Contraportada

24 04 2008

NOTA: Este es el texto que irá en el libro del taller de escritura de este año. A falta de la última revisión, ya está bastante pulido.

Elisa escribía novelas. Empezó cuando iba al instituto y logró publicar la primera a los veintipocos años. Casi de inmediato sus libros se empezaron a vender como rosquillas. Se consumían, del mismo modo que las rosquillas, en un suspiro y agrandes bocados: Eran libros cortos, bastante directos y contaban historias de todos los días con las que cualquiera podía identificarse y hacerse una segunda piel; escribía de manera fresca y divertida pero a la vez elegante como el trazo oblicuo de una pluma en un papel en blanco. Sus historias habían sido catalogadas desde el principio como novelas de amor pero las palabras que se encontraban en ellas destilaban una autenticidad imposible de disfrutar en los libros sobre príncipes, doncellas o gente de la alta sociedad que se podían compraren las librerías de los aeropuertos. Todos los críticos estaban de acuerdo en que construía unas obras magníficas, aunque ligeramente superficiales. Había una falta de profundidad que quizás se debía a que nunca había vivido nada parecido a lo que contaba en sus historias.
Elisa era una mujer oronda, ya desde la infancia. Al contrario que los personajes de sus novelas, estilizados y rabiosamente atractivos, ella no tenía el pelo sedoso, ni sus ojos eran del profundo azul del mar, ni sus labios eran la fruta prohibida de nadie. En las fotos salía siempre desfavorecida, incluyendo la que eligieron para la contraportada de sus tres primeros libros tocada con un gorro de lana y sonriendo de manera desvalida.
Llegaron el dinero y la fama sin haberlos buscado. El tres de Febrero de 1996 cogía un vuelo a Madrid para realizar una entrevista en un conocido programa de televisión. Después de despegar, uno de los asistentes de vuelo le pidió con una sonrisa de oreja a oreja que le dedicara su libro. Lo sacó de debajo de la chaqueta de su uniforme y lo abrió por la primera página, mostrando la pequeña foto de la solapa con su gorro de lana. Ella se ruborizó. A su lado, un hombre alto y apuesto, del que poca gente en aquel avión podría haber determinado su edad, leía el Financial Times. Se giró hacia Elisa y, escudriñándola por encima de unas gafas que parecían extraordinariamente caras, la abordó:
—Perdone, veo que es usted escritora.
—Sí —dijo ella encogiendo el cuello bajo su bufanda.
—Disculpe que la moleste, pero me suena terriblemente su cara y no alcanzo a saber la razón.
Su voz era neutra y equilibrada.
—Puede que la haya visto en la prensa —dijo ella con su hilo de voz habitual.
—Cierto —dijo él, señalándola triunfante con el índice, de una manera que extrañamente no resultaba grosera—. Es usted la autora de “Otoño no es sólo una palabra”. Es la novela favorita de mi hija.
—¿De verdad? —Elisa sacó un poco su cuello de entre los hombros.
—Perdone que no me haya presentado. Mi nombre es Eduardo Lobo —Y le tendió, con un movimiento suave que a ella le pareció muy estudiado, su tarjeta de visita. Elisa no pudo contenerse y echo un vistazo, de reojo, al título que aparecía debajo del rimbombante nombre de Eduardo Lobo en aquel cuidado trozo de cartón.
—¿Es usted cirujano plástico?
—Sí señorita, y aunque suene mal decirlo, soy el mejor —y continuando su recital con su dedo índice señalando a todos lados apostilló—: En usted, si me lo permite, veo auténtica materia prima. Es joven y bella, pero necesita ser pulida. ¿Qué le parecería pasar un día por mi consulta ?
Elisa se encontraba absolutamente aturdida. Nunca había entablado una conversación tan larga con un desconocido en un encuentro casual. Nunca había conocido a un cirujano plástico. Nunca le habían propuesto pasar por el quirófano. Nunca le había gustado su aspecto físico.
