Pisapalabras

19 09 2006

Bruno volvía de trabajar un poco cansado, la mayor parte de las veces. Dejaba el abrigo sobre su cama e iba a visitar a Ángel a su habitación. Normalmente se lo encontraba mirando por la ventana de su cuarto, sentado en su cama. Ya tenía ocho años. Pasaba por delante de él hasta la estantería para coger alguno de los libros infantiles que había ido comprando y volvía a pasar por delante de Ángel para sentarse en la silla. Nunca apartaba la mirada de la ventana que daba al patio interior. La habitación era muy pequeña, estrecha, y bastante sombría, pero al pequeño parecía darle igual la falta de luz, como todo en general. En consonancia, a sus abuelos también les daba igual el niño y se pasaban las horas delante de la televisión en la otra punta de la casa. Habían reinstalado a Bruno en la habitación más lejana de la sala de estar. Y sin embargo, no eran malas personas, pero creían que Ángel, como mueble, quedaba mucho mejor en aquella parte de la casa, y había que moverlo menos para llevarlo hasta la cocina. Bruno empezaba a leer como solía hacerlo desde hacía cuatro años, pero de un tiempo a esta parte la frecuencia de sus lecturas había disminuido. No se continúa con algo que sabes que no tiene ningún efecto. Al menos aprovechaba para leer los libros que le interesaban, en lugar de cuentos infantiles o cuestiones similares. O si no algo que él mismo hubiera escrito, para escuchar su sonido. En cualquier de los casos, la respuesta de Ángel seguía siendo mirar por la ventana.

Ángel era huérfano. Sus padres habían muerto en un accidente de aviación en el 96, justo después de despegar desde NY, cuando el aún tenía 3 años, por lo que su familia dice que nunca se enteró de nada pese a que lo tenían cogido en brazos delante de la tele mientras veían horrorizados las noticias. Se quedó al cargo de sus abuelos paternos y su tío Bruno, que aun vivía con ellos. Con el paso del tiempo se dieron cuenta de que Ángel no hablaba, no decía una palabra. Ni siquiera un sonido. Lo llevaron a unos cuantos logopedas, a algún que otro médico que sugirió autismo como causa del silencio. Sus abuelos nunca habían creído demasiado en la medicina y decidieron tratar de educarlo solos. Bruno no estaba de acuerdo, pero tampoco tenía los arrestos necesarios para coger al niño y buscar la manera de tratarlo por su cuenta. Y no le gustaban nada los hospitales. Al menos, mientras vivió con sus abuelos, trató de que Ángel no se desconectara del mundo totalmente, aunque no tuviera mucho sentido.

En el laboratorio, todo estaba ordenado. Sus compañeros no dejaban que nada se escapara del lugar que tenía asignado, así que Bruno acabó por acostumbrarse y dejar los bolígrafos en su correspondiente cajón y los informes sobre la mesa del director del departamento. Llevaba más de dos años investigando y reordenando el genoma del ratón, un trabajo repetitivo y exhaustivo cuya utilidad le parecía poco clara. Los días se hacían grises y deseaba llegar a casa para poder evadirse y escribir, aunque muchas veces no sabía sobre qué. Las palabras. A veces las veía formar frases en espiral pero no las entendía. Unos años antes, trabajando con las Arabidopsis, habían descubierto cómo lograr que emitieran luz. Consiguieron, de una manera fortuita, que aquellas plantas brillaran en la oscuridad. Con pequeños cambios llegaron a conseguir que la luz que salía de sus tallos fuera de colores diferentes. El experimento fue desviado para su estudio y desarrollo a otra parte del mundo, llena de dólares, y Bruno se quedó con la tarea clasificar millones de secuencias durante los años siguientes, algo que podría hacer un mono adiestrado. Nadie pareció rechistar, estaban acostumbrados a ser pisoteados. Algún que otro biólogo se marchó indignado, pero casi todos se quedaron en el mismo lugar, viendo venir camiones y camiones de ratones. En sus ratos libres, Bruno seguí creando pequeñas plantas azules y amarillas que dejaba bajo la ventana de Ángel.

