Hola Dayna (Contextualiza a Oscar: parte 4)

17 03 2007

Hola Dayna,

Parece que el mundo se está acabando. Estoy solo, y por cada lugar que paso únicamente encuentro vacío. La gente ha huido, o se ha volatilizado. En este pueblo no queda nada, sólo los cascarones de las casas, como si fuera un decorado. Aprovechando que hace sol, he entrado en la mansión que domina este lugar y he sacado a la calle un escritorio de roble y una silla revestida de cuero, y te escribo sentado en ella. Parece que se acercan las nubes y pronto comenzará a nevar, así que no me tomaré demasiado tiempo en terminar esta carta y echarla al buzón que tengo justo delante. Ahora que todo desaparece, quiero recordarte, porque contigo pasé los pocos momentos de mi vida que fueron completamente reales. Has sido la única persona en cuyas palabras he podido creer. En estos momentos me gustaría escuchar tu voz. Casi puedo oírla en mi cabeza. Una voz que me había acompañado mucho antes de que ni siquiera te hubiese conocido.

Recuerdo el momento en que me tropecé contigo, al salir de las oficinas del departamento de tráfico, después de descubrir que a la mujer de la ventanilla le olía el aliento. Estaba planeando escapar de la ciudad, emigrar a otro país (aún no sabía a cuál, probablemente Brasil) en busca de un entorno dónde la gente no actuara como autómatas con caretas. Estaba pensando en ello, justo en la puerta de las oficinas, cuando pasaste a mi lado. Como otras veces, para que negarlo, me enamoré a primera vista. Siempre me ha ocurrido: en el tranvía, en la calle, en el trabajo, en la cola del supermercado, en cualquier lugar me quedo prendado de una sonrisa, de unas piernas enfundadas en vaqueros, de un rostro dentro de un coche junto al mío parados en un semáforo, o de unas manos que manejan un bonobús. Resulta más fácil engancharse a algo que sabes que nunca volverás a ver. En este caso, me enamoré de tu forma de andar y esquivarme. Del perfume que desprendiste en ese momento. Del movimiento de tu pelo al cruzar la calle. Incluso el insulto que le dirigiste al coche que casi te atropella me resultó encantador. Es cierto que tus atuendos un poco estrafalarios me llamaron la atención, no puedo negarlo, y también que sabía que tu cara me sonaba de algo, así que ante ésa sospecha decidí seguirte. Ibas a comprar velas, como supe después, y durante el camino me fijé en tu cara en breves retazos; en la bella nariz, un poco chata, y en los ojos diminutos y profundos que otra gente ha definido como tenebrosos. Estuve intentando encajar esos rasgos en mi memoria, sin suerte, hasta que en la herboristería donde adquiriste las velas aromáticas, mientras yo revolvía unas semillas de sésamo con aire distraído, escuché tu voz y me di cuenta de que eras la mujer que había estado contándome los cuentos de antes de dormir durante los meses anteriores.

Nunca te lo conté, y lo cierto es que no sé por qué razón. Sabes que soy incapaz de mentir, que digo las cosas a la cara gusten o no, y que incluso detesto a la gente que no lo hace. Para mí las mentiras piadosas son pura hipocresía. Sin embargo, te mentí. Cuando me presenté en tu consulta, previa cita, previo pago, fingí que no te conocía de nada, que nunca había visto tu programa. Tampoco te expliqué nunca cómo vi tu cara por primera vez en la televisión: Desde hacía un tiempo estaba teniendo enormes problemas para conciliar el sueño, y pasaba horas muertas viendo la televisión de madrugada; siglos y eones de tele-tiendas, porno del pleistoceno y reposiciones de “Apartamento para tres”, hasta que descubrí el programa de Dayna. Esa hora en la que echabas las cartas en respuesta a las llamadas telefónicas de incautos insomnes y les contabas las mayores desgracias que les iban a ocurrir, sin ningún remilgo, con esa entonación seca y precisa y el abismo de tus ojos:

En un mes te atropellará una calesa con turistas suecos.
Tu madre tiene cáncer y le quedan tres meses de vida.
Tu perro es gay.

