La importancia de haber sido John Rivers

5 11 2007

John volvía a casa con un casco debajo del brazo. Abrió la puerta de la cocina y vio a su madre, corpulenta e hiperactiva, dándole la espalda entre nubes de vapor. Estaba haciendo acelgas. John quería abrir la boca, pero parecía, como muchas otras veces, que hubiera que sacarle las palabras con fórceps. Finalmente, tras varios intentos, se volvió a repasar la raya del pelo engominado con la mano y, ajustándose las gafas con el dedo índice, comentó con un hilo de voz:

– No me han querido cambiar el casco, madre.

Ella pareció no haberle escuchado y continuó con el trajín entre las columnas de humo que salía de las cacerolas.

Estaba atardeciendo y se había levantado un fuerte viento que disipó aquella húmeda niebla. De entre la bruma aparecieron primero las estacas y después el suelo embarrado lleno de alambradas y algún que otro casco junto a algún que otro cuerpo, o sección de cuerpo, inerte. Un hombre con abrigo y casco grisáceos observaba la escena desde su parapeto de sacos terreros. Si uno se alejara de la trinchera unos pocos metros no sería capaz de distinguirlo del resto del entorno. Detrás de él, una manada de hombres ateridos, alguno de los cuales lleva gafas salpicadas de barro, intentaba mantenerse en su sitio sin pensar en nada. El sargento limpió los prismáticos con un pañuelo parduzco y se los colgó del hombro. Se escuchó un sonido mezcla de súplica, estertor y tos de neumonía. Se giró y miró con detenimiento a aquella tropa desmoralizada. Solo veía cobardía. Se acercó a uno, que aún parecía un niño y tenía pinta de estar a punto de vomitar: “¿Has dicho algo?”

– Que no me han querido devolver el dinero del casco, madre- dijo John mirando a las baldosas de la cocina.
– Ya veo – dijo su madre limpiándose las manos con un trapo gris que llevaba a la cintura-. ¿Les has dicho que te lo has probado pero que no te ajusta bien?
– Sí.
– ¿Estás seguro? – dijo la mujer levantando el tono- ¿Les dijiste que además parecía de pésima calidad cuando lo sacamos de su caja?
– Sí, madre.
– ¿Hiciste lo que te dije? – acercándose poco a poco a una masa temblorosa con flequillo engominado y gafas- ¿Pegaste con el puño en el mostrador y les pusiste el grito en el cielo?
– Sí.
– ¿Les dijiste que eres John Rivers y que eres más hombre que cualquiera de ellos?
– Sí, mamá.
– ¡No te creo! -empezó a gritar- Siempre haces lo mismo. Y mira que me esfuerzo por enseñarte a tener carácter, a cómo enfrentarte a la vida, a saber que el que no llora no mama, y siempre te acaban tomando por el pito de un sereno. ¡Nunca aprenderás!

Suspiró y se puso la chaqueta. Apartó las acelgas del fuego. Medio susurrando, dijo:

– Siempre me tengo que encargar yo. Ojalá te parecieras un poco más a tu abuelo y no al enclenque de tu padre, que en paz descanse.

Y como un vendaval se dirigió hacia la puerta.

Cogió por el brazo al crío, que tenía la cara completamente pálida.
– ¿Ves aquella línea de allí?
– Sí, mi sargento.
– Es la trinchera alemana – le susurró el sargento – ¿Ves esto de aquí?
– Sí, mi sargento.
– Es la bayoneta de mi rifle – continuó alzando un poco la voz – ¿Y sabes qué ocurrirá si no te lanzas como un valiente contra las líneas enemigas cuando dé la orden?
– No, mi sargento.
– Que te meteré esta bayoneta por el culo –le dijo pegando su cara a la suya -¿Habéis oído todos?
– ¡Sí, mi sargento! – gritó el pelotón al unísono, un tanto lastimeramente.
– Pues no seáis cobardes, joder. ¡La gloria nos espera! ¡Adelante! –gritó desenvainando su sable y haciendo el gesto de ataque. Sin embargo sus hombres, que eran un manojo tembloroso de uniformes cubiertos de limo (y alguno llevaba gafas), no se movieron de su sitio-. ¡Malditos desgraciados! ¡Vamos allá, he dicho! – Pero en aquel charco de lodo no se movió nadie – ¡Cobardes de pacotilla! ¿Al ataque!- Y con la cara inyectada en sangre saltó el parapeto gritando:
– ¡Bastardos! ¡Me llamo John Rivers y soy más hombre que cualquiera de vosotros!

Y a su madre le llegó una carta mientras estaba cocinando acelgas.

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2 responses

6 11 2007
Ana

Yo había metido un comentario ayer por la noche pero parece ser que no funcionó. Voy a intentar repetirme:

Me gusta mucho todo, el título (con el “haber sido” además, en vez de “ser”, muy bueno), las intercalaciones entre el pasado y el presente muy bien hechas (del humo de las acelgas a la bruma, etc, etc) y el final.

Voy a hacer un “clús de fans” de relatos del Troutman. Hay que encontrarte editor. Conocí hace unos meses a una chica medio espaNola-medio francesa, muy maja, que vive aquí en Beauvais y tiene una minieditorial; hace concursos de minirrelatos y luego los publica, pero lo malo es que son en francés… Pero busca talentos nuevos en espaNol, quién sabe… Si queréis echarle un vistazo: http://www.editions-liroli.net/

6 11 2007
Troutman

Eres una maestra de la generosidad. Pero en cualquier caso no sabes lo bien que sientan las labanzas. De todas maneras insisto en que no me importa que me den palos si me los merezco, siempre sirven para mejorar. Este relato le ha gustado hasta a mi hermano, o sea que quizás tenga algo. Lo apunto, de momento, para algún concurso.

Un abrazo!

P.S. Miraré el enlace en un rato. Gracias

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