Recuerdos en la cola de la ventanilla del departamento de tráfico (Contextualiza a Oscar: parte 2)

25 02 2007

La cola de la ventanilla del departamento tráfico por fin había desaparecido, y él se encontraba frente a la mujer detrás de esa ventanilla, que revisaba los papeles para obtener el permiso de conducir internacional.

—Oscar Villedas
—Ése soy yo —aseguró él. Escuchar su nombre le resultaba extraño.
—Espere un momento —le pidió ella, ya con una sonrisa en los labios y mirándole a los ojos. Al hacerlo, Oscar tuvo la sensación de conocer bien esa cara. Acostumbrado a las líneas y los polígonos, entrecerró los ojos para tratar de averiguar de dónde provenía la familiaridad de aquella cara. Unos rasgos más ovalados, un pelo más corto, un poco de colorete en las mejillas, menos desgracias en el brillo de sus pupilas, y vio casi con toda seguridad, que aquella mujer era Bea. Entonces recordó cómo pasaban lista en las clases de la escuela:

—Oscar Villedas
—Sí
—Beatriz Viñas
—Presente

Y que pensaba en lo maravilloso que era que, aunque solamente fuera sobre el papel, estuvieran juntos.

Cuando tenía trece años, Oscar era una versión en miniatura de sí mismo en el tiempo actual, esperando en la cola de la ventanilla del departamento tráfico. Aquel verano había dado el estirón, y su estirón fue casi un desdoblamiento. Siempre había sido un alumno bastante aceptable, tirando hacia la medianía, y en el deporte, ésa pasarela dónde un niño se juega toda se reputación y gana o pierde el respeto de sus compañeros, nunca había destacado. Por lo tanto, aquella multiplicación de sus estatura supuso una buena oportunidad para apuntarse al equipo de baloncesto. Sin embargo, era un paquete. Esto acrecentó su sensación de asqueo para con el mundo; era infeliz, y aunque casi los niños le dejaban en paz, y con algunos incluso podía charlar amigablemente, pensaba que la mayoría eran unos malditos hipócritas (palabra que hizo suya para aplicarla a todo bicho viviente en cuanto la descubrió con diez años) y unos sacos de vanidad. Sus padres habían hecho un esfuerzo muy importante por apuntarlo a un colegio privado, el mejor de la ciudad, a costa de tener que dar a su hijo para merendar un exiguo bocadillo de mortadela, y al entrar en aquella escuela Oscar se vio envuelto en una vorágine de zapatillas de marca, vacaciones en los Alpes e hijos de dentistas. Todo le parecía una pose. Así que terminó detestando a sus compañeros, odiando a sus padres y aborreciendo la mortadela. De las pocas cosas que parecían brillar en aquel entorno, y que el pudiera recordar de una manera más o menos clara y no vagamente como ocurría con casi todo el resto de sus vivencias de entonces, era Bea y su diadema.

Era la tercera de clase, y aunque provenía de una familia acomodada y su grupo de amigas era especialmente dañino y superficial, Bea era adorable. Y sobretodo, auténtica. Al menos eso era lo que Oscar recordaba. También tenía más o menos clara en su mente la imagen de sí mismo recibiendo un balonazo en la cabeza durante un entrenamiento al haberse quedado embobado mirando cómo se movían los pliegues de su falda a través de las verjas del colegio, lo que resultaba curioso teniendo en cuenta la violencia del impacto y que suele provocar amnesias temporales. O las estampas de si mismo siguiéndola, a ella y a su falda, y a su diadema, a hurtadillas, mientras Bea volvía a casa con sus amigas. Oscar el rey del camuflaje. Así se recordaba él. Y Bea era la única cuya piel parecía de verdad y no el envoltorio de las bandejas de pechugas de pollo del supermercado. Algo de verdad en ese pequeño mundo de cartón-piedra. Años más tarde Oscar descubrió la palabra atrezzo y también la hizo suya.

Le venían a la mente, de pie ante la ventanilla del departamento tráfico, los recuerdos de aquel tiempo que siempre rechazó en cuanto se fue de ese colegio en el que hasta los bedeles parecían guerreros de terracota de una tienda de recuerdos. Se acordaba de cómo pasaba el día fuera de casa, observando no sólo a Bea, los pliegues de su falda, su diadema y sus zapatos, sino también a sus compañeros de clase, sin que ninguno se diera cuenta, o por lo menos eso era lo que el creía. Oscar detrás de un árbol. Oscar agachado junto a la puerta de un coche. Más de una vez, conocer la vida de espaldas de el resto del mundo le había servido para salir de algún apuro, o amargarle la mañana a un compañero especialmente desagradable. También, mientras observaba las manos de la Bea adulta organizar y distribuir sus papeles para la obtención de permiso de conducir internacional, vio como un fogonazo el entrenamiento en el que Ander, el escolta del equipo, le comenzó a atosigar en el vestuario con la estúpida insinuación de que estaba colado por Bea. Acusación a la que se unió el resto de los jugadores del equipo. Aún el día de la cola de la ventanilla del departamento tráfico, Oscar podía reproducir mentalmente cómo el mundo giraba y giraba al escuchar a Ander; cómo todo se tornó rojo y los rayos se acumularon explotaron alrededor de sus campo de visión, o al menos eso creía recordar él; cómo Ander y él se liaron a empujones hasta que, de un empellón, el primero se golpeó la cabeza contra uno de los bancos de madera del vestuario y comenzó a sangrar copiosamente. Oscar se quedó, más tarde, solo en el vestuario, mirando el charco de sangre, que es probable que recordara más grande de lo que realmente era. De hecho, es casi seguro que el número de puntos de sutura que recibió Ander fue mucho menor del que Oscar tenía en mente años más tarde rememorando todo aquel asunto, en la cola de la ventanilla del departamento tráfico. Cierto es, sin embargo, que desde entonces despreció también cualquier tipo de violencia y el color rojo. Y a sus padres, y a la mortadela, y al plástico, que vienen a ser todos lo mismo.

