¿Cuándo me darás un nieto?

15 07 2008

NOTA: OJO, es un relato un poco largo. De género. Repasado una sola vez (es decir, perdonad los errores ortográficos o de escritura). Si alguien llega al final, ya sabe, que avise.

Las actas tenían que estar terminadas para esa tarde a las cinco. Emilio miró por encima del monitor, pensando en si en algún momento iban callarse. La mujer sonreía, sentada en su escritorio, y señalaba la pantalla de su ordenador. La otra miraba la punta del dedo desde detrás de la primera, también sonriendo con cara de aprobación. Un bebé rechoncho en dos dimensiones las observaba desde la pantalla. Él volvió a intentar concentrarse en su trabajo para ver un ignominioso pantallazo azul y recordar que hacía tiempo que no salvaba los cambios. No solía salvar los cambios.
Emilio entró en casa, encendió la televisión, se quitó la corbata y la tiró sobre el sofá. Dejó encima la chaqueta. Encima de ellas el pantalón. Cogió una cerveza de la nevera. Se sentó junto a su uniforme de trabajo, miró la televisión y se quitó la camisa, decorada con tres regueros de sudor estratégicamente repartidos. Sonó el teléfono. Descolgó y estuvo un rato charlando con su madre. Fuera, en el parque, se escuchaba gritar a los niños. Intentó no pensar en su trabajo, pero esos días no podía sacarse de la cabeza a su jefe, que no hacía otra cosa que quedarse de pie tras su espalda, vigilándolo. Otra vez tenía que desconectar, más o menos como todos los días, más o menos como todo el mundo que salía de ganar su salario en ese momento, buscando olvidar hasta el día siguiente. Escarbó entre sus DVDs. alguna película que le apeteciese ver, pero no logró localizar nada que fuese lo suficientemente digerible para no tener que pensar. Aquel día quizás necesitaba algo un poco más clásico, así que sacó un vaso del aparador y se echó un buen chorro de whiskey. Se puso a rebuscar entre su colección de vinilos, con el licor en la mano (se sintió muy viejo). Fue apartando con la mano libre fundas y más fundas hasta que escogió uno que aún no había escuchado (se dio cuenta una vez más de que estaba solo). Oír música nueva hacía que toda su atención se centrase en el descubrimiento y que cualquier otra elucubración despareciese poco a poco en la bruma que rodeaba su cabeza. El bálsamo de la música.
Puso la aguja sobre el surco y el crepitar se extendió por el salón. Amaba aquella sensación. Decidió que tenía que salir a comprar discos nuevos más a menudo. Comenzó a sonar la introducción del primer tema, que arrancó con una explosión de guitarras mientras Emilio ojeaba la carpeta del disco, apoyada sobre la mesilla central (con cuatro patas doradas) del salón. En letras semigóticas se leía el nombre del grupo sobre un fondo negro. No tenía título. En medio de aquel vacío de color se recortaba un rectángulo rojo perfecto, de líneas impolutas. Emilio se acercó hasta casi tocar el cartón con la nariz. Desde allí la línea que separaba el rojo del negro seguía siendo impecable. Se apartó un momento, intentando recordar quién se lo había prestado, pero no supo ubicar ni a la persona que lo hizo ni recordar el tiempo que podía hacer desde aquello. El primer corte continuaba extendiéndose durante minutos en sinuosos desarrollos instrumentales, bastante grandilocuentes y pasados de moda, que no entusiasmaron a Emilio en absoluto. Se levantó del sofá al terminar la primera cara. Miró por la ventana y vio que ya era de noche. Dio la vuelta al vinilo. Volvió al sofá, se sentó y comenzó a desabrocharse los zapatos. La cara B arrancó con un extraño susurro tras el cual comenzó a sonar el llanto de un niño. Se le heló la sangre. Sintió un escalofrío pero no pudo tiritar para sacárselo de encima. El sollozo del bebé siguió aumentando en volumen durante unos segundos que se le hicieron interminables, paralizado con la espalda curvada, sintiendo unas manos invisibles recorrer su espina dorsal despacio, de abajo a arriba con un hormigueo, hasta que, de repente, cesó y la aguda voz del cantante dio pasó a la canción. En