Sólo para aburridos o masocas: El profesor de piano (R01)

13 02 2007

Eva hablaba y yo la escuchaba embelesado, intentando aparentar que no me importaba nada de lo que me contase. Solía saludar efusivamente cuando entraba, con esa voz maravillosa que conseguía absorberme; una voz cálida que envolvía palabras que nunca sabía si eran ciertas. Aquel año tenía otros dos alumnos en primer curso y los tres venían a mi casa los Lunes por la tarde. No sabía si hacía lo mismo con el resto del mundo, si los embargaba con sus melodías y con sus historias de romances con trapecistas. Ni Orson ni Ander me contaban nada sobre ella, aunque no era sorprendente, ya que ninguno de los dos me dirigía prácticamente la palabra en clase. Quizás, cuando salía de esta casa, Eva se convertía en una persona normal, iba al supermercado a comprar ajos como todo el mundo, o tenía un álbum de fotos con instantáneas suyas de cuando llevaba el pelo cardado a los quince, pero aquí dentro, era la reina.

Las clases de piano duraban una hora y se impartían en el salón de aquella casa de dos pisos cuyo suelo emitía lamentos por las noches, como todos los suelos de madera de todas las casas ancianas. El piano estaba en una de las esquinas, cerca de un ventanal que me permitía sentir el calor de los rayos del sol si el día estaba despejado. En cuanto salía un alumno de aquel salón al terminar la clase, entraba el siguiente, que esperaba en el recibidor. El primero de ellos era Ander, que invadía la estancia con sus pisadas que estremecían el suelo de madera. Todo crujía en el viejo caserón a su paso, y mientras se acercaba al piano reconocía cada una de mis alfombras por los diferentes sonidos que hacían sus pies al tocar el suelo. Tenía unas manos horribles de escayolista, duras y ásperas como longanizas de piedra; era un alumno terrible, pero pagaba religiosamente; no hablaba apenas y parecía buena persona.; sólo resultaba un poco molesto cuando yo le hacía reír, ya que tenía la costumbre de asestarme una palmada en la espalda que me dejaba dolorido el resto del día. Si hubiera podido mirarme, estoy seguro de que hubiese visto una gigantesca marca roja con forma de manopla, con la silueta de unas manos que Eva me decía eran capaces de partir bloques de hielo.

Tras la clase de Ander, era el turno de Orson. Eva me contaba que era delicado y atento, rubio, estilizado, y un gran amante. Yo nunca llegué a intuir nada de aquello en él, porque Orson llegaba, saludaba, tocaba, afirmaba o negaba mis comentarios, aprendía y se marchaba. Al darme la mano después de finalizar cada clase, siempre tenía las palmas sudadas. Quizá fuera porque su horario de clase estaba cerca del anochecer, pero casi siempre sentía frío en su presencia.

Después finalizar la práctica de Orson, comenzaba la clase de Eva, aunque ella siempre llegaba diez minutos tarde, como mínimo. Mientras esperaba, cogía el bastón y salía al porche de la casa para sentarme en las escaleras y sentir el viento en mi cara, después de haber pasado encerrado en aquel lugar todo el día, y realmente la mayor parte de mi vida, y tener un momento para sentir la vibración del mundo. Eva me decía, cuando se marchaba y yo la acompañaba hasta la puerta, que las vistas desde la entrada de casa eran fabulosas, que una de las cosas que más le gustaban de ir hasta allí era poder ver el valle, más que aprender a tocar el piano. Bien es cierto que otros días decía justo lo contrario, incluso podía llegar a afirmar que la verdadera razón para acudir a las clases era poder estar junto a mí. La verdad es que cualquier frase sonaba maravillosamente si iba vestida con su voz.

Cuando todo se quedaba en silencio, cogía el bastón y subía al piso de arriba para escuchar la radio, intentando huir de todo aquel martillear de piano que resonaba durante el día en el salón, botando contra las paredes y las moquetas; contra los cuadros que Eva me decía que eran tremendamente recargados y un poco siniestros; contra las cortinas, todo aquel mobiliario que mi hermano había elegido por mí para dar un toque un tanto barroco a la estancia y lograr más empaque ante mis alumnos. Contra esos muebles que a mí me eran indiferentes y de los que solo me preocupaba que no tuvieran aristas vivas.

