En cuanto te das la vuelta

18 10 2007

    Sí, otro relato. Ojo que es un poco largo. Precisamente por ello y porque está sin revisar necesito vuestras opiniones y correcciones. Para compensar lo próximo será una entrada normal de neuras, o libros, o películas, que es como más ameno.

– Con lo cabal que parece.
– Pues ya le digo que es un desgraciado, Doña Luisa.
– Déjalo, anda, que es mejor no cabrearse que luego se te crean úlceras y cosas de ésas que no dejan comer.
– Sí, puede que tenga razón, pero es que no lo aguanto cuando se echa esos faroles.
– Eso es otra cosa, anda que no hay dinero en esas timbas que os montáis.
– No es para tanto.
– Anda, trae para aquí esas cartas, a ver si hay algo que no sean facturas, una postal de mi hija que ya no me hace ni caso de lo desgraciada que soy.

Doña Luisa estaba apoyada en la verja de su casa, tapando con su carne parte de los postes que la componían. Le quitó al cartero de las manos la pila de sobres que llevaba e hizo como que se enjuagaba las lágrimas con el delantal. El cartero se despidió de Doña Luisa y se alejó por la calle peatonal rumbo al asfalto. Ella volvió en dirección a la puerta de su casa. Miró de reojo su exiguo jardín mientras repasaba los envoltorios de las cartas, todas con los logotipos de las compañías que cobran por llevarte fluidos a casa. Abrió la puerta y pasó a la cocina. Dejó las facturas encima de la mesa y se sentó en al lado, haciendo crujir la mesa.

– ¿Quién era, señora?-le preguntó Yelbis, que estaba pelando unos calabacines sobre la encimera de la cocina.
– El cartero. No trae más que desgracias, pero mejor es no cabrearse.
– Bueno, sí.
– Es un amargado, anda todo el día quejándose –continuó Doña Luisa, rascándose una rodilla inmensa por debajo de su falda. –No sé para qué demonios salgo a recoger las cartas en mano que encima es feísimo.
– Bueno, no sé.
– Te juro que lo es, que si al menos no tuviera la cara de viruela al menos se le podría mirar. Ojalá que lo cambien de ruta y que traigan uno un poco más lozano, aunque sea para alegrarnos un poco la vista.
– Bueno sí.

Yelbis llevaba el pelo negro anudado en una coleta extraordinariamente larga que se agitaba cuando giraba la cabeza para mirar a Doña Luisa a los ojos cada vez que le respondía. Miró al reloj de pared y vio que quedaban 25 minutos para la hora de salir. Desde su metro y medio y un poco de altura, volvió a girar su cabeza desde la posición de observación del reloj de pared a la de mirar a los ojos a la señora, que estaba resoplando frotándose la nuca, con la consiguiente ondulación de su interminable coleta.

– Bueno Doña Luisa, me quedan como quince minutos para irme. Quiere que haga algo más aparte del revuelto o…
– Anda, limpia las ventanas, que no hay manera de saber si detrás es que nieva o es que hace sol.
– Bueno, sí.

Yelbis se cambió la camiseta antes de salir de casa. Se despidió de doña Luisa mirándola a los ojos y sonriendo de medio lado. No sabía sonreír de otra manera. En su pueblo natal nadie recordaba que jamás se hubiera reído. Salió de la casa diez minutos después de la hora prevista, tomó el camino de piedras y bajó las escaleras hasta llegar a la carretera. Cruzó a la acera y se metió por los callejones umbríos que llevaban hasta el otro lado del bloque de edificios. Allí estaba la parada del autobús. Después de otros veinticinco minutos de autobús, cinco de paseo, diez de espera, otros tantos (más diez más) de cercanías y unos últimos siete de caminata cuesta arriba, llegó a la frutería junto a su portal. No había nadie dentro.

– ¿Aló? ¿Hay alguien ahí?-gritó Yelbis asomándose al fondo de la tienda.

Se escuchó un ruido en la despensa de la tienda. Al cabo de un momento salió ángel, retocándose el bisoñé sobre el que nadie nunca le mencionaba nada pero todo el mundo sabía que llevaba. Tenía los ojos inyectados en sangre y un poco de babilla reseca sobre una comisura. La bata blanca tenía manchas añejas tomate.

