Terapia

7 01 2008

A continuación un relato que también ha surgido del taller de escritura. No lleva más que una revisión somera, así que sed crueles, os lo ruego. Este año mi buen propósito es escribir al menos una hoja al día. No voy a seguirlo a rajatabla, pero intentaré aproximarme en lo posible a los 200 folios de relatos – o quién sabe si de una novela corta – de ficción. Trataré de que las entradas de otro tipo no decaigan. ¡Feliz año nuevo a todos!

Mi esposa me mira con cara de pena y me acaricia el brazo. Sé que nuestro perro está fuera atado a una farola. Ahora me doy cuenta de que es posible que nunca debiera mandarle la foto de su familia. Si se hubiese tratado de otra persona ni me hubiese planteado un método tan severo. Creo que no fui lo suficientemente frío y me dejé llevar por la situación, pero mi única intención era salvarla. De eso estoy casi seguro. O quizás solo quería resolverlo todo y olvidarme de que me había vuelto loco por una incongruencia con falda.
Hace unos años comencé a viajar a Santander para impartir una serie de cursos sobre psiquiatría. Dado que el viaje desde Barcelona me dejaba muchos tiempos muertos entre los aviones de ida y de vuelta, decidí aceptar la sugerencia de un colega y concertar unas cuantas sesiones con pacientes suyos a los que no tenía tiempo de atender en condiciones. Me acomodó en un anexo a su despacho, mal ventilado y de pequeñas dimensiones, lleno a rebosar de los libros que menos le interesaba mostrar en su consulta o que no adornaban lo suficiente, y allí estuve recibiendo a tres o cuatro de sus habituales durante la mitad del año que duró aquel curso, a los cuales, si debo decir la verdad, procuraba prestar la menor atención que lo estrecho de la habitación permitía. De todos modos no era sencillo ignorarlos o quedarme mínimamente traspuesto cuando el aliento de mis pacientes casi podía empañar los cristales de mis gafas. Por culpa de todo esto y de los infernales horarios de los vuelos, siempre estaba cansado y somnoliento. Por la noche llegaba a mi casa y mi mujer siempre llevaba más de dos horas dormida. Ni mi perro salía a recibirme.
Hasta que tuve que tratar a Virginia.
Antes de recibirla por primera vez hojeé muy por encima las notas y recomendaciones que me había dejado mi colega. Entre cabezadas, pude apreciar que se trataba de un caso de manual de trastorno bipolar. Lo que no refería en las anotaciones era que Virginia desprendía sexo por los cuatro costados. Quizás es uno de esos casos de pura química, ya que ella no era especialmente atractiva. Lo digo objetivamente. Pero había algo en su manera de sentarse que me tenía en tensión durante toda la hora durante la que ella me contaba vaguedades sobre su infancia que yo debería haber estado descifrando o incluso ignorando. Está claro que debí renunciar, o como mínimo haber dejado de tratarla una vez se termino aquel curso. Sin embargo no podía dejar de repetirme a mí mismo que ahí detrás había un caso inusualmente interesante y que debía continuar la terapia aunque supusiese viajar una vez a la semana a Santander. Resultó que efectivamente, era un caso inusual. Demasiado interesante, aunque no sé si lo supe gracias a mi ojo clínico o si es que me estaba engañando a mí mismo y solo quería sentir su cuerpo haciendo fluctuar la presión del aire en aquel habitáculo que llamábamos consulta.
Tras unas cuantas charlas tuve bastante claro que mi amigo había realizado un diagnóstico absolutamente erróneo y que Virginia sufría una fuerte depresión con extraños arranques de ninfomanía. Cuando me contaba alguno de aquellos episodios en los que no podía evitar sus más bajos instintos sexuales, me trastornaba completamente. Me hacía sentir como un salvaje. Su melena negra y aquellas piernas que solía enfundar en unas medias de rejilla que pedían a gritos ser desgarradas por mis manos. Lo curioso del asunto es que alguna vez se lo comenté de pasada a mi colega, como quién no quiere la cosa, mientras almorzábamos en el comedor de la facultad, rodeados del vocerío del alumnado, y éste se mostró sorprendido: no entendía que se pudiera sentir la más mínima atracción por Virginia. De hecho le resultaba hasta grotesca, me confesó. Y yo la veía como un homenaje a la sensualidad. Si hubiese tenido la suerte de verla a través del cristal de mi compañero de almuerzo ahora no estaría lamentando que ayer se saliera de la carretera a unos doscientos kilómetros por hora. Porque además estoy seguro de que yo he tenido la culpa. En el bolso de cuero que encontraron