Eva adoraba mentir, y se jactaba de ello en mi presencia. Supongo que hacía lo mismo delante de Orson cuando tomaban café juntos, en el bar que hay bajando las escaleras de mi casa, mientras Ander aporreaba las teclas ante mis resignados oídos; y seguía mintiendo delante de Ander en ese mismo bar, mientras Orson congelaba mi espinazo. Según ella, Ander le hacía reír, y era lo único que le importaba, más allá de que lo considerara unidimensional y no supusiera un reto para sus mentiras. No sé cómo se puede amar a una persona así, pero lo cierto es que ellos dos bebían los vientos por Eva, y aunque es probable que intuyeran que les engañaba, no se daban cuenta hasta qué punto. Un buen día, incluso, hasta quiso sentarse en mis rodillas, pero no se daba cuenta de que no le hacía falta acercarse a nadie para derretirlo: su voz era un arma sutil y de media distancia.

Eva vivía sola, y por el tono de su voz diría que es casi lo único cierto de entre todas las historias que me contó durante aquella época. Ocupaba el tiempo relatando sus cuentos inventados a todos los hombres que se cruzaban en su camino, incluyéndome a mí. Si debo creerla, había más aparte de Orson y Ander, pero a veces era tal la cantidad y tan estrambóticos los nombres y las ocupaciones que resultaba inverosímil. Yo se lo decía y ella tomaba nota, porque me utilizaba como conejillo de indias para evaluar sus entramados de invenciones. El dominio que logró con su voz era asombroso, y el tono era el mismo cuando me leía la previsión del tiempo para el día siguiente que cuando aseguraba haber estado bailando hasta altas horas de la madrugada con un presunto vampiro. Para cuando llegamos mitad de curso, Eva ya solía aparecer por casa fuera de los horarios de su clase, siempre para contarme sus cuentos, o leerme periódicos y revistas cuyas noticias e historietas iba incluyendo en sus entramados.

Los días siguieron transcurriendo lentamente aquel año, flotando alrededor de los Lunes. Impartir clases el resto de la semana se convirtió en una obligación mecánica que había que cumplir, por no hablar de los fines de semana, si en algún momento no recibía su visita y escuchaba, por ejemplo, la triste historia de la madre de Orson, que había servido como cobaya del gobierno en unas pruebas nucleares sin haber sido consultada y que ahora tenía seis dedos en los pies y dos muñones en la espalda que Eva aseguraba que se convertirían en alas; o el cuento de Ander, al que un buen día paseando por el bosque unos encapuchados habían querido raptar para, supuestamente, sacar una buena cantidad de dinero mediante secuestro express, dado que su familia se había hecho rica revendiendo atolones del pacífico, y él los había rechazado exclusivamente a patadas. Todo seguía su curso hasta que llegó el verano.

Era ya el final de Junio cuando, una semana antes de finalizar las clases, decidí hacer un alto para que Eva me cantase una de mis letras favoritas, mientras yo la acompañaba al piano. Ella estaba cantando, y yo, siempre que escuchaba aquella canción pensaba en el mensaje de adoración tan sencillo que transportaba:

And I don’t believe in the existence of angels
But looking at you I wonder if that’s true
But if I did I would summon them together
And ask them to watch over you
To each burn a candle for you
To make bright and clear your path
And to walk, like Christ, in grace and love
And guide you into my arms

En medio de aquella estrofa escuché la puerta que se abría y unos pasos sigilosos entrar en el salón. Orson dio las buenas tardes de manera lacónica, como hacía habitualmente, pero no paré de tocar, ya que me resulta tremendamente fastidioso dejar canciones a la mitad, ni Eva de cantar al ver que yo continuaba. La cuestión es que quizás fuera porque estaba acostumbrado a escucharla bajo una dolorosa voz de hombre, o porque la interrupción me llevó a un estado mental diferente, pero durante el resto de la ejecución pasó por mi mente la certeza de que la letra no tenía ningún sentido excepto por la música que la acompañaba, que aquellas palabras eran una invención, que el que la compuso pensaba exactamente lo contrario.