—No creo que me interese. Lo siento mucho. Me siento muy bien tal como estoy —mintió.
—En cualquier caso, quédese mi tarjeta si no le importa. Hágame una visita y no se arrepentirá —y agitó su Financial Times para abrirlo de nuevo. Se ajustó las gafas con el dedo índice y terminó—: Palabra de Eduardo Lobo.
Elisa se pasó toda la tarde de aquel tres de Febrero pensando en ello. La entrevista fue un desastre: Su delgado hilo de voz apenas sí se escuchaba y el regidor tuvo que pasar a publicidad antes de tiempo. Al salir de los estudios, su editor, un hombre pequeño, calvo y nervioso, le dijo agitando la cabeza: “Elisa, eres un caso perdido. ¡Así no hay manera de hacer promoción!”. Lo consultó con la almohada y ésta le dijo que se operara de una santa vez, que ya había sido un patito feo suficiente tiempo.
Al cabo de una semana se presentó en la impoluta consulta de Eduardo Lobo. Al recibirla, con una sonrisa de oreja a oreja y una corbata con un nudo casi tan grande como su sonrisa bajo la bata blanca, le dijo:
—Sabía que vendría.
—Yo no.
En principio fueron solamente unos pequeños retoques. Ella esperaba salir de la clínica con la cara completamente vendada y que el doctor le retirara las gasas al pasar de unos días, delante de un espejo con una esquina partida. Sin embargo el resultado, aunque no tan melodramático, sí fue tan espectacular como en las películas. Sonrió al ver su nuevo rostro. Puso espejos en las paredes desnudas de su casa. Por la calle miraba a los hombres a los ojos. Concertó más citas con el cirujano, ahora de cabecera. A cada retoque de bisturí, más fácil le resultaba desenvolverse. No había fin para su seguridad. En los programas de televisión, empezó a hacer bromas y la gente descubrió su voz; en las fiestas de famosos, era el centro de la galaxia; en los hombres con corbata de nudo tan grande como la de un cirujano, causaba verdadero furor. Vivió en unos meses todo el desenfreno que había anhelado inconscientemente durante toda su vida y, cuantas más locuras hacía, más se vendían sus libros, los cuales se convirtieron en un auténtico fenómeno de masas. Aquel fin de año ni siquiera comió uvas: se besó bajo el muérdago durante una exclusiva fiesta en el loft neoyorquino de un cotizado actor que se había pasado toda la noche persiguiéndola para decirle, completamente borracho, que quería protagonizar la película que iban a rodar basada en su segundo libro.
Se casaron al cabo de pocos días. Se divorció a los pocos meses. Tras todos aquellos devaneos, las drogas y la adulación, los áticos de las grandes ciudades y las gente rematada o artificialmente bella, se dio cuenta de que en el fondo la vida seguía siendo muy parecida, sólo que más intensa. Lo que antes eran pardos y grisáceos matices ahora eran brochazos de amarillos y negros. Conoció lo que es ser amada y lo que es ser traicionada. Conoció los amaneceres mirando el sol tras los rascacielos acristalados mientras alguien le acariciaba el hombro desnudo. Conoció la clínica de desintoxicación. Descubrió incluso que muchos de los tópicos que las estrellas de las revistas recitaban como salmodias en lo referente a lo desagradecido de la fama eran ciertos. Le dolió ver a una comediante imitarla con voz de pito en un programa de noche, haciendo ver que era una cabeza hueca. En la entrega de premios del sindicato de actores, la presentadora bromeó, como se estaba convirtiendo en tradición, sobre su voz nasal y su adicción a los hombres morenos y esculturales. Ella estaba presente entre el público, acompañando precisamente a uno de esos adonis bronceados y todas las cámaras la enfocaron para ver se reacción, pero Elisa ya había aprendido a no mover un músculo ante las humillaciones: los espectadores únicamente contemplaron su sonrisa vacía. Al terminar vomitó en los baños del recinto.