– Discúlpame, estaba repasando las cuentas.
– Bueno, sí. Favor de ponerme unas manzanas, Don ángel.
– Llámame Ángel, por favor –le dijo guiñándole un ojo- ¿Qué tal va todo? ¿Los chicos siguen tan rebeldes como siempre?
– Bueno, más bien. Ya sabe- y mientras el frutero manoseaba las manzanas los ojos de Yelbis seguían a los ojos del frutero, que iban de las manzanas a los pechos de Yelbis.
– ¿Y el trabajo qué tal?
– Bueno, no sé, como siempre, ya sabe. Un poco bien y un poco mal.
– ¿Y tu señora qué tal se porta?-comentó posando las manzanas en una de esas balanzas que cuelgan del techo y apoyando un poco la mano sobre la bandeja de pesada.
– Bueno, mal. Ciertamente es una coima. Siempre me hace trabajar de más, y nunca me ofrece nada para beber.
– Son 2 euros con cincuenta, preciosa- guiñando un ojo inyectado en sangre, una vez más.
– Tome, Don Ángel.

Salió por la puerta y lo último que se vio desaparecer por ella fue la punta de su negra coleta. Ángel se inclinó sobre el mostrador para seguirla con la mirada y volvió a su sitio al ver que su mujer avanzaba por la calle en dirección a la tienda. Entró de un salto, pizpireta. Se acababa de cortar el pelo y con ello conseguía parecerse aún más a un duendecillo de cuarenta años.

– Me voy al centro a pulir la tarjeta.
– Sí, cariño.
– He visto salir a Yelbis. ¿Ha engordado verdad?
– No sé.
– Pobre mujer, sola con sus hijos.
– A mí me parece lerda. Con la misma cara de palo todo el rato. Lo que necesita es que alguien se la folle.
– Mira que eres grosero- y Adela lo dijo en un tono que se encuentra en el espectro opuesto en el que las mujeres dicen qué grosero eres queriendo decir, qué gracioso eres.
– Es verdad. Estoy hasta los huevos de inmigrantes, siempre quitándonos nuestro trabajo, mira a Javier…
– Me voy, que no tengo día para sandeces-se giró dando un brinco arrancó calle abajo sin mirar atrás.
Cogió el autobús que llevaba al centro. Sonrió al conductor, que no le devolvió la mirada. Sonrió a un niño en brazos de su madre. Como no llegaba a la barra superior se enganchó a una de las agarraderos de los asientos con un kleenex para no tocar nada infeccioso. Con la otra mano rebuscó durante unos minutos en su bolso. Sacó y volvió a meter el monedero, unas compresas, envoltorios de chicles, un par de chicles, el monedero y una hucha con forma de cerdito hasta que finalmente consiguió encontrar el móvil. Llevaba una etiqueta con un corazón en la que se leía su nombre. Marcó un número, con todas sus cifras.

– ¡Hola corazón! –dijo sonriente-¿Qué haces?…Deberías dejar de trabajar tanto, que no te pagan horas extras. ¿Podemos vernos hoy?…¿En tu casa? Perfecto, pero tiene que ser rápido…¿Mi marido? El muy imbécil se quedará un rato más babeando con las clientas, no te preocupes, no se entera de nada. Le he dejado una bandeja con panchitos y cervezas en casa, así que no me echará de menos en unas horas…Claro que sí, ya te lo llevo….yo también corazón mío. ¡Un beso!
– Un beso-al otro lado de la línea, en una mesa de un bar con un tapete verde Roberto tiene un cigarro en la boca y cierra la tapa de su teléfono- Reparte ya que me tengo que largar. Mi chica me espera. Date vida.

Uno de sus cuatro compañeros reparte con una baraja nueva. Alguna carta resbala más de la cuenta y cae al suelo. Roberto se agacha a recogerla y su corbata limpia un poco el suelo y se lleva de regalo unos cuantos granos de aserrín. Todos pueden ver que está perdiendo pelo en la coronilla y que tiene la espalda de la camisa un poco sudada.

