigos con los que sólo compartía las idas y venidas. En casa seguía luchando con su hermana y últimamente habían destrozado la radio en un manotazo mal dirigido de Eva y su libro de Geografía había provocado una horrible brecha en la cabeza de Antonia, la portera, que siempre había deseado ver mundo y se encontraba pasando la escoba por el patio. Tuvieron que pedirle disculpas en el hospital, delante de su cama, cabizbajos, con las mejillas sonrosadas por los sendos tortazos que su madre les había propinado con un Bacalao que estaba desalando. Mientras pedían perdón por el lanzamiento indiscriminado de objetos por el patio, Azalea fumaba en el balcón de aquella habitación de hospital, rogando que algún doctor la sacase de aquella vida tan gris con la que le había obsequiado su marido, el comedor de pipas. Dentro, Antonia estaba hipnotizada por unos ojos negros.

A Eva le gustaban dos cosas, tocar el piano y liarse con todos los tatuajes y los piercings de la zona. Por las tardes, mataba el tiempo en el piano del aula de Música, sola, rodeada de instrumentos sin vida, esperando a que algún tatuaje tocara la bocina de su coche y salir corriendo por la puerta. Remo había ayudado a su madre a levantar un tabique para dividir la habitación de la casa. Los hermanos se quedaron con la parte pequeña y Eva dormía en la litera de arriba. Por las noches le despertaban los gritos de su hermana y los insultos de su madre, las carreras por la cocina, los golpes de su madre con las colas de merluza. Cuando por fin llegaba a la habitación, Eva se metía en la cama llorando y Remo, por una vez, no le decía nada.

Pero al día siguiente el la llamaba furcia y guarra y ella le llamaba lerdo y gilipollas.

Uno hizo un módulo inútil y anodino de formación profesional y otra se enamoró de un ebanista adicto al pegamento con el que se casó y con el que se fue a vivir al poco tiempo de conocerlo, con el consiguiente enfado de Azalea, la cual se pasó dos días y tres noches seguidas limpiando sardinas, que después tuvieron que tirar a la basura. Los gatos del barrio están haciendo régimen desde entonces. Cuando acabó el módulo, Remo pasaba los días aburrido, holgazaneando sin saber que hacer. Entre los escasos libros que había en la casa de su madre se encontró con un par de pequeños manuales de jardinería. Siempre había envidiado a las plantas, que podían estar todo el día quietas, sin hacer absolutamente nada, sin que nadie se lo recriminase, alimentándose de Sol y agua de lluvia, sin mover un dedo (una rama, una hoja). Pensó que un trabajo relacionado con ese mundo podría adaptarse perfectamente a lo que él podía dar de sí.

Remo se presentó a las numerosas plazas de jardinero municipal que habían surgido tras la remodelación sistemática de la ciudad que había acometido el gobierno después de la reconversión industrial. En la entrevista final con el consejo de selección, los miró uno por uno a los ojos, intentando adivinar que podía decir para conseguir ese puesto que tanto ansiaba. Ninguna de las tres personas que formaban dicho consejo pudo apartar la vista de aquellos ojos negros, ni pudo decir palabra, ni rellenar la hoja de objeciones. Así que lo admitieron y lo pusieron al cargo del cuidado de los árboles de 3 de los parques de la ciudad.

En aquella época, Eva trabajaba con su marido, tatuado hasta las orejas, en la fabricación de mobiliario rústico. Vivían en una cabaña, hecha a cuatro manos, apartada en medio de la montaña. En sus ratos libres consiguió fabricarse un pequeño piano marrón utilizando restos de mesas de alcoba y sillas, entre otras cosas. Pulido y pintado, podía pasar por un piano de juguete, y a ella le encantaba su sonido.

En el parque de Los Claveles, Remo paseaba entre los Robles y los Castaños de Indias, somnoliento, y les contaba historias. Uno por uno, a cada uno una historia. Los vivos a los que él hablaba, eran los muertos con los que Eva trabajaba.