ese momento se dio cuenta que durante todo ese rato se había quedado con las manos crispadas agarradas a los cordones de los zapatos, sin moverse, encogido en el sofá. Agitó la cabeza e intentó hacer desaparecer la extraña sensación que se le había quedado adherida al cuerpo. Sintió que se desprendía de esa ligera y abominable segunda piel. Se tumbó con los ojos cerrados hasta que el golpeteo rítmico de la aguja le indicó el final del disco. No recordaba nada de aquella cara B que acababa de sonar, excepto la extraña obertura que le hizo ponerse a tiritar un instante. Se dio cuenta de que seguía sudando. Abrió la ventana y dejó que el viento le secara el cuerpo, casi con la intención de coger una gripe. No quiso volver a pensar en el principio de la cara, aunque por muchos minutos, de pie junto a la ventana, continuó sonando a lo lejos dentro de su cabeza. Había algo intangible en la sensación, algo que le recordaba a un momento indeterminado de su vida, o a cierta pesadilla, o puede que a cualquier película de terror incluso, pero que era incapaz de desentrañar. Intentó olvidarse del maldito llanto. Se preparó algo de cenar y se lo comió de dos bocados frente al televisor. Vio la película (cualquier película) intentando concentrarse incluso en los anuncios, pero en cuanto sus pensamientos divagaban un poco volvía a notar escalofríos y la sensación pesada que le había causado el disco. Se fue a dormir. Durante horas estuvo dando vueltas, inquieto, con el oscuro líquido que parecía navegar entre los resquicios de su cerebro y que podía visualizar y sentir circulando como el plomo, y no le dejaba descansar. Fue hasta el botiquín y se tomó un somnífero caducado, el cual no tardó en hacerle efecto. Justo en el momento de caer finalmente rendido, Emilio escuchó a lo lejos, en el salón, el llanto del niño.
Al día siguiente se despertó con la sensación de no haber descansado en absoluto. Fue al trabajo y se notó irritable, en tensión. Los sonidos estridentes le enervaban más que de costumbre e incluso notaba un ligero dolor detrás de los párpados. Hoy las mujeres que se sentaban frente a su mesa estaban repasando fotografías del último viaje de una de ellas a la India (viaje organizado, hoteles de cuatro estrellas, todo divino, los niños se lo pasaron genial, incluso el pequeño). Volvió a casa directamente al terminar. Pasó entre los niños que corrían por el parque. Uno de ellos se chocó con su pierna y se lo quedó mirando. Subió las escaleras y abrió la puerta de su hogar. Sin ni tan siquiera dejar la chaquete en el sofá (de tela verde oscura) ni desabrocharse la corbata, volvió a colocar la aguja del tocadiscos al principio de la cara B del vinilo, el cual ni siquiera había sido capaz de retirar del plato la noche anterior.
Escuchó el susurro incomprensible e inmediatamente después el sollozo del bebé. Notó flaquear sus piernas y su estómago revolverse. Comenzó a sudar con gotas congeladas. Cuando desapareció el sonido del llanto y arrancó la canción Emilio se descubrió con los puños y las mandíbulas apretadas. Calmó su respiración poco a poco. Abrió las manos y se miró los ocho paréntesis rojizos de sus palmas. Resopló un par de veces. ¿Por qué demonios le alteraba de esa manera? Paseó por el salón, alrededor de la mesa central (con decoración dorada de gárgolas en las cuatro esquinas), dando vueltas una y otra vez, con la mano derecha masajeándose la nuca. La sensación de desasosiego no desaparecía y en cuanto el vinilo llegó a su conclusión y el silencio, ligeramente trastocado por el golpeteo de la aguja junto al surco negro, se apoderó de la sala, fue todavía peor. Trató de mantenerse activo, de rellenar su mente como se hace con el hígado de una oca, pero al más mínimo descuido el sentimiento de angustia volvía a reconcomerle todo el cuerpo. Y volvía a escuchar el llanto del niño. Se acercó al tocadiscos con la intención de volver a escuchar el fragmento. En el último momento apartó la mano. No tenía sentido insistir. Cuanto más lo escuchara, más difícil sería sacárselo de la cabeza. Pero dolía. Abrió el armario del baño y sacó dos pastillas para dormir.
