Decoración

15 12 2008

Un pequeño cuento sobre objetos. Ojo porque dicen por ahí que es muy confuso. Quiero ver si tiene algún interés tal como está o si resulta intragable.

El salón era muy espacioso. Al menos lo parecía debido a la evidente falta de muebles. Un viejo sofá-cama lo presidía frente a una televisión aposentada sobre una caja (en la que se podía leer claramente “Mudanza – cacharros varios” escrito con rotulador indeleble) rellena de cacharros varios propiedad de Eva. El resto era solo moqueta oscura. Estaban delante de la tele, sentadas en el sofá cama, con cara entre somnolienta y muerto en vida. La verdad es que hacían su vida en sus respectivos cuartos y solo se juntaban alguna noche que otra (como aquella misma) para ver algún programa en concreto y fumar (dejando el cenicero en el suelo en el centro justo de una difusa nube de quemaduras en la moqueta). Elena le dijo:
—Estoy un poco incómoda, creo que se le ha debido soltar un muelle.

Tenía nombre de teniente-coronel castizo. Si hubiese tenido opinión, probablemente no le hubiese gustado aquel nombre. Era relativamente larga, alrededor de trescientos números, y bastante estrecha en su mayor parte. Los pilotes que delimitaban la zona de recogida de basura se encontraban justo en frente del portal número 25, se podría decir que lo enmarcaban. Ese hueco era lo primero que Abel veía al salir de casa por las mañanas, y la colina de basura lo último antes de entrar en el portal al regresar. Una noche, mientras forcejeaba con la cerradura de la puerta metálica (una de ésas que se resiste a funcionar a no ser que uno se cuelgue del pomo con las cuatro quintas partes su peso), se fijó en que un sofá-cama presidía la corte de basuras.

Eva llevaba una temporada trabajando como camarera, tanto que ya se le había olvidado qué quería hacer con su vida y por qué había llegado a aquella ciudad desde tan lejos. Fumaba como una carretera, si es que esta comparación tiene algún sentido, gesticulaba muchísimo y tenía unos enormes y preciosos ojos verdes, como su clientela no se cansaba de recordarle con bastante mal gusto. Ella los despreciaba, hacía su gesto de “dais asco” con las manos, el cual era ligeramente menos enfático que el de “dais pena”, se giraba de manera altiva pero halagada, y se marchaba. Al llegar a casa se quitaba la ropa tan pronto cruzaba la puerta y, ante la atenta mirada del sofá-cama, se metía en el baño para darse una larga ducha. Cuando salía llevaba un cigarro entre los dedos. Lo sostenía normalmente en posición “soy la mar de sofisticada pero un poco barriobajera”, aunque en casa solía estar más relajaba y acababa adoptando una postura más “qué carajo estoy haciendo con mi vida”. A veces se sentaba directamente a ver cualquier cosa en la tele hasta que llegaba Elena. Una de esas tardes empezó a revolverse incómoda sobre el sofá-cama, que ya acusaba el paso de los años, y palpando notó un bulto. Dios mío, tiene cáncer, pensó.

Al día siguiente habían recogido las bolsa de basura, pero el sofá-cama seguía allí. Abel comenzó a andar calle abajo hacia su coche. Era un día soleado y tenía toda la pinta de ir a hacer calor, pero se había puesto traje y corbata de todas maneras porque era lo único que tenía planchado. Se detuvo, se giró y observó el sofá-cama. Se acercó y lo tocó ligeramente. La tapicería era de un rojo un tanto chillón pero parecía en buen estado. Volvió nuevamente a dirigir sus pasos en busca del coche. De camino al trabajo no pudo quitarse de la cabeza el dichoso mueble. ¿Debía subirlo a su hogar? Lo cierto es que necesitaba un complemento para su habitación de invitados, pero se vía ya un poco viejo para andar recogiendo cacharros de la basura que se veían un poco viejos, como en su época de universitario. Por otra parte quizás no fuera mala idea decorar aquella habitación de un modo un poco más desenfadado. ¿Quién sabe? Unas señales de tráfico por aquí, unas postales premeditadamente horteras por allá, unas maletas viejas desparramadas de cualquier manera, una bici oxidada con cesta, un carrito de la compra. El estilo minimalista del resto de su apartamento empezaba a aburrirle. Al volver a casa, en lo alto de la montaña de desperdicios, como se temía, el sofá-cama seguía allí.

