Debí

7 12 2007

Última entrada que voy a dedicar a mi última estancia en París. No será la última entrada del año, ni la última entrada sobre París, ni la última en que escriba desde el trabajo en un día especialmente propicio para ese noble deporte, tan español, como es tocarse los genitales. Y no lo es, ni lo será, incluso si Dios no quiere. Incluso si quiero colgar más fotos de aquellos días en París, porque ¿Cuándo me he molestado en que las fotos de este blog tengan un mínimo de relación con sus textos?
Si utilizase el presente de indicativo para relatar mi paseo por la ciudad de la luz de aquel sábado en que tan calentito se estaba en la habitación, y aún no lo he descartado, y tendréis que seguir leyendo para saber si lo he utilizado o no, podría dar la impresión de que acabo de volver y no han pasado 20 días desde entonces. Comprimir el tiempo de dicha manera tendría un número infinito de beneficios, el menor de los cuales no sería haber logrado leer 300 páginas de las Benévolas en un instante, y no en los 15 días que llevo arrastrándolo por estas calles de Dios (lo que me lleva a pensar nuevamente en que el lector de Amazon será un gran invento). Pero no se puede comprimir.
Al acercarme a mi destino, en minúsculas, de aquel día, me di cuenta de que mi estómago no podía soportar semejante vacío existencial, por lo que decidí cruzar a la otra orilla del Sena, dado que en Quai de Branly no parecía haber nada interesante que llevarse a la boca.
Tras subir unas escaleras (y pensar, como siempre, en que me falta más aire del que debería y cruzarme fugazmente, pero ahora sin dolor, una lista de posibles enfermedades por la mente) me topé con un mercadillo al aire libre que recorría todo el centro de una muy larga calle en cuesta. En esta misma calle me encontraría el Palais de Tokio y el Museo de Arte Moderno. Antes de entrar en este último llevado por mi vena cultureta, me dejo arrastrar por mis sentidos a lo largo del mencionado mercado, lleno de puestos de verduras, quesos, carne y otras viandas con olores extraordinarios. Hay algún que otro tenderete con comida preparada, y finalmente me hago con un crêpe que venden bajo bandera argelina. Debo pedirlo por señas, porque veo que la gente no lo llama crêpe y me da vergüenza que no me entiendan. Uno tiene la sensación de que parece menos turista señalando las cosas que intentando hablar mucho. La próxima vez debo hacerme pasar por un parisino mudo y un poco duro de oído.
Después de sacar unas fotos y terminar la crêpe que no es crêpe, entro en el museo con la intención de ver la exposición cuyo cartel me ha llamado la atención en la entrada, y cuyo autor no conozco. No sé si para no parecer idiota o para parecerlo, compro una entrada no solo para esa exhibición sino también para otra sobre Helene Schjerfbeck, una pintora finlandesa de la que nunca recordaré el nombre (ni tampoco demasiado su obra). Seis euros gastados en recordar un nombre. Después entro en una estancia oscura dedicada a Alfred Kubin, y éste sí que cumple absolutamente las expectativas del cartel de la entrada. Dibujos de pequeño formato, grotescos y fantásticos. Si tuviera dieciséis años probablemente forraría mi carpeta con sus obras. Tengo treinta y uno y resulta maravilloso constatar que la cantidad de cosas, así, en general, que nos quedan por descubrir y nos pueden asombrar son ingentes, y que solo importa que precisamente la capacidad de asombro de cada uno siga intacta.
Posteriormente saqué más fotos, vi el museo de Quai de Branly que iba destinado a visitar (y que resultó ser un edificio medianamente interesante con un contenido medianamente no intersante) y volví andando hacia la zona de Puerta de Orleans. Quedé con Ana y Bob. Me compré un par de zapatos. Mientras les esperaba pude observar una vez más los rituales de espera de los parisinos, ahora con frío. Evidentemente no se diferencian en nada del resto del mundo.
Nos sentamos a cenar en un restaurante caribeño especializado en gastronomía de las tierras francesas de ultramar, tras vueltas y más vueltas de buscar un lugar donde saciar mi pobre apetito y entrar en calor. El sótano donde nos han metido debe albergar a más personas de las que estaban previstas, por lo que la camarera, entre baile y movimiento de cadera, intenta reordenar mesas y comensales, como si fuéramos un tetris, para que todo el mundo pueda sentarse y tener un plato. Ella se parte de la risa. Su jefe pone cara de hastío y suspira. Nosotros decimos a todo que nos da igual, aunque ahora mismo casi debemos sujetar las fuentes de comida sobre nuestras cabezas. La familia junto a nosotros, y con ello quiero decir las mujeres de la familia ellas, se queja y mueve la cabeza de un lado para otro, como toda ama de casa debe hacer en estos casos. Al menos nos traen un par de chupitos gratis para compensar. Cuando terminamos la familia aún no ha recibido los entrantes. Y yo he mezclado el presente con el pasado.

