Último día (5): Emil Bonanza

22 02 2008

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Me apetece contarles a ustedes qué hago durante el día. No es nada especial, puede que algunos lo consideren aburrido o monótono, pero no es ni más ni menos que a lo que dedico mis siete días de la semana, porque hace ya mucho que me es indiferente si es Lunes o Domingo, solo me preocupa el tiempo. Ahora mismo es invierno, y fuera está nevando, por lo que debo encender el calefactor del dormitorio del apartamento en el que vivo. Quizás quieran saber sí me aseo nada más levantarme de la cama, o puede que les sea indiferente, pero sepan que todas las mañanas voy me tomo el café de rigor, unas sopas de pan duro y justo seguido voy al baño a ducharme, hacer de vientre y afeitarme. A mi edad, por fortuna, todavía consigo mantener una regularidad intestinal estupenda. Por lo que dicen en los programas de televisión matutinos, no es algo común, ni en el tercera edad suiza, ni tampoco en la de mi país de origen. Sí, suelo ver el parte por la cadena internacional que pusieron en estos apartamentos. En cuanto termino de ordenar las cuatro cosas que hay en mi casa, bajo a comprar la prensa y dar un paseo hasta el lago, llueva o truene, lo bordeo, y vuelvo a mi hogar atravesando media ciudad. Aún me mantengo en forma. Hace ya tiempo que me jubilé en este país, y no quise volver. Mi mujer, Dios la tenga en su gloria, murió hace años ya, y mis hijos viven todos cerca de aquí, aunque ya casi se han olvidado de su viejo. Yo de ellos no. En definitiva, no había nada que me uniera a mi país. Hasta la hora de la comida me dedico a hacer solitarios con una baraja española. Después, caliento la comida que preparé el día anterior en el micro-ondas. Suelo mirar cómo se va calentando la comida, me resulta increíble cómo puede funcionar este cacharro. Antes me interesaba enterarme de la razón por las que los aparatos funcionaban, en su momento llegué a comprender cuáles eran los fundamentos de un televisor, se lo juro, pero ya lo he olvidado y prácticamente no me interesa. A veces intento leer algo que no sea la prensa, pero me aburro en un periquete, no lo consigo encontrar interesante en ningún momento, ni tan siquiera las noveluchas de temática negra que antes devoraba. Tras fregar el plato y el tenedor preparo la cena y la comida del día siguiente, las guardo en la nevera y leo la prensa de la mañana, sin dejar ni una coma. Quizás se pregunten por qué demonios hago esto si parece que las letras ya no me interesan, pero tengo mis razones, que no les voy a contar en este momento, ni en otro, que les podrían resultar un tanto peregrinas. Después, cada tres días, bajo al supermercado de la esquina a comprar los víveres para los siguientes tres, y a la tienda de pesca de Otto a por cebo y sedal, si me hace falta. En los días intermedios entre ellos, subo a casa de nuevo y en lugar de seguir haciendo solitarios con la televisión de fondo a la que, por si les interesa, no hago el menor caso, agrupo todos mis aparejos y la cesta, me pongo mi chaleco y vuelvo hasta el lago para pescar hasta que anochece. A veces vuelvo bien entrada la noche. No se preocupen, no estoy loco, conozco el camino como la palma de mi mano, llevo pescando aquí durante años. Si quieren que les diga la verdad, cada vez hay menos peces y casi nunca consigo volver con una pieza, pero hace ya mucho que dejó de importarme. Ahora sólo me siento sobre mi roca y echo la caña, miro las montañas del fondo, con sus bosques negros que acaban abruptamente, sus aristas, a veces nevadas, cada vez con menos frecuencia. Hoy, precisamente, deben estar hasta arriba de nieve, porque se ha levantado una ventisca tremenda. Mi roca la noto muy fría bajo el trasero y, por supuesto, no han picado. Parece que va a helar y puede que mañana tenga que hacer un agujero en la capa. Si el manto es muy grueso se convierte en un engorro, mis articulaciones sufren mucho con el frío últimamente. No se crean que estoy a gusto, no, lo cierto es que las esquirlas de hielo se me están acumulando en el bigote y casi no noto mis extremidades, pero no pienso moverme de aquí hasta que anochezca. Puede que les parezca extraño, pero tengo mis razones. En estos momentos casi no veo ni a unos metros y se empieza a acumular un capa blanca bastante importante. Es curioso, me parece que he escuchado pisadas. Sí, es una figura con un anorak rojo a mi derecha que viene por el camino de las montañas. Lleva la mano sobre la cara y tiene el pelo largo. Un momento, parece que pican.

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24 02 2008
Ana

Queríamos misterio, y aquí está… Qué razones tendrá este hombre para todo eso, qué maniático… Cuánta soledad hay en estos relatos también.

Me gustan las descripciones y el personaje me parece entraNable, me cae mejor que Orestes.

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