Meridiano de sangre

6 03 2008

Llego tarde, lo sé, pero es el sino de aquellos que dormimos más de siete horas al día y no somos multitarea. De los que descubrimos un autor cuando gana un Pulitzer y se saca de la manga una de las mejores y más desesperadamente bellas novelas de la historia. Trataré de parir una reseña de La Carretera en breve, pero antes debo intentar escribir algo meridianamente (me parto) interesante sobre ésta novela de Cormac McCarthy. Quizás otro día, también, se pueda discutir sobre su esquiva figura y lo maravilloso que resulta que las buenas novelas vayan acompañadas de autores desquiciados e interesantes que desprecian a los que tratan de indagar en su vida.

Este libro cuenta la historia de un grupo de mercenarios a la caza del piel roja en la frontera entre México y Estados Unidos (escenario habitual de las historias del autor) en unos tumultuosos y verdaderamente salvajes mediados del siglo XIX. En un entorno descrito minuciosamente, lleno de parajes grandiosos, en el que los protagonistas pasan, sin solución de continuidad, del desierto a los verdes valles y las montañas nevadas y al desierto y a los verdes valles y así hasta San Diego, este grupo de hombres va desvaneciéndose en una orgía de carnicerías y violencia. La novela, teóricamente, está narrada desde el punto de vista de “el chaval”, cuyos rasgos son intencionadamente inocuos, sin el más mínimo matiz, pero el peso narrativo recae en el jefe de la pandilla de asesinos, Glanton, y especialmente sobre la figura del Juez, gigante demiurgo albino para el que cualquier calificativo viene pequeño. Como se ha comentado, mezcla de Moby Dick con Coronel Kurtz, deviene único personaje de la novela en la que todo el mundo alrededor es una simple marioneta que vive y especialmente muere.

El libro comienza de una manera seca, con el estilo mezcla del McCarthy más Faulkneriano y la parquedad del actual, pero para mi gusto se deja llevar durante las primeras páginas contando las anodinas andanzas del chaval, cuya utilidad no pasa de ubicar el entorno geográfico y prestar una primera aparición, no demasiado impactante, del juez. El estilo extraordinariamente barroco con que las descripciones se desenvuelven a lo largo de la novela, hace que estos primeros pasajes resulten un tanto farragosos de leer, pero creo, y es una opinión muy personal, que labran el camino hacia el resto de la historia, ponen una losa encima del lector, polvorienta, con arenilla que se mete bajo el cuello de la camisa, bajo un sol abrasador y azul. Es el tono, aunque otras veces pienso que las primeras 100 páginas serían fácilmente prescindibles.

En cualquier caso, el Grupo de Glanton se pasea por la frontera matando a todo bicho viviente, arrancando cabelleras, observando gentes ataviadas con pieles humanas, collares con orejas ennegrecidas, montañas azules, piedras azules, sangre y vísceras, y el Juez Holden impertérrito, albino pero inmune al sol, declamando los más sublimes y aterradores monólogos, mientras todo lo humano a su alrededor busca su lado animal y lo encuentra.

“ El juez partió con el mango de un hacha la tibia de un antílope y el tuétano caliente goteó humante sobre las piedras. Le observaron. El tema era la guerra.
El buen libro dice que quien a espada vive a espada morirá, dijo el negro.
Sé, el buen libro dice que la guerra es mala, dijo Irving. Pero no será porque en él no se hable de guerras y de sangre.
Da igual lo que los hombres opinen de la guerra, dijo el juez. La guerra sigue. Es como preguntarlo que opinan de la piedra. La guerra siempre ha estado ahí. Antes de que el hombre existiera, la guerra ya le esperaba. El oficio supremo a la espera del supremo artífice. Así era entonces y así será siempre. Así y de ninguna otra forma.
(…)
La ley moral es un invento del género humano para privar de sus derechos al poderoso a favor del débil. La ley de la historia la trastoca a cada paso. No hay juicio definitivo que pueda demostrar la bondad o maldad de un juicio ético. Que un hombre caiga muerto en un duelo no prueba que sus opiniones fueran erróneas”

Las escenas se suceden y McCarthy nos va arrastrando más y más adentro del fango, del animal que hay dentro de los hombres, pero el de verdad, el aterrador, no el tópico andante al que nos hemos acostumbrados, nos hunde poco a poco en la muerte rodeada de poesía azul, bajo la mirada del juez Holden, Y sí, él es la muerte. Dicho lo cual, por si no ha quedado claro, recomiendo fervientemente el libro, una maldita obra maestra.

Y por favor, no se os ocurra leer la contraportada de la edición de bolsillo. El que la pergeñara merece que el Juez Holden lo visite, a él y a sus hijos.

Y si no os lo creéis, os dejo un par de reseñas más. Una y otra.

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10 03 2008
Thanatos

Lo tengo apuntado en el “debe”. No me he olvidado.

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