2005-2011

El 12 de Enero de 2005, un día después de descubrir que sus árboles crecían más que los de ningún otro y que no se iba a morir de un tumor cerebral, Remo fue feliz. Y se lo contó a tres de sus cedros, entusiasmado. Cedros que crecieron medio metro de golpe.

Ese mismo día se le pasó el dolor de cabeza. Se encontró con la profesora Matía, mientras ella paseaba por el parque de Miranda y el le contaba que era hipocondríaco al único sicómoro de la ciudad. La saludó y ella vio asombrada, que sus ojos reían. De todos modos, solo le duró un día, a la mañana siguiente él creyó notar que uno de sus ganglios linfáticos estaba mucho más hinchado de lo habitual.

Su habilidad para fomentar el desarrollo de las diferentes especies arbóreas había llegado a oídos de la mayoría de compañías madereras y serrerías del país. Después de un divorcio a la velocidad del viento, Eva se había ido a vivir sola al campo, con su piano, y había encontrado trabajo en una de las empresas de madera laminada más grandes de la zona. Le encargaron hablar con él y convencerle para que se uniera a ellos.

Se lo encontró con las manos detrás de la espalda, observando y hablando bajo con un enorme roble del parque B3. El que estaba justo en frente de la casa de su madre.

– Siempre has sido un zoquete – le dijo, intentando sonreír. Hacía al menos 2 años que no lo veía

– Hola Eva – le respondió, sin volverse

– Veo que has prosperado

– Tengo para comer, pagar las facturas y me sobra tiempo para ver la tele – nunca le había pedido demasiado a la vida, la verdad – ¿Qué narices quieres?

– Por lo menos te podías dignar en mirarme

Remo se dio la vuelta. Otros quedaban obnubilados por sus ojos negros, enormes y absorbentes, pero ella no veía más que los ojos del hastío vital y vagancia suprema de su hermano. Más o menos la misma sensación que guardaba la gente de Remo en cuanto apartaba la vista.

– No tienes muy buena cara, ¿qué es lo que te pasa?

– Me estoy quedando afónico. Creo que es cáncer de laringe. Me ha salido un bultito en la garganta

– A ver, déjame tocar – y acercó sus largos dedos a su garganta. Palpó y palpó – ahí no tienes nada

– Que sí, que te digo que además me estoy quedando afónico, casi no puedo levantar la voz.

– Pues yo te oigo perfectamente. Déjate de chorradas.

– Vale. ¿Para que dices que venías? – Remo empezó a caminar hacia otro de los árboles mientras se lo preguntaba. Seguía con las manos detrás de la espalda y la cabeza gacha, con cara de aburrimiento. Otra vez.

– Supongo que sabrás que trabajo para Laminados Mar y que me he divorciado. – Esperó un momento para ver su reacción, pero él se limitó a levantar la vista hacia las copas de los robles del parque. – Vengo para ofrecerte trabajo. Sabemos que tienes un don que vendría de perlas a nuestra empresa para aumentar la producción y…

– No

– Pero…- en realidad Eva tampoco estaba excesivamente convencida de que a su hermano le fuese a gustar aquel trabajo. A ella sólo le pagaban por estar un día tras otro en la cadena. Se llevaba material a casa para seguir fabricándose pianos (y de paso, mesas y sillas y escurreplatos) y un sueldo. Más allá de eso, ¿qué obligación tenía para convencer a su hermano para dejar aquellos parques?

– Ya han venido otros antes que tú y les he dicho lo mismo que te he dicho a ti. No quiero trabajar más de lo que trabajo ahora, gracias, ni por todo el oro del mundo. Algunos me han ofrecido hasta mujeres a cambio. Estáis locos.

– De acuerdo – acabó diciendo ella. Quizás en el fondo se alegraba. – Oye, ¿qué tal está mamá?

– Como siempre.