Yo seguía absorto en mis pensamientos cuando escuché el terremoto andante de Ander, sin previo aviso y sin haber terminado de tocar. Eva dejó de cantar, y escuché un sonido de una respiración a la que repentinamente le falta el aire. Esta vez, la transición de pasos maderas crujiendo-alfombra- maderas crujiendo-alfombra fue mucho más rápida de lo habitual. Oí a Orson gritar implorando clemencia y justo después un golpe, el inconfundible sonido de carne y huesos contra carne y huesos rotos. Después, un nuevo retumbar de pisadas aceleradas que se perdieron por la puerta de entrada.

Eva se quedó conmigo hasta que vino la policía, acariciándome la cabeza con sus manos delicadas, sin decir palabra. Nunca quise saber qué estaba haciendo Orson exactamente al tiempo que Eva cantaba cuando los sorprendió. Prefiero no saber qué vio Ander para matarlo de un cabezazo en el salón de mi casa. Después de las preguntas y las respuestas, algún interrogatorio de por medio, unos cuantos días de confusión, la tranquilidad de lo cotidiano regresó, pero Eva no. Al menos, me hubiese gustado saber que sarta de mentiras le contó al juez, pero a mí no me citaron, supongo que por la imposibilidad de que aportase un punto de vista lo suficientemente preciso a todo el asunto. Además, Ander se había declarado culpable.

A veces la echo de menos; la manera en la que me leía las noticias del periódico antes de comenzar a tocar; su manera desastrosa de seguir el ritmo, sus suspiros; el olor de su piel cuando en la calle estaba lloviendo. Tener que leer de nuevo en braille, utilizar el tacto para algo tan frío como los relieves de una hoja, sin una voz que me acaricie, no me gusta. Prefiero escuchar. Pero hace unos días he descubierto que puedo tenerla otra vez en casa. Parece que ha conseguido un trabajo en la radio local, y estoy seguro de que llegará muy lejos. Oírla de nuevo hace que recuerde los amaneceres púrpura.

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6 responses

14 02 2007
Dracma

Has cambiado más cosas desde la última modificación.
Lo del “punto de vista” tiene mucha guasa, je, je, muy tuyo. El texto cada vez me gusta más, y me parece más claro, pero hay alguna cosilla que retocaría, alguna palabra que me parece que se repite demasiado etc…, ya sabes manías mías, te lo comento luego, escrito en mano, que es más fácil.

19 02 2007
Ana

A mi me gusta mas que el otro; sobre todo porque al final con lo del braille queda claro que es ciego, porque yo la primera vez no lo habia pillado. Ademas tambien dejas claro tu obsesion por lo nuclear :-)

19 02 2007
Ana

A mi me gusta mas que el otro; sobre todo porque al final con lo del braille queda claro que es ciego, porque yo la primera vez no lo habia pillado. Ademas tambien dejas claro tu obsesion por los desastres nucleares :-)

19 02 2007
Ana

No es que me repita, es que crei que el primer mensaje no habia salido :-)

19 02 2007
Nuala

Pero yo lo que quiero saber es sólo una csa: ¿al final hay vampiro o no hay vampiro?

Joder, para una historia de vampiros que consigues que me gustes y resulta que sólo estaba en mi cabeza…

Yo ya tengo un lío considerable y cuando leo un texto con varias modificaciones ya no sé cuál me gusta más porque siempre me viene el recuerdo de la primera lectura y se impone sobre los otros. Me gustaba más el final menos esclarecedor. Siempre voy al contrario que todo el mundo. Para mí era más estimulante ir descubriendo que era ciego sin que lo dijeras tan claramente, era una de las gracias del texto…

19 02 2007
Troutman

Es realmente complicado releer un texto ajeno por segunda vez porque se mezcla todo. Lo mejor es dejar mucho tiempo entre medias e intentar no compararlos, pero es imposible. Así que os agradezco los comentarios. Y no, no hay vampiro, es un mundano pianista que no ve tres en un burro.

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