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4 responses

10 12 2007
Ana

Según te leo parece que esperabas a los zapatos en vez de a Ana y a Bob :-) pero es verdad que cronológicamente está bien, porque recuerdo que cuando quedaste con nosotros por teléfono todavía no habías comprado los zapatos.

Lo del restaurante, muy bien descrito. Tetris total. Y además a mí me hacía gracia y todo, yo encantada moviéndome de un lado para otro y encima le daba ideas a la camarera bailonga, que a mí me parecían geniales y a ella más, y así acabamos como acabamos… Creo que ese refrán de “donde comen dos, comen tres” habría que revisarlo.

Voici una contribución a los enlaces que no hay que esperar en este blog pero que están ahí cada vez más: una página con fotos del restaurante: http://ijlprat.free.fr/lacharette/resto.php
Donde se jugó al tetris fue en la “salle du bas 2″

El chupito gratis se llamaba ” ‘ti punch” y es una combinación de ron, sirope de azúcar y zumo de lima. Normalmente se toma de aperitivo, pero también normalmente cuando comes en un restaurante, los platos caben en la mesa…

El lector ese de Amazon no sé, no me veo yo leyendo un libro en un palmtop…

10 12 2007
kar

cambiar el pasado con tan sólo una pequeña variación verbal es casi mágico. No, si ya lo digo yo: o tienes un blog o, simplemente, no existes. Y no vale myspace, que eso es para nenazas.

11 12 2007
Blackstar

Leyendo estas posibilidades infinitas que otorgan las grandes ciudades me invade el provincianismo, no lo puedo evitar. A veces pienso que no he nacido donde tendría que haber nacido. Aunque luego a lo mejor París me estresaba tanto que quería vivir en Garrapinillos o en Oliete.
Me han gustado los dibujos de Kubin, al que desde luego no conocía para nada!

El lector de Amazón está bien desde el punto de vista logístico (peso, espacio…), pero a la hora de la verdad, ¿no te gusta ver la librería de tu casa atestada de libros que puedes acariciar?

¿Los zapatos eran alguna marca francesa?
Una apasionada de los zapatos a la que le gusta descubrir nuevas marcas..

11 12 2007
Troutman

Ah! La Charette Creolle, qué recuerdos! Que diría aquel.
Yo almaceno libros con la intención, como he confesado más de una o dos veces, de mostrar a las visitas lo acertado, ecléctico y maravilloso de mi gusto literario. O más bien para mostrarmelo a mí, que soy más fácil de engañar. Aparentemente lo necesito, pero del mismo modo que antes me gustaba tener mis casetes (nunca he llegado a ser de vinilos) y CDs ordenaditos y visibles,con sus colorines y esas cosas, sé que podré prescindir de todo ello y almacenarlo en el ordenador. Realmente no necesito el tacto de los libros. El problema quizás se plantee a la hora de ir al baño. Tomo nota mental desde ya de la necesidad de hacerme con un lector de revistas específico para el baño.

No sé de qué marca eran los zapatos, pero no son ninguna maravilla. Simplemente vi unos que me encantaron, entré en la tienda, no había mi talla y me acabé llevando otros de rebote. Porque había ido a por unos zapatos.

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