El día posterior pasó como una línea gris, cansada y difusa, hasta que volvió a casa. Aún notaba el dolor de cabeza detrás de las órbitas de sus ojos. Sin poder remediarlo, intentando convencerse de que no había estado deseándolo durante todo el día, Emilio dejó caer la aguja sobre el surco, y en el momento de tocarse un escalofrío, el escalofrío de siempre, le recorrió la espina dorsal por el camino ya trazado. Escuchó el susurro. Le dio tiempo a pensar que parecía un discurso en un idioma desconocido, pero de inmediato comenzó el llanto del bebé y todo desapareció a su alrededor. Solo quedó un espacio hueco y oscuro, y el sollozo resonaba por todas las esquinas, incluso por las que no existían. Al finalizar la canción Emilio continuó su ritual intentando olvidar , flagelándose mentalmente por haber sido tan idiota de haber puesto el disco una vez más. Pero ni siquiera lo retiró de la bandeja. Se tomó dos o tres ansiolíticos, se mantuvo un rato sentado, mirando hacia la ventana, tratando de relajarse, pero al final no pudo evitarlo y volvió a hacer sonar el vinilo para introducirse de nuevo en la oscuridad y el miedo, sintiendo que volvían a encajar con su silueta,. Aquella noche ya no pudo dormir. Paseaba hasta la cocina, veía la televisión como un autómata, se masajeaba la nuca con la mano derecha. Aún permitió que el llanto del bebé se extendiese por la sala y perforase sus oídos dos veces más antes de salir por la puerta hacia su trabajo, sin afeitarse y con la ropa del día anterior aún sobre sus hombros. Era viernes.
Esa tarde llevó la carpeta del vinilo (que reposaba sobre el plato del tocadiscos, guardando su ausencia) bajo el brazo hasta el bar. Allí se lo mostró a sus amigos y les preguntó si alguien conocía al grupo, pero nadie tenía ni la menor idea. Logró quedarse durante veinte minutos sentado en una silla con una cerveza delante, sin poder escuchar nada de lo que se decía, sin tocar el vaso, mirando de un lado para otro hasta que finalmente puso una excusa estúpida y regresó corriendo a su salón donde los sollozos atronadores volvieron a abarcarlo todo. Durante las semanas siguientes Emilio trató de luchar contra sus manos y su cuerpo, pero siempre le acaban venciendo. Sabía que el sonido del sollozo, lento y gorjeante, lo aterrorizaba, le hacía encogerse y disolverse en el aire, pero no podía dejar de rascar en esa herida seca. El resto del tiempo era peor. Vagaba por casa sin comer y dejó de ir a trabajar. Pasaba las horas delante del ordenador intentando buscar algún tipo de referencia sobre la banda para saber de dónde procedía aquel maldito sonido. Acudió a las hemerotecas de toda la ciudad, aunque cada vez que pasaba más de dos horas alejado de su salón tenía que regresar y volver a sentarse delante de la aguja, dejar que el sonido atravesase su cerebro, sentir sus garras arrastrándose entre los pliegues, hurgando.
Finalmente, en un foro de internet acabó descubriendo que el disco había sido obra de una banda británica en el 73 y que no había vuelto a editar nada más desde entonces. Gracias a la información logró localizar un artículo en una revista inglesa ya descatalogada con la historia de la banda, el cuál arrancó y leyó detenidamente. Apuntó los nombres de los miembros y estudió lo que se contaba sobre el proceso de gestación del disco. Sin embargo no halló ninguna mención al comienzo de la cara B, su enigmático discurso susurrante y el llanto de bebé que servían de apertura.
Al día siguiente, Emilio sacó todo su dinero del banco, hizo un exigua maleta y cogió un avión a Manchester. Antes de salir grabó el fragmento en su ordenador y lo pasó a su reproductor de mp3 portátil. Aunque en el avión, al escucharlo pensó que no sonaba igual que en vinilo, ahora podía repetirlo todo una y otra vez, cayendo más y más adentro. En un momento dado no pudo aguantar más y vomitó sobre el asiento delantero. Las azafatas lo llevaron al baño y allí, apoyado en la taza, se volvió a colocar los cascos.
