Último día (1): Tsan Park

15 02 2008

Salgo de casa a las seis y media de la mañana. Cojo la estatal hasta la salida hacia Gojandong Namdongku y voy estudiando mentalmente las tareas del día. En el cursillo de motivación nos aconsejaron pensar en términos de retos y oportunidades unos momentos antes de entrar a trabajar. A las siete entro en la fábrica, abro las oficinas, enciendo mi ordenador, mientras arranca voy repasando los puntos pendientes que apunté el día anterior en mi cuaderno, abro la carpeta de recibidos, me calzo las botas de seguridad, me ajusto el mono naranja, las gafas, el casco reglamentario y bajo a planta. Me doy un paseo para observar a los del turno de noche, intentando no cruzar los brazos, llevarlos agarrados por detrás de la espalda o caminar en cualquier otra posición que no denote agresividad o mal humor. Me cercioro de que a estas horas, cuando su rendimiento es mínimo, los operarios no pierdan la concentración y pierdan el tiempo. Compruebo que no salen cinco minutos antes de lo debido, aunque si lo hacen no digo nada, simplemente lo apunto y se lo comunico mediante una circular al jefe de turno, que es un borracho y un pusilánime. Es muy malo para la productividad, ésos cinco minutos pueden parecer insignificantes, pero sumando acaba siendo un sumidero de activos de la empresa, una traición, al fin y al cabo, a la casa que les da la oportunidad de vivir.

A las ocho vuelvo a mi puesto y observo la entrada de mis compañeros. Si alguno se retrasa se lo hago notar con suavidad, tratando de mencionar algo positivo antes y después de hacer oscilar la cabeza como signo desaprobatorio, tal y como nos enseñaron en el cursillo de trabajo en equipo. El resto de la mañana superviso a los operarios, las secretarias, los administrativos, los delineantes y doy parte a mi jefe regularmente. Intento alabar su corbata. Subo las escaleras corriendo porque es bueno como ejercicio físico. Las bajo andando ya que es más adecuado en términos de seguridad. En el baño, mientras me lavo las manos, practico mi cara de aprobación frente al espejo. Como en la cantina en veinticinco minutos y hablo con mis compañeros sobre fútbol o economía.

Las tardes son parecidas a las mañanas, solo que es necesario mantener un nivel de atención más elevado porque la gente se vuelve un poco perezosa. A veces tengo que levantar levemente la voz cuando encuentro a un administrativo echando una cabezada frente a su pantalla, aunque normalmente sigo el procedimiento y envío una circular al jefe de departamento.
Al salir, apago el ordenador, me quito mi ropa de trabajo, doblo el mono naranja y lo meto en su cajón, cuelgo el casco en el perchero, apago las luces y me quedo un rato en la puerta principal echando un vistazo a los horarios de entrada de los del turno de noche, que comienzan a llegar. Les saludo amigablemente, les doy ánimos y a veces intento entablar una conversación sobre fútbol o economía. Conduzco hasta casa y procuro no mirar los aviones que aterrizan en Incheon, ya que aunque me gusta, aumentaría notablemente el riesgo de tener un siniestro en carretera. Voy repasando los puntos pendientes para el día siguiente.

Llego a casa y ceno en quince minutos aquello que haya preparado mi mujer. Me fío de su criterio. Siempre pone una buena cantidad de kimchi, ya que según numerosos estudios es excelente para la salud en términos generales. Por eso la elegí: es diligente, un físico bien estructurado y sumisa. Una vez me he cepillado los dientes, repaso los deberes con mis hijos y me quedo de pie tras ellos hasta que los finalizan, según se explica en el manual de los buenos padres que mis progenitores nos regalaron cuando contrajimos matrimonio. Mientras mi mujer les lee algún cuento edificante una vez los niños se han acostado, yo suelo salir al balcón a observar Seúl por la ventana. Miro los millones y millones de luces y pienso en cómo mejorar el alumbrado público. También en que si todo el mundo que habita esas casas, esos rascacielos, esos apartamentos que se ven a lo lejos, intentaran ser más estrictos en su trabajo, todo funcionaría como es debido. Otras veces me pregunto si esto es lo que quiero hacer con mi vida, aunque en seguida recuerdo mis obligaciones y los deberes con los que me dan de comer. Los miércoles le hago el amor a mi mujer. El resto de la semana me duermo en cinco minutos.

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7 responses

15 02 2008
Gabriel

Hipnótico.
Tremendamente bien estructurado. El texto.
Me he encontrado asintiendo marcialmente a cada punto y seguido.

15 02 2008
Dracma

Como ya te dije, y sin que sirva de precedente este texto me encanta. Sobre todo me gusta el final.

