Las dos vidas de Alfonso Guevara.

3 04 2008

El domingo estaba lloviendo y hacía frío. Un día ideal para sentarme a leer junto a la ventana y ojear la publicidad del suplemento dominical, leyendo algún artículo de vez en cuando. Mientras las gotas de la lluvia golpeaban la contraventana y yo ponía los pies sobre el radiador (pensando en los repartidores de pizza a adomicilio, entre otros), fui pasando hojas hasta encontrarme una entrevista con Hari Capdevilla. He de decir que no he leído nada de este hombre, pero me intriga. Parece ser que estuvo encarcelado en una prisión Indonesia por un falso delito de secuestro y que ha pasado por todo tipo de profesiones, incluyendo sepulturero, periodista, animador infantil, traductor de indonesio y policía. Como mínimo parece un tipo interesante. La cuestión es que el Domingo terminé recortando las hojas del suplemento. A continuación, un pequeño extracto del principio y el final:

Hasta hace pocos meses prácticamente nadie había oído hablar de Hari Capdevilla. Sin embargo, tras el fulgurante éxito de su primera novela, “El sol que alumbra Seyrantepe”, este joven y esquivo escritor está en boca de todo el mundo. Aunque hayamos oído hablar de él, nadie parece conocerlo realmente. Reacio a las entrevistas y celoso de su vida personal, se ha labrado una merecida fama de arisco e inaccesible, incluyendo buenas dosis de misterio sobre su tormentosa biografía. Ahora acaba de publicar su segunda obra, “Las dos vidas de Alfredo Goienetxe”, el retrato de un trabajador del metal en su día a día, minimalista y circular, que ha sido aplaudido por la crítica y que algunos consideran ya un clásico del siglo XXI. De manera excepcional, Hari ha decidido conceder una serie de entrevistas exclusivas a los medios entre los cuales se encuentra nuestra publicación.

Su jefe de prensa nos espera en la puerta de la habitación donde se aloja en el Hotel Sheraton. Nos indica las reglas que deberemos seguir durante el tiempo que pasemos frente al novelista, entre las que se incluyen no sacar fotos, no comer chicle o mantenernos de pie a lo largo de todo el evento. Entramos en la habitación, que está en ligera penumbra. La cama está deshecha y Hari nos espera sentado en un sofá con las piernas cruzadas. Rubio y con flequillo, lleva gafas de sol y una perilla kilométrica. Va en albornoz y lleva puestas unas sandalias blancas con algodones entre los dedos de los pies. Fuma. Nos indica que no nos acerquemos demasiado porque hoy se siente un tanto claustrofóbico. Su voz es ronca y segura, profunda. Hay algo pesado y grande en el ambiente. Parece como si Hari transportara el peso de toda una generación de escritores y los soltara sobre nosotros.

H. Bienvenidos.
P. Buenos días señor Capdevilla. Cuéntenos algo sobre su nuevo libro. ¿Qué es lo que quiere reflejar en su nueva novela?
H. Espero que el resto de preguntas no sean de este tipo. Si hay algo que no soporto es este tipo de cuestiones que parecen hechas con plantilla. ¿No se cansa usted mismo de hacer siempre las mismas preguntas? En fin, quizás mi novela vaya precisamente de eso. De hacer siempre lo mismo. Mi objetivo primordial era aburrir al lector. Lanzarle a la cara el aburrimiento supremo de nuestra generación. Del ser humano en general. El hastío de no tener nada mejor que hacer. Quería jugar con el personaje y el lector, que vienen a ser lo mismo y basan sus vidas en rellenar huecos. El libro rellena uno de esos huecos.
P. ¿Cómo afrontó la escritura de la novela? ¿Le resultó difícil identificarse con su personaje principal? Alfredo Goienetxe es un operario de laminación con una vida monótona e insustancial. ¿Utilizó algún referente real para su elaboración?
H. No. Quizás utilicé un poco de la psique de Mischkin en El Idiota para las partes en que camina, pero en general es completamente inventado.
P. Su vida, por lo que sabemos, ha sido un continuo cambio desde su infancia, una montaña rusa violenta e incestuosa. ¿No le resultó dificultoso meterse en la piel de un personaje tan anodino como Alfredo Goienetxe?
H. Solo tuve que pensar en alguien como tú. Es sencillo.

