Levallois de paréntesis

26 03 2009

Había pensado en coger el portátil y bajar al Café-Bar junto al hotel para escribir algo, con la intención de sacar un poco de provecho a una estancia en París en la que no tengo intención ni prácticamente posibilidad de hacer nada provechoso (tampoco me he molestado en buscar eventos culturales de interés, a excepción de conciertos; resultado de esta última búsqueda el conocimiento de que Danko Jones estaba en la ciudad, pero es este un grupo al que no apetece ni se debe ver solo –esto es un hecho objetivo, aunque hay por ahí gente capaz de asistir a un bolo de los Ramones sin compañía- ni en París –siendo esto una patochada llena de tópicos sobre esta ciudad y sus habitantes, los cuales, por otro lado, joder, vienen a ser ciertos), pero he recordado una escena de Padre de Familia que me ha hecho desistir. Y luego he visto que las mesas eran muy pequeñas y que, aunque la idea de imbuirse en el ambiente parisino con sus terrazas con estufitas, sus tipos escuálidos con flequillo poniendo cara de interesante al hablar y sus camareros apolillados (aunque este junto al peripherique (que algún otro ponga el acento donde va), cerca de Levallois), la cosa no tenía tanta gracia (otro día) y bastaba con leer un rato y pasar el rato (ése) hasta que llegara la hora de cenar, lejos del deprimente hotel de tres estrellas (francesas) en el que me ha tocado alojarme esta vez gracias a la maravillosa política de recorte de gastos de mi empresa (te queremos).

Mientras escribo, estoy escuchando Bach a través de Youtube, entrecortado de esa manera enervante de la que solamente es capaz una conexión de internet de hotel de segunda fila con complejo de Guadiana, concretamente esa pieza que ya nadie puede escuchar sin evocar imágenes de vampiros ridículos, todo por una razón que desvelaré un poco más tarde (por aquello del suspense, si es que a alguien le interesa y no se ha ahogado ya en toda esta profusión de paréntesis y frases mal hilvanadas). Por cierto, una pieza interpretada por un tal Kurt Ison en el Sydney Town may, el cual (Kurt) no puede sino recordarme al Norm Gunderson de Fargo. Justo ayer terminé de leer En las Montañas de la Locura de Lovecraft ( a mi edad, sí), en la edición barata de Alianza Editorial. En la portada aparece, Dios sabe por qué razón, un collage con la cara de un señor con una extraña corona con puntas extremadamente largas. Una cara que me recuerda al recepcionista portugués de este hotel.

Conste que es muy probable que hubiese huido, del mismo modo, de un posible y aséptico hotel de cuatro estrellas de los habituales en tiempos pretéritos, y que alojarme durante tres días en un lugar con ventilador en la mesilla, moqueta con estampado de leopardo (o guepardo, o ligre, o lince ibérico) y un ascensor unipersonal de los que ya sólo se ven en este país, forrado de muaré rojo y una sensación de seguridad equivalente a la de un cofre colgado de una cadena roñosa sobre un acantilado siempre resulta más estimulante (en serio). En cualquier caso, a eso de las 6 de la tarde, he bajado con un libro (gordo) bajo el brazo y me he pedido una cerveza grande por la que me han clavado nada más y nada menos que siete euros con diez (y encima he dejado propina) en el mencionado bar de la esquina. A imbuirme en el ambiente parisino de cerca del peripherique. El caso es que hay pasajes de “Gödel, Escher, Bach Un eterno y grácil bucle” de Hofstadter (adiós suspense) que requieren tanta atención que no hay Dios que se imbuya en nada. Paseando en busca de un lugar para cenar rápidamente, un rato después, ya he sentido la ciudad, he recordado por qué bastan cinco minutos de estar paseando para que un viaje merezca la pena y me he sentido sólo. He recordado que, en el taxi que me trajo el Martes a la noche pensé, no por primera vez, que una de lasas razones por las escribo es por la remotísima, imposible posibilidad de llegar a estar algún día dando saltos de un lado al otro del planeta con Mireia al lado.

Había muchas más cosas sobre las que escribir: restaurante marroquíes, noches con digestiones pesadas e hipocondría, sushi modernete, escaparates con zapatos de más de quinientos euros (los quería todos), fromageries (que algún otro ponga el acento donde va), metro, el cielo visto desde una de estas calles. Pero siempre es así.

NOTA: En esta entrada debería haber algún enlace y alguna foto (¡Todavía me quedan muchas de París de hace años por colgar!) pero no quiero quedarme sin uñas o terminar asesinando al recepcionista portugués por culpa de esta conexión.

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7 responses

29 03 2009
quique

Los ramones en directo mucho mejor si vas solo … comprobado.
A ver cuando nos devolveis la visita.
Abrazos.

31 03 2009
Troutman

Esperemos que en breve!

12 04 2009
kar

Es estos momentos, amigo, no sabes la de veces que he recordado tus textos. Hoteles, bares, aeropuertos, compañías de libros, digestiones pesadas y sueños de diazepan. Saludossss

7 07 2009
Nuala

Quiero más viajes de los tuyos… :(

8 07 2009
Troutman

Sí que lo tengo apartado. Demasiadas cosas en cartera aparte de un periodo hipocondriaco de los que me deja un poco inactivo. En principio voy a pasarme 6 meses yendo y vinendo a Turquía (donde estoy actualmente) y me planteaba plasmarlo, incluso en un blog aparte, pero el tiempo es muy perro y escaso!

En cualquier caso debo preparar una entrada de cierra (paradoja) de este blog, que es muy feo dejar de escribir a la brava.

Saludos a todos!

17 07 2009
gabriel

Mucha NBA de madrugada y aquí el resto del mundo abandonado.
Mueve el culo, hombre.

8 01 2010
imAn OL

Kaxkagorri,

Urte Berri On! Sigues siendo un tío interesante.
Que te trate bien la vida!

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