Un apunte: Escenas de trabajo en Evry

26 11 2007

Vinimos, o más bien fuimos, a París para mantener un par de reuniones con uno de los sabios calculistas de nuestra empresa madre, sita cerca de Evry (población que en Plataforma se menciona y se califica como reducto de inmigrantes, de ésos peligrosos, creo recordar), acerca de unos rodillos y máquinas de nuestros nuevos proyectos, durante tres días. Cosas de ingenieros. Yo aprovecharía para encontrarme casualmente con otros entes de esta gran parroquia e intentar aclarar asuntos pendientes sobre nuestros otros hornos de la India, proyectos que en este momento se encuentran parados por problemas de financiación del cliente, que es indio, por si no se había entendido. Es decir, todo con un retraso según los cánones de aquel país. Mis compañeros son otro jefe de proyecto y una ingeniera de cálculo. Todo el mundo esperaba que él cumpliera con todos los cánones del birrocho, pero parece que una relación sentimental ha surgido entre ambos (como diría Kurtz: el amor (bueno, más o menos). Digo parece porque todo el mundo (otra vez) lo sabe pero ellos actúan como si solamente fueran amigos. Una de esas situaciones en la que todo mundo (nuevamente) se siente violento. Cuánta tensión sexual. Paseando de vuelta de un restaurante japonés junto con otra compañera de trabajo que lleva una temporada desplazada allí, al mirar atrás, me parece observar que van agarrados del brazo. Ellos me ven. Yo los veo, por un instante, y rápidamente vuelvo la mirada al frente. Al cabo de unos segundos, furtivamente, giro el cuello pero ya van cada uno por su lado de la acera. O quizás sean imaginaciones mías.
El día después de de aterrizar, y era Jueves, quedé para comer con el ingeniero encargado de coordinar todos los proyectos de nuestra casa madre francesa en La India, de ahora en adelante El País Del Curry (EPDC). Él es un crápula con el que ya he compartido cognac y habanos a las dos de la mañana en Calcuta, y lo cierto es que es un placer tratar con un francés que en lugar de llevarte a la inmunda cantina de su día a día te invita a comer a un pueblillo a 20 minutos en coche. Junto con otros tres gabachos y un irlandés que también trabaja allí, nos sentamos a degustar platos típicamente franceses regados con un poco del infecto Beaujolais Nouveau que posteriormente cambiaríamos por caldos bastante más interesantes (de los cuales no me quedé con el nombre). Probé el tuétano por primera vez en mi vida, gracias al Pot au Feu que pedí. El rendimiento por la tarde no sería muy elevado.
En Nuestra Querida Casa Madre Francesa, de ahora en adelante NQCMF, reparten un listado con las extensiones y direcciones de e-mail de cada uno de los empleados, lista de la que disponemos aquí en Bilbao. Al observarla, y teniendo en cuenta que se trata de fotos tipo carnet, uno se queda con la impresión de que son todos muy feos. En general tienen cara de estar amargados y la estructura de lugar de trabajo, lleno de recovecos y pasillos en un edificio en forma de H con cuatro pisos en el que siempre, indefectiblemente, e independientemente del número de veces que lo visite, me pierdo la primera vez que llego (lo que no provoca que pregunte, válgame Dios, y me permite utilizar mi cara de pasaba por aquí que tan bien se me da), ayuda a fortalecer esa sensación opresiva. La cuestión es que, de esta nueva aproximación, he salido con una cierta sensación de desasosiego. Más allá de sus corbatas, sus calcetines blancos, sus horrendas camisas de manga corta o sus gafas estilo Diaz Miguel, he conocido a personas con alteraciones físicas relativamente anodinas, pero que evidentemente me han alterado. El encargado de validar los esquemas de fluidos es un cuarentón que tiene la parte izquierda de su cara parcialmente paralizada. Solamente parpadea con el ojo derecho, y sus constante fasciculaciones del izquierdo hicieron revivir mis neuras por un instante. Fugaz. En cualquier caso, me pasé toda la conversación intentando entender un galimatías franchute sobre estanqueidad en válvulas de gas mientras pensaba en si aquel hombre tendría ELA y en cómo se podría vivir y trabajar con semejante duda. A su vez, el irlandés con el que fuimos a comer, tiene una cicatriz gigantesca en su mano derecha, justo sobre el dedo gordo, que debe dolerle, ya que estrecha la mano con la izquierda, lo cual resulta extraño, más aún con la costumbre local de saludarse de ese modo con todo el que pasa por tu camino.

El primero, el que guiña el ojo, me hace pensar en la finitud de la vida y en la posibilidad de pasar los restos pensando en la degradación física. El segundo solamente me provoca ganas de crear un relato con él como personaje: El hombre que daba la mano con la izquierda.

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3 responses

26 11 2007
Ana

A lo mejor al irlandés lo que le pasa es que es un Scout: tengo entendido que se dan la mano con la izquierda, porque es la mano del corazón… (qué potito)

Lo del tuétano seguro que lo probarías antes en algún caldo sin enterarte, no?

Me gustan las fotos que pones de París; además es increíble, no hay sólo techos y luces de noche!

27 11 2007
Troutman

Debo decir que muchas de mis fotos son de tejados y algunas están hechas de noche.

El irlandés no creo que sea Scout, sería cosa de preguntar, pero lo que es seguro es que daba la mano con la izquierda a los que le tienden la derecha, lo que consigue un efecto curioso (parece que sea manco). Al despedirse me dio la derecha en un acto de confraternización superando el dolor (supongo), que le agradezco. Lo cierto es que era un tipo muy majo y prácticamente el único al que entendía todo lo que decía en francés.

29 11 2007
Dracma

Es cierto, en estas fotos no hay sólo techos y luces, ni tampoco conductos y tuberías, aparatos de aire acondicionado, ni basura. La de la chica estatua me parece inquietante. Parece talmente un camaleón-gárgola.

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