El vuelo 800 de Trans World Airlines había salido del aeropuerto JFK a primera hora de la mañana y sólo pasaron quince minutos hasta que se estrelló. Estalló en pleno vuelo, voló por los aires. Tardaron 15 meses en volver a juntar la mayor parte de los cachitos que cayeron y ardieron sobre la superficie del océano. Bruno sabía que su hermano y su cuñada iban en aquel vuelo con destino París después de pasar unos días en Estados Unidos con unos amigos. Lo escuchó por la radio. Al llegar a casa de sus padres se los encontró delante de la televisión viendo fuego sobre el mar, con Ángel en brazos. No apartaron la mirada cuando entró por la puerta y se sentó junto a ellos. El niño tampoco.

Después del accidente Bruno sufría ataques de angustia bastante continuos. El psicólogo al que acudía para intentar remediarlo le aconsejó, entre otras cosas, que pusiera sus pensamientos en palabras, y sus palabras en letra escrita. No le ayudó demasiado, pero descubrió que era algo que le fascinaba. Durante la época en la que las plantas se iluminaban era su hobby, servía para dejar constancia de los experimentos, para plasmar las inexistentes evoluciones de Ángel y para escribirle cuentos en los que ningún personaje volaba. Sin embargo, cuando el trabajo se volvió tedio tuvo que refugiarse en ello. Hacía ya meses que no hablaba con sus amigos. Casi no le apetecía salir a la calle y tenía la sensación de que siempre hacía frío.

Lo que más dificultades le suponía era encontrar un punto de partida, una idea desde la que tejer sus recuerdos y sus emociones para que pareciesen imaginación De entre todas las técnicas que fue practicando, lo que mejores resultados le daba era comenzar con una serie de palabras aleatorias. Pero a veces resulta difícil encontrar palabras sueltas al azar porque uno no tiene esa capacidad para hacer de su cerebro una bombo de la lotería, así que decidió ponerse delante del ordenador e intentar crear un programa que generara millones de palabras sin relación entre ellas a partir del diccionario de la real academia de la lengua. Si repitiera esa secuencia millones de veces, además, podría comprobar de manera casera si era verdad que un mono tecleando una máquina de escribir podía terminar creando una obra de Shakespeare, pero eso era secundario. Al cabo de unas semanas obtuvo la versión definitiva. Apretaba un botón y el resultado eran diez palabras aleatorias en la pantalla. Y con sólo diez palabras y sus resultados, le pareció que podía volver a ser feliz. Horas delante del teclado, hojas tras hojas de ideas que imprimía y le leía entusiasmado a Ángel. A veces esperaba que se pusiera a aplaudir, pero era más probable que las lámparas del alfeizar silbaran.

Los ratones seguían en sus jaulas, llegando y muriendo para poder hacer listas inacabables de números y letras. Los días se hacían más cortos. Al llegar a casa apretaba una tecla y el universo se ofrecía ante sus ojos, aunque solo fuera su pequeño y gris universo lleno de fracasos amorosos, padres medio catatónicos y golpes en el colegio. Y accidentes aéreos. Hubo alguna noche en la que antes de acostarse no se preguntó si su hermano había conservado la conciencia mientras la parte de atrás del Boeing caía hacía el mar como un cometa. Durante ésa época, antes de salir por la puerta hacia el laboratorio, levantaba a Ángel y lo dejaba frente al ordenador. Al fin y al cabo no había mucha diferencia entre es rectángulo y los otros que habían llenado su vida. Lo dejaba con un pisapapeles sobre el Intro, y las palabras iban pasando de diez en diez como unos títulos de crédito infinitos. Se lo encontraba al volver en la misma posición.