En Manchester deambuló buscando a los antiguos componentes de la disuelta banda. Dormía en la calle. Le apalearon y le quitaron todo, pero aún así con el tiempo logró averiguar el paradero del guitarrista.
Esa tarde estaba lloviendo con fuerza, pero no aceleró el paso, ya nunca lo hacía. Empapado llegó al número 51 de Bluebell Avenue, se quitó los cascos y tocó el timbre. Grant Edwards le abrió la puerta vestido con una bata. Emilio le explicó que venía de parte de una revista especializada para hacerle una entrevista, y aunque tenía una pinta tenebrosa, esquelética, ojerosa y ni siquiera habían concertado una cita, Grant le dejó entrar encantado de poder hacer algo diferente a estar tirado en su sofá de su salón viendo La Ruleta de La Fortuna intentando desconectar del maldito trabajo. Charlaron un rato sobre la vida tras dejar el grupo, la historia del resto de sus antiguos compañeros la mitad de los cuales estaban muertos), incluso pudo tomar nota de los nombres y direcciones del ingeniero de sonido y alguna ex-novia de otros miembros de la banda que estaba presente en el momento de la grabación. Sin embargo Grant no recordaba nada específico sobre la grabación y menos aún de aquel corte, que Emilio se empeñó en hacerle escuchar una y otra vez (mientras se retorcía en espasmódicos escalofríos y el sudor chorreaba por sus sienes) hasta que Grant lo sacó arrastrando de su casa y lo dejó tirado sobre la hierba mojada del jardín delantero.
Miró el pedazo de papel donde la tinta empezaba a diluirse y vio una dirección cerca de aquella zona. Llegó hasta las puertas de otra casa de ladrillo rojo, con una puerta blanca igual que la anterior, con una triple chimenea igual que la siguiente. Llamó a la puerta. Se quitó los cascos. Ellen le abrió la puerta vestida con una bata. Antes de que lo echara a patadas por pasear sus andrajos por el jardín que tanto le costaba cuidar, Emilio consiguió balbucear la razón por la que había ido hasta allí. Ella le dijo que sí, que el bebé que se podía escuchar llorando era hijo suyo y que había nacido días antes de la grabación. Ellen se sentó en las escaleras del portal mientras él seguía acurrucado en el camino de entrada, hecho un ovillo, escuchando y mirándola con unos ojos que parecían tener el doble de tamaño de los de una persona normal. La mujer encendió un cigarro un tanto chafado y le explicó, aunque parecía que no estuviera hablando con él, que incluir el sonido de su hijo fue idea del productor, un capricho estúpido. Le ofreció un cigarro, pero él ni siquiera la vio. Le preguntó por aquel niño con un hilo de voz que se arrastró entre los huecos de las baldosas. Ella apagó el cigarro, que se fue empapando poco a poco sobre la escalera y cerró la puerta tras de sí. Ya no le quedaba nada que buscar. Se puso los cascos con delicadeza dentro de la oreja. Apretó el play. Con varios espasmos consiguió levantarse. Pesaba cuarenta y dos kilos. Las articulaciones de su cuerpo ya estaban casi rígidas y apenas podía escuchar nada por culpa de la sordera causada por el volumen con el que escuchaba los aullidos del bebé, y menos aún el frenazo del taxi sobre cuya luna dejó una preciosa estrella de millones de puntas al golpearla con su cabeza.
Le llevaron inconsciente al hospital que estaba atestado. Era nochevieja. Pasó varias horas encogido sobre una camilla hasta que alguien intentó hacerse entender con él. No respondía a las preguntas. No lograron encontrar datos sobre su procedencia entre los harapos con los que se tapaba, solamente un vinilo rayado con un cuadrado rojo en medio.
Tras unos días ingresado las enfermeras no pudieron soportarlo más y consiguieron acelerar el trámite para que lo trasladaran a un psiquiátrico de las afueras. Lo internaron y pasó allí varios meses, pero era insoportable y no se podía estar a su lado. Lloraba y lloraba como un recién nacido y el llanto taladraba los tímpanos de médicos y trastornados y no paró hasta que alguien le puso las manos alrededor del cuello y dejó de respirar.