…

– Ayer fui a ver al Doctor Elías. Me auscultó, me tomó la tensión, revisó mis analíticas y mis exámenes de orina. Me hizo una exploración de la laringe y las cuerdas vocales y me dijo que no tenía absolutamente nada, que ni siquiera…–A Eva le llevó un rato percatarse de que Remo estaba hablando con aquel Roble tan inmensamente grande y no con ella.

– Hasta luego Remo, mira que eres merluzo – y se alejó por entre los árboles, pensando en tomarse una taza de té caliente en su casa y tocar un par de horas el piano para relajarse. Hizo crujir sus dedos.

Un lunes, una mañana de verano del año 2011, el mundo entero se despertó con una noticia que nadie pudo creer. En cada noticiario de cada televisión y en cada Radio de Internet emitían que

Ya no se podía fabricar más acero.

Tras años y años de reciclaje del mineral de hierro aleado, de fundir y refundir automóviles, ceniceros de diseño y vigas IPN, el acero había dicho basta. En una reacción en cadena que duró una sola noche, todos los hornos de cocción de electrodos comenzaron a producir toneladas de una pasta blancuzca con motas negras (que meses más tarde se descubriría tenía propiedades alimenticias), en lugar de las preciosas coladas de acero fundido. Ningún científico, ningún ingeniero, ningún chatarrero pudo encontrar una explicación plausible. Tampoco tuvieron mucho tiempo.

2011-2020

Subió a duras penas por las tendidas pendientes que llevaban a la cabina, construida en robusta madera de nogal. Abrió la puerta y se arrastró hasta la hamaca que colgaba del medio del habitáculo. Con un suspiro, se dejó caer en ella y se acopló el micrófono a la cabeza. Por un millar de altavoces, repartidos a lo largo de kilómetros y kilómetros de campas, y alimentados por la escasa energía eléctrica procedente de las máquinas de vapor del complejo anexo a la cabaña, se escuchó.

– Queridos hermanos. Llevo varios días notando nauseas y no puedo ir al baño. Me veo muchísimo más flaco, aunque el doctor me ha dicho que sigo pesando 143 kilos, yo no le creo. Las básculas de madera no son fiables. Tengo todos los síntomas de un cáncer de colon galopante. Me paso los días diciéndole a…

Y de las campas brotaron pinos y eucaliptos.

Meses después del fatídico lunes en que la física mostró una cara oculta, meses después de que los hornos empezaran a botar aquella pasta blancuzca (con motas negras), todo empezó a desmoronarse. Absolutamente la totalidad del planeta se volcó en intentar buscar las causas de que pudiera producirse acero de ninguna manera y de intentar encontrar la forma de sustituirlo, hasta el momento en que el acero que ya existía decidió tirarse por la borda. Los aviones se resquebrajaban en vuelo, los coches se partían, y los edificios se desmoronaron. No hubo tiempo de especulaciones, ni de abandonos, ni traiciones, ni bolsas, ni macroeconomía. Ni siquiera de invasiones o guerras. Sencillamente, todo se fue a la mierda.

Remo se quedó hablando a sus árboles en el parque de los Claveles mientras todo se derrumbaba a su alrededor. Echó de menos la tele, y su casa. Echo de menos a su madre, que, bastante cabreada con él, decidió largarse con una partida de supervivientes en busca de comida y organización hacia el Oeste, cargada con los mangos de sus queridos cuchillos y 2 paquetes de tabaco envasados al vacío. Echó de menos la carne, hasta que los conejos comenzaron a campar a sus anchas entre las ruinas. Siempre había sido bueno lanzando piedras. Mientras tanto, solo tenía que pasarse por el bosque de manzanos o las antiguas huertas del cinturón verde y contar alguna historia (o gritarla, si tenía mucha prisa).

En su cabaña de campo, Eva tardó algo más que los demás en enterarse de las noticias. Soportó el caos y la podredumbre humana que pasaron por allí y en algún momento tuvo que defenderse con sus estacas, pero finalmente todo pareció calmarse. Cuando ocurrió, decidió ir en busca de Remo. Se lo encontró tumbado, comiendo puerros, en medio del antiguo parque C3, recitando obras de Yeats a los alcornoques de su alrededor, que se retorcían hacia arriba.

