No olvides a tu madre

16 03 2008

Como cada principio de mes, Faustino, que ya peinaba canas, se encontraba delante del número 33 de la calle Venta del Casar. Llamó a la puerta con la mano libre. En la otra sostenía su maletín en el que solía llevar utensilios variopintos relacionados con las elucubraciones fantasiosas del trastornado de turno con el que le tocara lidiar. En este caso solamente llevaba su bloc de notas. Al cabo de un rato, el preciso para que no pareciese insistencia o prisa, volvió a apretar el timbre. Se ajustó la chaqueta. Se miró en el reflejo de la placa de la puerta y volvió a peinarse el flequillo. Siempre intentaba aparecer impecable, pero delante de aquella casa quería aparentar algo más, aunque probablemente nunca lo admitiría.

Faustino llevaba muchos años en el negocio. Su éxito se basaba en unos principios un tanto diferentes a los de sus colegas. Allí donde otros hacían uso de complejos y teatrales conjuros, vocabulario críptico o maquinaria inservible pero espectacular, él utilizaba simplemente la psicología, aunque también se ayudaba de un poco de envoltorio místico, por lo que pudiera pasar. Al fin y al cabo mucha gente prefiere seguir viviendo en una fantasía y es necesario tratar de curarlos sin sacarlos de ella. Faustino aparecía en las páginas amarillas como exorcista y ahuyentador de espíritus. Su tarjeta de visita era sobria y equilibrada. No aparecía ningún número de teléfono móvil porque nunca había necesitado uno. Al igual que los buenos restaurantes, solamente servía un número reducido de platos, pero con excelentes resultados. Era un especialista en apariciones y casas encantadas.

Al terminar la carrera de periodismo entró como becario en un periodicucho que tiraba, para rellenar huecos, de noticias ya no sensacionalistas sino directamente inverosímiles. En aquella época, además de tener que entrevistar a agricultores que aseguraban haber visto a un yeti de dos cabezas, o a amas de casa con humedades que recordaban la representación de la última cena, Faustino tuvo que hablar con gente que estaba convencida de vivir en una casa poseída por espíritus que, generalmente, eran familiares propios fallecidos recientemente o antiguos habitantes del hogar muertos en extrañas circunstancias. A veces, según lo imaginativos que fueran, llegaban a hablar de cementerios indios o antiguos campos de batalla. En cualquier caso, Faustino, que era de naturaleza bastante perspicaz y al que le gustaba charlar con la gente, se dio cuenta de que había algo común que subyacía en el carácter de casi todas aquellas personas. Concertó entrevistas adicionales por su propia cuenta, intentando indagar en la vida de aquella gente cuyo televisor emitía caras fantasmales estando desenchufado o a la que su fallecida tía-abuela se le aparecía en la ducha. Faustino, además de ser buen dialogador, tenía una fisonomía y unas maneras que provocaban inmediata confianza. Era una de esas personas de sonrisa contagiosa y que sabía medir perfectamente las distancias. Así, tras varios meses de charlas entre cafés y magdalenas en saloncitos encantados llegó a la conclusión de que aquellas personas que no podían escapar de las apariciones se sentían todas terriblemente culpables; que portaban una enorme carga sobre su cerebro que lo exprimía de tal manera que terminaba proyectando sus sentimientos en forma de halos, visiones y electrodomésticos descontrolados. Y entonces decidió que dejaría el periodismo de perfil bajo y le pediría dinero prestado a su madre para montar un negocio que explotara su descubrimiento y sus habilidades. Con los años logró encontrar su hueco en el gremio, aunque nunca llegó a congeniar con la mayoría de sus colegas, la inmensa mayoría de los cuales no solamente eran unos charlatanes, sino además unos desalmados que se aprovechaban conscientemente de sus clientes. Su tasa de curación era extremadamente elevada, aunque había algún que otro paciente que se le resistía.

Faustino miro a un lado y a otro de la calle. Estaba todo muy tranquilo. Un Domingo de principio de mes en la calle Venta del Casar no era precisamente centro del ambiente de aquella ciudad. Escuchó un “Ya voy” al otro lado de la puerta. Emma abrió. Llevaba ya más de dos años visitándola. Se había puesto en contacto con él por culpa del tabique del salón, que sangraba. Faustino nunca llegó a observar el fenómeno, como, por otra parte, solía ser habitual, pero no era necesario para que pudiera trabajar sobre el asunto.

—Buenos días —dijo ella sonriendo—. Pasa, pasa, vamos al salón— Emma lo dirigió al centro del problema, donde les esperaban una tetera y un plato blanco lleno de pastas sobre la mesa. Las señaló y dijo: “Las he hecho yo misma”.
—Seguro que están buenísimas —comentó Faustino con el tono adecuado y una sonrisa. Las arrugas alrededor de sus ojos sonrieron con él—. Estoy deseando probarlas. ¿Te importa si nos sentamos?
—Me parece perfecto. Tengo la espalda molida de pasarme el día limpiando.
—¿Qué te parece si hablamos un rato sobre tus padres?

