Escena en una terraza

20 11 2007

La vida de Sara podía resumirse fácilmente en cuatro líneas, como la de casi cualquier persona, incluidas aquellas a las que les escriben una autobiografía.
Su primera decisión netamente autónoma fue dejar su carrera de económicas y buscar trabajo. Hasta entonces, desde sus novios hasta el color de los pintalabios habían estado marcados por las decisiones de las personas de su entorno, de una u otra manera. No se trataba de que no tuviera personalidad, y de hecho terminó sintiéndose frustrada por las elecciones que finalmente tomaba, sino que algo en su interior terminaba convenciéndola de que los otros tenían razón, aunque fuera lo contrario a lo que su lógica le estuviera dictando. Llámalo inseguridad. Hay cosas peores. Otros se dejan guiar por las voces de sus difuntos o por el horóscopo.
En clase pasaba el rato pensando en que debería haberse dedicado a otra cosa, quizás a escribir, a dirigir películas, a cuidar animales, mientras delante de ella un bromista con rizos, por ejemplo, intentaba llamar su atención haciendo chistes sobre las patillas de Malthus. Después de darle un número entre infinito y rozando la enajenación mental de vueltas a la cabeza, decidió liberarse y romper con su vida guiada, haciendo cualquier cosa que la hiciera feliz a partir de entonces. Algo sencillo de lo que la gente suele disfrutar, o dice que disfruta. No lo logró. ¿Acaso alguien lo consigue? De todos modos huyó de la universidad y solamente observar que ella tomaba el mando, aun sintiendo el rechazo de sus padres que actuaba como el vinagre en sus instantes de felicidad, fue suficiente para Sara.
Encontró trabajo en un hotel. Se casó con el encargado, que era un hombre sencillo. Se buscaron un apartamento humilde donde ella hacía la cena y él leía el periódico. Nada estrambótico. Al cabo de los años, la novedad y el deleite por la liberación y por la toma de decisiones propia se esfumaron. Entonces se quedó embarazada. Eso era una novedad, y también era sencillo, pero no ayudó en nada. El encargado resultó ser un mentecato y se divorció de él antes de que el hijo de ambos saliera de su vientre y pudiera darse cuenta. Rezó porque el niño saliera a ella.
Se mudó y dejó el trabajo.
Todos los días sin excepción iba al kiosco, justo después de levantarse, a comprar el periódico para localizar un puesto en algún otro hotel, o algo similar. Se acercaba el invierno y aquella mañana comenzaba a no ser demasiado agradable para estar inmóvil a la sombra.
Eric estaba sentado en la terraza de un café cuando la vio. Casi se derramó la cerveza por la camisa al hacer el apresurado gesto de saludar y llamar su atención, intentando sonreír a la vez. Sara le vio y se acercó con cara de sorpresa incrédula, con esa media sonrisa que ponen las personas cuando se encuentran con alguien que saben que conocen pero del que realmente no recuerdan ni el nombre. Eric le dio dos besos efusivamente y la invitó a sentarse y tomar algo.
–La verdad es que tengo un poco de prisa.
–Pero seguro que tienes tiempo para un café –dijo Eric, que cogiéndola del brazo (gesto del que se arrepintió al instante) continuó–, hace mucho que no nos veíamos. Anda, ponme al día. Seguro que lo que debas hacer puede esperar cinco minutos. Además, en tu estado es importante descansar de vez en cuando.
