2 microrrelatos lamentables

7 10 2008

Pero es un comienzo. No me sentía ni con ganas ni con tiempo (los redacté en el trabajo, en nada de tiempo cada uno y, sobre todo, con la mirada de mi(s) jefe(s) rondando cerca debido a la nueva disposición de la oficina que deja mi pantalla a merced de su vista lo que, aunque no supone de por sí que vayan a pensar nada negativo sobre mis actividades si me ven escribiendo algo indefinido en word e incluso en el caso de que observaran actividades más procrastinadoras no creo que llegasen a considerarlo ninguna clase de indignidad laboral (1), sí supone una cierta carga adicional al proceso creador. De ahí los resultados.

Por otra parte llevo, y creo que durante una temporada seguirá de la misma manera, una temporada un tanto ajetreada en cuanto a trabajo / viajes (sin ir más lejos, mañana y pasado acudo a una reunión en las cercanías de Roma en apoyo moral de un compañero y para poder observar el montaje de un generador in situ) que no me permite dar mucha vida, al menos no tanta como desearía, a este blog, a lo que habrá que añadir las clases extraescolares a partir de hoy. El indicador más fiel de todo ésto es que tengo más de mil entradas pendientes in el Google Reader.

Toca ponerse a currar. Ahí van mis flojísimos microrrelatos de esta semana (para el que no sea habitual del blog, no suelo ser negativo respecto a mis relatos, de hecho podría considerarse todo lo contrario) y el personaje principal que parí en el tercer ejercicio del taller de novela.

“Conflictos de pareja”

Algún día se enterarían de quién era el que movía el espejito.
El primero en regresar del trabajo de los dos siempre se encontraba con que el magnífico regalo de boda de los tíos-abuelos de ella no les devolvía su reflejo. Achacaron el extraño volteo a algún tipo de intruso trastornado: Instalaron alarmas de todo tipo, dejaron harina esparcida por el suelo, atornillaron las cuatro esquinas del rimbombante marco dorado a la pared, pero, indefectiblemente, el espejo acababa dado la vuelta sin ninguna huella delatora. Nunca se paraban a escuchar, tras salir de casa por las mañanas, cómo la malvada puerta insultaba al pobre y sensible espejito.

“El del D era mudo”

Algún día se enterarían de quién era el que movía el espejito. Nunca se habían cruzado con el vecino del C. Todas las noches, el temblor de la pared, siempre acompañado por gemidos, provocaba que el souvenir preferido (recuerdo de Marrakech) de la pareja del B terminara escorado, lo que les sacaba de quicio, especialmente a él, que acababa golpeando el tabique pidiendo un poco de decencia (y escorando aún más el espejito).
Antonio, intentaba acabar su novela encerrado día y noche y sufría habitualmente ataques de histeria, echo un ovillo, agitándose y gimiendo sobre su cama por culpa del volumen de la música del cafre del D.

PERSONAJE 1

Al pasar la tarjeta de identificación la pantalla se enciende la pequeña pantalla verde y aparece su nombre y la hora de entrada. En el vestuario sus compañeros se cambian comentando el partido de baloncesto del día anterior y se pasan el fijador de pelo. Él sonríe cuando le preguntan algo, pero no sabe muy bien qué responder la mayoría de las veces. Con el mono azul sobre sus tatuajes, los cascos cubriendo completamente sus orejas y el volumen de la música tapando, o acoplándose, o acompañando el golpeteo de las máquinas, entra en la planta y se coloca frente a sus utillajes.

Son las siete en punto de la mañana.

Durante las dos horas y media siguientes, Jordán manipula las bobinas que van llegando en cajas de madera desde el portón de entrada. Teje el cobre, y mientras lo hace intenta encontrar un número de entre los de los códigos de barras de doce cifras del material entrante que sea primo. Lo que sea con el fin de mantener la cabeza ocupada. Antes reproducía mentalmente partidas de ajedrez famosas intentando localizar algún error, pero lo dejó cuando se dio cuenta de que no lograría llegar a ser nadie relevante en el mundo de los peones y las torres. Hacía unos dos años de aquello, y de golpe también había descubierto que tanto valía el ajedrez como el fútbol como el macramé, y que no sería capaz de destacar en nada. Así que lo había asumido y simplemente intentaba pasar el rato.

Es la hora del café.

Todos los hombres vestidos de azul se agolpan en posturas cansadas alrededor de la máquina expendedora. Otros se repantigan sobre el murete que da al río unos metros más lejos, tras la puerta, fumando sus cigarrillos. Comentan algo sobre la nueva chica de contabilidad. Se rien. A Jordán le parece ridículo y soez, pero practica su mejor sonrisa de compromiso, que no engaña a nadie. Alguna vez en el pasado trató incluirse en las conversaciones, pero casi siempre terminaban en violentos e interminables silencios. Intentó aprender a fumar como los demás, a comprender las alineaciones de los equipos de la región (pero el simple hecho de decir “los equipos de la región” ya invalidaba cualquier esfuerzo), a observar a las mujeres como puros objetos (y para ello no le sirvió tratar de encontrar las funciones trigonométricas más ajustadas a sus curvas) o a poner a parir al jefe, pero nunca logró que resultara creíble para nadie. Ahora simplemente intentaba pasar el rato, resignado. Tras el café, pensando en su mal aliento, vuelve a trenzar bobinas sin pensar demasiado en su dolor de riñones o en las implicaciones filosóficas de los bosones.