Delante de la ventanilla del departamento tráfico, tramitando su nuevo permiso de conducir internacional que le permitiría escapar, otra vez, de un mundo que le parecía se estaba volviendo por momentos un colegio de pago lleno de poses, Oscar miró a aquella Bea adulta que le extendía el resguardo de su solicitud.

—Puede venir dentro de una semana a recogerlo, en la ventanilla de allí enfrente—le dijo ella.

Oscar tomó el papel y se dispuso a salir de las oficinas del departamento tráfico. Últimamente el mundo real se estaba presentando como un envoltorio, como una manada de animales sin nada que aportar alrededor de una esfera de miles de kilómetros de diámetro, pero pese a todo, cuando estaba a punto de salir y comenzar su huida, volvió a ponerse en la cola de la ventanilla del departamento tráfico, porque quizás hubiera algo que mereciera la pena, aunque no estaba seguro.

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7 responses

26 02 2007
Dracma

Esa fijación por llamar Ander a la mitad de tus personajes masculinos es para hacérsela mirar. Mikel x Ander (je,je)

Creo que el objetivo del texto del Taller está cumplido (Estamos trabajando sobre un mismo personaje todas las semanas y esta vez se trataba de buscar un recuerdo que fuera significativo para nuestro personaje y aprovecharlo para ir revelando en parte su personalidad).

Hay varias cosas que me encantan del texto, por ejemplo la fobia desmedida a los bocatas de mortadela, al plástico y a sus pobres padres…los bosquejos de la Bea niña que el personaje recuerda, sobre todo lo de la piel, e incluso los recuerdos del colegio y todo lo que le rodea como un decorado.

26 02 2007
Ana

Yo hice click en “aNadir un comentario” para decir dos cosas: 1) Lo de la obsesion por Ander, que tambien me llamo la atencion (pregunta: son todos el mismo Ander? porque a lo mejor nos tienes reservada otra historia: “Ander”), y 2) que me encanto la comparacion de la piel con el plastico de las pechugas de pollo… Ahora creo que no volvere a ver igual ciertas caras… Buen insulto, “cara’ pechuga plastificada!”

28 02 2007
Nuala

A mí me ha gustado especialmente esto:

“…al entrar en aquella escuela Oscar se vio envuelto en una vorágine de zapatillas de marca, vacaciones en los Alpes e hijos de dentistas. Todo le parecía una pose. Así que terminó detestando a sus compañeros, odiando a sus padres y aborreciendo la mortadela.”

Me parece que en un par de frases acertadas describes todo un ambiente y una sensación del protagonista. Bravo.

28 02 2007
Troutman

Gracias por los comentarios. Sé lo complicado que resulta leer relatos y más uno como éste, un poco encorsetado por las premisas del taller de escritura.

Sobre Ander, decir que mi compañero de piso, ése tiesto andante (pero no mucho, a ver si se iba a cansar) con el quie conviví (hicímos juntos la fotosíntesis), me dejó marcado. Ponerle su nombre a todos mis personajes secundarios es mi sentido homenaje a ese alma incomprendida y profundamente aburrida.

1 03 2007
Nuala

Eso sí, no abuses de la mortadela. Una imagen brillante se puede usar sólo un número pequeño de veces para que funcione…

Me ha faltado alguna imagen que una el presente con el pasado. Son cosas mías pero quizá si las manos que remueven papeles delicadamente como dos mariposas blancas hubiesen transportado al protagonista al momento en que hizo un trabajo de plástica con la niña de la diadema y ella movía las manos de igual modo… En fin, no sé si me explico.

Soy fans de Ander, el chico ostra.

1 03 2007
Dracma

NualaxAnder

4 03 2007
Troutman

Lo de la mortadela, lo tengo en cuanta. El humor basado en la repetición hay que usarlo con tiento. Y quizás haber encadenado mejor pasado con presente sería una buena idea, con puentes visuales o mentales, pero ahora que lo has dicho, ya no puedo hacerlo. Deja de robarme ideas que no tengo!

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