Faustino basaba todo su saber hacer en descubrir la losa que tapaba la mala conciencia de sus clientes, en liberar los sentimientos que albergaban y desequilibraban sus cerebros. Abrirles una vías de escape. Para ello normalmente se valía de mucha de la parafernalia parapsicológica habitual. Sí, es cierto que lo hacía porque mantener la ilusión de lo desconocido, del más allá, era necesario para lograr mejores resultados, pero también lo es que, en el fondo, Faustino llevaba un pequeño dramaturgo dentro y aprovechaba para representar durante las sesiones algunas escenas basadas, entre otras cosas, en el Exorcista. Sin embargo, con Emma nunca había logrado localizar el resorte que debía ser liberado. Ya ni tan siquiera revestía sus indagaciones psicológicas de ningún tipo de dramatización misteriosa. Emma, además, no era idota, y sabía desde el primer momento en qué consistía su método. Así que durante todo aquel tiempo se habían dedicado a hablar de ella; de su familia, esencialmente; de la gente que conocía; de sus miedos, en busca del sentimiento de culpa oculto. Faustino sabía que su marido había muerto en un accidente de tráfico, que no tenían hijos, que una vez se la pegó a su mejor amiga con su novio cuando eran estudiantes de medicina, pero Emma había interiorizado perfectamente todo aquello. Así que hacía tiempo que Faustino había renunciado a encontrar, sin reconocérselo a sí mismo, la manera de solventar las visiones de aquella mujer, que no solamente le resultaba atractiva sino que era capaz de charlar y charlar con él durante horas sin aburrirle en ningún momento. Emma, por su parte, le decía que ya se había acostumbrado a la hemoglobina de la pared del salón: Bastaba con alejar un poco el sofá. Ya allí estaban los dos.

—¿Sobre mí? —Respondió Emma—. Creo que ya hemos tratado la cuestión varias veces. La verdad es que me aburre un poco hablar de ello. ¿Qué tal si me cuentas algo sobre los tuyos?
—¿Y para qué serviría eso?
—Digamos que quizás pueda observar algo en tu historia que me abra la mente y me recuerde alguna pulsión oculta en mi subconsciente—. Respondió ella con una sonrisa pícara. Y sus arrugas también sonrieron con ella.
—Tienes razón.
—Espera un segundo. Voy por más té. Esto puede ser interesante.

La observó salir por la puerta en dirección a la cocina. Faustino se apoyó en el reposabrazos del sofá y echó un vistazo al salón que ya conocía. La mesilla baja acristalada con las pastas. Los muebles de madera. El enorme ventanal. El cuarteto de sillas un tanto avejentadas alrededor de la mesa de la parte del comedor. Los marcos de las fotos sobre las estanterías. Él no tenía fotos en su casa. Se dio cuenta de que hacía mucho tiempo que no hablaba con nadie sobre él mismo. Toda su vida la había pasado escuchando vidas ajenas, dándoles vueltas a las historias de los demás. Se puso a pensar durante un instante en su familia, ordenando sus ideas antes de que volviera su anfitriona. Lo primero que le vino a la mente fue su madre, en la que hacía mucho tiempo que no pensaba, quizás años. Hablaba con ella esporádicamente, cuando se lo recordaba alguno de sus hermanos y le repetía (y le dictaba para que lo apuntase una vez más) el número de teléfono del asilo. Visualizó la última vez que la había visto, encogida en un sofá verde desgastado y no fue capaz de recordar de qué habían hablado. Vio sus ojos, y se dio cuenta de que en ellos había tristeza inmensa, y sus arrugas lloraban con ellos, y no se había querido dar cuenta hasta entonces. Las sillas comenzaron a levitar y supo que ya no podría hacer nada por evitarlo.

Anuncios

Acciones

Information

6 responses

17 03 2008
Gabriel

Mucho, mucho. Me ha gustado mucho.
Enhorabuena

17 03 2008
Dracma

A mi también me ha gustado mucho. Yo puliría algunas frases, pero la historia es genial.

Me ha parecido muy emotiva la forma en que describes la última vez que vio a su madre.
Pensaba que habías decidido hacerlo más satírico.

17 03 2008
Troutman

Qué va. En muchas ocasiones es importante que los textos tengan un tono único, un lenguaje unitario, y yo suelo mezclar en deamsía. Géneros, tonos…pero en este cazso me apetecía mantener una línea amable durante todo el relato hasta justo el párrafo final. Espero tus correcciones por e-mail.

Gracias por los elogios a ambos, por supuesto.

17 03 2008
Ana

A mí también me encantó.
Hay una frase que no pillo (humedades?):
“amas de casa con humedades que recordaban la representación de la última cena”
Pero no lo tengas mucho en cuenta; tampoco pillé lo del Doctor-Menta hasta que no (o sí?) leí el comentario de Dracma…

17 03 2008
Dracma

Creo que se refiere a amas de casa que tienen manchas de humedad en las paredes y ven en ellas vírgenes, cristos y cruces.

17 03 2008
Ana

Lo que yo te digo, que no pillo una!

Se entiende perfectamente, fue el “con humedades” que me hizo pensar que las humedades eran parte de las amas de casa… Pero al releerlo ahora me parece bien.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




A %d blogueros les gusta esto: