Las cosas de Venecia y la muerte

2 12 2008

Un título bastante atractivo, dentro de lo que cabe, para otro rollazo de entrada reseñando un par de libros. Por medio hay una ligera y obvia reflexión sobre la influencia de el estado de ánimo en la lectura. Sin ir más lejos, según acudía al curso que estoy recibiendo en Paris (uno de esos eventos llenos de gente del todo el mundo en el que se enseñan obviedades con nombres rimbombantes que nunca pueden ponerse en práctica), tuvimos un vuelo un tanto agitado que hizo que diez páginas del libro que estaba leyendo hayan desaparecido de mi memoria. Podría releerlas, pero a veces me gusta que quede un agujero negro dentro de los libros en el que se pueden notar las turbulencias y el sudor de las palmas de mis manos.

En lo que respecta al La Muerte en Venecia(novela corta, relato largo) de Mann decir que me supuso un esfuerzo importante poder terminarlo. Me resultó farragoso y amanerado hasta decir basta y solamente llegué a disfrutar la escena de la góndola, quizás por ser lo único un tanto dinámico de todo el texto. No tengo nada en contra de los relatos puramente introspectivos, pero en este caso la prosa de Mann me supera. Noto un ladrillo alemán atravesarme las neuronas cada página. Desde luego que la caracterización del personaje resulta modélica, un rol muy especial, pero que no va más allá. Quiero decir que la novela, que no es más que la fotografía de Aschenbach, con toda la supuesta carga simbólica que lleva, me resultó extrañamente vacía. Es altamente probable que ésto último se deba a las circunstancias de la lectura.

El estado de ánimo resulta muchas veces tan tremendamente fundamental en la perspectiva de una lectura que hace que uno dude siempre de sus conclusiones. Puede que esto sea evitable para los que leen con ánimo exhaustivo, lápiz en mano, sin importarles una segunda aproximación. Yo leo en los aviones, en el tren, en el sofá, y un dolor de cabeza, una cerveza en ayunas o la falta de sueño se cruzan siempre. Estoy leyendo el buen soldado de Ford Madox Ford y las 90 primeras páginas me resultaron un tanto insulsas, incluso fatuas, y sin embargo las 90 posteriores las he disfrutado enormemente. Al haberlas digerido durante dos viajes diferentes con un lapso de una semana de por medio uno no puede dejar de preguntarse si la anterior valoración se debe únicamente al entorno. Espero que no. Espero que un libro me pueda gustar independientemente de que haya turbulencias, vuele con Egypt Air o el vagón del cercanías huela más a establo que otros días.

Llegando a mi opinión sobre Las cosas, debo decir que pese a ese inicio meticulosamente descriptivo que me hacía temer otro tour de force mental por poder acabar su libro como el que me supuso La vida: Instrucciones de uso (Uno de los mejores libros de la historia y la novela con más enumeraciones que uno pueda llevarse a los ojos) me ha acabado gustando mucho. El uso de los tiempos verbales produce un efecto efectivamente curioso. También la aproximación tan terriblemente fría respecto a los personajes, casi una descripción antropológica, unido a que no exista ninguna diferenciación entre las dos personas que la conforman (de hecho se mencionan sus nombres pero resulta totalmente prescindible ya que a lo largo de toda la novela son un solo ente) hace que el resultado sea casi un puro estudio: Así vive la juventud de los sesenta y así terminan todos tras dar vueltas por el mundo y por sus necesidades. Aunque no hay muchas posibilidades de empatía, me he sentido tremendamente identificado con ciertos pasajes, especialmente con aquellos en los que relata el modo en que se sienten extasiados y felices solamente por poder pasear por París con el viento en la cara. En el fondo no muchas cosas han cambiado en estos 40 años, pero yo elegiría otra decoración para mi casa.

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2 responses

6 12 2008
kar

verdades/obviedades como puños, cuando una mala digestión de los macarrones recalentados del tupperware te puede distorsionar la opinión sobre cualquier libro. Para un lector torpe como yo, es siempre agradecido las comillas, cursiva o negrita en los títulos, y al ladito, el autor… así me resulta más fácil buscar las referencias. Pero prometo que en lo sucesivo, me esmeraré más. Un saludo!

6 12 2008
clau

La montaña mágica es cojonudo. Abrazo,

Clau

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