Hacía poco que había cambiado ligeramente sus hábitos. Había conocido a un chico, cómo no, en el bar. Lo había llevado a casa esa misma noche. Era delgado y nervioso, de esos que no pueden mantener las rodillas quietas mientras están sentados y hacen temblar la mesa de los que están con ellos y los vuelven locos a no ser que estén enamorados de ellos (los chicos nerviosos). En su habitación habían disfrutado del sexo de manera torpe pero sincera, como todas las primeras veces que merecen la pena, y habían montado bastante escándalo pese a que lo único que podía armar barullo eran las tablas del futón sobre el que ella normalmente dormía en posición “ovillo de medianoche”. Elena, cuya habitación era contigua a la de Eva, mostró su queja formalmente a través de una nota pegada a su puerta. Todas las veces posteriores, dado que Eva era un mujer respetuosa, dieron rienda suelta a su pasión sobre la tapicería morada del sofá-cama del salón.

Se quitó la corbata y se sentó a ver la tele, la cual tenía una cantidad infame de pulgadas pero estaba demasiado lejos de donde su sillón tremendamente ergonómico se anclaba al suelo. Entre medias un precioso vacío. Abel se removió sobre aquel sillón, incómodo, sin poder prestar atención a lo que emitían. Se levantó, fue al cuarto de invitados, abrió el armario y cogió un almohadón escondido al fondo. Lo colocó delante de la televisión y abrió la cerveza que tenía en la mano. Se le derramó un poco y fue a la cocina a por un trapo, pero no había ninguno que pudiera manchar y no sabía donde guardaba la fregona la señora de la limpieza. Salió al balcón en busca de aquel palo. Miró abajo y el sofá-cama le saludó con desidia.

Eva se fue de aquella casa y dejó un número de teléfono móvil en un papel sujeto con un imán de nevera. Nadie vio cómo lo hacía pero cuando Abel se lo imagina ella usa su mejor estilo de “No puedo más con esto, necesito escapar una vez más” que en el fondo fue lo que le atrajo de ella. Está sentado en el sofá-cama, con el mando de la televisión de innombrables pulgadas en la mano, a un par de metros de la pantalla, en la habitación de invitados. Mueve las piernas con frecuencia frenética. Mira su teléfono móvil y va recorriendo nombres y más nombres y aprieta el botón de llamada. Se recuesta en postura de “Vamos a ver qué pasa” y espera.

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4 responses

16 12 2008
Ana

Pues me parece muy interesante y muy confuso. Lo releí dos veces y aún hay cosas que no me quedan claras. Creo que la historia está muy interesante y lo confuso son pequeNos detalles que hacen que nos liemos con la historia. A ver si me enteré:
Primer párrafo: no me queda claro quién esta sentada, Elena y Eva? Elena y un hombre? (porque dices “muerto en vida” y no “muerta en vida”…). Y si es Eva la que está con Elena, no me parece creíble que Eva descubra un bulto en el sofá en el tercer párrafo cuando ya había dicho Elena en este párrafo que se había saltado un muelle, es como insistir mucho en eso…
Supongo que se habla siempre del mismo sofá cama, pero en el cuarto párrafo se dice que es morado y luego el que ve Abel es rojo chillón…
Y luego al final se supone que Abel es el chico aquel, con la pista de mover las piernas frenéticamente, pero no sé, no se me hace muy creíble que el sofá sea el de sus noches de pasión porque en el cuarto párrafo no se deja ver que él tenga ningún recuerdo de ese sofá… A no ser que quieras hacer ver que él no se acuerda del sofá en sí, aunque sí se acuerda de Eva y por eso la llama…

Pero vamos, raro es que relea yo algo, si no me gusta paso, pero esto tiene mucha miga. Yo creo que si cambias algún detalle estaría perfecto.

Más opiniones?

17 12 2008
Troutman

Muchas gracias por la doble lectura. Lo de muerto en vida es realmente confuso e inintencionado, debo cambiarlo. Lo de insistir en el bulto demasiado, no lo sé, tengo que valorarlo.

Se habla siempre del mismo sofá-cama, con dos tapicerías diferentes (una razón realmente estúpida para que él no lo reconozca tirado en la basura, aunque la verdad). Él simplemente se lo lleva casa por una serie de razones peregrinas cuando en realidad le recuerda a ella y no quiere/puede acordarse. Quizás debería incluir algún apunte sobre ello, creo que me he excedido en la elipsis.

17 12 2008
Ana

Creo que está bien la idea de cambiar la tapicería para que él no sepa por qué está tan obsesionado con ese sofá que no reconoce, pero el lector debería saberlo.

Lo que pasa es que no me convence el que el sofá tenga bultos y lo que se hace sea cambiarle la tapicería para luego tirarlo a la basura… O reparas el sofá y entonces lo guardas o lo tiras como está… Por eso creo que eso hay que trabajarlo para que sea convincente.

Merece que le des un repasito porque tiene mucha miga.

2 01 2009
Mariana

Muy interesante el relato, continua escribiendo así, nos leemos pronto.

http://gymbrainstorming.blogspot.com/

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