Ella era terrorífica para negarse, así que se sentó trabajosamente agarrándose la tripa e intentando repasar el pasado conjunto que se le escapaba entre los recovecos de su cerebro y que la unía con aquel hombre de pelo rizado que la observaba sonriente sentado en una silla metálica. Trató de devolver a su mente su nombre de pila, pero no conseguía acordarse. Empezó por la A.
–Bueno, ¿Qué es de tu vida? –comenzó él, que nunca había sido muy original con las entradillas pese a que se había pasado media vida practicando a solas.
–Mejor empieza tú –contestó ella intentando ganar tiempo. Ya iba por la C, pero no había resultado.
–Pues la verdad es que me mudé a Alemania y estuve viviendo allí durante tres años. Cuando acabé la universidad y no logré encontrar trabajo me cansé de vivir a costa de mis padres, de la misma gente de siempre, todo eso, y cogía las maletas. ¡A la aventura! Mi primer destino fue Berlín.
–¿A Berlín? –repitió ella de manera automática. Estaba acostumbrada a aparentar atención sin hacer el menor caso, como hacía con su antiguo marido- Ya había llegado a la N sin resultado. A este paso tendría que empezar una segunda vuelta.
–Es una ciudad alucinante, aunque termine por aburrir, como todo. Estuve trabajando como camarero, y ya sabes como odio permanecer mucho rato de pie, pero no había más remedio. Hay que ganarse las habichuelas, ¿Verdad? Oye, ¿Sabes cómo se dice habichuela en alemán?
–¿Perdona? –le había cogido desprevenida mientras buscaba desesperadamente nombres propios que empezaran por P.
–Si sabes como se dice habichuela en alemán.
–Ni idea –mientras seguía repasando mentalmente: Pedro, Pablo, Peter, Parker, Pocholo, Pecas, Parkinson, Pelanas, Puma, Pedro, Pe…
–Yo tampoco me acuerdo, era por si tú lo sabías.
–¿Por qué iba a saberlo?
–¡Mujer, tu hiciste un año de Erasmus en Munich!
–¿En Munich? Pero si yo no me apunté al Erasmus.
-¿Cómo que no?
–En mi vida he salido de esta ciudad excepto en las vacaciones –contestó ella, que aunque estaba un poco extrañada por la conversación iba por la segunda vuelta, otra vez buscando nombres que empezaran por B.
–Espera, ¿No eres Raquel?
–¿Qué Raquel?
–Dios. Perdóname. Creo que te he confundido con mi amiga Raquel –dijo él abriendo los ojos hasta que los párpados le hicieron daño –¡Qué vergüenza!– continuó, haciéndose el anonadado –.Ya me puedes perdonar, pero es que eres igualita. Ya me extrañaba que estuviera embarazada y no me hubiese dicho nada.
En ese momento Sara, por pura inercia, llegó a la E en su ruleta de repaso de nombres, y con un destello en su cerebro que hasta debió de ser visible al ojo humano, recordó quien era él. Eric, su compañero de la universidad. El que tenía más dibujos y caricaturas en sus apuntes que palabras. El que gastaba bromas que a casi nadie hacían gracia excepto a ella. Ya habían pasado unos cuantos años desde la última vez.
–¡Eric! –dijo ella, y él sonrió. Entonces, al ver la sonrisa pícara en su cara rodeada de rizos, Sara se dio cuenta de que él se había percatado hace tiempo de que no le estaba haciendo el menor caso y por eso había fingido haberse equivocado de persona. Eric se inclinó un poco sobre la mesa y dijo:
–Podemos empezar otra vez desde el principio.
La vida de Eric podía resumirse fácilmente en cuatro líneas, como la de casi cualquier persona, pero puestos a ser escuetos, era un hombre con una carrera en económicas que había estado perdidamente enamorado de ella.

