Montaje. Día 1.

24 10 2006

Llevo varias semanas muy obsesionado con los accidentes de avión. Mi naturaleza morbosa y que inconscientemente, en parte, busca amargarme la existencia cuando todo marcha sobre ruedas, me obliga a visionar en internet los foros sobre dichos desastres. Me centro, entre otras cosas, en saber si de entre los accidentes de rotura en varios pedazos de aparato en pleno vuelo (TWA 800, PAN AM 103 o el último de Gol), los pasajeros estaban conscientes durante la caída. Lo peor es que siempre acabas de descubriendo que, en algunos casos, sí. Por eso mi mayor miedo a volar es el mismo que el de Ethan Hawke en “Antes del amanecer”, pero al menos no me impide viajar. De hecho, he vuelto a descubrir que, una vez en vuelo, acabo estando bastante tranquilo. Toda la preocupación de las dos semanas anteriores a este viaje han sido debidas, deduzco, a que hacía más tiempo del habitual desde que no tomaba un avión, y a que en este momento de mi vida me siento tremendamente completo y tengo miedo de que se acabe. Pero esto último es una especulación.

En el aeropuerto de Loiu me reúno con el montador eléctrico con el que compartiré penas y alegrías durante la próxima semana y media, y al que a partir de ahora llamaré Montador 1. Él tiene un mes de trabajo. Para empezar, en la cafetería de la zona de embarque, hablamos de los lugares en los que hemos estado y de tipos de aviones. Hoy toca un Fokker 100 desde aquí hasta Paris, un aparato que no he probado nunca. El despegue es un espectáculo de vaivenes en el que dejo las marcas de mis uñas en el acero de los reposabrazos. Después, todo irá sobre ruedas. Los vuelos largos, como el Paris-Singapur, siempre son iguales, con los mismos ronquidos, el pescado rebozado a la china, las películas de fácil digestión y el olor a meados que sale del baño. Esta vez no hay manera de leer, porque tengo reparos en encender mi luz y despertar a la pareja que tengo a mi lado. Pareja en la cual ella es, por cierto, más alta que él. A sí que me tiro un par de horas jugando al Shanghai. Montador uno me comenta que Japón tiene que ser la leche, porque hay gente que se gasta el dinero de su casa en tunear su coche.

El tiempo previsto en Malasia estos días es: Tormentas.

Al llegar a nuestro destino, comprobamos que el hotel en el que estamos alojados no llega ni de lejos a la altura de los de otras ocasiones, pero está muy cerca de la fábrica. Está claro a qué hemos venido. Para cuando bajamos ya no es posible cenar, aunque solo son las 10. Por lo tanto nos vemos avocados a llena nuestros estómagos en el bar del hotel. Allí, sentados en una de las mesas de mimbre sobre un suelo enmoquetado e impoluto, como el suelo de los aeropuertos de Singapur y Penang, nos pedimos la oferta especial 4+1 de cerveza local Tiger. Las 5 cervezas, que te sirven en un cubo lleno de hielos, cuestan 60 RM, lo que viene a ser el equivalente a 6 platos de pollo con arroz en cualquier restaurante. El alcohol está cargadísimo de impuestos. En teoría, tampoco se permite la entrada en el país de mercancía obscena, incluyendo CDs, revistas o fotos, lo cual tiene su gracia al observar todos los carteles de publicidad del pub, llenos de mujeres en minifalda que están diciendo, implícitamente, a gritos, bebe Guiness y te echo un polvo. En el escenario, 3 Filipinas con una voz de andar por casa (al oírlas desde el piso de abajo pensamos que era un karaoke) y un casiotrón encantador. Minifaldas, misma mirada que las mujeres de los carteles y un repertorio de todos los tiempos bien pasado de moda, típico de la zona. Cuando vamos por nuestro segundo cubo de cerveza, se presentan a todo el bar, incluyendo nosotros. Al descubrir un de ellas que somos españoles, chapurrea un poco de castellano. Nos pregunta de qué parte de España somos, porque tiene un amigo en Méjico, y quiere saber si está cerca. Yo le explico que no, pero me pregunto si no hubiese sido mejor decirle que estaba entre Venezuela y Texas. En la barra, la filipina que toca el teclado, habla con un occidental entrado en años con pinta de putero y una botella de Jack Daniels delante. Al acabar los dos cubos de cerveza y 3 cuencos de aperitivos chinos, nos vamos a la cama más tarde de la una, con el bamboleo del avión aún en mis cervicales, la certeza de que mañana tendré resaca y la poca conversación de Montador1 que, con todo, parece un tío majo.


P.S: Todavía no he podido pasar fotos al ordenador porque me he dejado el cable en casa. Estoy pendiente de que Montador1 me deje su lector de tarjetas de memoria.

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4 responses

24 10 2006
Blackstar

Te persiguen las orientales y los karaokes, está visto.
Me rilo patitas abajo leyendo sobre tus viajes en avión, casi tanto como el escuchar la palabra cáncer.

¿El pescado enharinado o rebozado del avión está con harina de tempura o de la normal? Son las 2 de la tarde y me muero de hambre.

La sensación de miedo a que una maravillosa etapa de tu vida se estropee la conozco, pero no tiene sentido. Es como si encima de hipocondríaco te conviertieses en un hipocondríaco “emocional”. Disfruta y sé feliz, que todos lo merecemos.
Yo estoy hasta los webs de las obras de la expo. Ellas y yo te mandamos un abrazo.

24 10 2006
Dracma

“Montador uno me comenta que Japón tiene que ser la leche, porque hay gente que se gasta el dinero de su casa en tunear su coche” Gran motivo para visitar un país, de hecho esa es una de las dos razones por las que me apetece visitar Niponlandia; la otra, como imaginais es Sin tchan.

Espero ansiosa información sobre Montador 2 que debe de estar llegando al país si es que no ha vuelto a perder el enlace.

Otra cosilla:

Aunque no puedo hablar con conocimiento de causa porque todavía no he podido leer “la mente por descubrir” me surge la duda de si tu miedo no tendrá nada que ver con que te hayas pasado el último mes entrando en la página web de air disaster.com.

Y oye, vuelve pronto, que si no estás no sé con quién discutir a cerca de qué es arte.

24 10 2006
Troutman

Montador 2 ha vuelo a perdeer el enlace en Singapur, y la verad es que tiiene que ser agobiante para él. Vaya viaje más largo.

Mi miedo está directamente relacionado con éso, pero también con el funcionamiento de mi mente, propensa a usar demasiado la imaginación y la visualización futura, ya sea en hospitales o en aviones que caen en picado.

El pescado es rebozado con harina normal y corriente, pero tiene algo que me gusta. Aquí el pesacado es extrañísimo en su sabor. Casi siempre los sireven entero, estilo chino-thai, con verduras sobre una bandeja de metal calentada por dos mecheros de alcohol cutre-salchicheros. Encantador. Por no hablar de la cna de esta noche, explosión de sabor (y picor) es poco.

25 10 2006
Nuala

Yo no soy hipocondríaca en el sentido habitual, pero sí emocionalmente asi que te entiendo perfectamente.

Cuando soy muy feliz me da por pensar estúpidamente que no durará y que algo, cualquier tipode catástrofe en el sentido amplio de la palabra, vendrá a estropearlo. Claro que, como los accidentes de avión que imaginas, nunca ocurren.

¡Deja de mirar páginas de catástrofes aéreas y escribe más, melón!

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