Tu protagonista me recuerda un poco al mayordomo de “Los restos del día”. Evidentemente son dos personajes muy diferentes, pero se asemejan en que ambos tienen un marcado sentido del deber por encima de las necesidades personales que les hace casi inhumanos, un sometimiento absoluto a las convenciones sociales que no se cuestionan, y una consciencia velada pero rápidamente reprimida de que están malgastando sus vidas.

Ahora me voy a poner un poco en plan Dracmnabé Tierno:
No digo que del texto se infiera, pero se me ha planteado la siguiente duda? Así generalizando ¿creeís que el obedecer a todas y cada una de las normas sin cuestionarse nada, y sin permitirse una mínima trasgresión, puede ser una consecunecia de la una necesidad de sentirse seguro? ¿Es decir, un método para paliar el miedo a la incertidumbre?

15 02 2008
Troutman

Vaya por Dios, no me había dado cuenta de que se parecía tanto al libro de Ishiguro! En cualquier caso, respecto a lo de la búsqueda de seguridad, pues imagino que sí, al fin y al cabo como la mayor parte de la gente de una u otra manera. En la rutina está la seguridad. Evidentemente él ni se lo cuestiona: es una mente o una forma de ser propensa a ello, con el entorno y la educación adecuados.

15 02 2008
Gabriel

La obediencia a las normas sin cuestionarse…
Por supuesto. Eso es lo que convierte a ese tipo de convicciones en casi-religiones.
Me ha gustado la explicación de “lo establecido” en cada párrafo:
-es muy malo para la productividad…
-es bueno como ejercicio físico…
-aumentaría notablemente el riesgo…
y aquí el lado más humano del “me han dicho”: -según numerosos estudios… …en términos generales. Se ablanda el cabrón.

18 02 2008
Claudia 2008

Yo, que voy al revés, he leído antes el de Prsicilla. Bien, este me ha encantado. Me gusta mucho más por varias razones. Se nota que lo has escrito cómodo, (casi de un tirón), y eso le confiere un ritmo muy ágil a la lectura. Esos puntos finales de rotunda explicación se nota que los ponías con seguridad. Consigues que el déspota supervisor nos caiga mal (a mi, al menos), pero no consigues que nos dé lástima la perra vida que lleva basada en las reglas establecidas. ¿Es eso lo que querías transmitir?…

Hay dos cosillas que no me cuadran. Que ayude a los hijos con las tareas. Vale que lo dice el manual del buen padre, pero él pretende ser estricto, rígido, imperturbable. Yo sacaría un cinturón, más que un “niños, vamos a hacer los deberes con papá”.

La elección que hace de su esposa está muy bien. Sumisa y hermosa. Y como cumple una vez a la semana, genial! no se le vaya a poner cara de placer…

Los ratitos de distendimiento con los subalternos también están bien: Hablar de fútbol y economía “cosa de hombres”, y luego, hala, carta al mandamás si te has portado mal.

Por último, ese pensamiento que tiene mirando el horizonte de la ciudad no sé si le pega. ¿Realmente se pregunta si es la vida que quiere tener?; No sería mejor explicarlo sutilmente? Crearías más empatía con el lector, creo yo. Porque desde luego pocos envidiariamos una vida así.

El final, FENOMENAL. Frase majestuosa. (Me he pasado con el rollo, lo sé)

21 02 2008
Ana

Qué rabia llegar tan tarde, ahora que Troutman tiene tiempo, yo de vacaciones y no pude leer nada de esto! Y parece que Dracma ya se cansó de Super Mario?

Qué cosas, a mí me transmitió todo lo contrario que a Claudia: el tío no me parece un déspota, creo que es buena persona y todo, y hace lo que cree que tiene que hacer. El pobre está atrapado por las normas, y le parece tan normal que le choca que los demás no lo vean tan claro como él… Y me parece consecuente que supervise (porque es lo que hace, supervisar otra vez) los deberes de los hijos, que es lo que se supone que tiene que hacer un buen padre, y cumpla con su deber conyugal, todo maquinalmente…

Y a mí sí que me da pena, porque en el último párrafo ves cómo a veces se pregunta si es eso lo que quiere hacer con su vida, pero su “conciencia” y todo el peso de la educación que recibió le caen encima… Seguro que hay mucha gente así. Pobres…

Y creo que es fácil ponerse en su lugar; basta pensar en cualquier cosa que a nosotros nos parezca completamente normal (como no eructar en la mesa, por ejemplo) y ver cómo en otras culturas es normal, o pensar en las manías que tenemos… Luego hay extremos, claro, pero todo depende de la educación que recibimos.

Muy interesante, Troutman (y pequeNa confesión: al principio pensé que eras tú, que seguías con tus crónicas de viaje, pero ya al final del primer párrafo me dije que no podía ser…)

21 02 2008
Dracma

Coincido con Ana, es más alguien sometido a las normas que una mala persona. El problema es que no hace excepciones ni concesiones, se limita a obedecer y a hacer lo que debe y no entinede que los demás no lo hagan.

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