Último día (10): María Isulana

28 02 2008

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Sé que algún día tendré que volver, pero no quiero enfrentarme de nuevo a mis visiones. Aunque no me han perseguido hasta este rincón perdido del planeta, nunca me siento totalmente segura. Me enrolé en este estudio científico en cuanto vi la solicitud en la intranet de la universidad. Desde que llegué aquí la rutina diaria es sencilla y hace que la vida también lo sea. El único problema viene de tener que aguantar a mis compañeros, pese a que intento tener el menor trato posible con ellos. En cualquier caso, la repulsión es mutua. Los otros investigadores no saben hablar de nada. Los hombres cada día parecen más salidos y ellas sé que me miran de reojo. Con el estamento militar sencillamente ni me relaciono.

A las 8 de la mañana suena la música, siempre algo de Brahms. Desayunamos todos juntos en el módulo de viviendas. Echamos un vistazo al parte previsto para el día y así decidir si se trabajará dentro del módulo científico o en campo. Los vientos se prevén racheados y la nieve, según los servicios meteorológicos para esta zona del círculo polar antártico, tiene ciertas posibilidades de aparecer. Todos son partidarios de quedarse al abrigo de los muros, pero yo necesito salir. Llevamos una semana aquí encerrados y no lo soporto. Odio mi portátil. Odio los frascos de muestras. Odio ver a Zaira maquillándose todas las mañanas para sí misma y para los pingüinos. Me asfixio. Tras unos minutos de discusión, ya considerablemente irritada, salgo por la puerta y la ventisca me azota en la cara. Por fin un poco de vida. Sólo ha sido un golpe de aire fresco y en unos segundos ha parado el viento, las nubes dejan un claro y el sol ilumina puerto Foster y el monte Goddard al fondo. Me vuelvo y abro los brazos en señal de “¡Lo veis, so gallinas!”, pero no creo convencer a nadie. El viento sopla de nuevo a mi espalada y el pelo se me alborota me cubre la cara, todavía con los brazos levantados.

Aunque sabía a lo que venía, que estaría rodeada de mentes cuadriculadas y disciplina castrense, no estaba preparada. La rutina, la repetición, la comida seca, el olor de los otros humanos. Decido que haré una pequeña incursión yo sola, lo cual está terminantemente prohibido, con la auto-excusa de recoger unas muestras de líquenes, aunque lo que realmente deseo es estirar las piernas. Esperaré a después de comer. Mientras tanto los soldados se dedican a labores de intendencia general y el resto del equipo a relajarse, dado que hoy es Domingo. Yo me tumbo y leo uno de los libros de Saramago que me regaló mi madre antes de venir aquí hace tres meses, pero soy absolutamente incapaz de concentrarme, como siempre. Recuerdo de repente, las caras en las paredes. La cara de Cristo en las humedades del techo. La cara de aquel hombre con barba en los restos de café de la taza. Vuelvo a revivir todas aquellas visiones que nunca compartí con nadie y que me estaban volviendo loca.

Tras el almuerzo, el sopor es generalizado. Me pongo mi anorak rojo y les comunico que voy un rato al iglú laboratorio para realizar un par de simulaciones que tengo pendientes, y con la excusa nadie me impide salir con mi mochila. Estoy extasiada. El frío es helador y todo está cubierto de un ligero manto blanco que a veces deja entrever el color pardo de los piroclastos. Bajo hasta la playa. Veo un par de leones marinos. Echo un vistazo hacia los Fuelles de Neptuno y tomo aire profundamente. Duele. Quiero, necesito tener una panorámica de la isla, su forma anular el cráter cubierto de agua como un lago, así que me dirijo hacia lo alto del monte Kirkwood. La ascensión es penosa y se hace complicado avanzar entre la nieve y la ceniza. A veces me dan ataques de tos. Se ha levantado el viento helador otra vez, y se empiezan a formar remolinos de nieve mezclados con la oscura y antigua lava. En un instante se me aparece la cara de Dios delante, y desaparece. Se me hiela el aliento. Esperaba que no pudiera seguirme hasta Isla Decepción. Lo maldigo y cierro los ojos y sigo andando.

Me da la impresión de que las nubes se están cerrando, empieza a oscurecer, pero no puedo detenerme. Intento olvidar la faz del todopoderoso que ha formado la ceniza hace un momento, la barba, los ojos en llamas, pero el miedo me puede. Sigo caminando encogida, con una mano delante de la cara para tapar las agujas de hielo. Ya no puedo detenerme.

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5 responses

28 02 2008
Nuala

Fíjate tú que creo que es la primera vez que leo a un personaje femenino escrito por ti y me lo creo plenamente. Siempre dices que te cuesta. Que sepas que esta vez lo has conseguido.

28 02 2008
Blackstar

Ostras, qué coincidencia! Ya somos dos mujeres las que lo vemos así. Le iba a decir lo mismo a Mikel. Eso es que Sandra y yo pensamos de manera parecida!

Enhorabuena en cuanto a eso, hasta me he visto reflejada por ejemplo en ese gesto de abrir los brazos al viento pensando “so gallinas”.

Y por lo demás, me ha gustado mucho. Como ya he dicho otras veces siento predilección por los lugares fríos e inhóspitos y si encima le sumas el tener visiones…

Os presentasteis alguno al concurso de relatos del Ayuntamiento de Zaragoza? porque ya lo han resuelto. Se han presentado casi 500 personas en la modalidad de narrativa. Y el ganador es un tal Donoso, tengo curiosidad por poder leerlo.

28 02 2008
Dracma

Yo no, yo es que siempre preparo textos etc..y practicamente nucna los envío a tiempo. Los microrelatos lo bueno que tienen es que no necesitan sello…aun así no me luce demasiado la participación. Grrrrrrrrrrrr

28 02 2008
Nuala

Yo tampoco. Pero tampoco hubiera ganado, vamos. Tengo el súper- poder de ponerme en contra al jurado sin saber cómo.

28 02 2008
Troutman

Yo sí mandé. A ver si me pongo, que hace mucho que no me molesto en mandar nada, con éso que hay que hacerlo por correo ordinario, con el coñazo que es imprimir, hacer las copias, los sellos…joder, qué les costará pedirlos por e-mail. Bueno, sé perfectamente que el coñazo es para ellos si se manda por internet. Lo que no acabo de comprender es a aquellos que piden un pequeño currículo. No jodas, les mando mi ficha de infojobs.

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