– ¿Desde cuando te interesa la poesía? – Le gritó, apoyada en un árbol, con la sonrisa de los Domingos. El giró un poco la cabeza y la miró con aquellos fríos pozos negros.

– No hay tele. Me encontré este libro tirado entre los escombros de la biblioteca y me he dado cuenta de que leerlo hace que los árboles crezcan aún más rápido.

– ¿Te gusta? A mi Yeats me encanta. ¿Has leído El viento entre…

– Es un coñazo, pero le gusta a los árboles

Eva era una mujer despierta. Le convenció de que al Oeste había más conejos y más clases de árboles frutales. Remo, aunque cansado, también estaba mortalmente aburrido, así que decidió seguirla. Al cabo de 4 días no hubo más remedio arrastrarlo por medio de una rudimentaria carretilla de madera que tuvo que fabricar, ya que Remo se negaba a caminar más. Cruzaron campos y carreteras con montones de pasta blancuzca (con motas negras) en el lugar en el que antes había coches, o lavadoras, o postes eléctricos de alta tensión. Arrastraba sobre una rueda el peso de su hermano a lo largo de la carretera, siempre hacia la puesta de sol. En esos momentos se descubría caminando por la izquierda, como siempre le habían enseñado. Jamás veían a nadie.

Finalmente descubrieron, cuando las fuerzas empezaban a flaquear, una villa empalizada que varias familias de supervivientes, algunos cojos, otros tuertos, pero más o menos enteros, habían conseguido mantener en pie cerca del río Turbio. Se aseguraron de que había varios médicos entre ellos. Uno de ellos era el Doctor Elías que suspiró y puso la vista en el cielo al ver a Remo. Al cabo de unos años, aquella mujer de ojos verdes, que había llegado del este sonriendo mientras arrastraba a un ya por entonces bastante orondo hombre al que nadie quería mirar directamente a los ojos, se había convertido en alcaldesa y propietaria de la única empresa de la comarca. Una compañía de producción y tala de árboles para construcción. Simplemente talaban un árbol y Remo le gritaba su vida, o bien unos versos de Chesterton, o algo de Rimbaud, que les gustaba mucho a los cipreses, y volvía a crecer de golpe. Con el tiempo perfeccionaron el método. Remo sólo quería carne guisada y que no le hicieran gritar más de tres horas al día, sin incluir Sábados y Domingos y fiestas de guardar. Fiestas de las de antes y de las de después de aquel Lunes del 2011. Eva se construyó una casa con la forma de Notre Dame de Haut de Le Corbusier en medio del pueblo. Algunos la criticaron por pretenciosa, y por malgastar el erario público. Pero la vida no tenía muchas complicaciones. Exceptuando un número muy limitado de apariciones, nadie pasaba ya por la carretera del Oeste. Antes era conocida como la Interprovincial S-233. Ahora ya nadie le veía sentido a aquel nombre. Solamente Remo se obstinaba en hacerlo.

Reposando después de un recital de 2 horas de piano para los niños de la aldea, Eva estaba sentada en el porche de su catedral, charlando con el Doctor. Vio humo en el horizonte y se acordó, después de tanto tiempo, de su madre. Sabía que Elías la conocía. Muchas veces había pasado por su casa cuando Remo se agarraba a las sábanas y suplicaba su presencia ante la aparición de un extraño divieso que luego resultaba ser acné.

– Doctor, ¿Se acuerda de mi madre?

– Sí. Azalea. -Se quitó las gafas de montura de pasta para limpiarlas con un paño, con cuidado de no acabar de resquebrajar los cristales. –Era desde luego una mujer especial. Durante el viaje hasta aquí estuvo de muy mal humor. Se liaba cigarros de orégano silvestre con las hojas que encontrábamos por el camino.

– ¿Quiere decir que vino con ustedes?

