Señores empujando su vida

5 02 2008

Me despierto con la garganta pidiendo auxilio. Aunque en su momento me dio la impresión de que agravaba el problema, vuelvo a hacer gárgaras con Oraldine. Bajo al comedor para desayunar, pero no hay nadie que conozca, así que vuelvo a subir a mi habitación con cara de “sé lo que estoy haciendo”. Leo un par de capítulos de “La vida instrucciones de uso” sin preocuparme, como viene siendo habitual con este libro, en tratar de asimilar la mitad de lo que leo. Vuelvo a bajar y ya está allí el francés. Procuro que sea todo frugal, aún me repiten las doscientas especias de la cena de ayer.

Continuamos con la reunión. Básicamente nos dedicamos a poner por escrito en el acta correspondiente los puntos tratados ayer. A media mañana, con el documento impreso, uno de los jefes hindúes (que puede que no sea hindú, pero me niego a escribir indio inmediatamente después de la palabra jefe en esta entrada), tal y como ha hecho en anteriores ocasiones, se dedica a corregir cada punto y coma de lo que proponemos, sin cambiar apenas el sentido. Yo, por tocarle un poco los huevos, me niego a aceptar una de sus propuestas y le doy otra vuelta de tuerca. En el fondo me es indiferente, pero no se puede estar tocando la moral alegremente. Discutimos un rato y finalmente llegamos a un acuerdo. Estupendo. Al cabo de un rato aparece el vicepresidente. Todos en pie. Pregunta si todo ha sido satisfactorio, nos da otra vez esos inertes consejos sobre lo bien y maravillosamente que debemos trabajar todas las partes en perfecta sintonía y pide que le leamos los puntos acordados en el acta. Interrumpe periódicamente al indio que se los relata para intercalar preguntas que poco tienen que ver con lo que se está hablando. Si la pregunta es una tontería le decimos que sí. Si supone hacer nuevos cálculos, o comprometerse a algo, le decimos que tenemos que estudiarlo en nuestras oficinas, aunque probablemente pasemos olímpicamente de ello, a no ser que reclamen. Una vez leído todo el asunto, se levanta sin haber entendido nada (probablemente), nos desea un viaje de regreso falto de percances, nosotros agradecemos su hospitalidad y se larga, probablemente a dormir en una hamaca junto a un lago privado.

Recogemos y emprendemos el regreso a Ranchi antes de que anochezca. El tiempo sigues siendo húmedo y fresco. La neblina cubre las colinas y le da un paisaje gris y etéreo al entorno. Salimos en el todoterreno que nos trajo, conducido por nuestro querido hombre de la toalla roja en la cabeza. Las toallas rojas que cubren los asientos tienen pinta de estar ligeramente húmedas, y el olor que desprenden es parecido al de un apartamento en Noja en una tarde un poco lluviosa. El francés se pone su iPod y yo esta vez no voy a ser menos. Salimos por la puerta custodiada por los militares y recorremos el camino de vuelta. Muy de vez en cuando cruzamos cuatro casas medio derruidas con rastros de óxido, con grupos de gente aglutinada alrededor sin moverse demasiado, enjutos, vestido con ropas harapientas y descoloridas, niños descalzos corriendo por las cunetas con carteras que fueron nuevas hace veinte años, y en cada uno de estos cruces tenemos que sortear un badén que destrozaría los bajos de cualquier automóvil. A los lados ríos y algún bosque. Las vacas también están escuálidas y cuando alguna se cruza debemos apartarnos, aunque suelen ceder el paso ante los pitidos. De vez en cuando se ve algún cerdo salvaje.

Empezamos a subir el puerto y se pone a llover. En alguna curva no queda asfalto y solo piedras. Al pasar una torrontera observo fugazmente la figura de una mujer cubierta con un sari azul oscuro mirando al valle, de pie sobre un altillo. Tengo ganas de bajarme a sacar fotos, pero no quiero molestar a mis acompañantes. Desde que hemos salido nos hemos estado cruzando con hombres que cargan fardos inmensos en sus bicis. Encima del manillar apoyan unos bultos envueltos en plástico del tamaño de un hombre y los empujan a lo largo de la carretera, excepto cuando hay una cuesta abajo. No sé qué transportan ni a dónde demonios lo llevan, pero acabamos superando un gran número de ellos. En un momento dado, mientras suena la hipnótica parte final de la versión de Justin Broadrick de Hym adelantamos una fila compuesta por no menos de veinte de estos cargadores empujando sus bicicletas cargadas cuesta arriba, entre la neblina, descalzos o con unas chanclas, haciendo un esfuerzo que parece el último. Quizás sea la música, pero el purgatorio debe ser esto con una cuesta que no termina jamás.

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4 responses

5 02 2008
Ana

Bultos del tamaNo de un hombre? Tu subconsciente te traiciona, apuesto a que pensaste esto, aunque fuera una décima de segundo: “Dios mío, llevan a muertos! A lo mejor son los muertos de los ‘riots’ ! Vámonos de aquí! ”

Quizás son cadáveres de ingenieros curiosos que paraban a sacar fotos… “Tengo ganas de bajarme a sacar fotos, pero no quiero molestar a mis acompañantes.” … ya, ya, por eso pones el párrafo que pones justo después…

5 02 2008
Troutman

Qué insinúas, acaso me estas llamando cobarde, eh?

Es posible

5 02 2008
Ana

no, cobarde no, imaginativo

6 02 2008
Dracma

“no, cobarde no, imaginativo”

!Cuanta diplomacia concentrada en tan pocas palabras¡

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