en el lugar del accidente llevaba solamente su cartera, en la que no había ninguna fotografía, un CD de Davis Bowie y la carta que le envié la semana pasada. Y los poemas que ella solía escribir aparentando ser un alma torturada y que firmaba como Andrea. Y los poemas que ella solía escribir aparentando ser una niña y que firmaba como Elena. Y los folios, perfectamente doblados, que contenían las misivas que quería enviar a sus padres y a su hermana y que, decía, nunca tenía tiempo de terminar. Aquellas cartas inacabadas, cuya existencia descubrí durante una sesión en la que me aseguró que siempre las llevaba consigo (aunque me costó escucharlo porque yo solo estaba pensando en arrancarle las bragas), me habían llamado la atención poderosamente cuando repasé mis notas. Si le preguntaba la razón por la que no podía finalizarlas y meterlas en un buzón Virginia solía cerrarse en banda, se encogía de hombros y no respondía.
Un día le pedí que trajera algunas fotos familiares con el fin de trabajar sobre ellas. Cuando se inclinó sobre mí para cedérmelas creí que iba a estallar de la excitación. Si hubiera rozado mi dedo con su índice en el momento de entregarme las instantáneas no hubiese podido contenerme, juro que me hubiese abalanzado sobre ella y le hubiese arrancado la blusa, pero pude contenerme. Más aún en cuanto observé que en las tres fotos solamente aparecía ella. Virginia junto al mar apoyada en una cerca. Virginia al pie de un monumento. Virginia bajo la puerta de un restaurante. Le pedí que me explicara, a modo de ejercicio, qué se podía ver en las fotografías, y ella me contó que allí estaban su padre, Marcos, su madre, Mercedes, y su hermana en una excursión que habían hecho hacía una semana. Le tendí las fotos y le pedí que me los señalara y ella apuntó al vacío. No le dije nada. Volví a Barcelona.
Aquella noche estuve dándole vueltas al asunto, acostado y con la mente dando vueltas mientras mi mujer dormía como un tronco y el perro a los pies de la cama, roncando. Decidí buscar con mayor profundidad los antecedentes médicos de Virginia, algo que hubiese hecho sistemáticamente con cualquier otro paciente casi al comenzar la terapia. Repasé las notas de mi colega en casa. En ellas decía que su padre se llamaba Manuel y que Virginia trabajaba como broker. En la ficha de la seguridad social, donde había visitado a otros dos especialistas, figuraba como padre un tal Miguel, y el diagnóstico médico era, sin ningún género de dudas de los psicólogos que la trataron, trastorno obsesivo compulsivo. Pude localizar más fichas. Padres y madres de nombres múltiples. Hermana única. O familia numerosa. Fan de los perros y los gatos. O alérgica al epitelio de animal. Administrativa, o ingeniera, o enóloga, o trabajadora social…Me llevó bastante más tiempo averiguar dónde se encontraba su verdadera familia. Mientras tanto seguía acudiendo regularmente a mi cita con ella, pese a que cualquier cosa que me contase ya había perdido el poco interés que pudiera haber tenido para mí y solo hacía el viaje para poder oler su cuerpo, cerrar los ojos y refrenar las ganas de abalanzarme sobre ella. En el momento en que localicé a sus padres me presenté ante ellos. Les expliqué la historia, aunque me quedé un tanto perplejo al verlos en un primer momento. Después, con el fin de utilizarla en la próxima sesión, les saqué una foto. Me despedí con una reverencia. Ya en mi hogar, sentado en la mesa del comedor, no podía dejar de darle vueltas al asunto. Mi mujer estaba sentada en el sofá y el perro encerrado en el balcón. Decidí escribirle una carta explicándole su historia para intentar que se enfrentara a ella. En el sobre le adjunté, tratando de añadir un golpe de efecto dramático, la foto de sus padres en cuyo anverso escribí: “¿Serás capaz de olvidarlo?”. Pensándolo con más calma en estos momentos, frente a su cuerpo, con mi mujer agarrada de mi brazo y el perro atado a una farola en la puerta del tanatorio, puede que quizás mi intención no fuera obligarle a que recordara y dejara de rellenar huecos. No tiene mucho sentido que le enviara aquella foto de la tumba de sus padres, fallecidos en un accidente de aviación en Medellín al que ella había sobrevivido.
Aunque esté muerta, con los ojos cerrados, al otro lado del cristal, creo que aún puedo oler su cuerpo.

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16 responses

7 01 2008
kar

hummm… algo disperso… me ha gustado el simbolismo del perro, aunque realmente no lleva a nada. Me gustará leer la versión revisada.