(…)

P. Sus padres murieron en un atentado suicida hace unos años y usted salió herido. Según tenemos entendido, lleva alojada en su cuerpo una esquirla del cráneo de su madre. ¿Cómo le hace sentir?
H. Simplemente me da dolor de cabeza. Si quiere que le diga que a veces ella piensa por mí, invénteselo, a mí me da igual.
P. ¿En que atentado sufrió usted las heridas que describe en las reseñas autobiográficas de su editorial?
H. Me parece de muy mal gusto que me pregunte tal cosa. Si vuelve a hacer algo así tendré que cancelar esta entrevista. En cualquier caso, les quedan solo cinco minutos.
P. Disculpe señor Capdevilla. Su primera novela era un maremagno de diálogos intensos, sexo contenido y violencia extrema. Sin embargo esta segundo es un reposado estudio del día a día de un trabajo del metal que repite prácticamente la misma monótona vida día tras días solo en su pequeño apartamento. ¿Cómo cree que reaccionará el público y sus incondicionales ante este cambio de estilo y temática?
H. Si le digo la verdad, me da lo mismo. Yo escribo para mí mismo. Ningún escritor que se precie piensa en el público potencial cuando desarrolla una novela, y si lo hace no es más que un pelele. No quiero abrirle los ojos a nadie. Ésa es la vida de Alfredo y punto. No pretendo emocionar ni gustar. Es la realidad y es aburrida y monótona. Quizás después de leerlo a alguno le de por pensar en que gasta su tiempo libre, pero lo dudo, lo más probable es que no sepa qué hacer y se lea de nuevo mi primera novela. Si lo hace, le pido que la compre en pasta dura, que saco más dinero que con la edición de bolsillo. Si me disculpan, hemos terminado.

Los gorilas de seguridad nos indican la salida. Ha sido una verdadera bofetada enfrentarse a Hari Capdevilla. Las profundas vibraciones dentro de la suite se dejaban notar hasta en la garganta. Toda la desesperación de este hombre, su sufrimiento, su intensísima amargura se deja traslucir a través de su verbo y su voz serena pero enervada. La mejor manera de volver a comprenderlo es leyendo su nueva novela, un verdadero goce para el intelecto.

Este mismo lunes, aturdido aún por la lectura de la entrevista, acudía a La Casa del Libro a buscar un ejemplar de “Las dos vidas de Alfredo Goienetxe”. La verdad es que no podía hacerme a la idea de que un título tan desafortunado y un argumento tan tremendamente anodino pudiera ser la obra maestra que, por lo que parece, toda la crítica especializada asegura. Me costó sus buenos treinta y dos euros y un cierto esfuerzo físico llevarlo hasta casa. Mil cuatrocientas hojas nada menos.

Estuve despierto hasta las tres de la mañana, pasando las sosas descripciones y absolutamente inocuas peripecias de aquel tal Alfredo. Una y otra vez. El tío venga a jugar a la playstation, bebiendo cervezas con los amigos y viendo partidos del Athletic. De casa al trabajo y del trabajo a casa. Comiendo el menú del día. Viendo Lost. Preocupado por las horas extras. Aburrido viendo la película de tiros de turno en el cine del centro comercial el día del espectador (y comiendo un kebab en el kebab de ese mismo centro comercial). Leyendo todos los domingos el insufrible suplemento del periódico. Todo narrado con un estilo ausente, monótono y mediocre. La cuestión es que no cerré el libro hasta esa hora con la esperanza de encontrar el cambio de rumbo, o quizás los matices, que me hicieran comenzar a intuir la grandeza de la novela que tenía entre mis manos, sobre la que nadie parecía tener duda.

Al día siguiente, al volver del trabajo, me animé una vez más a abrir aquel ladrillo infumable por el marcador que había dejado la noche anterior. Terminé haciendo lectura diagonal. La conclusión fue que allí no parecía haber absolutamente nada. A veces comía un Whopper. A veces compraba pantalones vaqueros en el outlet. A veces alguien sufría una baja laboral. A veces comía dos kebabs y tenía dolor de estómago por la noche. A veces no se acordaba de lo que había pasado en el último bar del Sábado (y nunca había pasado nada). La única parte en la que pude leer dos páginas seguidas es la que relata la asamblea del sindicato para proponer una huelga que al final no se convoca. O me perdí el meollo del asunto en las decenas de páginas que me salté y las líneas que dejé de leer o aquello no tenía sentido para mí, ni como experimento. De todos modos, como amante de la escritura y la lectura, siempre trato de indagar en las razones que hacen a ciertas novelas tan grandes aunque a mí me resulten insoportables. Como suele ser habitual, tras leer las correspondientes reseñas de Internet (llenas de loas y aplausos sin sentido), terminé pasándome por hartarme de tantas letras sin sentido.

