Los buenos momentos

12 06 2007

La vida en Minnesota es dura. Hace frío durante casi todo el año, excepto en invierno, cuando la temperatura va más allá de cualquier descripción posible, más aun cuando tienes que vivirlo casi a la intemperie. Te recolocan como guarda de un aparcamiento en la azotea de un edificio de oficinas de 20 pisos. Te entregan tu gorra oficial y tu abrigo naranja chillón. Te regalan unas botas, un bolígrafo y un bloc de notas, todos con el logotipo de la empresa que ocupa el edificio que se yergue a tus pies. Te dan un cheque cada mes que sirve para pagar el alquiler y comprar raviolis y salsa de ketchup, pero poco más. Te dan un periódico para leer en tu caseta. Te dan una vida de autómata, básicamente porque aún no han inventado una máquina que haga ese trabajo por menos dinero que tú, entre la garita del parking y la cama de tu apartamento. Siendo sinceros, es lo único que pueden darte porque realmente no sabes hacer nada. Cualquier habilidad que tuvieras ya no existe, solamente han quedado secuelas. Y tampoco puedes quejarte. Otros han terminado peor que tú.

En la garita, entre esas cuatro paredes de aluminio y cristal, la vida pasa despacio y no hay mucho que hacer, solo se puede estar sentado leyendo el periódico, encogido por el frío. Mirar fuera de vez en cuando, aunque sepas que solo vas a ver nieve y automóviles llenos de nieve. Puede que a veces solo veas nieve. Pero algunos días tienen su punto colorido y a través del vapor de tu respiración, mientras te frotas compulsivamente las manos doloridas y deformadas bajo unos guantes de lana que cubren unos mitones, puedes observar a los propietarios de los coches peleándose entre ellos. Es extraño, porque la nieve suele hacer que todo sea más sosegado y silencioso, pero a veces ocurre. A veces puedes ver luces de neón. Ayer mismo hubo un choque junto a la barrera de seguridad y los conductores acabaron llegando a las manos. Al salir al exterior, arrastrando tus pesadas botas, viste como el un hombre con traje y corbata muy grande le sacudía un gancho de derechas un hombre con traje y corbata más canijo y éste caía al suelo dejando una línea de color rojo sobre la nieve. Un gancho que inmediatamente te hizo recordar los buenos tiempos, aquellos en que podías pagar las rondas y pasar las noches en jacuzzis con copas de champán en las manos, imitando a los que salen en las películas. Los buenos tiempos con sus veladas patrocinadas por marcas de cerveza, la rabia contenida en el vestuario, el sudor y la adrenalina. La sangre y el cartílago machacado. Adorabas aquello. Adorabas el sonido de aquellas pesadas botas sobre el suelo del cuadrilátero. Incluso cuando te obligaban perder, solamente pensando en la recompensa, en el sexo en las limusinas (y en los jacuzzis con copas de champán en las manos) y los restaurantes caros, ya eras feliz. Machácame, cada golpe vale mil dólares. Y en Las Vegas no hacía tanto frío, o al menos no se notaba.

El gancho de derechas también te hizo recordar el puño de Roy viniendo directo hacia tu cara, hacia el punto en que la línea que une tus ojos se cruza con el eje de tu nariz. Exactamente ahí. Siempre puedes visualizar ese golpe, aunque se suponga que nadie puede hacerlo después de semejante shock. De todos modos difícilmente ningún médico se enterará de esa anomalía. El puñetazo del tipo grandote en el parking devolvió a tu memoria la imagen de los doctores entre tinieblas, a tu manager y tu contable poniéndote delante papeles para firmar, a tu novia junto a una maleta. Ayer te quedaste rememorando aquello mientras el canijo te pedía a gritos, te suplicaba, que llamases a la policía mientras el abusón se dedicaba a machacar su coche cuidadosamente con un bate de béisbol. Y tú seguías en el ring, entre los flashes y los gritos y las despampanantes mujeres con un cartel que señalaba el número de asalto, mientras el conductor canijo y vilipendiado te llamaba puto sonado y huía corriendo. La policía no pudo sacar mucho de ti al tomar parte del incidente y alguien tuvo que explicarles que estabas algo ido desde aquel combate en Las Vegas al que llegaste más colocado de lo habitual. Pero no era cierto, tu no estás sonado, simplemente estás siempre recordando los buenos tiempos, ¿verdad?. Siempre volviendo. Observando aquel momento como una monja ante un momento místico provocado por las emisiones tóxicas de los dulces que está preparando.

Y cuando estás en la garita leyendo el periódico te da igual que sea el mismo periódico de ayer, de antesdeayer, y de hace un mes. Que no lo hayan cambiado desde que entraste en este trabajo. Tú solo lees en él la crónica de tu última victoria en Las Vegas.

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8 responses

13 06 2007
Blackstar

Veo que como en el relato “el mundanal ruido” el protagonista está como aislado, esta vez, más que por las circunstancias y el entorno, que también, por su propia historia y su propia mente.

Me ha gustado. El punto de vista del narrador hace que piense en que a veces es el propio protagonista que habla en voz alta, otras, una especie de prolongación de si mismo, como un hermano invisible que siempre le haya acompñado.
Una sensación curiosa la que he tenido leyéndolo.

Perfecto el detalle de los raviolis y el abrigo naranja.

