Hola Dayna (Contextualiza a Oscar: parte 5)

4 04 2007

Oscar abrió el buzón y recogió las facturas y el folleto de un restaurante chino, que fue directamente a la papelera, que estaba repleta de folletos de restaurante chino. Subió a casa y saludó a Magda, que estaba preparando salmón marinado al estilo de su familia y llenando la casa de olor a bajos de puerto. Pese a estar arrugando la nariz, Oscar sonrió y la abrazó por detrás.
—¿Ha llegado alguna carta de los concursos? —preguntó ella.
—No —le respondió— pero ya sabes que me da igual. De una manera u otra conseguiré que algún día publiquen mis fotos.
—Por supuesto —le acarició la cabeza de nuevo y se volvió hacia las cazuelas donde tenía unas colas de Mero hirviendo.
Hacía siete meses, Magda había entrado en la editorial después de que la antigua secretaria hubiese sufrido una inexplicable muerte súbita mientras bajaba las escaleras del edificio de oficinas, en el cuarto piso. Al instante, Oscar se había enamorado, cosa nada extraordinaria. De la forma de sus hombros bronceados exhibiéndose cuando se quitaba la chaqueta, de sus labios, de sus nórdicos ojos azules. Casi sin darle tiempo a que colocase la foto de su perro la de la casa de sus padres en Goteborg (con un marco negro con incrustaciones bastante recargado) sobre el escritorio, Oscar comenzó a desenvolver todo su carisma e inundar los despachos con su vehemencia. El resto de mujeres de la oficina tenían ya un metafórico saco de patatas en la cabeza. La invitó a un café a través de su infalible sonrisa. Después de dos cortados, algún paseo y conversaciones sobre pintura abstracta (que ella aborrecía) y carreras de trineos (sobre las que Oscar era capaz de hablar con propiedad gracias a las insomnes horas pasadas delante del televisor en la madrugada), ya la había conquistado. No conocía el término medio, y si algo le gustaba, lo lograba o salía despedido. En la vida de Oscar no había lugar para las medias tintas excepto para una de sus aficiones: la fotografía.
Cuando Magda entró en su piso, él le mostró sus álbumes de instantáneas de ciudades exóticas, basureros, retretes y mendigos durmiendo en bancos, ordenadas temáticamente. También había bosques oscuros y montañas.
—¡Son maravillosas! —había exclamado ella.
—¿De verdad? —una de sus preguntas favoritas—¿Lo dices en serio?
—Por supuesto, creo que tienes talento para esto.
La casa de Oscar estaba formada de estanterías. Las había incluso en el baño. La cama ocupaba el centro del salón, que también era el dormitorio. Justo antes de llegar al orgasmo, Magda golpeó con su brazo la estantería de la cabecera y les cayeron tres libros encima. Decidieron que quizás estuvieran más a gusto en casa de ella. Además, era mucho más luminosa.
Oscar quería triunfar escribiendo sobre el mundo, exponiendo la realidad cruda sin casarse con nadie. Nunca se había planteado hacer carrera con la imagen; eso era su vertiente artística, pero cuando se cruzó con Magda comenzó a plantearse llevar a cabo esa tarea por medio de las fotos. Ésta es la vida dentro de un rectángulo de papel mate de diez por quince. Ella alababa constantemente su obra: según sus palabras, era grandiosa. Así las cosas, decidió participar en un par de concursos fotográficos cuyos temas eran “La vida en los suburbios” y “Poemas visuales”. Preparó a conciencia sendos libretos bien repletos de aséptica realidad y los envió, seguro de obtener algún premio y lograr el reconocimiento que hasta entonces se le había negado y que le obligaba a desperdiciarse maquetando portadas para novelas románticas de pasta blanda (para mentes aún más blandas). El negocio de la prensa era una ruina gobernada por el clientelismo, el mal gusto y la política, pensaba; pero, con todo, no podrían evitar que él irrumpiera en ese mundo y lo pusiera en su sitio. Pensaba. En el remite de los paquetes puso la dirección del apartamento de Magda.