Por un lado me extasiaba y, por otro, me arrullaba, y antes de finalizar el programa caía rendido en el sofá, soñando contigo. No te lo conté jamás, y es posible que ése sea el motivo de esta carta, además de intentar retenerte e mi memoria. Recordar el primer día que me echaste las cartas, me vaticinaste una neumonía, y sonreíste. En ningún momento te había visto sonreír en la televisión. Sabes que nunca me he andado con muchos rodeos, así que en ese mismo instante te pedí una cita antes de que finalizaras de dar la vuelta a los últimas naipes. No sé si fue mi vehemencia, pero te convencí, y sin finalizar la consulta salimos por la puerta a tomar el té, y a hacer el amor en los baños del bar, y más tarde entre los gigantescos cojines de cachemir de la buhardilla donde vivías. Creo recordar que tardé solamente dos meses en mudarme. Lo cierto es que no me hacía mucha gracia dormir en el suelo de madera, entre todos aquellos almohadones y el olor con olor a incienso, pero merecía la pena, aunque solo fuera para observarte mientras soñabas. Es curioso pensar que te pasabas el día viendo pasar por delante de ti las futuras desgracias ajenas, y sin embargo dormías plácidamente. Durante aquel tiempo llegue a disfrutar de mi trabajo, y en las portadas de los libros, muchas veces, colaba tu rostro como el de la heroína romántica de una de esas novelas para descerebrados que me tocaba diseñar. Dejé a un lado la idea de emigrar. Me encantaba todo o que hacías, tu sonrisa enigmática que reservabas para mí, la palidez de tu piel que parecía no haber visto nunca el sol. Y pese a que nunca me contaste de qué país venías, ni a qué se dedicaban tus padres, si es que existían, yo sabía que eras la única persona en quien podía confiar, porque no le sonreías a nadie excepto a mí.

Espero poder fijar las imágenes en mi cabeza una vez más, rememorar los cuentos esotéricos que me leías sentada en cuclillas en la tarima mientras yo intentaba calentarme las manos en la estufa de queroseno, no olvidar tu cara, aunque sea utilizando sinónimos. Evitar que el tiempo borro tu rostro, Dayna, de mi memoria. Tu piel es del color de la nieve que se acumula bajo los árboles, tus ojos oscuros como el lugar donde se pierde el sol y la forma de tu pelo el contorno de la nube que fotografié ayer. Pero aún así, todo se desvanece, y a lo que más le cuesta desaparecer, por más que quiera que se esfume, es al recuerdo de la tarde en la que me dijiste que te habías echado las cartas y éstas te habían dicho que me ibas a abandonar. Y me abandonaste. Me quedé en aquella buhardilla vacía y congelada; a ti te dio igual dejar todo atrás. Ya no había nada que me uniese a esa civilización podrida y yo también me marché. Desde entonces he pasado años deambulando por estos bosques, harto de la gente y pensando en ti, y aunque el sufrimiento de saber que existía una vida mejor haya emponzoñado cada paso, creo que aquel tiempo lo compensa todo. Al menos debo creerlo.

Ahora que el mundo se acaba, me gustaría verte sonreír una vez más, de verdad, sin tener que imaginarme que las formas de las raíces de ese pino negro son la silueta de tu boca. O al menos, que utilizaras tus cartas y me dijeras que todo se va arreglar. Ha empezado a nevar.

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2 responses

19 03 2007
Dracma

Me gusta la excusa de “es que me he echado las cartas y me han dicho que te iba a abandonar” …Lo de tu perro es gay también es desternillante.

Lo de que Oscar, paladín de la verdad por encima de todas las cosas, se deje embaucar por una mujer cuyo trabajo es engañar a confiados y desesperados no deja de ser irónico. Me encanta.

21 03 2007
Nuala

Esta última parte (?) resulta muy tierna… Me gusta.

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