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5 responses

20 11 2007
Ana

Yo que me conecté para ver si habíais respondido a mis preguntas en el último comentario, y me encuentro con esta grata sorpresa (qué pijo me suena esto de “grata sorpresa”, pero no se me ocurre otra forma de decirlo y llevo un cacho ya pensando…) . Vamos, que me gusta mucho también. Como me pasa con todos tus relatos, no quito el ojo de la pantalla hasta que lo acabo (luego en persona siempre te quejas de que miro pa otra parte cuando hablas o que bostezo, así que no sé si me vas a creer :-).

Me gusta la idea de las decisiones que tomamos en la vida, y las razones por las que lo hacemos, y cómo las vidas de estos dos fueron por cauces tan distintos cuando podrían haber sido iguales. Muchas veces pienso lo distinta que sería mi vida si hubiera elegido otra carrera, o no me hubiera ido a vivir fuera, etc, etc… Pero yo soy yo y mis circunstancias!

Lo que me convence menos es que Eric no muestre ninguna sorpresa o decepción al verla embarazada, no sé, que no haya algo en plan que le cogió del brazo todo emocionao y que le cambió la cara al verle la barriga… Como que le había hecho ilusión verla y ver si podía haber algo, y con la barriga podía pensar que estaba pillada ya… Porque lo de que “se arrepintió al instante” me suena más a que fue porque pensaba que estaba mostrando demasiado sus sentimientos… Creo que tengo que dejar de ver culebrones.

Y por qué al principio dices “con rizos, por ejemplo”? Porque eso me hizo sospechar enseguida que era el de las bromas, y si no hubieras dicho lo de por ejemplo a lo mejor me hubiera fijado menos en ese detalle y me hubiera sorprendido más…

Cómo se nota que hace un frío que pela y no me apetece currar; te estoy invadiendo esto de comentarios! Y tú, rojillo (lo digo por el pelo, eh? que no quiero hacer bromas, sobre todo en un día como hoy, jeje), deja un poco el ordenador y ponte a hacerle un puré morao a tu novia!

20 11 2007
Dracma

Ana, mañana cae sin falta el puré morao/ patatas fritas moradas. Si no han caído ya ha sido de chiripa y porque entre talleres, aviones y horarios incompatibles no hemos comido juntos en condiciones desde hace casi una semana.

Confuncio Junior es muy sabio, la próxima vez que tenga problemas de estilo acudiré a él en lugar de preguntar a la Señora Cosmopólitan.

Si Mikel por casualidad escuchara esas canciones acabaría volviéndose más agresivo que cuando tiene hambre. Y por cierto, ¿cómo es que ha trascendido en París el “Pod qué no tde cadllas”?

Mikel en cuanto a tu relato a mi me parece, y es una opinión subjetiva que podrías cambiar alguna expresión, para que sonara mejor. Este texto me gustó mucho cuando lo leíste en el taller, y sin embargo, ahora ha habido alguna cosilla que me ha chirriado y que ya te comentaré.

En cualquier caso hay algo que creo que objetivamente suena mal:
“Ella era terrorífica para negarse” me parece que esta frase sólo queda bien si va acompañada de un “O sea” y la narradora es un sucedáneo de Paris Hilton.

21 11 2007
Troutman

El hecho de que esté embarazada es absolutamente secundario, y aunque tiene un mínimo peso en la historia sé que debería quitarlo. Más aún cuando se incluye en el relato por una cuestión completamente ajena, con calzador, dado que venía medio impuesto por las premisas de partida cuando se escribió en el taller. Creo que necesita una reescritura exhaustiva.

Sobre lo de “Era terrorífica para negarse”, no acabo de ver el pijería en la frase, pero en cualquier caso que alternativas propondríais, utilizando la misma estructura?
– Era muy mala para negarse
– Era un horror para negarse
– Era fatal (de la muerte) para negarse

Creo que es la propia estructura de la oración la que la hace sonar extraño

21 11 2007
Ana

“ella no sabía decir no” ?

Esto me recuerda a un chiste: Sabéis cómo llaman los pijos al mar?

o sea, no?

21 11 2007
Dracma

Yo no he dicho por qué suena mal, querido, sólo que suena mal.

En cualquier caso si te empeñas en una estructura similar:

“Era incapaz de negarse”

Y si no te importa que la estructura varíe la opción de Ana es perfecta y de por si menos ambigua, aunque en el contexto ambas se entienden en el mismo sentido, creo yo.

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