8 01 2008
Troutman

Es cierto que el simbolismo del perro no lleva a nada como simbolismo. En este caso está metido como simple detalle. A veces lo hago y luego me pregunto si es lícito, introducir detalles y repeticiones sin ninguna intención oculta, salvo incidir en este caso en que se trata de una pareja con perro, algo relativamente inocuo. Creo que tienes razón en que parece disperso, quizás mal hilado. Mil gracias por el comentario.

Por cierto, hoy a las 10 y media a probar suerte otra vez en la SER.

8 01 2008
Blackstar

A mi me ha gustado mucho, aunque coincido con Kar en que quizá es un poco caótico en la narración.
Sólo un detalle. No me gusta que lleve medias de rejilla. Quizá porque me imagino a Virginia, tal como la has descrito, como un ser que le atrae irremediablemente por algo que se escapa incluso a la forma de vestir. Me parecen innecesarias las medias, fíjate que yo más bien le pondría un jersey de cuello alto o una rebeca de punto. (esto es una tontería de las mías)
Ahora ya está genial pero seguro que en la revisión lo terminas de pulir, así que vuelve a colgarlo cuando lo hayas hecho.

Y Feliz Año Nuevo!

8 01 2008
Troutman

Anoto lo de las medias de rejilla. Realmente creéis que es un texto que merezca reescritura? Me refiero a si tiene miga suficiente para darle una vuelta más.

Blackstar, por cierto, la bastante aleatoria denegación de acceso que estrena nuestro informático este año me impide entrar en tu blog (que sepas que eres porno), cosa que también me ocurre con La Petite Claudine, aunque al menos puedo leerlos a través de Google Reader (pero no dejar comentarios)

8 01 2008
Blackstar

Joder no tenía ni idea!

Si es que me tengo que pasar a wordpress, lo malo es que no sé pasar todo lo del blog, creo que no son sitios compatibles, porque ya lo intenté y no había manera. Pero no me quedará otra que hacer uno nuevo.

Yo si que le veo suficiente chicha, los relatos de transtornos son de mis favoritos.

8 01 2008
mismanitasdevelcro

Ale, he pasado el blog a http://mismanitasdevelcro.wordpress.com/

8 01 2008
claudia

Otra vez my bueno el relato de la SER. En cuanto a Terapia, si me lo permites, con ojos de alumna que no es capaz de escribir más de dos folios, no termino de ver al personaje masculino. Es previsible que no pueda ayudar a Virginia porque más que un psiquiatra parece un salido. Hay demasiados elementos dispersos, el perro es cierto que es accesorio, por ejemplo. Sin embargo, el desenlace es bueno, aunque resuelto, a mi modo de ver, con pelín de apatía. Como si quisieras poner un punto y final a toda prisa.

Como siempre, haz lo que quieras con esta intromisión crítica. Saludos, claudia

8 01 2008
Troutman

Muchas gracias por los comentarios. Como siempre digo, prefiero mil veces los que son críticos. Siempre se aprende algo. Veo que la dispersión es evidente. Hay que homogeneizar. En cualquier caso, el protagonista no es un salido (aunque sí un poco psicópata), simplemente le da un arrebato sexual. En cualquier caso me has dado la pauta para ver por dónde debo trabajar al narrador.

Y pienso dejar al perro.

Blackstar, sabes ya como migrar los contenidos a “Manitasdevelcro”?

8 01 2008
mismanitasdevelcro

No, ni idea. Si me echas una mano te lo agradezco desde ya.

Y por cierto, como puedo firmar los comentarios como Blackstar?

desde las opciones no me deja cambiar…

soy un desastre con patas.

8 01 2008
claudia

Si, al perro déjalo, pobre!

No es un salido, ok, pero el arrebato sexual le dura todo el relato…Hay que medir esas cosas…En ese caso tal vez fuese mejor poner a un simple médico que investiga sobre la tía por un interés más que profesional. Pero así, cómo para fiarse de un psiquiatra! (que debe haber alguno así, pero le resta seriedad), digo.

8 01 2008
claudia

Ah, y tiene más que miga. Es una buena historia, sin duda. Cuando hay misterio…es lo que tiene.

8 01 2008
Troutman

Hombre, hay quien dice que los psiquiatras están todos tocados del ala. Yo al menos creo que pueden estar tan desequilibrados como el común de los mortales, y si el desequilibrio viene dado por el aroma de una mujer, más aún. Me intersa la figura del psiquiatra que no sólo no hace ni caso a sus pacientes sino que además no está muy en sus cabales, aderezado en este caso con el autoengaño y el haber sido siempre recto y metódico (cosa en la que incidiré en la reescritura)

8 01 2008
kar

sí al perro, no es un salido, sino un tipo algo guarrete… como todos, vamos, y sí, dale un par de vueltas al relato, creo que las merece, sí, todos los que visitan mi blog se convierten en mejores personas y fornican más, no, todavía no tiene canon, sí al arroz a la cubana con huevo y pimienta, no a los apocalipsis de cartón que nos pintan los obispos…

9 01 2008
Dracma

¡Hola a todos y feliz año! He andado tan agobiada y saturada de trabajo (y sigo así) que no he tenido tiempo de nada!