13 06 2007
Ana

Ando un poco retrasada con las lecturas de tus artículos, es lo que tiene estar en época de exámenes, no paro de corregir… Así que mis comentarios son más bien para las lecturas anteriores, pero es que si no los pongo aquí nadie me va a leer !

Lo de por qué te gustarán los viajes a pesar de tu miedo a volar, me recuerda a otro artículo que escribiste en el que decías que cuando alguien sabía algo, tú querías saberlo también… Pues será eso, que cuantas más experiencias tengas, por malas que sean, más sabrás… Y más podrás engaNarnos, porque nadie en este foro conoce la « Conchinchina » y tú tienes una base para contarnos trolas creíbles.

Kar, quién te dice que la gente que sacaba su portátil en el avión no lo hacía para escribir en su blog ?

Sigo leyendo y ya comento más luego.

14 06 2007
Troutman

Creo que sí, necesito experiencias diferentes. Un vía a la felicidad es pensar que cualquier putada que le pase a uno le enriquece. A veces es cierto.

Si veis algún error en el texto comentádmelo, o cosas que no os convenzan. Dracma ya me ha dicho que hay varias repeticiones no intencionadas pero le obligaré a mostrármelas en casa.

15 06 2007
Dracma

Es que soy demasiado purista a la hora de revisar los textos y pulirlos. Mikel dice que soy como el personaje de “La peste” que se pasó años escribiendo su novela y murió habiendo escrito una única línea. Además soy muy maniática, hay palabras que detesto y que si aparecen en un escrito hacen que no me guste.
Me lo voy a hacer mirar.

16 06 2007
Nuala

Pues yo soy muy purista con los detalles realistas en los textos, del tipo que si escribes sobre un escultor has de saber cómo se esculpe y si escribes sobre un boxeador has de saber lo básico sobre boxeo.

Primero: las botas de los boxeadores no son pesadas. “Adorabas el sonido de aquellas pesadas botas sobre el suelo del cuadrilátero.” ¿Son las mismas botas que lleva ahora en la nieve? ¿Insinúas eso? Imposible. Las botas de los boxeadores son lo más ligeras posible, les sujetan los tobillos y les permiten el baile de pies, parte esencial de una buena defensa y ataque en un buen púgil. Son de finísima piel, muy elásticas, con una suela mínima, no podría llevarlas en la nieve y ni mucho menos se las podría calificar de “pesadas”. De hecho los pesan con ellas puestas antes del combate.

Segundo: los golpes en boxeo se reciben casi siempre en los lados de la cara y de la cabeza, dificilmente en medio de la frente. Un gancho (de derecha o de izquierda) es un golpe semi- circular que suele ser de los más potentes porque la rotación le proporciona la fuerza de giro que se hace con la cadera, cintura y hombros (no sé si me explico). Es un golpe demoledor que normalmente da en un lado de la frente o de la cara (si es un gancho de derecha daría en el pómulo o sien izquierda del contrincante) y cuya contundencia si pilla sin guardia o si está bien dado hace que el cerebro del oponente rebote contra su cráneo. Bum. KO. Es raro que de entre los ojos.

Tercero: me gustaba el boxeo de pequeña. Mi padre me ponía combates en la tele. Nunca os metáis conmigo porque no os pegaré con el bolso ni se me ocurrirá tiraros de los pelos. Tengo manos fuertes, sé colocar la guardia y sé donde golpear para que duela (en los riñones es un buen sitio).

Cuarto pero no por ello menos importante: Troutman, me ha encantado esta historia con regusto de película negra y me ha encantado cómo está narrada. Mis apuntes toca- pelotas sobre boxeo sólo son para hacerla perfecta a ojos de alguien un poco conocedor. Menos viaje y más escribir. Escribe, escribe y escribe. En aviones, en áreas de servicio, en hoteles… Yo lo tengo un poco abandonado.

16 06 2007
Nuala

Quería decir “difícilmente un gancho dará en medio de la frente”. Un directo podría, pero un gancho es más complicado a menos que quien lo recibe esté mirando en ese momento hacia otro lado, y un buen boxeador nunca desviaría sus ojos del oponente (por muy amañado que esté el combate debe disimular).

16 06 2007
Troutman

Mil gracias por los comentarios Nuala. Comentarios como éstos resultan tremendamente interesantes (que conste que el resto también). Las botas que lleva el personaje cuando trabaja en el parking NO son las mismas que las que llevaba cuando boxea, pero de todas formas intentaré dar una vuelta al texto para que no quede lugar a dudas y que las zapatillas de boxeador no parezcan pesadas. Sobre el gancho, pues lo cambiaré por un directo. Mi gran duda en ese caso es saber si se diría “directo de derechas” o “directo de derecha”.

Sabiendo todo ésto tengo claro que nunca me meteré contigo (le puedes a Roger?).

19 06 2007
Nuala

Directo de derecha creo que sería lo correcto.

En realidad nunca le he dado un puñetazo a nadie (sólo un guantazo de esos sonoros una vez a una niña en el colegio con 12 años) ni creo que sea necesario hacerlo nunca, pero me gusta hacerme la macarrilla.

A Roger nunca se me ocurriría pegarle a menos que le gustara. Y en ese caso usaría algo más elegante que los puños, como un látigo de cuero negro… Jajajajaja.

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