El día final de aquella época, Bruno llegó a casa, pasó por delante de sus padres y se dirigió al ordenador. Al principio ni siquiera se fijó, mientras se cambiaba de ropa, en que las palabras estaban quietas en la pantalla. Luego vio mientras sacaba la cabeza por el cuelo del jersey, que el pisapapeles estaba en el suelo. En la pantalla el último código que había generado su programa era:

HOLA HOLA HOLA HOLA HOLA HOLA HOLA HOLA HOLA HOLA

Y al mirar Ángel se fijó que le estaba observando sonriendo. El niño dijo:

-Hola

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6 responses

19 09 2006
Troutman

Texto sin pulir, aver qué os parece. Necesitaba imperiosamente meter un relato aunque enun principio tenía intención de desarrollarlo más. De todos modos no sé si me gusta lo suficiente para profundizar en él. Espero vuestros comentarios.

20 09 2006
Dracma

Me ha encantado este relato, incluído el título, y espero ansiosa la versión extensa.

Aunque todo él me ha cuativado, dado que me explayaré en el lado oscuro, me limitaré a decir un par de cosas:

Me gusta epsecialemnte este inicio de párrafo:

“Los ratones seguían en sus jaulas, llegando y muriendo para poder hacer listas inacabables de números y letras. Los días se hacían más cortos. Al llegar a casa apretaba una tecla y el universo se ofrecía ante sus ojos, aunque solo fuera su pequeño y gris universo lleno de fracasos amorosos, padres medio catatónicos y golpes en el colegio. Y accidentes aéreos”

El final semi-abierto me parece muy acertado y la idea de las plantas luminosas le da un toque de color precioso.

20 09 2006
Blackstar

Yo como siempre, parezco la mala de la película, coño! jeje.

Me gusta mucho, pero el principio me parece algo confuso. “En consonancia, a sus abuelos también les daba igual el niño y se pasaban las horas delante de la televisión en la otra punta de la casa. Habían reinstalado a Bruno en la habitación más lejana de la sala de estar. Y sin embargo, no eran malas personas, pero creían que Ángel, como mueble, quedaba mucho mejor en aquella parte de la casa, y había que moverlo menos para llevarlo hasta la cocina.”
Creo que la frase de reinstalar a Bruno en mitad de este párrafo es lo que lo hace confuso.

Me encanta que mueran en un accidente aéreo, me gusta que se llame Ángel, me gusta que escoja hola y la idea del pisapapeles y la teoría de las palabras aleatorias. El relato en sí me encanta, creo que como dices, sólo tienes que pulirlo un poquitín.

Yo también tengo mono de relato así que pronto toca uno, que va a tratar de dos hermanos.

20 09 2006
Troutman

Qué va, además seguro que hay unos cuanto párrafos por ahí sin pies ni cabeza. Necesito críticas constructivas. Además, dracma seguro que se guarda los apuntes correctores para un mail privado de dos hojas de extensión.

Ayer, cuando escribía esa parte, busqué la teoría de los infinitos monos en internet. Un descojono,a demás de interesante:

http://es.wikipedia.org/wiki/Teorema_de_los_infinitos_monos

Sé que a raiz de ésto estuvimos hablando de otra cuestión sobre la que investigar en internet, pero ya no me acuerdo.

21 09 2006
Nuala

Es curioso pero hace menos de un mes escribí algo (digo “algo” porque lo he dejado por ahí colgado como muchas otras cosas) donde el protagonista era un chico llamado también Ángel que tampoco habla y todos creen que es autista hasta que un día los sorprende a todos… Qué casualidad más extraña.

Estoy escribiendo un relato a partir de un dibujo de Roger y me está quedando algo muy escabroso. Veremos si lo cuelgo.

27 09 2006
Ana

“se dieron cuenta de que Ángel no hablaba, no decía una palabra. Ni siquiera un sonido.” Y antes de los tres aNos, emitía sonidos? Decía “tatatatatá”, “papá” y cosas así y dejó de hacer ruido tras ver el accidente? Por curiosidad lo digo…

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