Cada vez se sentía más acosada. Era injusto y todo el mundo parecía estar de acuerdo en hacer de ella un guiñapo esperpéntico. Necesitaba canalizar todo aquella frustración y los jarrones de su apartamento ya habían sufrido suficiente (al igual que algunos espejos). Después de mucho tiempo volvió a sentir la necesidad de escribir.
Decidió plasmar lo que había vivido durante todo aquel periodo. Intentó reflejar las explosiones de alegría, los sinsabores, las hipocresías y la superficialidad del nuevo mundo que había descubierto, la fascinación y la belleza del lujo, los brillos y los contraluces. Tras cuatro meses encerrada en su apartamento apareció en casa de su editor con un manuscrito de mil doscientas cincuenta páginas bajo el brazo:
—Es un reflejo de la vida de los famosos de este país. Un fresco de la alta sociedad. La historia de una joven que descubre que el mundo es de seda y áspero papel de estraza —le dijo entusiasmada. El pequeño y nervioso editor se rascó la cabeza ante aquel mamotreto de novela, pero pese a todo confiaba en Elisa. La leyó y se dio cuenta de que era una verdadera maravilla. Y efectivamente lo era. Unos meses después publicaron aquella magna obra: “El champán”. La foto de la contraportada la mostraba sonriente, bella y con una insolente mirada a la cámara.
La crítica la tachó de superficial y aburrida, excesiva y pretenciosa. Hicieron predecibles juegos de palabras con el título. Dijeron que se había echado a perder, que la fama la había corrompido; los que no lo decían, lo pensaban. Aseguraron que debería dedicarse a otra cosa, que escribir no era su profesión. Y aunque ella sabía que había escrito su mejor novela, que lo había dado todo, aquel fracaso, la incomprensión y la envida, la destruyeron. Leía las columnas de opinión, las revistas especializadas y se hundía poco a poco en la depresión. Cuando el mundo se olvidó de ella, Elisa siguió mirando los vídeos con las tertulias en la que vilipendiaban su novela, releyendo los foros de Internet donde sus antiguos seguidores (incluyendo a la hija de Eduardo Lobo) renegaban de su nueva obra, escarbando en su hoyo con un vaso de alcohol en la mano. Se encerró en su casa.
Una noche, más de un año después de haber publicado “El champán”, al intentar llegar hasta su cama en un estado lamentable, se cayó sobre los cristales rotos de una de sus botellas. Los servicios de urgencias la encontraron medio muerta en un charco de sangre reseca. Unos días más tarde pudo levantarse de la cama del hospital, fue al baño y observó el reflejo de su cara cubierta de vendas. Las televisiones se hicieron eco de su desgracia y de su desfiguración. Los periodistas hacían guardia ansiosos en la entrada del hospital, intentaban colarse en la planta donde estaba ingresada, le gritaban desde el patio para que saludara. En cuanto le dieron el alta, Elisa huyó por la puerta de atrás y se recluyó completamente.
Esta semana “El champán” ha aparecido en el artículo “10 libros que hay que leer” del suplemento dominical del New York Times. Hace ya casi un año desde que alguien levantó la liebre y se ha convertido en un clásico que todo el mundo reivindica, más aún desde que nadie ha sido de capaz de entrar en contacto con su autora. Nadie sabe dónde vive, ni siquiera si sigue haciéndolo, pero se imaginan a una doliente dama envuelta en harapos, encogida y llena de vendajes, deambulando por un apartamento minimalista echado a perder y no pueden dejar de comprar el libro.