Y así llegaba la hora del almuerzo.

Solo odiaba una cosa, y era escuchar al resto del mundo masticar. Así que ya no finge y se aleja lo máximo posible para tragar su bocadillo de chorizo. Al terminar se toma otro café con sus compañeros, que reproducen sus posturas de tres horas antes delante de la máquina como si ésta fuera un fotomatón en lugar de una expendedora de brebajes demoníacos (y laxantes), en silencio. Ya nadie suele dirigirse a él salvo para preguntarle por alguna cuestión de trabajo o para calcular el porcentaje de su sueldo que se lleva la seguridad social ese año. Al acabar ya solamente le espera más cobre, no pensar demasiado en su aliento a café y a chorizo y seguir con algún juego formal de conjuntos mentales hasta que llega la hora de fichar, cuando todos vuelven a ser exactamente iguales ante la máquina de pantalla verde.

Conduce hasta casa. Hoy toca atasco. Normalmente pone su música a tope y le anima. Agita la cabeza y segrega endorfinas (conscientemente), pero hoy hay algo en la miríada luces rojas delante de él que no le permite levantar el ánimo. La música le hace llorar. Sale de su coche y atraviesa los tres carriles hasta el arcén, entre los automóviles parados que humean o transpiran o ambas cosas a la vez pero que inevitablemente pitan. Se para delante del bloque de hormigón con espalda fluorescente que cubre el radar de control de velocidad del kilómetro 37 de la autopista. Mira fijamente el objetivo cuadrado del aparato que los vigila y le pregunta:

– ¿Tú entiendes algo?

————–
1) Se nota demasiado que estoy leyendo lo último publicado por David Foster Wallace en castellano que me quedaba por leer y que, además me está pareciendo tan memorable que a veces me dan ganas de ponerme a aplaudir en el cercanías.

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9 responses

7 10 2008
Ana

No leí nada del D.F.W., pero hay cosas en tu personaje que me recuerdan a la conserje de “La elegancia del erizo”. Está muy bien.

Los relatos, me quedo con el segundo, pero si lo retrabajaras un poco; qué tenía que ver que fuera mudo? Los gemidos? Era el del C el que gemía, no? O es que soy muy espesa y no lo pillo?

7 10 2008
Donoso

Tienes razón: vaya porquería de relatos. ¿Piensas sacar a la luz todo lo que se te pasa por la cabeza, chaval?

7 10 2008
Troutman

Por supuesto, es gratis.

Ana, no le intentes sacar mucha lógica, el que estaba espeso era yo!

10 10 2008
Ana

UY, seNor oso, no se enfade!

Si no fuera porque sé que mi hermano tiene una conexión a internet pirateada que no funciona más de cinco minutos seguidos, con lo cual aprovecha para contestar e-mails y poco más, pensaría que este tal Donoso es él…

En serio, me gusta el segundo, pero eso, si le hubieras dedicao cinco minutos más. Es culpa de tus jefes!

10 10 2008
Dracma

Me encanta el primer microrelato. ¡Hasta espeso eres el mejor!

10 10 2008
Dracma

Ana, a tu hermano no le pega nada ser tan borde…

11 10 2008
Ana

Hombre, es que al leer eso me dije que tendría que ser de coNa, para picar a Troutman, porque si no no me lo explico… Y al pensar en coNa y picar, pensé en mi hermano… Pero tienes razón, no le pega.

Creo que soy muy influenciable;después de leer el comentario de Dracma, al releer el primer relato ahora parece que me está gustando más… Pobre espejito maltratado. Pero sigo viéndole mucha chicha al segundo, aunque necesito más explicaciones y creo que soy yo la espesa. Es increíble cómo un sábado por la noche, relajada (que a mi edad los sábados por la noche son muy relajantes), no leo de la misma manera que un día de diario por la maNana o después de comer. De hecho ahora me acabo de dar cuenta de que el del C no estaría echo un ovillo, sino “hecho”. Y el otro día ni lo vi.

13 10 2008
kar

como soy de los de culo veo, culo quiero, la semana pasada también envié mis dichosos microrrelatos. Mierda de frase inicial. En fin, haciendo caso a Nuala, quien me lo recomendó no sé cuándo, mañana, y a toro pasado, colgaré las dos intentonas de la semana pasada en mi blog. Y a preparar las de la semana siguiente.

saludos

6 11 2008
ROMANO

Apoyo moral a un compañero? aaayyy… todavia recuerdo como te desperté por la mañana…que bonito fue.
Y la pasta a la matricciana??? acaso no te gusto?
tambien creo que eres el mejor… ;-)

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