– Sí, pero éste no le pareció un buen lugar –dijo, rascándose la calva – de hecho, creo que sus palabras fueron “Ya puestos a movernos, quiero llegar hasta el mar”. Así que siguió hacia el Oeste.

– ¿Por qué no nos lo comentó en toso estos años?

– Si quieres que te diga la verdad, no me había acordado hasta ahora. Después de comer aquella pasta blancuzca con motas negras en el camino hasta este lugar, perdí muchísima memoria. De hecho, todos los remedios que le he estado recetando a Remo han sido puras invenciones. Para el resto de la gente del pueblo he hecho lo mismo. Curiosamente todo ha funcionado mejor que cuando sabía algo de medicina.- Y estaba sonriendo – Bueno, y la maldita pasta también me dejó sin pelo.

2020-2029

Remo ya no sabía si tenía 50 años, pero calculaba que así podía ser. En la playa, sentado, escuchaba las olas rodeado de nieve. Empezó a cantar la nana que su madre le recitaba cuando era un niño en su cuna de metal. El mar se convirtió en un hervidero de peces.

Cuando Eva le contó la historia del Doctor Elías, y la intención de partir para buscarla, Remo sintió una inmensa pereza. Estaba tirado en su hamaca, esperando a que los trabajadores terminaran de derribar los árboles recién nacidos. Así que le dijo que, por él, podía partir sola. Por supuesto, Eva hizo las maletas (unas maletas viejas y desconchadas, con etiquetas de líneas aéreas que hacía años que desaparecieron), dejó todo al cargo de su segunda de confianza, y se marchó sin despedirse.

Remo comenzó a aburrirse al cabo del tiempo. Su trabajo le asqueaba. Empezó a tener remordimientos, incluso. No se podía estar creando vida para acto seguido cercenarla sin que pase factura. Ya no dormía con naturalidad. En sueños siempre se le aparecía su madre con la forma de un abeto; le decía que era un vago; le decía que estudiara algo de provecho; le día que hiciera régimen; y entonces el clavaba un pez espada en la cabeza. Entonces se despertaba. Eso una y otra vez, con ligeras variantes. A veces el arma era un pez martillo. A veces el arma era un serrucho. El caso es que no podía descansar. No tenía hambre y empezó a adelgazar. Pero aún, se aburría. No escuchaba por las noches la música de su hermana con los niños del pueblo alborotando alrededor. No charlaba con ella en el porche de su rimbombante catedral, que el consejo del villorrio ya había decido reconvertir en granero, sobre los libros que leían una y otra vez, que ya tenían las hojas desgastadas y las cubiertas hechas trizas. A él, de todos modos, seguía sin gustarle prácticamente ninguno. Sólo apreciaba un poco a Mark Twain.

Se dio cuenta de que tenía que escapar de allí y lo hizo. En plena noche, después de que su madre-abeto le injertara una antena parabólica en medio del cráneo, huyó saltando la empalizada. Había adelgazado al menos 50 kilos en los dos últimos años jalonados de pesadillas.

El asfalto de la S-233 había empezado a desaparecer, pero aún se seguí el trazado con facilidad. Caminó y caminó. Por las noches, seguía sufriendo los ataques de su mala conciencia. Por el día se acordaba de su hermana y de su manera de sonreír cuando le contaba la última de sus enrevesadas paranoias hipocondríacas. También tenía hambre. Muchas veces, al pasar junto a una vía del tren en la que siempre había dos hileras de pasta blancuzca (sí, con motas negras) y a veces una enorme montonera de la misma en lugar de tren de alta velocidad, tenía la tentación de echar mano de ella. Eliminaría su hambre, olvidaría que se había dedicado a estar tumbado la mitad de su vida, apartaría de sus recuerdos a su madre, podría dejar de echar de menos a su hermana. Luego se daba cuenta de que quizás no recordase en qué dirección ir, u otras cosas peores. Y cazaba algún conejo. Se habían vuelto muy confiados.