– La verdad es que esta tía me tiene un poco harto -continúa- siempre dando brincos, de un lado para otra. Empiezo a agobiarme un poco.
– No seas tonto -es su compañero, sentado enfrente, que le habla tras las cartas- no desperdicies lo único bueno que tienes.

(Mus)

– Mus. Tampoco me voy a quedar atado a esta tía. Además si se entera su marido me mata.

(Paso)

– Paso. No jodas, que es el frutero. ¿Qué demonios te va a hacer el frutero? ¿Matarte a platanazos? Si es un esmirriado. Seguro que si no tuviera la espalda tan molida le podría dar yo mismo una paliza. Asco de vida.

(Envido)

– Odio las peleas. Prefiero quedarme al margen. Órdago –dice Roberto agarrando las cartas con un ligero temblor en las manos.

(Quiero)

– Mierda –dice Roberto de nuevo, mirando al cielo-espero que no sea una señal sobre lo mio, que hoy no doy pie con bola.
– No pasa nada, demonios. Así es la vida, todo el rato perdiendo. Si es que tenemos una mala suerte. Perra vida.
– Me vio pitando, a ver si me anima un poco mi chica, que hoy llevo un día…

Roberto coge su chaqueta y se va a toda prisa. Sabe que su compañero ha llevado mal el tanteo pero no le dice nada. Éste también se levanta y se despide de sus contrincantes. Se echa la bolsa al hombro y sale a la calle. El sol le pega en el rostro, picado de viruela, y él achina sus ojos, diminutos y demasiado juntos. Se queja del sol. Pisa una mierda de perro y se queja. Seguro que el chucho lo ha hecho a propósito. La bolsa perece pesar más que otros días. Se queja. Sale de un callejón, cruza la carretera y sube unas escaleras. Las maldice entre dientes. Pasa un camino de tierra y al fono llega a una verja junto a unos adosados de una urbanización con jardines tamaño de juguete. Junto al número 2, para el que tiene un buen fajo de cartas, espera Doña Luisa, al lado de la puerta de la verja por la que su cuerpo no cabe.

– Que se hace dura la subida, ¿verdad?-le dice ella sonriendo.
– Mucho. Deberían poner escaleras mecánicas.
– ¿Qué tal la partida?
– Un asco. Mi compañero es un desgraciado. No aprecia lo que tiene. Desperdicia su suerte y mientras yo aquí, cargando con el mundo. Algunos no saben lo dura que es la vida.
– Con lo cabal que parece.
– Pues ya le digo que es un desgraciado, Doña Luisa.

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8 responses

19 10 2007
Blackstar

De entrada me ha gustado mucho. Empiezo con lo bueno y luego te comento lo que no me cuadra tanto.

Me encantan los relatos cerrados, como éste. Me ha gustado particularmente porque además parece que la intención del relato más que contar una historia de hechos y relaciones sea también una excusa para ir dando pinceladas y presentando historias de personajes simplemente para que los conozcamos, sin una intención evidente.

Curiosamente había pensado que Yelbis era un hombre con coleta que se dedicaba a hacer chapuzillas en casa de Doña Luisa.

Me gusta también el lenguaje llano y sencillo, propio de los personajes que retratas, eso queda muy coherente y hace que parezca totalmente creíble.

Ahora voy con lo que no me cuadra:
El cartero empieza repartiendo la correspondencia a Doña Luisa, supongo que por la mañana, y si no he leído o comprendido mal el relato, la acción sucede toda en un período de tiempo corto, un día a lo sumo, con lo cual, que el cartero vuelva a repartir la correspondencia en el mismo día me descoloca…

Hay una frase que me chirría bastante: todas con los logotipos de las compañías que cobran por llevarte fluidos a casa. Me suena raro la expresión llevarte fluídos a casa. Pero eso es una apreciación meramente personal.

Volveré a leerlo y si se me ocurre más te comento.