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9 responses

15 07 2008
Claudia

“Abrió las manos y se miró los ocho paréntesis rojizos de sus palmas”. Muy buena imagen.

“hasta que Grant lo sacó arrastrando de su y lo dejó tirado sobre la hierba mojada del jardín delantero”. DE SU QUÉ?

“del portal mientras él seguía acurrucado en el camino de entrada, echo un ovillo, escuchando”. la hache…

Opinión: Toma ritmo a partir de Manchester. El principio lo leo con pereza, es excesivamente largo. Si sólo quieres que ingresemos en el misterio de aquel sonido, tienes que hacerlo antes.

Parte de Manchester: Suena un poco inverosímil que acabe en casa del guitarrista. Pero una vez allí, nos describes todo con detalle. Me gusta. Pero luego el desenlace es vertiginosamente rápido. La idea es buena pero la locura que se va apoderando, lo hace de una manera veloz. Casi que el lector se vuelve loco para acabar pensando Y ya está? Sólo eso. Lo estrangulan y ya?

El título lo cambiaría. Para escribir de corrido, no está mal.

saluditos.

16 07 2008
Ana

Pues a mí el título me gusta, porque se supone que es eso lo que desencadenó su locura, no? Que su madre le metiera presión, como les pasa a muchos treintaNeros, el dichoso arroz… Lo que no saben las madres es que ahora existe el arroz vaporizado, que no se pasa nunca! Aunque a lo mejor puedes dejar solamente “Cuándo me darás un nieto?” . Lo de nieto ya implica que fue la madre la que se lo dijo, y como durante el relato habla con ella por teléfono y no sabemos de qué, puede estar bien.

La paranoia llevada al extremo, me parece muy Mikélico :-) . Va volviéndose loco, y zas, un final tajante. Yo la verdad lo leí de seguido, no se me hizo nada pesado. Me quedé con las ganas de saber qué sería de aquel niNo, pero casi me gusta más así, porque es como si fuera irrelevante, lo que importa es que él está obsesionado con un niNo que no tiene nada de especial, al productor se le ocurrió meter el llanto y ya está, no hay nada detrás de eso… Sólo su obsesión con la pregunta de su madre.

Lo que comenta Claudia de Manchester es verdad que a lo mejor podías dar más detalles sobre cómo dio con el paradero del guitarrista… y que en vez de acabar en su casa, que fuera en un tugurio en el que cantaban ahora que ya no eran famosos o algo así. Aunque la verdad es que al leerlo no me chocó.

Lo del “su” que se quedó solo si que me había chocado, sí.

16 07 2008
Troutman

MUCHAS GRACIAS POR LOS COMENTARIOS. Corregidos los errores (menuda manía estoy pillando de quitarle la h al verbo hacer). La parte de Manchester está sin trabajar nada, de hecho la escribí ayer por la tarde en el curro en un momento de poco trabajo (espero que no lea ésto mi jefe) y lo cierto es que ya no sé que pensar. Lo del título me parece que prefiero la sugerencia de Ana (mi ego que todo lo puede).

