Último día (3): Orestes Lewis

20 02 2008

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Tengo que escribir la gran novela, el libro definitivo de la ciencia ficción. Me mudé a este pueblo perdido en las montañas hace ya tiempo en busca de la paz de espíritu, del remanso de agua que permita brotar todo lo que he ido acumulando dentro. Al despertarme me preparo leche caliente, café y unas tostadas. Salgo al camino y compruebo el generador diésel del cobertizo. Cojo algo de las estanterías, latas, extractos en polvo, y vuelvo con ello a la cocina para preparar la comida. Me siento delante del ordenador, normalmente a las 10 de la mañana y escribo, borro, consulto mis anotaciones. Si me encuentro atorado salgo fuera a dar un paseo entre las callejuelas desiertas. Escogí este pueblo porque domina todo el valle y puedo ver si el todo-terreno de algún despistado se acerca por la pista forestal. Me gusta subir al campanario medio derruido de la iglesia. Las piedras desgastadas de las casas deben aparecer en mi novela. Cuando cierro los ojos soy capaz de sentir la historia, recorriendo mis venas, sin una forma concreta.

Después de comer me echo una siesta. Procuro comer alimentos lo suficientemente pesados para tener sueños vívidos y al despertar, amodorrado aún, los anoto. Retazos oníricos para la novela. En un momento u otro acabarán encajando. Son piezas sueltas de ese gran cosmos, la enciclopedia de la ciencia ficción que debe ser mi libro. Me es igual si el reconocimiento le llega después de que yo haya muerto, solo me interesa completarla de una vez. Yo sabré que es la cima, eso es lo que cuenta. Por las tardes sigo reordenando, escribiendo, encuadrando, borrando. Consulto los archivadores de información que me traje, los libros de consulta, los diccionarios y todos los tomos de borradores ordenados en las estanterías que instalé al llegar y que llenan tres de las cinco habitaciones de este hogar de trabajo. A las siete, aproximadamente, me permito conectarme a Internet desde mi portátil. Solo un momento, no quiero contaminarme demasiado. Suficiente para saber si hay avances que incluir en mi obra magna. Miro el correo: Elena me sigue mandando mensajes con fotos de mi hijo y me pide que vuelva o que, al menos, le diga dónde estoy, pero yo necesito paz y concentración. Aunque sé que solo me hará desviarme de mi misión, que hará que me crispe y apriete mis puños, que no es positivo, siempre acabo mirando el correo. No respondo nunca.

Por las noches, tras la cena, subo al tejado a mirar el cielo. Casi siempre está despejado por aquí. me imagino naves espaciales entre las estrellas llenos de personajes intenso que viven y mueren. Historias y más historias, pero me falta el toque maestro. Lo noto, en la punta de los dedos, a punto de ser atrapado, pero es escurridizo. Hoy sé que me ha pasado durante un momento por la mente, sentado sobre las tejas, con las manos apoyadas en los restos de tierra y arenisca que cubre el techo, la cabeza echada hacia atrás, pero ha huido en un instante, como una maldita anguila. Ahora vuelvo a estar en la misma posición, tratando de que ese pensamiento único que vertebrará la novela más grande de la ciencia ficción de la historia galáctica vuelva a mí, como si fuera una antena cuya orientación había atrapado la señal y debe hacerlo de nuevo, pero no hay manera. Lo importante es no desfallecer y seguir trabajando.

Bajo a la habitación que hace de despacho y guardo los cambios en “Documento1”. Empieza así: “En una galaxia muy muy lejana”, pero no termina de convencerme. Apago el ordenador.

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2 responses

21 02 2008
Dracma

El tema me gusta, pero podrías mejorar la forma de contarlo para que el texto resultara más atrayente. Yo dosificaría la información, que el lector se pregunte uqe hace el protagonista aislado en un lugar desierto y poco a poco vaya sabiendo el motivo de que le ha llevado a esa vida.
Además no sé por qué me parece que el exceso de motivos por los no puede escribir su obra (porque procrastina, se pierde en los detalles, espera una idea que le ilumine y es un perfeccionista) hacen que el texto se desinfle y se descuadre.

Me parece que todas las ideas son demasiaado y aunque a priori podría funcionar que la causa de su incapacidad fuera un compendio de muchos de los males del escritor, no sé por qué a mi no me acaba de terminar.
De todos modos puede que esto sea subjetivo.

Una cosa más, no sé si podría estar bien que el protagonista usara un leguaje afectado, aunque si es una obra de cinecia ficción quizá no pegue tanto, no sé…

24 02 2008
Ana

Me gusta la idea de Dracma, que quites la primera frase y dejes más misterio… Un poco como lo que creo que decía Gabriel en el cuento de Agniezsca, que hasta el final no supiéramos que era una chica polaca lejos de su país…

Me cuesta comprender a este loco (el Orestes); está ahí para triunfar, para escribir la mejor obra, sin importarle que su mujer y su hijo sufran por él… Tsan era más entraNable, él pensaba que era lo correcto actuar así. Los dos son infelices a su manera. De hecho como todos los demás en estos relatos del último día, cada personaje tiene su propia infelicidad. Interesante, se lee muy bien y da qué pensar sobre muchas cosas.

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