Me duché. Y me cambié de ropa. A las ocho y media había quedado para tomar algo, como casi todos los martes, en casa de uno de mis amigos. Y como casi todos los martes sabía que íbamos a terminar discutiendo sobre literatura. Él es un escritor frustrado que no tiene nada de suerte con las editoriales. En mi opinión es un tipo con un talento enorme e inagotable. Se ha autoeditado seis novelas (que por supuesto ha terminado comiéndose con patatas). Nos conocimos en un taller de escritura por Internet y acabamos coincidiendo por ahí, ya que descubrimos que vivíamos ambos en la misma ciudad. Realmente es un tío encantador. Hace unos pocos años tuvo un golpe de suerte increíble y heredo una pequeña fortuna de un tío lejano (no me caerá a mí una de esas), y ahora vive en un loft que se ha habilitado junto a la ría, con unas vistas cojonudas al Guggenheim. Siempre es un placer pasar por su casa, charlar, ver alguna película (y gorronearle un poco de vino, cómo no).

Llamé al portero y me abrió al cabo de unos segundos. Subí y el portón de entrada estaba abierto. Escuché que me gritaba desde la cocina, diciéndome que pasara, que estaba cocinando angulas.

—¿Celebras algo?—Le pregunté al llegar hasta donde estaba, rodeado de sartenes. Olía estupendamente.
—Que la gente es maravillosa—Noté que sonreía aunque estaba de espaldas—Sólo necesita una historia que crean que es real para tragarse las inventadas.
—Si tu lo dices…—Lo cierto es que no sabía a qué se refería, pero es un tipo un poco extraño, a veces.
—Pasa al salón, en un minuto estoy contigo.
La sala era gigantesca, decorada de manera minimalista, con un techo altísimo y unos ventanales gigantes llenos de gotas secas de lluvia que nunca había limpiado. Miré la estantería de aluminio justo a mi derecha donde reposaban las seis novelas con el nombre Alfonso Guevara que nadie había querido editarle, el portarretratos con la foto de sus padres con él en Benidorm y una desgastada tarjeta de empleado de Arcelor.
—¿Alfons, tú trabajaste para Arcelor?— Le grité desde el salón.
—Sí— respondió a grito pelado—. Y me ponía ciego a kebabs.



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3 responses

3 04 2008
Ana

Qué pasada! Y me lo tragué hasta el final, ya me estaba emocionando pensando que a lo mejor la cerve maNana podríamos ir a tomarla al loft de Alfonso… ;-)

La entrevista me recordó a las del que escribió las Benévolas, pero pensé que éste me hacía más gracia, mientras que al otro, no sé por qué, no podía soportarlo. Me parto con lo de comprar el libro en pasta dura; cuando te hagas famoso tienes que soltar cosas así, aunque no creo que te salgan, pero sería divertido.

Críticas que se me ocurren: Casi te pillo antes porque según iba leyendo me extraNaba que en vez de poner links pusieras esos “extractos” tan largos… Y me lío un poco con Alfredo y Alfonso; a veces dices “Alfredo Goinetxe” y otras veces “Alfonso Goinetxe” (al final del primer extracto). Creo que sería mejor cambiarle el nombre al escritor, porque yo suelo llamar Alfonsos a los Alfredos y viceversa.

3 04 2008
Troutman

Lo de llamarlos Alfonso y Alfredo es premeditado por, precisamente, la confusión que generan, pero que unas veces apareciera como Alfonso Goienetxe y otras como Alfredo Goienetxe, no. Y lo he corregido.

3 04 2008
Gabriel

Yo pensaba que ya no era tan pardillo. Hasta la última línea, hasta el corvejón, con loft y todo. Todavía me duele un poco aquí.
Muy bueno.

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