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13 responses

24 04 2008
Blackstar

La idea del relato y el relato en sí me han gustado mucho. Me parece eso sí, más creíble la Elisa del principio, la que apenas asoma por el cuello de la bufanda, la que le dice al doctor Lobo cuando le dice que sabía que iba a venir: “Yo no” (por cierto, muy bueno ese detalle), que la Elisa que luego destila seguridad, es como si a pesar de ser no muy agraciada tuviera más fuerza, y más encanto, que después. Para mi, eso le da todavía más encanto al relato.
Quizá lo único que no me acaba de convencer es el final, el último párrafo: “Nadie sabe dónde vive, ni siquiera si sigue haciéndolo, pero se imaginan a una doliente dama envuelta en harapos, encogida y llena de vendajes, deambulando por un apartamento minimalista echado a perder y no pueden dejar de comprar el libro.” Creo que es la última frase, que a mi me parece que queda ahí como forzada, como si hubieras querido acabarlo y quitártelo de encima.

Por lo demás perfecto. Espero que nos reserveis un libro del taller!

Un abrazo

25 04 2008
Ana

Yo lo único que cambiaría es el “qué le perecería?” que le dice el doctor Lobo en el avión; quedaría mejor “parecería”… No creo que sea un juego de palabras porque luego la verdadera Elisa va a perecer para dar paso a una Elisa de plástico… :-)

Sí que me gusta el final, aunque después de leer el comentario de Blackstar no sé si estaría mejor con una coma o unos puntos suspensivos entre el “y” y el “perder”, o un punto… Como para resaltar ese final, que destaque más esa última frase… No sé…

Me gusta porque según iba leyendo me imaginaba que la tía escribiría peor después de haberlo vivido, o que se suicidaría, pero este final está mucho mejor (yo es que no tengo imaginación…) . Y el detalle de la cara vendada delante del espejo está muy bien también.

Yo también me pido un libro! Y os lo cambio por una cena en mi casa (transporte no incluído)! … Ya os debo tres cenas :-)

28 04 2008
Claudia 2008

Qué libro??? El sueño del gato? Si es así, compartimos páginas!!!

28 04 2008
Troutman

Ahora pregunto yo: El sueño del gato?

Es el libro que sacamos los alumnos del taller de escritura al que acudimos aquí en Bilbao.

28 04 2008
claudia

No sé por qué pensé que a lo mejor seguías a distancia mi taller aquí en Madrid. Nuestro libro se llama así. Yo prefería SOPA DE COCODRILO, pero…

En cualquier caso, enhorabuena…No hace falta pulir mucho más tu texto.

29 04 2008
Ana

Pues a mí el texto me perecería mejor si tuvieras en cuenta mis comentarios…

29 04 2008
Dracma

“Pues a mí el texto me perecería mejor si tuvieras en cuenta mis comentarios…”

Todos pereceremos antes de que Mikel se digne a corregirlo.

30 04 2008
Ana

Pues no me perece bien… Y a ti?

30 04 2008
Dracma

A mi me perece fetal, fetal.

30 04 2008
Troutman

I(r)os a un m…essenger!

30 04 2008
Ana

ok
;-)

30 04 2008
Dracma

Querrás decir “idos”, ¿no?

http://culturitalia.uibk.ac.at/hispanoteca/Foro-preguntas/ARCHIVO-Foro/Imperativo%20de%20irse.htm

Fdo:
Dracma Touchingthebowlings

2 05 2008
rashfish

“Nadie sabe dónde vive, ni siquiera si sigue haciéndolo, pero se imaginan a una doliente dama envuelta en harapos, encogida y llena de vendajes, deambulando por un apartamento minimalista echado a perder y no pueden dejar de comprar el libro”, suena a crónica de sucesos de cualquier programa de moda de la televisión.
Es más, me recuerda a un capítulo de los simpson en el que hacían reportajes lacrimógenos para captar audiencia (el que lo haya visto, sabrá de que hablo, y recordará que la frase es muy parecida).
por esta razón no me gusta el final

Lo mejor del relato, los nombres, en frases como “palabra de eduardo lobo”, y como han dicho por ahí arriba “Unos días más tarde pudo levantarse de la cama del hospital, fue al baño y observó el reflejo de su cara cubierta de vendas”.

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