19 10 2007
Troutman

Mil gracias Blackstar. Sobre la frase que chirría, sí, suena un poco forzada. No puedo evitarlo y siempre intento usar eufemismo extraños para no referirme a cosas tan mundanas como “la compañía del gas”, cuando le quedaría mucho mejor al relato. Mikel, sencillez, sencillez!

Sobre la no concordancia temporal, debo ser más explícito en el relato. La cuestión es que quería acabarlo exactamente del mismo modo que empieza, en el mismo momento. Sé que no tiene una lógica realista pero quería hacerlo así para potenciar la idea de monotonía de las acciones de estos personajes mundanos con un toque de irrealidad.

Me da miedo que resulte un poco “costumbrista”

19 10 2007
Blackstar

Quizá la localización temporal no sea tan importante, en eso tienes razón. No resulta costumbrista, yo por costumbrista entiendo otra cosa. Resulta cercano, corriente, realista, que no es lo mismo que costumbrista. Los personajes son gente sencilla con una educación básica y unos empleos bastante corrientes, es lógico que no hablen como ejecutivos. En cuanto a que resultase o no costumbrista, sólo debería preocuparte en el caso de que tu intención no hubiése sido esa. ¿Tiene algo de malo para ti en concreto la literatura costumbrista? Mira que Millás o Umbral sacaron sabio partido!

19 10 2007
Troutman

No tiene nada de malo, simplemente es un terreno en el que no me siento cómodo ya que me es un tanto ajeno. Como costumbrista entiendo a Delibes e imitaciones, y aunque lo único que he leido de Delibes (La hoja roja) me haya parecido magistral, mi ego afrancesado (e incluso el vascongado) hace que tener protagonistas con nombre ESPAÑOL, por ejemplo, me cueste.

Y además le he cogido tirria a los relatos sobre pueblos y castilla profunda de los que tanto les gustan a nuestros compañeros de taller.

19 10 2007
Blackstar

A mi también me es un tanto ajeno. Y si puedo siempre les pondría nombres como Marvin, o Martin, o Ava. De verdad vuestros compañeros sienten predilección por historias de pueblos y demás? Es curioso. A mi me daría mucho más por personajes en grandes ciudades, de hecho me he dado cuenta de que tengo predilección por los países del norte. No sé, y eso que tengo pueblo, pero no me veo hablando siempre de la cosecha y las gallinas. Quizás la gente se inspira en lo que tiene más cerca. Yo nunca me he sentido muy cómoda en el pueblo, soy de ciudad total. Lo que no quita para que disfrute con un novelón como los de Galdós, que de cool no tenía nada el buen hombre.

19 10 2007
Ana

Qué cosas, yo también me imaginé lo mismo que Blackstar, que Yelbis era un chavalín con coleta. Ya nos pasó eso con un cuento de una japonesa, que pensábamos que era japonés, te acuerdas Troutman?

A mí lo de que fuera circular me gustó, y lo entendí como eso, como que todos se quejaban pero seguían su rutina y no hacían nada por cambiarlo, que el día de después sería igual que éste…

Lo que corregiría es la frase: “No sé para qué demonios salgo a recoger las cartas en mano que encima es feísimo.” , no sé, una coma después de “mano” y “porque”en vez de “que”… Hay algo que no me gusta y que me hizo tener que leerla dos veces para entenderla. Y al principio sale la palabra “desgraciado/a” dos veces; esto tampoco me convence.

Es largo pero no se hace nada largo, me lo leí de un tirón y muy rápido. Y personalmente a mí se me hacen más amenos tus relatos que tus entradas sobre pelis o libros, pero es por mi incultura de cine o literatura “alternativos”

19 10 2007
Thanatos

¿No te estarás Kenloachinado Mikel, verdad?

19 10 2007
Troutman

Sí, usar desgraciado dos veces está mal, muy mal. La frase de Doña Luisa es confusa por haber querido utilizar “que”s en demasía y sin mucho orden en sus frases, pero al final resulta confuso.

Voy a ser el Ken Loach de las letras españolas. Todo realismo y pie de calle castellanos. Fernando León pero en más castizo. Y despuyés me pegaré un tiro por no aguantarme a mí mismo.

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