Las Benévolas: Ese ladrillo (III)

14 01 2008

Bien pensado, es posible que esté revelando demasiadas claves de la trama (y que vaya a continuar haciéndolo) para aquellos que no hayan leído el libro y tengan la intención de hacerlo. Avisados quedáis. Continuemos con el siguiente capítulo:

COURANTE

Las tropas Alemanas ya han sido cercadas en el sitio de Stalingrado y a Max Aue lo envían a realizar labores de estudio de la moral de las tropas en todo ese meollo. Resulta bastante chocante, aunque esta es una cuestión que me ha surgido a posteriori, que el protagonista sea capaz de realizar este tipo de labores de sondeo emocional de la gente, cercanas al espionaje (cometido que también ha llevado a cabo en los años anteriores del relato), cuando es descrito casi como un sociópata incapaz de tener más relación que el malsano roce con su hermana. En poco más de cien páginas se nos cuenta la terrible situación de las legiones nazis, aisladas y asediadas entre las ruinas. Un entorno que ha sido explicado y ha servido de base para miles de libros y películas, pero del que Littel extrae un espacio físico concreto, específico, y desgrana una serie de situaciones concisas y sobrecogedoras hasta llegar al alucinatorio cierre del este movimiento de la ópera. Si en algún momento la novela llega a agarrar al lector por las solapas es éste, y uno se pregunta cuál es la maldita razón para ocultarlo bajo trescientas páginas previas que pueden desanimar al más pintado.
La soberbia, supongo. La ceguera del engreimiento. O simplemente que al escritor se la trae muy floja el que está al otro lado, como se entrevé en todas sus entrevistas. Quizás es ese desprecio el que provoca que haya terminado esta novela y que le esté dedicando tal cantidad de tiempo. Me intrigan más las motivaciones y las intenciones que el propio texto en sí.

ZARABANDA

Nuestro querido Aue se recupera de las heridas recibidas y vuelve a Berlín, donde interacciona con su amiguete Thomas (el vividor), sus jefes, su hermana, casada con un anciano, famoso y retirado compositor y su mentor en la sombra, Mandelbrod, personaje este último de gordura mórbida, rodeado de bellas mujeres que no se diferencian unas de otras (me viene a la mente aquel vídeo de Robert Palmer), que va en silla de ruedas, acaricia gatos (sic) y se tira pedos malolientes. Un poco traíddo por los pelos, es posible. El protagonista también se pega un viajecito a París y hace una visita de cortesía a su madre y su padrastro en la zona italiana, lo que dará pie a la parte criminal y de intriga del libreto (y a la persecución de Las Benévolas).
Descargado de la necesidad de explicar los entresijos del partido y el ejército, aunque no puede evitar seguir mostrando sus bastos conocimientos del momento y el lugar relatando, por ejemplo, los acontecimientos bien trufados de nombres propios del París prebélico, todo se desarrolla de una manera bien hilada, tensa, con ese tono frío, descreído y sórdido que sobrevuela las mejores partes de todo este ladrillo.
Quizá el problema con las listas interminables de nombres propios, cargos, siglas, fechas y topónimos, cuando aparecen, sea exclusivamente mío y de mi aversión por la novela histórica. No lo niego.

Lo juro, yo pensaba solamente escribir dos entradas sobre Las Benévolas, pero el espíritu incontinente de Littell ha debido poseerme. Dentro de poco escribiré sin puntos y aparte y en arial 6 (jajejijoju)

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2 responses

14 01 2008
claudia

Lo preguntaste en algún momento y posiblemente ya lo sepas. Pero a mi, sin preguntarlo, me lo contestaron este fin de semana. El libro se iba a llamar Las eumenídes, pero por cuestiones de marketing (y de cultura general!!) lo cambiaron por Las Benévolas. Las primeras son las diosas de la venganza, que se quedaban con el destino de las personas hasta conseguir vengar la muerte de su madre en manos de Orestes. Algo así. Se entendería en el contexto ladrillero del libro? No lo sé.

14 01 2008
Troutman

Si lo cambiaron por cuestiones de marketing, dice poco en favor de la fama de Littell (que el mismo se crea) de absoluto desprecio por la comercialidad. Aunque bien pensado podría haber elegido mil títulos más atrayentes.

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