Al día siguiente, Oscar visualizó su paquete viajando en la bolsa de un cartero mientras trabajaba. Los días siguieron pasando, pegado a una pantalla de ordenador llena de las huellas digitales de su jefe (que ya se sabía de memoria y que, imaginando que era una quiromante especializada en la yema de los dedos, le hacían predecir su pronta y dolorosa agonía), el cual tenía la manía de indicar a sus subordinados los cambios que deseaba en las portadas apoyando su sudoroso dedo índice como si quisiera perforar el monitor. Su compañero de mesa no creía en el desodorante. Para relajarse, volvía a casa andando y sacaba fotos de los peces muertos del río y del óxido de los pies de las farolas. Abría el buzón y tiraba la propaganda de colchones a la basura.
Pasaba el tiempo, y solamente se recibían extractos del banco. Cuando terminaba la jornada laboral, a veces, iba al cine con Magda y le dejaba escoger la película a ella. Casi siempre acababan viendo alguna película europea amable, sin mucha música. Volviendo a casa, cogidos de la mano, el le comentaba todo lo bueno y todo lo malo que había encontrado en lo que había visto durante el día, y que la película le había parecido horrenda, por regla general. Oscar pensaba que en el trabajo no le comprendían, y Magda le intentaba recordar que, a veces, las cosas hay que vestirlas un poco para que puedan venderse, y que en esta vida nos estamos vendiendo constantemente. Oscar tenía una relación con el mundo comercial muy parecida a la de su compañero de mesa con el desodorante. Y al llegar a casa el abría el buzón aunque ya lo hubiese mirado a las cuatro de la tarde. Ella se reía y preguntaba:
—¿Estás preocupado?
Y el respondía:
—En absoluto
Pero ya había transcurrido bastante tiempo desde que enviara los cuadernos de fotografías, suficiente para que incluso la panda de miopes pagada de sí mismos que formaban, casi con toda seguridad, los jurados de los concursos, hubiesen tomado una decisión. De todos modos, Oscar llegó a casa, entró en el portal y abrió el buzón y tiró el tríptico del restaurante de inmundicias indias y atravesó la puerta de su apartamento. Magda no estaba. Le había dejado una nota junto a un plato de merluza en salsa verde (tapado con film transparente, el justo y necesario para las dimensiones del plato) en un papel de color azul cielo, en el que, con su fina letra de tamaño homogéneo, le explicaba que se iba al teatro con sus amigas. Un papel que había arrancado de su diario de páginas azul cielo, que con las prisas había olvidado en el cajón de la mesilla sin haberla cerrado con llave como hacía habitualmente. Oscar, con acceso a la verdad absoluta por una vez, y sin mostrar demasiado interés, lo abrió y leyó: “Sus fotos cada día me horrorizan más. Soy incapaz de decírselo porque le rompería el corazón. Son realmente vomitivas”. Cerró el diario de hojas azul cielo y recogió sus cosas antes de que Magda regresara. Le dejó una nota en una servilleta de papel en la que solo puso: “Mentirosa”.
El camarero del bar de la esquina le dijo a Magda, más tarde, que le había visto salir con los ojos enrojecidos.
El premio de “Poemas virtuales” quedó desierto ante la incomparecencia del ganador, Oscar Villegas, cosa que el jurado, compuesto por hipermétropes con pajarita, nunca se explicó.

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2 responses

4 04 2007
Dracma

Sabes que este texto me encanta.
Unas preguntas existenciales:
¿Por qué Magda sólo cocina pescado?
¿A qué fotos me recordarán las de Oscar? Tuberías en París, Conductos de ventilador en Villaviciosa, Contenedor de basura en Barcelona…
Por cierto, releyendo el texto y al hilo de lo de las fotos de retretes me he acordado de una foto que tengo en casa de las de año erasmus en la que aparece un retrete. La sacó un inglés que borracho me robó sin que me diera cuneta la camara desechable que llevé a una fiesta, se fue al baño y al devlvermela se rió y aseguró que se había sacado su miembro viril…Lo cierto es que en la foto no no se ve ningún miembro…lo cual es de agradecer bien pensado…

12 04 2007
Nuala

¿Por qué cuanto más leo sobre Óscar más me parece tu alter ego?

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