El mundanal ruido

4 01 2007

Había visto pasar los aviones desde su atalaya. Antes de desaparecer por el horizonte les había sacado una foto, a ellos y a sus estelas. Después, a lo lejos, había escuchado las explosiones violentas y vislumbrado los árboles de humo por encima del bosque. Después le siguió el silencio. No se atrevió a moverse de su refugio elevado hasta que pasaron unos días, comiendo galletas pasadas y racionando las cervezas que había subido para aquella tarde. Desde allí observaba con sus prismáticos a todas horas, en cierta manera continuando con su labor de guarda forestal, pero con un objetivo distinto. No se vieron más aviones, ni más columnas de humo, ni fuego.

Por fin se decidió a bajar. Por las noches dormía en el catre de su cabaña, que estaba junto a la atalaya de observación donde había pasado los días protegiendo el bosque hasta entonces. No conseguía conciliar el sueño por culpa del silencio. Nadie respondía a sus llamadas por radio, su único contacto con el resto del mundo cuando se encontraba en medio de aquella espesura, a casi 100 kilómetros de la población más cercana. Sólo le quedaban sus libros y su cámara de fotos digital. Hasta ese momento, días después del último revuelo, no se acordó de que tenía que escoger una foto para borrar y dejar un espacio libre. El ciervo con la cornamenta asimétrica del tres de Julio fue el elegido, y desapareció.

Finalmente, se decidió a arrancar el todo-terreno y recorrer las pistas forestales que unían su cabaña con Eden, el pueblo más próximo que le servía de unión con el mundo exterior y como supermercado. Durante el trayecto, se imaginó la escena: muerte y destrucción. Le era difícil soportar la idea, pero se estaba quedando sin víveres. Al llegar a la entrada de Eden, no vio devastación. Únicamente soledad. Todo estaba desierto, casi impoluto. Y vacío. No había nadie, ni rastro de forma humana o animal. Ni tampoco manchas ni señales de lucha. Tampoco funcionaba nada. Entró en las casas, ajenas y comprobó que las televisiones no se encendían. Tampoco los teléfonos. Tampoco las máquinas de hielo del único bar. Las cervezas estaban calientes.

Él había decidido aceptar aquel trabajo de guarda forestal hacía cuatro años porque deseaba apartarse del mundo. Ya lo había visto todo, o al menos eso pensaba. Había conocido a montones de gente, y cada vez apreciaba a menos. Cualquier excusa era válida para despreciar a alguien: que hiciera ruido al masticar; que se hurgarse la oreja; que dijera constantemente constantemente en las conversaciones. Que le gustara el pop. Cualquier motivo era bueno para odiar a otra persona, y al final no se salvaba nadie. Se había hartado de los gritos, del humo y de las peleas de perros. De los telediarios de las tres y de las baldosas que salpican al pisarlas. Así que buscó y encontró un trabajo lejos del mundanal ruido, vendió su casa y se llevó consigo lo imprescindible, incluyendo una cámara de fotos digital con una memoria para únicamente 104 fotos. Cuando ya ejercía su nueva labor de guarda del inmenso bosque, decidió que no almacenaría más fotos que aquellas 104 durante el tiempo que pasase allí; que si alguna vez volvía no quería más que ese puñado de instantáneas y sus recuerdos. También odiaba a la gente que se entusiasmaba enseñando interminables rondas de momentos prefabricados con bermudas y gorra en sus últimas vacaciones en Marruecos. Por lo tanto, siempre contaba con 103 fotografías en la memoria de la cámara, y en cuanto decidía tomar una nueva, debía deshacerse de otra.

Sacó una foto de la calle principal desierta y borró la de Eva, la mujer que vivía al fondo de esa misma calle. Entró al bar a por una caja de cervezas templadas, recogió comida, alguna lata de gasolina, lo guardó en el todo-terreno y regresó a su cabaña en medio del gran bosque de coníferas.

Pasaron las semanas y él siguió con su rutina, rellenando los partes, observando los árboles, intentando encontrar animales. De vez en cuando vislumbraba una bandada de pájaros que se dirigía al sur, siempre hacia el sur. Nada más alrededor: la cabaña, la atalaya de observación, los libros de fotografía y de filosofía que le había regalado su padre y que había releído una y otra vez. Se dio cuenta de que aquel silencio le aturdía. Aunque al principio le resultara inconcebible, no podía soportarlo. La falta de sonido le hacía escucharse demasiado a si mismo, y si no era eso, oía pitar sus oídos. Incluso creía poder escuchar el sonido de la nieve de una televisión mal sintonizada. Estaba claro que quería estar solo, pero siempre que supiera que había alguien al otro lado. ¿Qué sentido tenía la soledad si no podía escoger vivir rodeado de gente?. Aturdido, volvía a conducir su todo-terreno hasta el pueblo. Al menos el motor era ruidoso. Ya en Eden, gritó pidiendo auxilio, pero no obtuvo más respuesta que el eco. Echó a correr como un poseso, sin mirar atrás, y solamente paró cuando no le quedaron más fuerzas y cayó al suelo casi desmayado. Al incorporarse vio que se encontraba a la salida del pueblo, junto a la cochambrosa tienda de recuerdos que también era el videoclub y la peluquería, todo en uno. Entró y se dio de bruces con el stand de las postales. Bosques frondosos e inmensos, cumbres nevadas y ardillas haciendo cabriolas. Cogió una y se puso a escribir, ya con más clama. Estoy aquí y soy libre. Este es un lugar seguro y bello, pero me siento atrapado. Necesito oír tu voz. Si quieres acercarte, serás bienvenido.

Firmó, pero sin indicar remitente, y recorrió el pueblo buscando dónde dejar la misiva. El lugar era lo de menos, ya que sabía que nadie iba a pasar a recoger el correo, así que la depositó en el buzón de la primera casa que encontró: una gran cabaña de madera pintada de blanco rodeada de un jardín vallado donde la hierba ya empezaba a notarse descuidada. Era uno de esos buzones de los que el pueblo, lleno de viviendas unifamiliares, estaba repleto. De los que tienen una banderita roja que indica que el correo está dentro. Así que la levantó. Después, con la sensación del deber cumplido, repostó en la gasolinera desierta y regresó a su atalaya con un saco de postales en la parte trasera del vehículo. Antes de salir de Eden, tomó una foto del buzón con la banderita levantada. Borró una cascada de principios de Septiembre.

Y continuó su rutina: al cabo de una semana volvió con una nueva postal y la depositó en otro buzón. Nadie cogería esas cartas, pero a él le hacían sentirse tranquilo y lograba dormir por las noches. Semana tras semana, repetía el recorrido. Estoy aquí y soy libre. Si quieres acercarte, serás bienvenido.

No tenía calendario y no llevaba la cuenta de las fechas, pero cada día que pasaba hacía más frío, así que comenzó a quemar todos los libros de la cabaña. Primero los de fotografía. Poco tenían ya que enseñarle. Después, la filosofía. Posteriormente tuvo que recurrir a la biblioteca del pueblo, aunque procuraba leer todo antes de arrojarlo al hogar de su pequeña casa de madera. Ni siquiera se daba cuenta de que estaba rodeado de madera por todos lados. Se acercaba al pueblo, dejaba una postal, siempre en un buzón distinto al de la vez anterior, recopilaba libros y alimentos enlatados, y regresaba. Estoy aquí y soy libre. Si quieres acercarte, serás bienvenido. Pronto comenzó a nevar copiosamente. Las pistas iban a estar impracticables.

Se acercó al pueblo con la intención de hacer un importante acopio de comida y combustible. Eden tenía un aspecto sombrío cubierto de nieve. No era precisamente blanco. Era casi grisáceo. Él pensaba que se encontraba más bien en las faldas de un volcán en erupción. Sacó una foto de la gasolinera cubierta de nieve. Ya se habían roto los cristales de dos ventanas de la misma. Cogió una postal del bolsillo del anorak, repleto a su vez de decenas de postales que ya traía escritas, como siempre, desde la cabaña, y buscó un nuevo buzón donde dejarla. Esta vez, al observar la calle principal, cubierta con 2 palmos y medio de nieve, se acordó de que ya había utilizado todos los buzones, pero que ninguno continuaba con la banderita roja levantada. Pestañeó. Sin pensar en el pánico que le provocaba aquella imagen, siguió con su ritual. Estoy aquí y soy libre. Si quieres acercarte, serás bienvenido. Y dejó la postal en un nuevo buzón. Levantó la bandera con sus manoplas, que le venían grandes. Se alejó de la avenida central, pero esta vez esperó escondido detrás de un montículo de aquella nieve deslavazada. No podía apartar la vista del buzón solitario, con aquel saliente rojizo refulgiendo sobre el manto grisáceo. Al cabo de horas, al atardecer, cuando casi se había quedado dormido por la espera y el frío, después de lo que parecieron milenios, oyó algo. Vio una sombra que se acercaba al buzón, lo abría y recogía su contenido. Mientras aquella sombra miraba su carta de pie, junto a la valla de la casa, se acercó boquiabierto, como un autómata. Alguna postal cayó al suelo de su bolsillo repleto.

Enfundada en un abrigo enorme, con la capucha quitada, pudo ver una melena rubia. Después, de perfil, el rostro de una mujer que leía y estaba sonriendo. Sacó su cámara digital, enfocó, y pensó que sería gracioso que fuera 24 de Diciembre.

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9 responses

5 01 2007
Blackstar

Mañana lo leo con detenimiento.
Si es que me deja agregar algún comentario claro!
¿es un cuento de Navidad?

5 01 2007
Troutman

Prácticamente.

De todas maneras, releido, no me hace excesivamente feliz. Necesito escribir algo con más gente, diálogos, más dinámico.

6 01 2007
kar

a mi lo de la imagen de la chica que destapa su melena rubia tras una capucha roja me ha recordado a un anuncio de chanel nº5 que protagonizaba esa que más tarde salió en el remake de el planeta de los simios

6 01 2007
Dracma

Ja, ja, pero nadie ha dicho que la capucha sea roja ¿no? Lo rojo es la banderita del buzón. Está claro que la mente humana a través de la asociación de ideas va más lejos que la pluma.

Yo he asociado el relato con “Jerico” la serie americana, y por eso me ha costado centrarme. De todos modos tiene el sello Troutman, esos pequeños detalles anecdóticos que hacen que tus textos no puedan nunca resultar anodinos.

La crítica pormenorizada (que seguro, Troutman, asocias con sangrienta), en privado.

6 01 2007
kar

es verdad!!!! no era roja!!!! joder,en qué estaría yo pensando… qué chungo!!

8 01 2007
Blackstar

Yo también he pensado en una muchacha con capucha roja. Esto debe ser como lo del test aquel de la herramienta, el martillo rojo.

Me ha gustado mucho. Me encantan las historias que cuentan con un solo protagonista. Leyendolo me he imaginado un pueblo estilo Cicely, no me preguntes por qué. Con pocas cosas, un pueblo vacío (aparentemente), una cámara y la idea de la soledad como fondo se puede escribir una historia original. Creo que a mi, más que el saber si podría haber rastro de vida o el desenlace de la historia lo que más interesante me ha resultado es poder observar al protagonista como a través de una mirilla. Creo que da esa impresión, como si nosotros lo espiasemos en su día a día, y eso me parece muy interesante.

Un abrazo y Feliz Año 2007!

8 01 2007
Troutman

Es que estaba pensando precisamente en Cicely. En un capítulo de doctor en Alaska aparece el personaje de un guarda forestal. Entre éso, un posible compañero de piso misántropo que pretendía opositar para un puesto similar y la obsesión por hongos nucleares en el horizonte (que por mucho que diga dracma, es algo que tengo metido en la cabeza desde hace siglos, y que al igual que la de aviones estrellándose es una imagen recurrente en mis sueños) acabo llegando a esta historia.

En cuanto a lo de observado por una mirilla, me gusta que dé esa impresión, aunque creo que se me ha colado algún apunte de los pensamientos del protagonista, la idea era un narrador en tercera que fuera casi una sombra. La cuestión es que si no punteo el relato con las sentimientos del personaje principal, puede quedar exageradamente frio.

Tenía pensado, por recoendación del taller, un modo alternativo en el que el protagonista narra en primera y finalmente resulta estar todo en su cabeza. Lo cierto es que no me aptece demasiado aunque pueda ser un jerecicio interesante.

8 01 2007
Blackstar

Qué grande Doctor en Alaska. Y qué grande Cicely. Jamás he soñado con explosiones nucleares, pero tengo una compañera que también tiene obsesión con ellas y con catástrofes tipo Chernobill.
Seguro que Freud venía aquí e intuía que en realidad esas nubes atómicas en forma de hongo son proyecciones fálicas de algo. O eso, o simplemente de nuevo miedo irracional. Creo que es más probable el accidente de avión a sufrir una catástrofe nuclear. E incluso, que te ataque el león en pleno Bilbao.

20 01 2007
Nuala

Llevo días intentando dejar un comentario aquí…

Sólo comento ya que me gusta cómo consigues plasmar la sensación de soledad y la angustia creciente de que no haya nadie más.

Y que lo de quemar los libros como combustible porque hace frío (aunque incluyas la frase “Ni siquiera se daba cuenta de que estaba rodeado de madera por todos lados”) me parece demasiado forzado y me saca del cuento. Es una buena figura como paralela a la de borrar las fotos pero diría que te lo podrías ahorrar.

Por último, pero no por ello menos importante: ¡por fin un final esperanzador y hasta feliz, increíble!

Realmente está enamorado…

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