Con la llegada del invierno de lo que el creía podía ser el año 2029, apareció ante Remo la línea de la costa. Por fin, se sentó y miró el mar. Se dio cuenta de que nunca, nuca, lo había visto. Cerró los ojos y se acordó de las canciones de Azalea y del olor de su tabaco. Y al cantar se multiplicaron los peces.

Pocos kilómetros al Sur, Eva había localizado el asentamiento del grupo de emigrantes de su madre. Aquella especie de pioneros. Ya casi no quedaba nadie cuando llegó allí. Sin embargo, Azalea, escuálida, con las arrugas colgando de su cara, seguía dirigiéndoles. Ella misma había dictado las leyes del lugar y muchos habían escapado, justo después de que instaurará la pena por robo, que consistía en azotes con anguilas eléctricas. Cuando vio a su hija, no sonrió por fuera. Entró en su chavola y cogió uno de sus paquetes de tabaco envasados al vacío. Se acerco a una fogata y encendió el cigarro. Puso los ojos en blanco. Estuvieron charlando durante horas, de Remo. Azalea fumaba un cigarro tras otro. A la mañana siguiente, Eva se despertó junto a la hoguera extinguida. Su madre se había apagado con ella. Así que decidió establecerse allí. Un día de invierno, de un año que ella pensaba que era el 2028, pero que para su hermano era el 2029, se acercó a la playa como todos los días, al lugar donde habían montado la tumba. En la lápida se leía: Aquí yace Azalea a secas. Nunca quiso un epitafio.

Ése día, nada más asomarse a la costa, vio en ése lugar, por la noche, había crecido un palmera enorme. Entonces supo que Remo estaba a punto de llegar.

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6 responses

9 06 2006
Dracma

Bueno, ya ha dejado testimonio en “el lado tenebroso”, pero no podía pasar por aquí sin reiterar, que el relato me encanta, Sr Trouman. Como tu dices: ENORME¡

Esta claro que tiene tu Genio y tu Imaginación.

12 06 2006
Blackstar

Mucho mejor con toda la parte final que has añadido, y sobre todo, ahora sí que la historia queda “cerrada”.

Poco que añadir a lo que te dije la primera vez, me gusta mucho.

12 06 2006
Nuala

¿Me lo parece a mí o el tema de la hipocondría está metido un poco bruscamente? Antes de 2005-2011 no aparece ninguna alusión a que Remo es hipocondríaco… Veo que lo haces más o menos a propósito pero antes podría haber pistas. Yo no sé si el hipocondríaco nace o se hace o qué, pero (por poner alguna pega, que el texto me gusta mucho) diría que quizá cuando se presenta a la plaza de jardinero ya es lo suficientemente mayor para tener síntomas… No sé, quizá ya funciona bien así y soy yo muy quisquillosa.

12 06 2006
Blackstar

A propósito de lo de jardinero municipal.. a mi lo que trastoca es lo del Consejo de Selección. Las plazas de jardinero municipal van vía oposición y ahí no hay entrevista que valga, examen y ya está, y si apruebas bien, ya puedes ser un loco de la vida.

12 06 2006
Troutman

Tomo nota. Luego coemnto lo del tema hipocondriaco y las oposiciones a jardinero, pero es que ahora estoy que no me tengo que acabo de llegar de London. Muchas gracias majísimas.

12 06 2006
Troutman

El Hipocondriaco nace. Pero nace a una edad avanzada. Yo, mijjjmamente, no me empecé a preocupar cpor esas cosas hasta justo después de cumplir 25. Un buen día me empecé a cagar porque me mareaba y no hay quien se quite la preocupación de encima. Otra cosa es si al personaje le quede adecuado el serlo, ya que el texto sió de una propuesta del taller donde esta característica, puñetera casualidad, venía impuesta.

Lo del consejo de selección, es evidente quye no tiene una corrspondencia con el proceso real en España, pero lo que me interesaba era remarcar el cierto poder hinótico de la mirada de Remo. Dado que el relato no está expresamente ubicado en ningún entorno geográfico real, creo que puede pasar.

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