En cualquier caso Mikelio lo prometido es deuda, además ya sabes que me encanta ensañarme contigo, ja, je, ji, jo, ju.

Lo primero: No lo veo muy disperso (con esto no digo que no lo sea, de hecho practicamente todos lo estiman así, ergo algo hay) sino que soy capaz de notar la dispersión, dada mi atención idem), o por lo menos no en el sentido en que yo entiendo que un texto resulta disperso: aquel en el que se tratan diversos temas y no se llega a ninguna parte.

Para mi el eje central está claro: un psiquiatra se ve arrastrado por una atracción irresistible hacia su paciente. La atracción se convierte en una obsesión que no puede controlar, y al final acaba por destruir a la paciente, de forma involuntaria desde un punto de vista consciente, pero con clara intención, desde un punto de vista subcosnciente.

La idea me parece muy buena y original, como las de todos tus textos, pero el texto está poco “pulido”.

Por otra parte, en la versión primera, la que éscribiste en el taller y no has llegado a publicar en el blog, la atracción del psiquiatra hacia la paciente estaba muy bien tratada, y de hecho, C, una compañera del taller, que por cierto es psiquiatra, dijo que le había encantado como, sin ser específico habías reflejado la obsesión que ella despertaba en él. Creo que en la versión de ahora, tratando de abundar en el tema, insistes demasiado en todo lo que el protagonista le arrancaría a Virginia: las bragas, la blusa, las medias… (estoy segura de que en tu relato Virginia no llevaba falda o pantalón, porque si no Mario también se lo hubiese arrancado) y todos los que han leído únicamente la versión de esta entrada se han quedado con la idea de que es un salido o un poco guarro o muy poco profesional. Quizá sea ese el motivo por el que todo el mundo coincide en que el relato es algo disperso.

Por otra parte, creo que quieres presentar al protagonista como un hombre que normalmente es cabal, centrado y sensato:

Tipo clásico familiar
Mujer cariñosa y/o quizá algo dependiente que se agarra al brazo
Perro
Con amigos al menos un amigo/colega,

Tipo clase acomodada competente en el ambito profesional:
le llaman para dar conferencias
tiene porpios clientes
sus amigos de la profesión le ceden pacientes

Partiendo de esto no puedes dar la idea de que tu protagonista es un descerebrado integral que pueda llegar a decir “ahora que lo pienso no tiene mucho sentido que le enviara aquella foto de la tumba de sus padres” o que refiera algo como “cuando por fin conocí a sus padres les conté la historia y les hice una foto”. Porque entonces haces que el psiquiatra parezca un trastornado, y si fuera así la historia a contar sería otra.

El final me encanta, es bastante morboso y da a entender que aunque Virginia haya muerto la obsesión pedura.

Todavía hay más, pero lo guardo para otro día que si no te voy a saturar.

9 01 2008
Ana, la patán entraNable

Hola a todos, madre, qué rápido vas este aNo metiendo artículos, Troutman, con el poco tiempo que tengo yo ahora… A ver, que voy:
Me gusta mucho el tema del relato y la intriga, aunque el primer párrafo lo tuve que releer varias veces. Al final me di cuenta de que lo que me molestaba era esta frase:
“Ahora me doy cuenta de que es posible que nunca debiera mandarle la foto de su familia.”. Yo creo que deberías decir “nunca debería haberle mandado la foto” etc etc…
Lo del perro creo que lo que molesta es que la segunda frase sea sobre él; todos nos esperábamos probablemente que tuviera más importancia… Yo hasta pensé que hablabas de la foto de la familia del perro…
De acuerdo con Blackstar en que no la veo con medias de rejilla; me la imagino menos sugerente. Y no sé, lo de la locura de hacer la foto y hablar con los padres para mí sí que es creíble; el tío se trastornó, ni siquiera él se reconocía… Y de hecho al final está dándose cuenta de que no tenía mucho sentido lo que había hecho, pero acaba con la frase sobre el olor de su cuerpo, con lo que se ve que su obsesión es más fuerte que todo lo demás…

9 01 2008
Troutman

Creo que tenéis razón en casi todo. Tengo un trabajo ímprobo de corrección y reescritura. La frase que mencionas, Ana, es que además es gramaticalmente incorrecta. Muchas tareas pendientes.

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