16 07 2008
Troutman

Dándole un pequeño repaso tengo bastante claro que la el párrafo:”En Manchester deambuló buscando a los antiguos componentes de la disuelta banda. Dormía en la calle. Le apalearon y le quitaron todo, pero aún así con el tiempo logró averiguar el paradero del guitarrista.” tengo que desarrollarlo bastante porque como transición resulta abrupta y además da sensación de precipitación total al escribir.

16 07 2008
claudia

Abrupta, sí. Un cambio y listo. Leido así, el título no está tan mal. Lo que pasa es que no me convence que la explicación de todo el relato venga dada ya en el título. El misterio de la llamada es bueno. Ahora, ni idea de cómo podría meterse la causa sin que se note demasiado.

En cuanto a lo de tu ego biográfico, si quieres una copia, yo tengo la grabación en tape. Mi hermana está en todo.

16 07 2008
Ana

Vas a tener que mirar a ver si ahora tienes manía persecutoria o algo, sí que estás, que te acabo de escuchar:

http://www.cadenaser.com/cultura/audios/hoy-hoy-final-concurso-microrrelatos/csrcsrpor/20080704csrcsrcul_3/Aes/

Y esta vez me dio la sensación de que en vez de decir “versión de Woody Allen de andar por casa” decías “de AZNAR por casa”… Jarrrrllll…

Me hace ilusión ver el título; como si hubiera escrito yo el relato, vamos. Y para mí sigue siendo misterioso: hasta el final no sabemos de qué habla con su madre, ni si el título es por algo que vendrá al final (podría ser una frase dicha a la madre del bebé)… De hecho ya con el otro título yo según leía iba pensando cosas diferentes, que a lo mejor él había tenido un bebé antes, y que se había muerto o algo… Y entendí bien el título al final, cuando vi que no había nada más que esa obsesión.

Me da risa comentar todo esto; con lo que odiaba yo los comentarios de texto en clase de lengua …

18 07 2008
claudia

Cuestion practica: he preguntado por ahi a organizadores de concursos. Aunque no ponga que sea inedito, recomiendan no publicar nada en paginas web, ya que podria perder “elegilibidad” en dichos concursos…

Mejor hacerles caso…

21 07 2008
Dracma

Como ya te dije, a mi que el título sea la explicación de la locura del protagonista me parece excesivo. Una cosa es que juegues con el lector, y que hasta el final no le expliques lo que pasa, y otra es que el título sea la explicación de la causa de la locura. Digas lo que digas, padeces el síndrome de David Foster Wallace.

Aprecio un claro incumplimiento del pacto con el lector.

Por otra parte, el final no me parece muy redondo, sobre todo teniendo en cuenta que estamos hablando de un relato fantástico. No sé que es lo que no encaja, pero hay algo que no me acaba de convencer. No sé si es que no se aprecia que su agonía culmina en el momento final justo antes de su muerte, y por eso el texto se desinfla, o si se trata de que la muerte no encierra una relación tan directa con su fobia/obsesión. Quizá es que como no expresas más que el sentimiento y no el trasfondo del por que del miedo a tener hijos, miedo a la muerte, miedo a la responsabilidad etc…es dificil que su muerte a manos de otro loco resulte terrible o perturbadora.

La extensa descrpición, el hecho de que te recrees, a mi me gusta, va con el tipo de relato y plasma muy bien la obsesión del protagonista. Además tienes imágines muy visuales y plásticas.

Quizá lo que no veo tan necesario es lo del fondo de pantalla del bebe, el hecho nimio desencadenate es la conversación con la madre, para qué añadir otro hecho que no aporta nada.

4 08 2008
Juan Miguel

Me pareció muy interesante, muy fluido de leerse. El camino a la locura tiene el paisaje de la búsqueda de la génesis del dolor. Eso me parece entretenido.
El final es la vuelta a la vida que es la muerte.
Me gustó muchísimo. !Felicitaciones!

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